Posteado por: Diego I. Rosales | 14 julio 2009

El txupinazo

Llegué a Pamplona de noche pero no llegué a oscuras. Cuando arribaba a la estación, podía ver por la ventanilla que el sol se ponía. Arrojaba sus últimas luces, y enrojecía la panorámica.

Venía de Granada, en donde había estado con motivo de un congreso de filosofía en el que definitivamente no hice un buen papel en el sentido estricto. El evento fue de cualquier manera fructífero pues el objetivo real de los congresos se cumplió: hacerte de relaciones para trabajos futuros y para payasear un rato, además de elevar el querido ego, sujeto absoluto, de todos y cada uno de los filósofos que asisten. También, evidentemente, era mi caso.

Granada es una ciudad muy pequeña. Pero una ciudad al fin y al cabo. En esa zona de Andalucía, en verano, el aire quema la piel y el calor es insoportable. La cerveza no resulta suficiente para eliminar el soponcio y la temperatura obliga a permanecer encerrado durante el día. La ciudad andaluza, por consiguiente, solamente se dejaba mirar de noche. A oscuras. Y eso era precisamente lo que faltaba cuando llegué a Pamplona, a pesar de haber llegado de noche.

He aquí una foto que hice del cielo desde la ventanilla del tren. Eran las 10 de la noche.

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Pamplona es una ciudad sumamente pequeña. No la conozco en otras fechas del año pero en sanfermines no tiene lugar para hospedar a todos los peregrinos, fieles creyentes, que acuden a la plaza del ayuntamiento a festejar con el txupinazo el comienzo de tan sacras y pías fiestas. La gente, pobre, se ve obligada a utilizar los camellones y pequeños prados como cama para pernoctar y poder ser parte de los ritos en los que ha de participar la comunidad de fieles. Para el ritual uno debe llevar traje de carácter: pantalón y camisa blancas, y un fajín rojo, que debe colgar por el lado izquierdo. Todo comienza cuando en el momento del txupinazo, la jefa de la tribu incita a todos a mostrar al cielo una suerte de pañoleta roja que, según sea el caso, puede tener bordado en una esquina una imagen del santo Fermín, o el escudo del Ayuntamiento de Pamplona, o ambas a la vez. No se excluye nada, se le da cabida a todo. Una vez que la jefa anuncia a todas las pamplonesas y todos los pamploneses el comienzo de las fiestas, la pañoleta debe amarrarse por el cuelo, con el nudo hacia el frente y debe también, al mismo tiempo, inflarse el pecho de orgullo y gritar un poco como si se fuese bárbaro horrorizado. De ahí en adelante, la pañoleta no debe ser retirada sino hasta el ‘Pobre de mí’, pues se corre el riesgo de ser declarado anatema.

La fiesta del txupinazo da comienzo, entonces, a la liturgia del vino, en el que su función espirituosa no solamente se ve exponencialmente crecida sino que en ocasiones, es sustituida por una función empapadora y de corte más bien ornamental, pues conforme pasa el tiempo se va volviendo más o menos obligatorio que la camisa que otrora fuera blanca, se vaya tornando color rosáceo-violeta. El vino, entonces, lo utiliza el religioso sanferminero no solamente para ponerse en contacto con las divinidades con San Fermín, y tener así experiencias místicas a través de sus efectos al ingerirlo, sino que también es utilizado para transformar aquel casto blanco de los ropajes en un morado de locura. Y Dionisio se deja entonces venir. Y la locura aparece corriendo. Y San Fermín se vuelve orate. Y Pamplona se viste de fiesta. Y la humanidad se hermana. Y la experiencia, lamentablemente, algún día termina.

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Responses

  1. Curiosa manera de ver el chupinazo, pero válida.
    Y curiosa la manera de describir a Pamplona como sumamente pequeña.
    En realidad no es una ciudad grande, pero hay que tener en cuenta que pasa de los 200.000 habitontos que habitualmente somos a tener 1.000.000, no digo de habitontos, si no de moradores. Y eso no hay hosteleria que lo aguante, ni en Pamplona ni en ningun sitio.
    Hay que pensarselo si se va a venir en Sanfermines sin tener la intendencia asegurada

    • Bueno, respecto a que es sumamente pequeña, deberán entender que yo soy de la Ciudad de México, por lo que casi todas las ciudades del mundo me lo parecerán. Por supuesto, no está de más decir que Pamplona es bellísima y que es natural que ante tanto peregrino en San Fermín, la ciudad desborde y quede sin capacidad para dar albergue al mundo. Es comprenisble, pero hasta cierto punto está bien, pues ahí reside parte de la magia de San Fermín, semana en la que el tiempo no existe: los días del 7 al 14 de julio en Pamplona están fuera del tiempo, y no se pueden medir igual que el resto de los días del año. Uno envejece y rejuvenece. Es extraordinario.
      Viva Pamplona.


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