Posteado por: Diego I. Rosales | 19 agosto 2010

Respuesta a G.G.Jolly

El texto que aquí presento es una réplica a este artículo de G. G. Jolly. Si bien lo que yo escribo puede entenderse por separado, lo interesante aparece únicamente cuando se ha leído antes el texto del señor Jolly.

Querido Gabriel,

Sobre el matrimonio civil

Difiero de ti en que no debería existir el matrimonio civil. Por las razones que tú expones, estaría de acuerdo contigo: el estado no debe entrometerse en la cama de nadie. Sin embargo, creo que hay al menos una razón de peso para que sí exista y que no comentaste, o que, al menos, no se contradice con la razón que tú adujiste para defender la desaparición del matrimonio civil. Esta razón es que el estado debe cuidar las relaciones de justicia entre las personas. Para eso se establecen contratos. Cuando dos personas quieren fundar una familia, hay ciertas condiciones de justicia, sobre todo distributiva y procedimental, que deben cumplirse para que los fines para los cuales las dos personas hicieron el contrato puedan realizarse y, si no, que reciba el azote de las consecuencias.

En ese sentido, me parece que el matrimonio es una institución, un contrato legal, que cuida que las partes incluidas en él cumplan lo prometido y se lleve a cabo de acuerdo con y bajo las condiciones de lo pactado. No creo que sea un asunto de camas. El matrimonio es, en este sentido, análogo a una Asociación Civil o a una Sociedad Anónima de Capital Variable. Es creado con el fin de proteger un tipo de sociedad y por eso se vuelve un bien deseable. Creo que eso tú no lo ves.

Sobre los matrimonios entre personas del mismo sexo

Esto me lleva a diferir de ti en un segundo punto: yo no pienso que sea legítimo que haya matrimonios entre personas del mismo sexo. Lo sostengo por una simple referencia lingüística. Si es el caso que el matrimonio se ha creado para proteger un tipo de acuerdo, un tipo de sociedad que tiene unos fines determinados, en este caso formar una familia, con un esposo y una esposa (a pesar de que no sé qué rayos significan estos términos en sentido secular, los utilizaremos porque es el consenso), no es posible llamar matrimonio a una sociedad cuyos fines o cuyos medios son otros. Por ejemplo, si yo quiero crear una sociedad sin fines de lucro pero con fines sociales, yo debo formar una Asociación Civil. Si quiero hacer dinero, debo formar una Sociedad Anónima de Capital Variable, y así por ello hay muchas formas de sociedades, cada una que protege ciertos tipos de uniones y con ciertos fines determinados. Para poner una empresa, por ejemplo, uno puede crear una Sociedad Civil (SC) o una Sociedad Anónima (SA), dos figuras jurídicas diferentes que sirven para proteger a las partes de que se cumpla con lo pactado en los mismos términos de lo pactado. Si los términos son diferentes, las figuras, por consecuencia, deben ser diferentes.

El caso del matrimonio es igual: el matrimonio es un tipo de sociedad con ciertos fines, que se consiguen a través ciertos medios, por ejemplo: formar una familia a través de una relación heterosexual. Que a veces no se consigan es otra cosa (incluso creo que el amor no es una variable que aparezca, pues el matrimonio civil solamente alcanza hasta la justicia). ¿Que ésta es una definición consensuada o ‘puesta’? Obvio. (Así es el derecho: nosotros inventamos las Asociaciones Civiles y las Sociedades Anónimas, nosotros inventamos el matrimonio y el divorcio y así.)

Mi punto es, en corto, que debe haber un límite en la extensión de los conceptos. Si no, Babel. Si mis medios serán otros, o si mi tipo de sociedad o unión será otra, entonces que se llame de otra manera. Precisamente porque se regularán cosas diferentes, relaciones diferentes y fines diferentes. No es lo mismo la heterosexualidad que la homosexualidad, y eso es algo que hay que reconocer: la diferencia. Una sociedad que no reconozca la diferencia es una sociedad totalitaria e integrista.

¿Cuál es el límite de la extensión del sentido de las palabras? No me opongo a que los homosexuales formen familias, ni a que se establezcan en parejas, ni a que garanticen que las condiciones de justicia necesarias para una relación de pareja sean garantizadas por el estado. Me da igual. Que cada quien erija contratos con quien guste y por los motivos que guste.

Sobre la adopción en general

En cuanto a la adopción, coincidimos. No hay tal cosa como el derecho a ser padre, o como el derecho a adoptar. Los derechos son sobre bienes y los hijos no son bienes a reclamar. Pero más allá de la reflexión jurídica, me parece importante también dejar en claro un punto social que mi amiga Diana me ha hecho ver con claridad: los niños huérfanos son responsabilidad de todos. Dentro de la familia hay miembros más vulnerables que otros: los ancianos y los niños. Es responsabilidad de la familia cuidar de ellos. Si no hay familia, entonces es responsabilidad de la sociedad mirar por el bienestar y la dignidad de estas personas. En ese sentido no podemos concebir la paternidad (natural o putativa) como un punto más en mi realización personal. La paternidad (maternidad) es, en un sentido, hacerse responsable del bien de un niño. Si eso, además, me hace más pleno y me hace desarrollar mis capacidades, muy bien. Pero el hijo no puede ser visto como una más de las cosas que hay que conseguir en la vida: “ya conseguí la dirección de la empresa, ya conseguí el doctorado y el Mini Cooper. Ahora me hace falta lograr la paternidad”. Ésa es una manera irresponsable de concebir la paternidad pues en el centro está el yo y no el bien que merece serle dado al niño. Es una visión socialmente irresponsable de la paternidad. Me parece, por esto, que la adopción no es solamente que no sea un derecho, sino que es un acto de responsabilidad, en el que las partes autónomas implicadas: estado y probables padres (o padre o madre) son responsables del bienestar del niño y, por decirlo en términos poéticos, deben someterse a él, y no al revés, en cuanto a que de ellos dependerá el bienestar y el buen desarrollo de éste por lo que los candidatos a padres deberán cumplir con una lista severa de requisitos que, al menos formalmente y hasta donde un estado puede llegar, garantice la justicia y el bien del niño en cuestión: estabilidad económica, juventud, salud, estabilidad emocional y psicológica y garantía (hasta donde es posible) de que en quien se está pensando es en el bien del niño y no en la satisfacción individual del padre, madre o los padres.

Sobre la adopción entre personas del mismo sexo

No me parece que haya ninguna razón para pensar que es indeseable siempre y cuando se cumplan las características arriba señaladas. Incluso, dadas las circunstancias, me parece que una persona soltera (mujer u hombre) debe también tener la posibilidad de adoptar, y no como sucede ahora, que es una posibilidad exclusiva de las mujeres solteras y no de los hombres solteros.

Mi abrazo.

Diego.

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Responses

  1. http://ululatus-sapiens.blogspot.com/2010/09/sobre-el-matrimonio-civil-replica-d-i-r.html

  2. Querido Diego,
    Estoy fundamentalmente de acuerdo con tu punto de vista.
    Quiero añadir a la discusión un factor que han dejado de lado Gabriel y tú. La variable que hace escandalosa la legislación sobre este asunto y para la que sería trivial si se inventa una nueva sociedad jurídica con el propósito de regular cualquier otra comunidad que se reuniera, pongamos por caso, con el fin de formar un club de lectura, de discusión política o lo que fuera. Esa variable es el escándalo (en el sentido popular y no técnico del término).
    En efecto, lo que sabe un católico promedio y cualquier integrista tradicionalista es que hay algo distinto (como bien enfatizas) en las relaciones homosexuales. Y eso distinto les provoca un escozor en el órgano moral. Para rascarse, defienden (casi siempre con argumentos de a tres por cuatro) lo horroroso y aberrante de las relaciones homosexuales. Verbigracia, el impresentable cardenal Íñiguez.
    Quienes defienden el “derecho” de los homosexuales a que sus uniones sean reconocidas por el Estado suelen estar al mismo nivel de sus detractores, casi siempre.
    O sea: la discusión es, para no variar, paupérrima. Y está formulada en términos más bien integristas y tontos.
    Y bien: el escándalo. Eso es lo que parece terrible a los católicos y a los tradicionalistas (como Fidel, por cierto). Y es que, tradicionalmente, el Estado ha defendido un cierto orden moral. Y creo que lo que hay que preguntarnos, Jolly, Diego, Enrique, no es si el Esatado deba regular las sociedades que forman sus ciudadanos (eso, me temo, no sólo es inevitable sino, además, la razón de ser y responsabilidad del Estado), sino si al Estado le corresponde disponer sobre asuntos de moral.
    Creo que no.
    Mi intervención presume una distinción fundamental entre un nivel ético y otro legal. El legal es, digamos, de nuevo inevitable y, otra vez, la razón de ser del Estado. El orden social, que es el moral, corresponde a la sociedad. Cuando alguien se pasa de la raya y comete un crimen, ya no hablamos del orden social (en el que el Estado no tiene nada que ver), sino del orden legal. Atención: dije crimen. Ahí están las violaciones, que refiere Enrique, y esa clase de eventos.
    Lo problemático aquí es que ambos órdenes de cosas suelen estar entreverados y en algunos casos puede ser difícil discernir un crimen de una mera heterogeneidad del orden moral más popular. Pero esa es otra cuestión.
    El Estado, por eso, debe ser tan flexible para reconocer las relaciones naturales de las sociedades , siguiendo tu argumento, Diego, como lo exija la sociedad. Y por eso debería reconocer las relaciones homosexuales. Y las de quienes deciden casarse con más de una persona (como los mormones e hindúes). Esa es la razón por la que las legislaciones contemplan la figura del concubinato (por mucho que, al final, resulte machista en su fundamento, resulta un esfuerzo por proteger a la concubina que quedaría desprotegida ante la ausencia de quien la tomó en tal carácter).
    Conque cualquier día discutimos, en los términos de la moral, si es o no reprobable la homosexualidad. Pero esa discusión no pertenece a las atribuciones del Estado, que sólo debe reconocer las relaciones que, de facto, se establecen.
    Un asunto complejo, por lo demás, y que permanece abierto, es que al sancionar en leyes cierto orden estrictamente legal, ello redunde frecuentemente en la criminalización de ciertas conductas estrictamente morales. Así, es “ilegal” el matrimonio de un hombre con varias mujeres, porque el Estado sólo reconoce el matrimonio heterosexual biparental (qué horrible palabra, por cierto).
    Ésto es, según yo, lo que no ven aquellos a quienes el matrimonio homosexual les da comezón: que el Estado no debe intervenir en la moral (ámbito privado) de sus ciudadanos.
    Por otro lado, y para terminar, recuerdo lo que respondía cierto eclesiástico a la pregunta que un reportero le dirigía, sobre su parecer acerca del matrimonio homosexual. Decía: “Por mí, que lo reconozcan. Ingenuos: nosotros, que llevamos miles de años casándonos, bien sabemos a qué van…”. Pero, dejando la humorada, soy del parecer de que, tratándose de una sociedad singular, debería crearse una institución singular. Decirle diferente a lo diferente no es discriminarlo: no por ello debería ser de segundo órden.
    Saludos a todos.

    Juan Manuel

  3. Mi querido Diego:

    Justo estaba por escribir la replica a mi estimado Jolly, cuando me tope en Twitter con la tuya.

    Al igual que tú, estoy en desacuerdo con Gabriel en el punto básico de la discusión, ¿el estado debe regular el matrimonio? Aunque mi perspectiva varia ligeramente.

    Concuerdo con ambos en que el estado no debe inmiscuirse en la cama de nadie, y de hecho el mexicano no lo hace, siempre y cuando no se agredan los derechos fundamentales de nadie, p.e. violaciones, abuso, etc.

    Cuando el estado regula un matrimonio, un concubinato, una “sociedad de convivencia”, no regula la sexualidad, ni el amor, regula los derechos que puedan surgir; herencia, patrimonio de la sociedad, relación con los hijos, derechos de seguridad social, etc.

    De ahí que la razón de ser del matrimonio civil y del matrimonio religioso, son muy diferentes. Mientras el último es formalizar la unión entre dos personas, bajo un rito religioso, con miedo a decir una tarugada, para “bendecir” a los ojos de Dios dicha unión.

    Aunque el origen de la palabra matrimonio, es “la carga de la madre” y se podría inferir que para la existencia del matrimonio debe existir una madre, creo que la lengua evoluciona, y el ejemplo mas claro es patrimonio, cuyo origen es “la carga del padre”, aunque ahora se refiera al conjunto de bienes que posee una persona.

    Mi objeción radica en que considero que la institución de matrimonio considerada en la legislación mexicana como un contrato, adolece de un enorme defecto, la idea de contrato. La condiciones que impone nuestra legislación para la existencia de un contrato son: capacidad de las partes, que el objeto sea lícito, y se encuentre en el mercado. ¿Cuál es el objeto? y en todo caso que podamos consensuar eso ¿es posible comprarlo?

    Yo abogo primero o porque se cambie las condiciones de creación de un contrato, que crearía mas confusión, o simplificar la legislación, entre matrimonio, concubinato, “sociedades de convivencia” simplificar; la intención de las figuras es proteger los derechos inherentes a la unión de dos personas.

    Un abrazo


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