Posteado por: Diego I. Rosales | 2 marzo 2009

El reconocimiento de los cimientos

Charles Péguy murió de un balazo en la frente el 5 de septiembre de 1914, en la batalla de Marne. Sin duda fue una muerte digna para el hombre que reformó la Iglesia a través de perseguir incansablemente la verdad. 

Sin duda es posible encontrar en Péguy la experiencia de Dios que se reflejó, ya en una nueva teología, en el Concilio Vaticano II- No solamente es la idea de Iglesia como ‘Pueblo de Dios’, sino la recuperación enfática de la Encarnación como el misterio central del Cristianismo, la idea de una teología del amor como la teología que desplazó a la meritocracia que tanto pudre nuestros corazones, y la idea de afirmar al laicado como el cuerpo místico de la Iglesia y como el derrotero que habría de seguir la historia del Cristianismo frente a la modernidad otrora atragantada. 
En efecto, Péguy logró formular el Cristianismo de manera tal que no quedaba fuera la modernidad, sino que ésta podía e incluso debía ser acogida por la Iglesia para que el Cristianismo  se expresara cada vez de mejor manera a lo largo de la historia. 
En Verónica, un volumen de los Cahiers que publicó durante muchos años, Péguy deja muy claro que lo que salva es la entrega carnal de Jesucristo a los hombres. Si bien estos temas son también tratados en sus Tres misterios, es en Verónica en donde Péguy formula desde la prosa el asunto de la encarnación y el lugar central que ésta debe tener en la teología católica. 
Ningún moderno más antipelagiano que Péguy. Ninguno más antiprotestante, ninguno más progracia, nadie más carnal, nadie más laico, nadie más moderno, nadie más católico. Se puede decir que Péguy se suma a la tradición de la ‘vía de la interioridad’, inaugurada en la patrística por San Agustín, y que continúo a través de la Edad Media con Anselmo, Buenaventrua y Escoto, y que la modernidad continuó con el Descartes de las Meditations, con Pascal, Hegel y Kierkegaard, y cuya coronación se alcanza con filósofos como Maurice Blondel, Henri Bergson, Erich Przywara, Romano Guardini o Iván Illich (quien, cabe aclarar, sí defirió de Péguy en su aceptación de la modernidad). 
Esta línea filosófica, tan cristiana, tan católica (con el danés y el alemán como agregados culturales), tiene su expresión contemporánea en gente como Joseph Ratzinger o Charles Taylor, que se han propuesto tematizar el problema antropológico que la modernidad presenta y reinterpretar la noción de persona, esa noción de persona tan rectilínea, tan supina, que durante muchos años fue el canon de la ortodoxia, esa definición que reza diciendo que la persona es una sustancia individual de naturaleza racional.

Es posible decir que en Péguy germinaron todos los temas de la agenda del Concilio Vaticano II y, en esa medida, la posibilidad de una renovacion eclesial hacia una nueva teología del laicado (como quiso Congar) y una afirmación del papel del parroquiano de la vida común en la vida del cuerpo místico de Cristo. 
Muchos han dicho que es necesario ya para la Iglesia un Concilio Vaticano III, pero al volver a los textos de Péguy y de sus ‘alumnos’, comprendo cada vez más que lo necesario es profundizar en el Espíritu, que dio vida al concilio iniciado por el bueno de Juan XXIII. El CVII todavía no ha terminado, en la medida en que no hemos terminado de conspirar según el espíritu de aquellos que se dejaron sorprender por Jesucristo dejando de lado toda norma y toda estructura formal. 
No solamente Henri de Lubac y Karl Rahner, promotores y guías principales del Concilio leyeron a Péguy. Sino que toda esa generación de literatos, filósofos y teólogos le deben mucho, o casi todo, a Péguy. En el campo de los teólogos, podemos comenzar por mencionar a Hans Urs von Balthasar (quien, por cierto, no atendió directamente al Concilio) y podemos seguir la lista con nombres tales como Yves Congar. Pero en el campo de la literatura, los deudores son también  claros: León Bloy, Georges Bernanos, Francois Mauriac, Gabriel Marcel (también filósofo) y así podría enumerar en una lista sin fin con muchos otros. 
El asunto es que, más allá de los nombres y la gente famosilla, son las ideas encarnadas lo que de Péguy debemos, a mi juicio, mirar con más atención. 
Él fue un rebelde, y un buscador siempre honesto de la verdad. Eso es quizás lo más importante: independientemente de su camino, del lugar en el que estuvo, si dentro o fuera de la Iglesia, que si comunista, que si dreyfusard, que si teólogo, que si literato, que si filósofo, que si soldado. Todo eso, cada instante de esa dimensión de su vida fue un instante de amor a la verdad. 
Porque su conversión, como él mismo lo dice, no fue tal, sino un seguir por el mismo camino, un profundizar sobre lo ya visto y conocido, una exigencia de seguir andando. No convertirse era sencillamente quedarse parado y no vivir. Yo, de Péguy, soy su fans. Por muchas cosas, sobre todo por ese afán anitburgués de perseguir la verdad y la justicia por encima de la comodidad, por considerar vitalmente que más vale la pena vivir y morir exhausto que falto de hambre y regordete. 
Péguy tuvo muchos seguidores, aunque más bien post mortem. Por ejemplo Mounier, aunque a mi juicio Mounier no lo entendió bien, no lo comprendió cabalmente. Si bien la época y los tiempos de Mounier necesitaban un hombre como él, su lucha se politizó demasiado. Politización que es justamente la confusión que Péguy tanto recriminó a la Iglesia: la confusión entre la Ciudad de Dios y la Ciudad de los Hombres. (Confusiones, ambas, que se vivieron de manera paralela tanto en la Teología de la Liberación -izquierda-, como en la Acción Francesa, el Yunque y movimientos semejantes- derecha). La lucha política, y éste es el punto, no es lo propio del Cristianismo. Péguy recupera y con ello reconoce, los cimientos que pusieron los Padres para así construir la Iglesia Católica.
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Responses

  1. Soy un fantasma…

  2. Yo también soy su fans, del muchacho P, no de usted, bueno, a usted también lo quero, jajaja…

  3. ¡Amigo! Mejor coloca la foto de P en los Cahiers!


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