Sorpresa

Si en un día de calor yo entrara a mi casa y buscara dentro de la nevera una cerveza fría, pero en su lugar estuviera mi cuñado con sombrero de copa haciendo cuentas para pagar sus impuestos, entonces me sorprendería menos de lo que me sorprende cada día el amor de mi mujer.

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Bucólica de la subjetividad

Al menos en lo que a mí respecta me parece impresionante ver cómo una hoja blanca -o amarillenta- de papel junto con un lápiz o una pluma pueden dar sentido a una tarde grisácea. Gris tanto por fuera como por dentro, en una bucólica de la subjetividad. Ya sea por unas, ya sea por otras, pero la actividad de escribir genera, o debe generar -porque así parece de acuerdo a sus efectos-, una sustancia que libera al espíritu no de sus ataduras sino de sus más íntimas pendejadas.

Resucitó

Los cristianos celebramos hoy el día de la Resurrección de Jesucristo. Es el día en el que Él venció a la muerte por el Amor. En este acontecimiento se funda la fe cristiana y toda la liturgia, es en este día en el que adquieren sentido todas las demás creencias de la fe en Jesucristo. Es un acontecimeinto, sin duda, dificil de creer, pero que responde tan absolutamente a las exigencias del corazón humano que se vuelve razonable.

El Amor pudo más que la muerte, pudo más que la soledad, que el abandono, que el infierno. El Amor logró superar la vida biológica para encontrar un significado vital que es indestructible. Cito a Ratzinger:

“Encontrarse con el Resucitado es una experiencia que nada tiene que ver con el encuentro con otra persona de nuestra historia, pero no debe limitarse a unas charlas de sobremesa y al recuerdo que luego se fraguó de que vivía y que continuaba su obra. Si interpretamos así el acontecimiento, nos quedamos en lo puramente humano y le sustraemos lo que tiene de peculiar. Pero los relatos de la resurrección son distintos y más que unas simples escenas litúrgicas adornadas, pues muestran el acontecimiento fundamental en el que se apoya la liturgia cristiana. Nos muestran que la fe no nació en el corazón de los discípulos, sino que les vino de fuera y los fortaleció frente a sus dudas y los convenció de que Jesús había resucitado realmente. El que yacía en el sepulcro ya no está allí, él mismo -sí, él mismo- ha resucitado. Ha entrado en el reino de Dios y es tan poderoso que puede hacerse visible a los hombres, que puede mostrar que en él el poder del amor ha sido más fuerte que el poder de la muerte.

“Sólo si aceptamos seriamente todo esto seremos fieles al mensaje del Nuevo Testamento y sólo así matendremos su alcance universal e histórico. Tratar de quitar cómodamente la fe en el misterio de la intervención poderosa de Dios en este mundo y querer mantenerse a la vez en el ámbito del mensaje bíblico, no conduce a ningún sitio. Porque no satisface ni a la lealtad de la razón ni a la pretensión de la fe. Profesar a la vez la fe cristiana y la ‘religión dentro de los límites de la mera razón’ es imposible. Hay que elegir inexorablemente. El creyente comprobará cada vez más lo razonable que es confesar el amor que ha vencido a la muerte.”

Joseph Ratzinger: Introducción al cristianismo, pp.257-8.

Es común que se objete al creyente la irracionalidad del acontecimeinto de la resurrección. La fe es criticada de un acto que niega la razón y que da un salto al vacío, más o menos como Kierkegaard interpretaba el hecho religioso. Hay dos variables que han de ser articuladas para apoyar o negar la afirmación anterior: la razón y la fe. Parece que el contenido de la fe no puede estar de acuerdo con la razón. Lo que Ratzinger quiere decir es que el acontecimiento de la resurrección es un acontecimiento que supera al intelecto humano, que el relato bíblico muestra que lo que vivieron los apóstoles fue un hecho que, en primer lugar, les vino de fuera: les salió a su encuentro una realidad que ellos no eligieron y que les superaba con mucho, y en segundo lugar, que ese hecho colmó a tal grado las necesidades humanas de sentido, y que esa razón fue suficiente para creer.

No podemos dejar de lado la grandeza del acontecmiento mismo y sobresimplificarlo para hacerlo más comprensible al no creyente; es quitarle lo que tiene de grandeza y de misterio. Para que la fe pueda penetrar en el corazón es, pues, necesario, admitir la fragilidad de la persona, nuestra finitiud y nuestra gran necesidad de amor. Cuando admitimos que necesitamos y que deseamos un Amor absoluto, la fe cristina se torna esperanzadora y completamente razonable. El Amor, literal: el Amor, ha vencido a la muerte.

Feliz Pascua de Jesús Resucitado.

La filosofía cristiana

El filósofo cristiano hace filosofía desde una experiencia, desde un acontecimiento empírico. No es que quiera racionalizar todos sus prejuicios y hacerlos creíbles o razonables ante un público crítico y escéptico. No es que el filósofo cristiano busque, por medio de la filosofía, razonar sus dogmas. Esa manera de concebir la filosofía cristiana no es, precisamente, cristiana.
El cristiano que hace filosofía ha tenido una experiencia primordial que se la ha mostrado como verdadera. Esta experiencia originaria se ha mostrado, quizás, de manera un poco confusa y difícil de expresar en términos realmente descriptivos pero, ha calado tan hondo en su persona, que le modifica de un momento para siempre.
Esto quiere decir que su filosofar, igual que la vida entera -y concibiendo el filosofar como un modo de vivir-, vendrán motivados por esta experiencia que le ha hecho ser lo que es.
Esa experiencia, ese acontecimiento que es, por cierto, señalable en la biografía del nuevo filósofo, motiva su filosofar en dos sentidos. En primer lugar la filosofía será uno de los vehículos por los cuales se buscará hacer más –siempre sólo un poco más– comprensible la experiencia que le ha modificado, el misterio que ha venido a su encuentro. En segundo lugar la filosofía será también el vehículo para hacer comprensible el resto de la realidad, realidad que, como su propia persona, serán iluminados por el acontecimiento personal que el cristiano ha vivido.
Lo importante es considerar que el acontecimiento que le ha modificado es un encuentro personal que se ha mostrado ya como verdadero y razonable en cuanto que es capaz de dar sentido a toda la vida y de saciar los deseos más profundos del corazón humano. El que se haya mostrado como verdadero no quiere decir, jamás, que se haya mostrado perfectamente claro y distinto, medible y cuantificable, o que sea una gran idea coherente y lógica, o un sistema filosófico-ético perfectamente demostrado. Decimos que se ha mostrado como verdadero porque la persona que ha venido al encuentro es tan formidable que llena –y rebasa-, las expectativas del ser humano en su totalidad. Es un acontecimiento tan pleno de sentido y tan enorme que es capaz de iluminar el resto de la vida de quien lo ha vivido.
Ese acontecimiento es el encuentro con el Amor de Jesús Resucitado.

Una carta de Edith Stein

Cuando Edith Stein, de raza judía, fue canonizada por el papa Juan Pablo II fue considerada mártir de la Iglesia Católica. Murió en la Shoá, en el campo de extermino de Auschwitz.

Esto suscitó una polémica política. Se interpretó, sobre todo en algunos sectores laicistas, que la Iglesia Católica estaba apropiándose de los mártires judíos y los estaba trayendo a su causa. Sin embargo, es sabido que Stein había escrito al obispo de Köln (lugar en el que vivió los últimos meses de su vida) una carta en la que condenaba, desde el cristianismo, las actitudes que estaba tomando el gobierno alemán en la guerra. Esta carta influyó en una gran medida para que agentes del estado Nazi entraran violentamente al Carmelo de Colonia y se llevaran a Edith y a su hermana Rosa.

Edith Stein sufrió muchas discriminaciones a lo largo de su vida. Dos veces intentó obtener una cátedra universitaria. Las dos veces le fue negada la posibilidad. La primera por ser mujer. La segunda por ser judía. Se trata de una persona cuya vida la dedicó a recuperar la dignidad del ser humano en todos sus aspectos, desde la trinchera política e intelectual que a ella como filósofa le comprometía.

En 2003, después de que Stein fuera canonizada y una vez que la polémica sobre su martirio se dio por finiquitada, se abrió al público todo el material del pontificado de Pío XI, el Archivo Secreto del Vaticano. En ese material apareció una carta que Edith escribió al Santo Padre en 1933. No aparece datada, pero se supone que fue escrita a inicios del mes de abril de 1933. La transcribo a continuación:

“¡Santo Padre!

“Como hija del pueblo judío, que, por la gracia de Dios, desde hace once años es también hija de la Iglesia Católica, me atrevo a exponer ante el Padre de la Cristiandad lo que oprime a millones de alemanes.

“Desde hace semanas vemos sucederse acontecimientos en Alemania que suenan a burla de toda justicia y humanidad, por no hablar de amor al prójimo. Durante años los jefes nacionalsocialistas han predicado el odio a los judíos. Después de haber tomado el poder gubernamental en sus manos y armado a sus aliados, -entre ellos a señalados elementos criminales-, ya han aparecido los resultados de esa siembra del odio. Hace poco el mismo Gobierno ha admitido el hecho de que ha habido excesos, pero no nos podemos hacer una idea de la amplitud que estos hechos, porque la opinión pública está amordazada- Pero a juzgar por lo que he venido a saber por informaciones personales, de ningún modo se trata de casos aislados. Bajo presión de voces del extranjero, el régimen ha pasado a métodos ‘más suaves’. Ha dado la consigna de que no se debe ‘tocar ni un pelo a ningún judío’. Pero con su declaración de boicot lleva a muchos a la desesperación, porque con ese boicot roba a los hombres su mera subsistencia económica, su honor de ciudadanos y su patria. Por noticias privadas he conocido en la última semana cinco casos de suicidio a causa de estas persecusiones. Estoy convencida de que se trata sólo de una muestra que traerá muchos más sacrificios- Se pretende justificar con el lamento de los que los infelices no tienen suficiente fuerza para soportar su destino. Pero la responsabilidad cae en gran medida sobre los que lo llevaron tan lejos. Y también cae sobre aquellos que guardan silencio acerca de esto.

“Todo lo que ha acontecido y todavía sucede a diario viene de un régimen que se llama ‘cristiano’. Desde hace semanas, no solamente los judíos, sino miles de auténticos católicos en Alemania, y creo que en el mundo entero, esperan y confían en que la Iglesia de Cristo levante la voz para poner término a este abuso en nombre de Cristo. ¿Esa idolatría de la raza y del poder del Estado, con la que día a día se machaca por radio a las masas, acaso no es una patente herejía? ¿No es la guerra de exterminio contra la sangre judía un insulto a la Santísima Humanidad de nuestro Redentor, a las Santísima Virgen y a los apóstoles? ¿No está todo esto en absoluta contradicción con el comportamiento de Nuestro Señor y Salvador, quien aún en la Cruz rogó por sus perseguidores? ¿Y no es esto una negra mancha en la crónica de ese Año Santo que debería ser un año de paz y de reconciliación?

“Todos los que somos fieles hijos de la Iglesia y que consideramos con ojos despiertos la situación en Alemania nos tememos lo peor para la imagen de la Iglesia si se mantiene en silencio por más tiempo. Somos también de la convicción de que a la larga ese silencio de ninguna manera podra obtener la paz con el actual régimen alemán. La lucha contra el catolicismo se llevará por un tiempo en silencio, y por ahora con formas menos brutales que contra el judaísmo, paro no será menos sistemática. No falta mucho para que pronto, en Alemania, ningún católico pueda tener cargo alguno si antes no se entrega incondicionalmente al nuevo rumbo.

“A los pies de Su Santidad pide la Bendición Apostólica,

“Hermana Teresa Bendicta de la Cruz
“Dra. Edith Stein.”

Hasta ahí las palabras de la santa, quien murió el 9 de agosto de 1942, a manos del ejército Nazi en una cámara de gas como instrumento, en el campo de extermino en Auschwitz, y canonizada por Juan Pablo II en 1998 como mártir de la Iglesia Católica.

No hay de otra

¿Amarse primero a uno mismo?
Deseo del Burgués de cintura ancha, incapaz de mirar que sus propias espaldas están sostenidas por otro. El Burgués es tan gordo que ocupa el espacio de los demás y por ello exige que el amor primero sea el de uno mismo. El amor a sí mismo no es sino resultado secundario, consecuencia de aquella experiencia primigenia del Amor: yo soy amado.

Soy amado, ergo sum.

“Pero es menester primero amarse uno a sí mismo”, dice el Burgués. Claro, si uno piensa que de lo que se trata la vida es de darse convites y sobarse el ombligo con las yemas de los dedos.
El hecho de que el amor primigenio sea el que nos es dado implica consecuencias sumamente indeseables y trágicas para la papada granosa del Burgués: el nada fácil e incómodo imperativo de ‘amar al otro’, de dejar de tragar para extender no sólo el brazo sino el corazón. Y eso, es menos pavo y menos jaibol. Por eso proclama imbécilmente el Burgués: uno no puede dar lo que no tiene, uno tiene que amarse a sí mismo y, ya de ahí, ya bien parados, ir hacia el otro…
Soberbia naïve del que cree tener las espaldas de Odiseo y no se da cuenta que su cuerpo entero es un talón de Aquiles.

Necesitamos ser amados. Sólo el que se reconoce limitado, precario y necesitado es capaz de aceptar el abrazo del Amor.

Eso, o estar dispuestos a ahogarnos en nuestro propio vómito.

Fotograma: Babel, de Guillermo Arriaga

Y ya regálenme un libro que no sea de Bloy, o acabaré medio tocado.