Posteado por: Diego I. Rosales | 25 mayo 2012

La política mexicana, comentado

Vista desde lejos por un mexicano, y a la luz de lo que acontece en otros países, la vida pública de México se presenta con perfiles enteramente definidos y claros. Falso que sea aquél un país tan absurdo como suelen creer algunos de sus hijos, o tan inexplicable y misterioso como a menudo aseguran los extranjeros. Todo lo contrario, la política de México parece, desde aquí, desenvolverse sobre un plano de que por ser muy peculiar está exento de lógica.

Hay allí, y en esto concuerda México con todos los países del mundo, un grupo de hombres, honrados unos y pícaros otros, que tienen por oficio intervenir en los asuntos de la República. Pero, a diferencia de los políticos de otras partes, la mayoría de los políticos mexicanos sólo concibe una manera de ejercer su oficio: el uso del poder. Esto, naturalmente, no se debe en ellos a maldad o ambición –sería injusto y torpe el asegurarlo–, sino más bien a la estrechez de aptitudes que por lo común los caracteriza. La única habilidad, o la habilidad suprema, de casi todos los gobernantes que México ha tenido desde la guerra de independencia ha sido la habilidad de mandar. Y como la política es una profesión (o una pasión) que, lo mismo que otras profesiones, ha de practicarse diariamente durante toda la vida, resulta muy natural que los hombres de mando que en México profesan la política pretendan llegar sin tardanza al gobierno y mantenerse en su puesto perpetuamente. Los políticos mexicanos no son, salvo excepciones contadas, ni escritores, ni oradores, ni periodistas, ni conferenciantes, ni maestros; son ciudadanos simples, hombres de poquísimas o ningunas letras, aunque a veces de muy buena intención, que han resuelto encauzar con su brazo el fluir de la patria.

Basta lo anterior para explicar desde luego dos resortes de la política mexicana: la predilección de los hombres públicos de México por el estado de guerra siempre que no empuñen ellos el gobierno y, corolario de esto, la resistencia del partido, o del grupo, o del caudillo vencidos a deponer las armas de un modo absoluto. Respecto de lo primero, es evidente que en tiempos de paz sólo se participa en la cosa pública –cuando no se desempeña algún cargo– moldeando la opinión, es decir, poniendo en juego la palabra, la pluma, las ideas, actividad vedada a los más de los políticos mexicanos, que rara vez escriben o hablan. Respecto de lo segundo, a nadie chocará que los políticos de esta especie crean, no sin razón, que, una vez vencidos, influyen más en el gobierno de su país merodeando por la sierra al frente de dos o tres docenas de hombres, que volviendo a la nada, o la medianía, de donde surgieron. Esto sin contar con algo más: que el político gobernante, siempre expuesto a caer de su sitio por virtud de las armas, aniquila al vencido temible que se le entrega.

La sedición, pues, y el levantamiento, y el motín, no son, en México signos necesarios de inmoralidad (aun cuando muchas veces sí lo sean), sino la forma habitual como casi todos los políticos mexicanos de la oposición expresan su desacuerdo. ¿Que porqué lo expresan así? Porque ése es el único medio de expresión que ellos conocen o de que ellos son capaces. ¿Qué puede hacer el general Zutano o el general Mengano para convencer a los demás de que ellos tienen la razón, sino levantarse en armas y demostrar, con el triunfo de las armas, que la razón les asiste? ¿Acaso está en su órbita conseguir eso mismo mediante la fuerza de las ideas?

Frente por frente de los políticos militantes, la gran masa de los mexicanos vive entregada a sus negocios. Priva entre las clases mejor educadas del país la teoría de que la política, la política mexicana por lo menos, es sólo digna de los espíritus aventureros o inferiores y de quienes ambicionan el poder o el enriquecimiento rápido. Y de tal actitud toman pie circunstancias favorables a la continuación del régimen de la violencia. Porque si esas clases, de cuyo seno podrían salir políticos dotados, a lo menos, del instrumento indispensable para hacer política sin recurrir a la espada, queremos decir, políticos capaces de utilizar el lenguaje y la escritura, se abstienen de todo impulso ciudadano, no hay alternativa para que cese el reino de los que se entienden a golpes, ni asiste justificación moral a quienes se lamentan de que así ocurra.

Cuando de tarde en tarde algún miembro de las clases cultas de México se lanza a hacer política por su cuenta, y no como mero instrumento de generales ignorantes, sus mayores esfuerzos para subsistir la razón a la fuerza son de todo punto inútiles; la atmósfera militar se encarga de demostrarle pronto que en la República no calen las palabras, sino las acciones, y de obligarlo a recurrir a los medios violentos o a desaparecer: tal fue el caso de Madero.

Esa misma actitud de las clases cultas de México explica también el que no haya allí aquella categoría social, presente en todas las naciones de la Tierra medianamente organizadas, ya sean democráticas, oligárquicas o monárquicas, que tienen el papel de ocuparse, sin mira inmediata alguna hacia el poder o hacia las riquezas que del poder se derivan, en los asuntos públicos, en la educación pública, en el espíritu público y, dicho de una vez, en cuanto concierne a la vida nacional de un país. Lejos de ello, de nada se ufanan tanto los intelectuales mexicanos como de su indiferencia por las cuestiones políticas. No hacer política equivale, a sus ojos, a practicar una virtud: como si realmente el ejercicio de la inteligencia trajera aparejado en México el sacrificio de la dignidad de ciudadano y el olvido de la responsabilidad de ser padre.

En estos momentos no se columbra en todo el país un solo escritor, un solo orador, un solo maestro que pueda medirse con la magnitud de las necesidades nacionales.

Martín Luis Guzmán, en El Gráfico, Madrid, 1918.

(Cito la edición del Fondo de Cultura Económica: Obras Completas I, México, 2010, pp.397-399.)

Pocos textos me han resultado tan sugerentes como este editorial para dar alguna clave hermenéutica al momento político de México en el 2012. No estoy seguro de que los políticos hayan ya abandonado la política de la espada. De lo que estoy seguro es que no hemos logrado tener uno solo –si acaso contadísimas excepciones– realmente capacitado para hacer política desde una verdadera civilidad, desde la palabra y no desde el griterío o la consigna vuelta pistola.

Pero la pregunta que se levanta con más brío ante mis ojos es la que cuestiona sobre el papel de esa clase ciudadana educada, con posibilidades de convertirse, precisamente, en esa clase política que MLG pide. El siglo XX en México asistió al surgimiento de la educación superior. No solamente la UNAM y el IPN surgieron como instituciones verdaderamente grandes, sino que a partir, más o menos, de los años 50 comenzaron a surgir las universidades privadas que tan importante papel han tenido en la formación de políticos y académicos para la vida nacional. ¿Es posible decir, hoy, que esa clase educada está orgullosa de no participar en política? A la luz de esto, ¿cómo leer el movimiento “Yo soy 132”? ¿Ha abandonado las armas? Puede ser. ¿Ha tomado la reflexión y la palabra, el uso de la inteligencia y las letras para hacer política? ¿Podría ser? ¿Qué pasa con los universitarios que ya no lo son, con esos que asistieron a las aulas hace 15 ó 20 años y que están, precisamente, ya en edad de ejercer el gobierno y competir por el poder? Dentro de la geografía política, ¿cuál es la ubicación de estos individuos? ¿Han servido de algo nuestras unviersidades? ¿Hemos salidos ya de la revolución?

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Responses

  1. Estoy de acuerdo en algunas cosas, pero sí tengo que decir que mi percepción de los universitarios, no sólo en México, también en Estados Unidos, donde dí clases durante 5 años, es que no están en condiciones de sostener por sí mismos movimientos de largo aliento, lo que refuta la sugerencia de Enrique Krauze al movimiento, de que deberían formar un partido.
    En términos generales, salvo en los seminarios especializados que se toman a final de las licenciaturas o los Bachelor’s, la realidad es que el grueso de los estudiantes tienden a ser bastante apáticos o, en el mejor de los casos, se mueven por impulsos, algunos de profunda bondad y altruismo, pero que dependen de demasiados factores para sostenerse.
    ¿Es malo que sea así? No, creo que simplemente es la naturaleza de las cosas. Muchos estudiantes trabajan y estudian al mismo tiempo y, por si fuera poco, están consumidos por la intensidad de sus vidas emocionales o por otras pasiones, como pueden ser los deportes o las artes.
    Y está la evidencia de muchas movilizaciones estudiantiles en muchos lugares del mundo, no sólo en el 68 mexicano que acabó molido a palos. Pasó en Francia, donde la represión no fue como en México, y pasó en EU donde la represión fue ligeramente menos violenta.
    Creo que además de que no debemos esperar demasiado de ellos, tampoco debemos dejarlos solos y no es que tenga sentido “colonizar”, como la hermana de Calderón ha querido hacer hoy en Twitter, el movimiento. No, pero sí se necesitan muchos otros movimientos que obliguen a que la clase política cambie.


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