Posteado por: Diego I. Rosales | 6 junio 2009

Sobre el voto en blanco

Platicaba con un amigo, el rumi, sobre la nueva idea ésta que están proponiendo con casual énfasis este año a diferencia de las elecciones anteriores que yo recuerde. Es un asunto no solamente interesante sino un asunto serio.

Él está a favor del voto en blanco. O de la anulación del voto, para ser más precisos. Lo que él hará, según me dijo, es ir a votar, pero dirá a través de tachar la boleta entera que todo le parece una mierda y que todos los que están ahí ofreciéndose al poder, son unos imbéciles. Eso es lo que él dice. Y me parece muy bien. Anular el voto, en este sentido, es un ‘statement’. E, insisto, me parece bien.

Yo, así de entrada, no estoy de acuerdo con que ésa opción sea una verdadera opción democrática para la mayoría de las personas. A mí me parece que aún cuando ir a anular tu voto es en efecto una opción política, pienso que no es una opción democrática. A menos que se cumpla una condición:que dediques tu vida a construir esa opción que ves inexistente y que desearías que estuviera.

Quiero partir del siguiente principio: la democracia es mucho más que ir a votar el día de las elecciones. Una existencia democrática incluye la responsabilidad ciudadana de generar bienes públicos a través del trabajo. Es ahí donde comienza la democracia. El voto es solamente un momento de ella, un momento ciertamente importante, pero al final sólo un momento.

Ahora bien, esto implica que el verdadero ciudadano deomcrático contribuirá con su trabajo a construir ciudadanía, a fomentar una cultura de participación en la que todo individuo perteneciente a la sociedad se invlucre en la vida pública de su comunidad. Como yo veo las cosas, para hacer esto hay dos opciones posibles: a) hacerlo desde las instituciones políticas que buscan el poder, y a través del poder generar cultura ciudadana y servir a la comunidad, o b) hacerlo desde la profesión particular de cada quien y, a través de ella y de la vida diaria fomentar una cultura democrática y responsablemente dirigida hacia el bien común. La democracia se construye, por ello, desde dos ambientes o ámbitos diferentes de la vida y el trabajo: 1) desde las instituciones políticas, (partidos, candidaturas independientes, instituciones gubernamentales, IFE, etc…) y 2) desde el campo de batalla del ciudadano común.

Una vez sentado esto podemos analizar mejor el problema del voto cancelado. Es probable que en la opción 1) falten opciones políticas razonables y verdaderamente útiles, representativas y activas que utilicen el poder para servir y no para ser servidos. Es probable que las personas que se dedican a construir la democracia desde ese primer sentido sean todos unos imbéciles, corrputos, cerdos y tranzas. Es perfectamente posible. Cuando un ciudadano mira esta situación, en la que no hay partido político confiable, en la que no hay un sólo individuo de la llamada ‘clase política’ de quien se pueda pensar que es respetable, cuando todas las elecciones a las que se ha asistido son tramposas, en donde el desencanto es inconmensurable (me parece que es el caso de México), ese ciudadano tiene dos opciones si es que quiere ser un ciudadno responsable: a) dedicar su vida y su trabajo a crear esa opción institucional que hace falta o b) colaborar en la construcciónd de una cultura democrática y responsable, a través de su trabajo ordinario y ‘no-institucionalmente político’, entrarle a lucha cultural para educar neuvas generaciones de ciudadanos comprometidos con su trabajo.

Me parece que en el caso del ciudadano que ha optado por la primera opción, la idea de anular la papeleta aparece como una opción viable y responsable. Pues ante la falta de buenas opciones políticas, él ha decidio crear la suya (seguramente en comunidad con otros) y puede decir: ‘son todos ustedes una basura, y por eso no quiero que ninguno de ustedes administre el poder, pero además yo estoy construyendo la opción que creo mejor’.

Sin embargo, en el caso del ciudadano común y corriente, que ha optado por vivir una existencia políticamente responsable aunque a través de un trabajo no-institucionalmente-político -como es el caso de la mayoría de los ciudadanos de este país-, la opción por anular el voto aparece como irresponsable. Aún cuando en su trabajo esté colaborando en la construcción de una cultura políticamente responsable, si no opta por alguna de las opciones institucionales que hay, ¿por qué estarían optando entonces al tachar la boleta entera? Anular el voto en este caso es como decir:  ‘no me parece ninguna de las vías institucionales que ofrecen, así que no quiero ninguna, pero la que yo quiero, que la hagan otros’.

Creo que el ciudadano de la primera opción será un ciudadano responsable. Mientras que el segundo será un ciudadano irresponsable que ha claudicado de la vía institucional de la democracia, aún, nótese, cuando colabora con su trabajo para construir una cultura democrática. Por eso pienso que andar por ahí diciendo: ‘lo mejor es anular el voto..’ es en cierto modo irresponsable, a menos que vaya acompañado de ‘… pero miren esta opción que les ofrezco, únanse y construyámosla juntos’.

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Responses

  1. Querido Diego:

    Dentro de la democracia, votar, no votar o anular el voto está dentro de su misma lógica y legitimidad, por lo cual, no se ha claudicado de la vía institucional, ni siquiera si no hace una propuesta o trabaja para ejecutarla.

    En México, el debate no está en ese nivel, sino en uno muy básico: cultura ciudadana, es decir, respeto a la ley, convivencia y participación. ¿De qué sirve construir opciones si el mexicano común no se preocupe de mantener limpia y ordenada su ciudad?

    Los partidos políticos en general, son una farsa: al ser ya una “especie” distinta a los ciudadanos comunes, tienen ya intereses creados: la obtención y mantenimiento del poder. El juego de los intereses se enfoca en ello y la participación ciudadana con el voto es sólo para legitimar su existencia, en ese sentido, me parecería más “irresponsable” continuar la farsa.

    Pero la farsa continuaría aún participando “institucionalmente”. Diego, el problema no es la institucionalidad, sino el “humus” que debería vivificarla.

    AHora bien, no sólo se trata de la manera de ser del mexicano promedio para el cual la ley es lo último que hay que cumplir, sino también, el hecho de que la llamada “clase política” esté viciada de raíz, porque el hartazgo hacia los políticos sucede tanto en países del Primer Mundo como en los del Tercer Mundo.

    Creo que se impone otro tipo de entender la convivencia social. Creo que habría que hablar de Anarquía, y anarquía en un sentido que, probablemente, podríamos discutir después.

    Saludos.

  2. Aquí no sale la foto. Y eso se echa de menos.
    Pero está bien, copión amigo.

  3. En términos generales estoy completamente de acuerdo. Pero ¿dónde empieza la construcción de esa opción que mencionas? No me parece que haya dos caminos, uno ancho y otro angosto. Lo que hay que cambiar no es la estructura política de México ni las instituciones, tampoco los partidos. No se trata de crear más instituciones inútiles ni de andar en movimientos civiles (ingenuos) como “Jóvenes por México” o algo parecido que al final, cuando ganan suficiente reconocimiento e importancia (y $$$), terminan politizándose para ser la misma puerca pero revolcada. Lo que hay que cambiar es el ethos del mexicano. Los políticos que tenemos son a fin de cuentas ciudadanos común y corrientes elevados a una posición privilegiada. Toma al azar a 3000 mexicanos, pon en sus manos el Estado, y verás exactamente el mismo resultado. La clase política no es más corrupta, más ignorante ni más hija de puta que el mexicano común y corriente. Algunos andan en el Senado, otros secuestrando, otros simplemente en la hueva. Ojo: no digo que el mexicano común y corriente sea (en acto) criminal y corrupto. Digo que por nuestro ethos, si a ese mesero aparentemente honrado y guadalupano que no le hace daño a nadie y trabaja de sol a sol, le das un poquito de poder y le prometes la gloria, se va a volver tan hijo de puta como cualquiera de los cuatines que tienen en sus manos el futuro de este país. Cambia el ethos y verás inmediatamente a México transformarse en la Tierra Prometida. ¿Eso cómo se hace? Pensando. Criticando. Escribiendo como tú lo haces aquí. Filosofando, quizá. Hablando con la gente que tenemos a nuestro alrededor y metiéndole ideas más sólidas. Invitándolos a cultivarse un poquito, a ser críticos, a leer un maldito libro. Pero creo que necesariamente todo esto se tiene que hacer fuera del Estado, al menos por ahora, porque el Estado actual no permite esa crítica global y objetiva, porque si te metes en la polaca, pierdes esa libertad para criticar el todo, necesariamente te vendes a un color, a un proyecto o una idea de nación específicos y miopes que no pueden ver fuera de sí mismos, incluso si son bien intencionados. Si te vuelves panista, por ejemplo, tienes que participar en un proyecto que se llama pintar lo más que se pueda este país de azul e ignorar todo lo demás en la medida de lo posible; un proyecto que se llama conservar el poder para el 2012. Y no es necesariamente un proyecto malo. Lo que tiene de malo es que se cree el mejor proyecto y no está dispuesto a sacrificarse para hacer entre todos un proyecto que se llame México en el cual no importen tanto los colores ni quién se lleva el mérito, sino MÉXICO. Y eso suele llamarse democracia. Estamos tan separados como pueblo que no hay una colaboración mínima, hay tres grandes proyectos de México y los tres se excluyen mutuamente en su escenario más ideal. Estamos viciados y no podemos ver que para que gane México hay que estar dispuestos a perder algo como partidos. La democracia significa que cada uno pierda algo para que ganen todos. La visión es más bien que para que México gane, hay que chingarse al otro. Y chingando y chingando no hemos llegado a ningún lugar después de 200 años de alegres pendejadas.

    Volviendo al primer tema: no creo que la obligación de quienes tenemos un poquito de sentido común, un algo de letras y un fuerte deseo de ver a México por el buen camino, sea entrarle de lleno a ese sistema corrompido y tratar de cambiarlo from the inside. Es más bien lo contrario: es estar fuera y tratar de cambiar la mentalidad del mexicano promedio sin vendernos a nada ni a nadie que se asemeje a una estructura política. Supongamos que la solución esté en la educación. Ok. ¿Sirve de algo ir a la SEP? ¿Crees realmente que se podrá hacer algo dentro de ese monstruo? Muy poco, creo. Al final o te corrompes o te inmolas. Mucho más se puede hacer desde fuera. Estas elecciones están muy sonadas y al final creo que valen para pura madre. Si la gente vota o no, al final esos cuatines -sean de donde fueren- van a tomar sus puestos y van a seguir haciendo todo mal. Hay que poner en el centro de todos los esfuerzos al mexicano común y corriente y cambiar su mentalidad. Hay que escribir libros, artículos, hay que escribir en el periódico, en las revistas, en los blogs (cuando seamos grandes, al menos: y ya estamos casi en ese punto). Hay que ir a dar cursos a los políticos, a las fundaciones, a los ciudadanos, pero no hay que pintarse de azul ni de amarillo ni de nada.

    Pensar que si no haces nada dentro de lo político y eres simplemente un buen ciudadano entonces lo menos que puedes hacer es votar, me parece una opción respetable. Pero también no votar es una opción respetable: es una denuncia. Dices que este tipo de ciudadano quiere que otros construyan la opción que a él le gustaría tener. Pero esa otra opción no se llama partido político ni candidatura, se llama cultura de colaboración, trabajo, unión y cualquiera que la practique en su vida diaria también está construyendo esa opción. Si no ve esa opción en ningún partido ni candidato, entonces mejor que no vote por algo en lo que no cree, por un sistema que no sigue los principios que él trata de vivir. Es algo contradictorio. No votar es decir: ninguno de ustedes me convence más allá de sus propuestas que siempre suenan alentadoras porque todos ustedes andan preocupados más en chingarse y en ganar que en hacer algo por México. Y eso es inaceptable. El resultado de un abstencionismo abrumador podría ser éste: que se gestara una verdadera revolución en la manera de entender la política desde dentro y desde fuera y nos llegara por fin el momento de reflexionar un poquito y descubrir por qué no vamos hacia ningún lado con esta mentalidad. Que ante un abstencionismo de más del 80% todos los partidos políticos perdieran, POR FIN, al menos algo: credibilidad (y con esto no quiero decir que la hayan tenido alguna vez, pero que la vean mermada todavía más). Y lo que necesitan, más que nunca, es perder. Que cada uno de ellos pierda para que ganemos todos. Es la consigna.

    Un fuerte abrazo. Ojalá nos veamos el fin para seguir discutiendo esto, que está muy interesante.

  4. un gusto leerte por acá

    lo que para mí es muy importante es la lucha por terminar con el monopolio de los partidos, un primer paso es que todos los ciudadanos puedan ser candidatos para puestos de elección popular


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