Posteado por: Diego I. Rosales | 9 junio 2011

No es el alma

“Es terrible, angustioso, aterrador, pensar que cada conciencia humana vuelva a la nada de la cual ha nacido, que neustra estirpe humana y nuestro mundo entero se conviertan un día en polvo cósmico y todos nuestros esfuerzos se vean completamente perdidos; terrible la idea de que la conciencia humana no sea sino un relámpago entre dos eternidades de tinieblas: pero no menos terrible es la idea de una persistencia sin fin. La eternidad nos ahogaría”.

Tales eran las palabras de don Miguel de Unamuno quien, hacia las postrimerías de su vida, meditaba celosa y sangrientamente acerca del deseo de su conciencia por permanecer en esta tierra, al tiempo que agradecía a la vida que su naturaleza le proveyera de una muerte.

Pero don Miguel se equivocaba. Nadie le cree, honestamente. Sus palabras son inverosímiles y probablemente falsas. ¿Por qué habría de ser angustioso pensar que mi conciencia morirá y se convertirá en polvo de estrellas? ¿Por qué? ¿Qué quiere mi conciencia, mi alma, que no desea la muerte? Si, al mismo tiempo, la muerte representa para mi conciencia, para mi alma, para mi espíritu, una amenaza y un consuelo, no estaremos confundiendo los términos?

Don Miguel se equivocaba. El que se rebela es el cuerpo. Es la carne bendita y la carne maldita la que anhela eternidad. Porque al alma nunca la he visto. Por eso ella no me importa. Cada gramo y cada milímetro de mi cuerpo, cada mililitro de mis lágrimas y cada poro de mi piel, ellos, ellos sí que se rebelan y quieren todo el tiempo, quieren todo el mundo y toda la vida para sí. El cuerpo quiere, lo quiere todo, lo desea todo, lo exige y lo pide todo. El cuerpo, además, no miente. El cuerpo se quiere a sí mismo y, queriéndose a sí, también quiere a otro.

El alma, en cambio, esa triste y fantasmal humareda, que tan pequeña se queda frente al cuerpo. Ángel desangelado, el alma. ¿Qué es la transparencia del alma frente al color del cuerpo? ¿Qué es el vaho espiritual frente a la solidez del placer y del dolor?

Bien lo decía Péguy: “el cuerpo, amigo mío, el cuerpo carnal, se defiende, el cuerpo se subleva. No quiere saber nada, el cuerpo. Este cuerpo mortal no quiere saber nada de la muerte”. El cuerpo, más que nadie, sabe quién es. El cuerpo se conoce a sí mismo. El alma, en cambio, se confunde. El cuerpo no vacila y no duda, el cuerpo está, está solidamente y persistentemente. Al cuerpo nadie lo engaña. Es franco y veraz. El alma, el espíritu, la conciencia, tres serpientes que se engañan la una a la otra. El cuerpo, sin doblez, no sabe mentirse. No sabe engañarse. No sabe nada de nada. El cuerpo, en cambio, solo vive y se sonríe. Y llora y se quebranta. Y se ilusiona y se derrota. Y se cansa. Y se inflama. Vive.

Nietzsche y Pedro Salinas lo sabían. Escuchaban a sus cuerpos. Eran sus cuerpos. Los dejaban ser. El placer anhela eternidad decía el primero. Y las tumbas, pobres tumbas humilladas por este cuerpo mortal, decía el segundo. No, no es el alma la que quiere eternidad, es la carne de mi carne y los huesos de mis huesos. Unamuno falló. Pero su cuerpo no le mentía. Porque el cuerpo es incluso más vida que el alma. Enfrentémoslo. Enfrentémoslo de una vez y para siempre. Es el cuerpo quien le da la vida al alma. Es el cuerpo el que nos hará resucitar.

 

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Responses

  1. Se quejan del catecismo y nos ofrecen freudianismo avejentado. No sé, no sé.

  2. Todo iba bien hasta que empiezas con tu clase de catecismo conclusivo. La mortalidad del cuerpo no casa con aquello de la “resurrección”. Su pulsión de vitalidad se debe a su pulsión de muerte. Elimina la muerte, y la vitalidad de la que hablas también se extinguirá.


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