Posteado por: Diego I. Rosales | 6 diciembre 2009

Cuento

-¿A dónde vas güey? ¿Qué te pasa cabrón? ¡Ven para acá inmediatamente -gritaba el panadero mientras agitaba el rodillo y fruncía el ceño.

Benjamín corría como si no hubiera un mañana. Le dolían las articulaciones y sudaba asquerosísimamente, pero no le importaba. A pesar de ser un romántico y tener una mente sumamente complicada, también podía ser pragmático. En este caso la disyuntiva era: o correr, o morir aplastado por la estupidez humana.

El panadero, el robado, el acribillado, el humillado, solamente quería que todo orden fuera respetado. El bolillo con los bolillos. La concha con las conchas. El cuerno con los cuernitos. La baguette con el resto de los panes de su especie. Y así. Tal como le había enseñado su padre el master & commander de los panaderos. Un gran viejo, sabio, culto, ilustrado, masón y modernísimo fundador del gremio panaderil de la aldea. El panadero, hijo único pero bastardo, no pudo más que repetir bastárdicamente la bastarda y metódica metodología racional del fundador de la también bastarda panadería. Todo bajo un absoluto control, bajo un absoluto dominio,  panes idénticos y para nada distintoss el uno del otro. Ése era nuestro querido panadero. El único, sin embargo, el único panadero de la aldea.

Todo odiaba, y más a los niños. Era un odiador profesional, nadie se le comparaba en el odio. Pero tampoco tenían comparación sus conchas, sus garibalids, el bolillo y la telera, que tanto bien trajeron a la aldea. Antes de este panadero, la torta como tal no tenía existencia. Se hacía con bolillo. No fue sino su arte lo que logró deformar el bolillo a grado tal que la telera apareció. Un 4 de julio, año del Señor.

Los niños, encantados con la aparición de la telera y fascinados del malgenio de nuestro genio panadero, no hacían más que picar el pan, pellizcarlo, disfrutarlo, olerlo, en pocas palabras, vivirlo como pan. El panadero éste lo producía. Y lo controlaba y lo medía y lo pesaba y lo vendía. Y odiaba a los niños, porque eran horribles, y porque tenían mocos y vomitaban y chillaban. Y además revolvían el pan y lo hacían incomestible. Pero era alérgico a los carbohidartos. Y no solamente alérgico sino alergiquísimo. Comer una sola migaja de sus panes era sentenciarlo a muerte. Y, en tanto fabricante del arma, si moría por ello consideraríase suicido y eso iba en contra de sus creencias masonico-moderno-ilustrado-religiosas. Por ello, no había salvación: eventualmente una migaja volaría y penetraría por sus enormes fosas nasales que todo lo aspiran y nuestro héroe entraría al camino aquel en el que una luz al final te llama. Y la seguría -a la luz- irremediablemente.

Benjamín nació un día de invierno, año del Señor. Este pequeñuelo no hacía más que estupideces, y llorar, y andar en bicicleta, y reunir a todos sus amigos y hacer que todos cantaran juntos el himno de su equipo de preferencia. Y lograr que todos cantaran canciones de taberna en una taberna y colorear de rojo narices y mejillas ajenas, pues este Benjamín era como un imán entre personas. Y era un cupido. Y era la celestina. Y era la comunión. Y era chistoso. Y todos amaban a Benjamín. Y se ponía triste. Y corría. Y bebía. Y fumaba como un niño, tosía al hacerlo. Y le decían que se controlara y no podía. Simplemente no podía. Y brincaba y todo lo que hacía lo hacía bailando. Y este Benjamín lograba que fuera Navidad todo el año, pero de esas navidades que no son cursis ni ñoñas sino místicas, como en las que todo el mundo se acuerda que es una fiesta religiosa; y también hacía que el espíritu de esta nuestra aldea -la de este cuento- rezara al unísono. Y no hacía otra cosa que reír regordeta y melancólicamente. Pero el panadero no podía si quiera mirar al Benjamín. Su bastardez, o mejor, la conciencia de su bastardez le impedían ver en Benjamín lo que todos veían. Por eso lo odiaba. Con odio hiper-jarocho. Lo que es ya mucho decir.

Banejamín era muy bien portado. Y también el panadero. Con Benjamín las cosas no funcionaban. Todo lo descomponía: la burocracia, la bolsa de valores, la moral, las jerarquías. Con este Benjamín lo estabelcido se rompía, se quebraba. Pero todos, por eso mismo, querían a Benjamín: porque hacía que las cosas no funcionaran, que fueran aleatorias, pero de colores y bailando. Y con el panadero, en cambio, el mundo seguía girando. Había monotnía y diferentes tonos de grises. Únicamente grises. El panadero era rico y por tanto mezquino. Benjamín, en cambio, no hacía otra cosa que derrochar. Aún con esto, en el fondo, Benjamín era el mejor portado de todos. No hacía otra cosa más que portarse bien. Aún cuando quería portarse mal, no podía, sino que se portaba bien.

Sin embargo, a pesar de que nuestro Benjamín era un bien-portado tenía, como todos, un diablito y un angelito. De aproximadamente 5 centímetros cada uno. Que, como a Sócrates, le iba diciendo que era lo mejor elegir. El diablito, del lado izquierdo. El angelito, del lado derecho.

Y Benjamín tuvo hambre. Y Benjamín quiso un pan. Y Benajmín fue a la panadería, a comer pan el panadero bastardo. Y Benjamín quiso portarse bien, como siempre. No quiso ser nada original, sino que quiso ser en la panadería como siempre había sido. No quería sorprender a nadie, no quería cambiar el mundo, no quería instaurar un nuevo paradigma de racionalidad, no quería revolucionar la filosofía entera y la teoría sobre el hombre. No quería satisfacer ninguna necesidad del corazón humano. Y terminó haciendo todo lo que no quería hacer. Y así, motivado por el pequeño diablito que aparecía en su hombro izquierdo tras una diminuta humareda, decidió mezclar especies y combinar panes con panes. Bolillos con teleras. Baguettes con cuernitos. Chapatas con bagels. ¡Y aún más! ¡Mezcló dulce con salado! Y revolvió a las donas con los panes de queso, y algunos de los bolillos terminaron junto a las orejas. Porque no podía hacer otra cosa. Estaba en su naturaleza.

Y terminamos la historia en donde este escrito ha comenzado. Y le podemos llamar, así, a este cuento “el eterno retorno de lo idéntico a través de la creación de nuevos paradigmas y valores que realmente son viejos pero que a pesar de eso nos hacen pensar que nos han salvado pero en realidad no hacemos sino repetir patrones y perder la oportunidad de ser creativos a menos que un pequeñito estilo frodo nos saque de nuestras casillas y le ponga a la vida el colorido que le falta.”

Final del cuento: Benjamín muere, de hecho, aplastado por la estupidez humana. El panadero, también, por aspirar una migaja del cuernito dulce.

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Responses

  1. Ok, padezco seriamente de iotacismo.


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