Posteado por: Diego I. Rosales | 4 junio 2012

El gol

En The Rediscovery of the Mind, John Searle se preguntó cuál es el estatuto ontológico de un gol. La pregunta por el estatuto ontológico de algo se refiere a qué tipo de cosa es. ¿Es una cosa real, o es un invento de la mente? ¿Está en el mundo de las cosas físicas o de las espirituales? ¿Es una cosa igual que una taza o es, más bien, algo más parecido a un Chotis? ¿Es un ente creado por la razón? ¿Solamente existe en nuestras mentes o existe ahí afuera de ellas? ¿Forma parte de la res extensa  o es, más bien, un elemento del conjunto de cosas a las que llamamos res cogitans? ¿Es un qualia? ¿Es un acto intencional?

Cuando de un objeto o de un cierto tipo de entes depende el sentido de la vida no solamente de once jugadores sino de millones y millones de aficionados, cuando por esa realidad se juegan medallas olímpicas, cabelleras, millones de dólares, comidas con los compañeros de trabajo, el orgullo, camisetas originales y no, videos conmemorativos, la carrera de alguien, su mala fama, su buena fama, la alegría desbordada, la ola y la psicología de masas enterita, cuando todo esto depende de una cosa como un gol, entonces la pregunta por su estatuto ontológico cobra cierta importancia.

¿Cuándo comienza y cuándo termina un gol? ¿En específico, cuándo comienza? ¿Cuando el mediocampista pensó la jugada? ¿Cuando el delantero remató? ¿Cuando el balón cruzó la línea de la portería? ¿Cuando la madre del delantero concibió al delantero? ¿Cuando el entrenador le dio al cazagoles una viril nalgadita y lo animó a dar el cientoveinte por ciento?

Recuerdo que desde pequeño me he preguntado si un futbolista, abandonado en el desierto, mete un gol pero nadie lo ve, ¿metió un gol? ¿Cuándo yo veo un gol, digamos, por ejemplo, azul, sí, un gol azul, todos lo vemos exactamente igual y con el mismo azul? ¿Qué pasa si nadie festeja el gol; hay gol? Ahora bien, parece ser que menos dificultades se nos presentan cuando nos preguntamos ¿cuándo termina un gol? Tal vez es por la radicalidad de la respuesta pero, si bien hay muchas dudas sobre el momento en el cual podemos afirmar con certeza en qué momento comenzó el gol, algo sí tenemos claro, y es que un gol nunca termina.

Santo Tomás de Aquino decía que el alma humana es eviterna. Esto quiere decir que es creada ex nihilo en un momento particular del tiempo –lo que implica que tiene un inicio–, pero no tiene un final, es decir: es inmortal. Ahora bien, que sea inmortal no significa de ninguna manera que sea eterna. Veámoslo con detenimiento escolástico. Cuando se habla de eternidad suele hablarse de ella en dos sentidos: por un lado, es eterno todo lo que está fuera del tiempo. Este tipo de seres eternos no están sujetos a ningún tipo de cambio: ni a los cambios de lugar, ni a los cambios de presión atmosférica, ni al cambio climático, ni al cambio de aceite, ni a los cambios de ánimo, ni al hambre, ni al llanto, ni a los ciclos lunares, ni a las mareas ni nada. Lo eterno es siempre lo mismo y es inmutable. Por otro lado, son también cosas eternas aquellas cosas que, estando dentro del tiempo, lo abarcan en su totalidad y están siempre: todo el pasado desde lo más inmemorial del pasado, todo el presente y todo el futuro hasta el último minuto y nanosegundo que nos regale el padre tiempo. En ninguno de estos dos conceptos de seres eternos cabe el alma humana, pues ella tuvo un inicio (y por lo tanto no está en todo el pasado) pero, según la teología católica, no tendrá un final (sí estará en todo el futuro). Por ello, los teólogos medievales tuvieron que recurrir a una nueva palabra y le llamaron: “eviterna”, es decir, casi casi eterna pero no del todo. Sí nació pero no morirá.

Un gol también es eviterno. Tiene un inicio, aunque a diferencia (o semejanza) del alma humana tenemos muchísimas dificultades para ponernos de acuerdo cuándo un gol ha sido engendrado –y tampoco sabemos muy bien si fue creado de la nada o más bien de algo– pero claramente no tiene un final. Cuando cae un gol, ha caído para siempre. No hay nadie que pueda eliminarlo o hacer algo para que el evento no haya acontecido. El gol quedará para siempre en los registros de la Fifa y aunque no quede allí quedará, al menos, para la memoria de quien lo metió. Y si no queda allí, quedará en la memoria del aficionado que lo celebró y, si no, al menos quedará en Wikipedia, lo que garantiza sin duda alguna su estatuto de eviterno. Un gol nace un día y decide nunca morirse. Nadie tampoco lo puede matar, ni siquiera el aficionado del equipo archirival. Al contrario: el aficionado rival es precisamente quien más vida le da a un gol: es su odio el que hace que el gol estalle, se inflame, se ensoberbezca y se infle hasta estallar en el pecho de los aficionados del equipo goleador. Por eso un gol se celebra tanto: una vez marcado, es irrevocable. Al gol, nadie le quitará nunca jamás lo bailado y, por eso mismo, podríamos decir que con el gol asistimos a un evento prácticamente teológico, lo que hace explicable el éxtasis de los estadios y los gritos y abrazos que suelen seguir a los goles y a los golazos.

En ese sentido, un gol es mucho más seguro que cosas como, por ejemplo, el matrimonio, que no es eviterno sino que suele terminar con la muerte y en muchos casos tantito antes. Un gol es una especie de milagro y carga consigo la alegría entera de todos los niños y los adultos de mundo. Un gol es anímicamente perfecto. Mientras a unos ilumina la vida y con él llega el desahogo de muchísimas tensiones, para otros representa el fracaso y la ausencia del porvenir de una ilusión. En ambos casos, sin embargo, es definitivo. De ahí la tragedia del “gol anulado”, pues todo gol es siempre promesa de definitividad, de amor eterno, de locura galáctica, de apoteosis pasional. Un gol anulado es, por ello, el fracaso del amor, la promesa incumplida, un político electo, es una noche de amor sin orgasmo, en la que se vivió todo excepto el clímax: el cortejo, la emoción, el vaivén, los nervios, la imaginación, se intentó, se probó por aquí, se probó por allá, se gritó y se arañó pero al final, no contó.

Más allá de los goles que pudieron ser, los goles que efectivamente llegan a asentarse en las actas cargan consigo el peso de la existencia humana y comparten el drama humano en su totalidad. Comparten con los seres humanos –y es probable que sean los únicos seres de la tierra que entran en esta calidad de comunión con nosotros– la conciencia de que, si bien tuvieron un inicio, no tendrán jamás un final. Cargan con el peso de la existencia, de saberse dentro del tiempo pero atados a él, aunque tienen la ventaja, a diferencia de los hombres, de salirse por momentos de ese tiempo al que están atados. Admitámoslo de una vez: hay goles que vuelcan el universo y voltean el tiempo parándolo aunque sea por un momento. Son goles que nos hacen olvidar nuestra condición de seres finitos, goles que nos hacen sentir ligeros como la gacela y en comunión con el cosmos. Hay goles que simplemente se muestran como los verdaderos dueños de la creación pues, a diferencia de los hombres, eviternos, pueden gozar en algún punto de su existencia, de la plena eternidad.

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Responses

  1. Que chistoso, creí que hablabas del aborto. Debe ser solo algo que me imagine.


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