Posteado por: Diego I. Rosales | 19 septiembre 2010

Lost in Montebello

A Paniel, Guillermo, Jorge y Mariana

A Francisco, que también esperaba por nosotros

Ingenuos, decidimos que era una buena idea tomar unos kayaks y navegar. En equipos de a dos, tres amigos y yo respiramos hondamente y saltamos a las aguas. Las lagunas de Montebello en Chiapas se nos presentaban como el mejor escenario en donde podríamos hacer algo divertido, sentirnos jóvenes, ecológicos y hermanos. Pero, sobre todo, jóvenes.

Nos habían dicho los lugareños que estábamos a solamente unos kilómetros de Guatemala, que del otro lado de la laguna grande llegaríamos a costas extranjeras. Púberes inconscientes, nos enamoramos de la idea de llegar a Guatemala en kayak y nuestra excitación no tuvo control.

Nadie nos frenaba ni nos frenaría. Ni Dios mismo, en quien creemos los creyentes. Así, con el brillo en en los ojos y Guatemala en la mirada, nos armamos de nuestras extremidades y partimos los remos en dos, de suerte que a cada uno tocara medio remo. Emprendimos la marcha. El aire nos ayudaba a navegar en la dirección que deseábamos. Incluso pensamos que éramos fuertes y que teníamos gran condición. Una brazada de cada kayak representaba un gran avance en la distancia que había que recorrer en el lago. Parecíamos peces en el agua. Aquamanes. De la emoción, incluso, llegué yo a decir que el agua era mi elemento. Ya entrados en la diversión, en la mitad de la laguna, entre risas y jugueteos, decidimos organizar algunas competencias y algunas actividades lúdicas: amarramos los kayaks, los desamarramos, navegábamos de pie, de rodillas, dimos unas dos ó tres vueltas a un pequeño islote. En fin, no solamente soñábamos con la libertad que otorga la naturaleza, sino que vivíamos esa libertad en pleno. En medio de estas actividades de esparcimiento típicas de juventud yo caí del kayak por un error de equilibrio y perdí mis espejuelos. Éstos se hundieron rápidamente en el agua azul y me fue imposible volver a encontrarlos. Como es natural, mi franciscana juventud permitió que mis ánimos no se turbaran. Yo vivía ligero y despreocupado, y perder bienes no era para mí una tan mala noticia. Me recuperé y el resto del viaje lo hice con mala vista lo que no estuvo mal porque aprendí que más importa, en los viajes, el sentido del gusto que el de la vista. Nuestros juegos continuaban y, en una de ésas -como más tarde habríamos de darnos cuenta- perdimos un remo. En ese momento no notamos la pérdida de tan preciado instrumento, pues las risas y el chacoteo eran tan relajantes que no podíamos pensar en nada. Éramos, simplemente, felices, en medio de un clima gozoso, unas montañas imponentes, un azul imborrable de la memoria y un paisaje inolvidable. Entre risas y plática de amigos, fuimos felices, aunque fuera un momento. El período de esparcimiento, como es natural, llegó a su clímax y más tarde fue decayendo, pero la aventura continuaba. Decidimos arremeter entonces contra el agua y continuar el camino ya emprendido. Nos dirigirnos al otro lado del lago y después de remar un buen rato llegamos, al fin, a lo que supuestamente era ya Guatemala. Arribamos a la costa. Nos bajamos y arrastramos los kayaks a zona segura, a donde la corriente no pudiera llevárselos porque, a pesar de ser un lago, el oleaje era algo intenso. El piso era lodoso y nuestros pies se hundían levemente en el fango. Evidentemente íbamos descalzos pues el reglamento chiapaneco prohibía usar calzado para navegar las lagunas. Nuestros brazos estaban ya tostados por el sol y teníamos todavía un futuro por descubrir. Estábamos cansados pero eramos capaces de emprnder otro viaje igual. Era, incluso, temprano. Fuimos a explorar pero no llegamos muy lejos. Yerba. Malayerba. Hierbabuena. Lodo. Mosquitos. Varios. Nos hicimos algunos cuestionamientos sobre si eso era o no Guatemala. No pensamos que lo fuera y, si lo era, nuestra Guatemala no era más que una explanada lodosa y llena de vida silvestre. Lo normal en esa zona, pues. No vimos ni guatemaltecos ni guatemaltecas. Ni una. Ni una sola. Así que terminamos por aburrirnos y decidimos emprender el viaje de regreso. Montamos los kayaks, y navegaríamos de vuelta al hogar.

Ya sin mis espejuelos me percaté de que nuestras brazadas habían disminuido en su potencial de manera muy significativa. Gratamente, vi que no era solamente yo sino que todos lo notaban. Bueno, era bastante evidente que no avanzábamos ni un metro. Por más que pensáramos que teníamos brazos de acero la corriente se encargaba de hacernos ver que no era cierto. Y no avanzábamos. No podíamos hacerlo. El aire estaba en nuestra y, con él, la corriente. Comenzábamos a cansarnos pero seguíamos intentando apelar a nuestra condición y fuerza para salir avantes. Al ver que nuestra fuerza era insuficiente, y que nuestro destino estaba lejos, comenzó a llegar el hartazgo. Además, ahí fue cuando nos dimos cuenta de que habíamos perdido un remo, lo que abonó a la desesperanza. Teníamos algunos kilómetros por navegar con el viento y la marea en contra. Estuvimos intentando avanzar aproximadamente unos 20 minutos. Mis bíceps y mis tríceps no podían más, gritaban cada vez que movíamos los brazos al mismo tiempo que nuestra psicología se derrumbaba. Nos sentíamos perdidos. De pronto, escuchamos un ruido ensordecedor y estremecedor que venía acompañado de nubes grises y negras. Era un trueno. No llovía aún, pero era seguro que llovería dentro de poco tiempo, lo que complicaría muchísimo nuestros esfuerzos por superar la corriente, pues la lluvia alebrestaría al viento y al movimiento de las aguas. Estaríamos condenados, con ello, a permanecer en la inhóspita y lodosa costa guatemalteca porque lo más fácil y seguro, en esas condiciones, sería regresar. Pero ya estábamos a mitad de camino y no lograrlo no era solamente un golpe físico sino anímico. Espiritual. Una amiga nos esperaba en la costa original, como una madre que cuidaba a sus pequeños hijos que salen a buscar la verdad de la vida en tierras lejanas. Debíamos regresar, si no, ella se preocuparía y nosotros quedaríamos varados en las costas guatemaltecas, sin alimento, descalzos y rodeados de insectos de la selva.

De pronto, mi compañero de kayak y yo vimos cómo el otro grupo, el otro par de hombres a la deriva, respiró hondo y mentalmente superó a la naturaleza. Obligaron a sus músculos a trabajar más allá de sus capacidades. Forzaron máquina y se dispusieron a avanzar. Veíamos cómo lo iban logrando, lentamente nos fueron rebasando y se separaron de nosotros en la dirección adecuada. Fue un gran momento, pues la lluvia se avecinaba amenazante.

Mientras, los de acá, nosotros, los dueños de los cuerpos debilitados, mi compañero y yo estábamos alicaídos y psicológicamente derrotados. Decidimos, erróneamente, hacer escala en una costa lateral, de esas costas que son más bien rocas amontonadas y en donde es imposible atracar. Pero en ese instante, en lugar de reanimarnos, vino lo peor. Pues se combinó cansancio con torpeza y en nuestros jaloneos que intentaban acercarnos a la costa, se volteó nuestro kayak. Muy cerca ya de tierra, pero a fin de cuentas se volteó. En principio, uno consideraría que eso no es problema pero mi compañero no sabía nadar. Nadie del grupo lo sabía. Él pensó que el chaleco salvavidas bastaba para salir a flote, pero el movimiento instintivo por el cual uno da con la superficie necesita cierto entrenamiento. Él no lo tenía y tragó agua, mucha agua. A pesar de que el chaleco lo llevó a flote, el trauma psicológico fue grande. Estuvimos aproximadamente diez minutos sentados, llorando al menos internamente. Entre los dos logramos poner el kayak al derecho mientras veíamos, además, cómo el otro equipo se había podido sobreponer no sin esfuerzos a las calamidades. De lejos se veían también sufrir, pero se mantenían activos, con la mente fija y segura en su objetivo. La contemplación de esa escena, de la pareja de hombres animados por el reto y la dificultad a forzar sus músculos y sus cuerpos, representó para nosotros el máximo momento de inspiración y de gloria. No sabría decir si fue o no una inspiración divina, pero sí fue un momento de gloria. Decidimos, igual que ellos, emprender la marcha, igual que el otro equipo, que aunque ya nos llevaba mucha ventaja, era para nosotros la esperanza de que podíamos salir del atolladero. Y comenzamos entonces de nuevo.

Nos subimos al kayak y comenzamos a remar. Al principio, lo logramos. Nos separamos de la costa con bastante éxito en la dirección adecuada. Pero nuestros brazos nos volvieron a traicionar y comenzó a dificultarse la marcha. Una vez más, y con el clima más salvaje que nunca, nos percatamos de que no podíamos avanzar, pero a pesar de ello continuábamos intentándolo. Lo más que podíamos conseguir era navegar de lado, pues el viento nos aventaba hacia al lado derecho. No conseguíamos la recta, pero sí conseguíamos al menos una trayectoria que nos permitía avanzar en diagonal. Era mejor que nada. Logramos encontrar un ritmo constante pero fatigoso, pudimos alcanzar ese estado en que se bloquean las sensaciones del cuerpo y se le obliga a éste a hacer lo que se le dice. Al fin, después de un largo rato de avance constante, sin reflexión y mucha obligación, arribamos a puerto, a las costas originales de las que habíamos zarpado. Pero varios kilómetros lejos. Nuestros amigos, que ya habían llegado al lugar de partida, se habían lanzado a pie en nuestra búsqueda. Desde que llegaron a tierra nos fueron siguiendo desde lejos con la mirada, como padres que miran crecer a sus hijos a la distancia, a la sombra, respetando sus errores y dejándolos caer a veces. Así, poco a poco se fueron acercando al punto al que nosotros llegamos, pero a pie.

Cuando mi compañero de kayak y yo llegamos a costa, nos encontramos con dos hombres buenos, curtidos, recibiéndonos con los brazos abiertos y dispuestos a decirnos que todo iba a estar bien. Además, se ofrecieron a ayudarnos a cargar nuestro kayak y caminamos los cuatro de regreso unidos ya no por la amistad de los años de convivencia, sino por la unión que genera haber vivido tan de cerca el riesgo de la muerte.

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Responses

  1. Pareces Santa Claus

  2. A mí, ahora mismo, me duele el hombro izquierdo porque mi compañera de kayak nos abandonó a mis fuerzas. Antier.


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