Posteado por: Diego I. Rosales | 21 julio 2011

Nanche de mezcal

A MGGJ

El mezcal es como mi abuelita, dice María. Perdón, mi abuelita es como el mezcal. Eso es lo que realmente dice. No sé bien a qué se refiera, pero a mí me gusta que lo diga porque es divertido. Porque no es necesaria siempre una razón para disfrutar algo, sino que aquello que se disfruta ha de ser disfrutado sin más. Quizás sin saber por qué.

Y eso es muy liberador, porque entonces ya no tenemos que andar buscando razones y sortilegios para justificarlo todo sino que podemos quedarnos con el sortilegio mismo. En tanto sortilegio. En tanto magia. Como el espíritu ése que se inhala en el mezcal y que se sube a la cabeza, o no, después de dar el primer sorbo. Que simplemente sube y sube y sube y sube. Y no para de subir. Y para segur subiendo como que va levantando cada uno de nuestros pelos, apuntando hacia arriba, como en pintura de Remedios Varo y empezamos a subir con él, hasta que llegamos al techo de la alcoba y topamos con las vigas. Nuestro cuerpo se elva y flote levemente el aire. Las piernas cruzadas. Y, eso sí, unas sonrisotas en nuestras caras. De oreja a oreja. Y desde ahí miramos el mundo. Lo contemplamos. Lo admiramos. Porque el mezcal ahí nos llevó. Y todo es divertidísimo y aleatorio y equilibrado y estable. Bueno, no muy estable porque estamos flotando, pero sí algo. Lo adecuado. Lo suficiente como para que querramos permanecer ahí, como viéndonos, tocándonos y riendo, conociendo lo que traemos dentro. Divertidísimo, pues.

Mi abuelita no hacía esto. Mi abuelita lo que hacía era vituperar de mis travesuras, y me ponía a lavar el patio y me daba de comer esos pequeños nanches, frutos jalicienses que dan tanta, tanta identidad. Y yo me los comía después de comer los higos que cortábamos de la higuera. Era lindo. Pero hay que decirlo todo: ésta era una experiencia, sin duda, de realidad. No había nada más real que mi abuela. Ella sí que tenía los pies en la tierra: bastaba una pala de madera de la cocina, unas sandalias de plástico y una imagen del Sagrado Corazón para que todos, sus nietos, comprendiéramos qué era lo importante en la vida. Y así nos instaló ya desde pequeños, muy en la realidad.

Fue tiempo después cuando, al reencontrarme con el nanche, me reencontré con mi abuelita. María dice que no es cierto, pero no lo dice en serio: lo dice solamente porque es divertido. Es como cuando hablas de una película sin haberla visto, o de un libro sin haberlo leído. Es divertidísimo. Es como tener los pelos separados y con las puntas estiradas al cielo, o al techo, como en pintura de Remedios Varo porque el mezcal los está jalando e impulsando hacia arriba. Y nuestros cuerpos flotando en el espacio de la habitación, y nuestros ojos sonriendo.

Mezcal y nanche. Abuelita y mezcal. Saben a lo mismo. La verdad es que la pala de la cocina y las sandalias de plástico se pueden también ver y contemplar, igual que el Sagrado Corazón, desde arriba, desde el techo, desde el lugar aquél al que nos ha conducido el mezcal: a saborear aquellos años de infancia, de irrealidad, pero viéndolos como si fuéramos Pedro Páramo, que fue a Comala porque le dijeron que allí vivía su padre. Igualito que aquella vez en la que nos llevaron a conocer el hielo. Eso es el mezcal. Eso es el nanche: como voler a ese diminuto día en el que nos llevaron a conocer el nanche.

Todo se trata de esto. Del regreso y la memoria de aquellos sitios que nos dan sentido y significado. Pero siempre divertido. Always fun. Es cuando la realidad de la abuelita y el sueño del mezcal se entrecruzan y forman el presente: un presente de caricias y besos y miradillas. Y ternura. Porque a ese sitio, único, se llega solamente en bici. Y María.

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Responses

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