Posteado por: Diego I. Rosales | 1 junio 2007

Inspiración

Desde que bajé del coche supe que haría algo importante, algo trascendente. Supe que tendría lugar en el mundo uno de esos sucesos que modifican tus esperanzas en la vida o la muerte después de la muerte. Tal vez no sería uno de esos sucesos que merecen la revelación de una placa conmemorativa, o la creación de un himno, pero de que era algo importante, era algo importante.
Bajé del coche. Para entrar a mi casa debía sacar las llaves. Todas ellas, amarradas a un arito amarrado a la figurita de un Mickey plateado, un poco deformado y gastado por el uso, mostraban sus dientes pidiendo ser utilizadas.
El llavero estaba en la bolsa de mi pantalón. Ese pantalón lo compré en una tienda departamental por un precio ínfimo, bajísimo. Hasta me cuestioné si de verdad eran pantalones en serio o solamente unos de utilería con los que habían olvidado vestir a algún maniquí.
Saqué la llave indicada por mi memoria y la metí en la chapa plateada, metálica, instrumento de guardia y custodia de nuestras vidas. Abrí la puerta, que es grande, y sentí un vértigo familiar, un olor a casa que me recordó aquellas tardes aburridas en las que mi madre me dejaba con su madre. Ella tejía y yo le cambiaba a la tele sin esperanzas de terminar algún día. Parecía que seguiría picando el botón por toda la eternidad, para siempre y hasta el fin de nuestros días: tanto de los míos como de los de la madre de mi madre.
Al volver de mis recuerdos escuché el chiflido de una olla exprés y comprendí de dónde venía el olor casero. Mi mujer, que cocinaba los frijoles de la cena. Subí las escaleras de manera normal. Lo hice tan bien que me acordé de Cortázar, tomé con la mano izquierda el barandal pintado de azul, un poco ya descascarado y me di cuenta que es precisamente ésa una de las cosas que puedo hacer bien con la mano izquierda, pero al mismo tiempo comprendía que era inútil. No sirve de nada apoyarse en el barandal de la escalera de mi casa: ésta es segura, angosta y acogedora, aunque un tanto agria por el ínfimo peligro de caer cuando se llega al segundo piso. Y fui feliz.
Terminé de acordarme de Cortázar cuando terminé de subir las escaleras. Eso sucedió cuando llegué hasta arriba y, una vez en las alturas, caminé hacia mi habitación. Entré en ella, desenfadado, me saqué los zapatos en un acto de confianza hogareña, algo parecido al hecho de salir por el periódico en pijama con la cabeza aún llena de sueños.
No me desanudé la corbata porque no traía corbata, me senté en una silla frente a mi escritorio y, una vez recobrados los nervios, después de pensar que llevaría a cabo algo grande, comencé a escribir esto esperando que la inspiración llegara.

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Responses

  1. Aquí es donde la blogósfera te escupe un tajante:

    “¡Sigue intentando! Quizá la próxima vez”

  2. Estimado,

    Me recordaste la ventaja de ser Gregorio Samsa en la cabeza de Kafka, también la estrella de un personaje de Camus llamado Jonás.

    Cortázar tendría que hacer escrito: Instrucciones para tener inspiración…

  3. Para ser un profe de prepa, te vendría bien redefinir tu noción de “hacer algo trascendente”

    Pobres muchachos… Los estás convirtiendo en contenedores de basura…

  4. A mi se me hace que te quedaste sin inspiración y eso esta muy mal!!! Recomiendo: Criticar el blog de Cheve, alagar el blog de Rath o simplemente recitar poesías al viento o a la blogsfera

  5. Me fascina ese vértigo que da cuando uno entra en un lugar sacro.


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