Emaús, de Baricco

A mis amigos

Si hay una novela que me hubiera gustado haber escrito, es Emaús, de Baricco. Es una novela que habla sobre mí. Sobre mí y sobre mis amigos. Católicos, jóvenes, que buscamos no más que ser nosotros mismos. Venidos de familias de todo tipo, y de colegios en los que nos han enseñado la virginidad de María, y de colegios en donde hemos creído en ella, no hacemos sino transitar el camino de una adolescencia marcada -en su pasión- por la fe, la esperanza, la caridad, la crisis y la vuelta a la fe.

Baricco comprende, no sin ironía, el espíritu de cuatro jóvenes que creen en el amor, en cambiar el mundo, y para quienes el sexo no es nada más que amor. Para nosotros, y esto lo dice Baricco hablando de nosotros, el placer no es importante. No lo era. Quizás ahora sí lo es, no lo sé. Pero crecimos pensando que el amor es una cosa espiritual, divina. Y de pronto llega el desamor. Y rompemos a llorar. Eso somos. Eso fuimos.

Y lo que quiero decir lo digo en serio porque para nosotros el amor no es únicamente aquello que sucede, tiernamente, entre las manos sudorosas de un chico y una chica de preparatoria. Tampoco es lo que sucede entre dos jóvenes o adultos que comparten su vida. Para nosotros, católicos, el amor es la esperanza y el motivo de la existencia toda. Nosotros creemos en un mundo mejor. Y eso es el amor. Nosotros creemos en que hay un cielo. Y eso es el amor. Nosotros creemos que la muerte no es la última palabra. Y eso es el amor. Creemos en la virginidad de la madre de Cristo. Y eso es el amor. Nosotros no creemos en el sexo sino en hacer el amor. Como si fueran dos cosas distintas. Y es eso el amor para nosotros. Creemos que el sufrimiento vale la pena. Creemos en la caridad y en ir a visitar enfermos, en limpiar la mierda de los demás y dejar nuestra silla en el metro. Y eso es el amor. Creemos en la Iglesia. Como los niños, los católicos creemos en la magia. Porque ése es el amor. Pero tarde o temprano todo ese amor se nos derrumba. Porque vemos, de pronto, la muerte y el dolor realmente de cerca. O porque caemos en cuenta de que ya habíamos visto ese rencor y esa muerte pero nuestra tierna infancia no lo había integrado a la conciencia de lo que somos. Porque aquellos que eran para nosotros la encarnación del amor, fallan. Como seres humanos que fallan y que se equivocan y que se traicionan y que se perdonan. Difícilmente, pero perdonan. O no lo hacen y el mundo se desequilibra.

Entonces ese amor se ve fracturado y se fractura también el suelo sobre el que estamos parados. Y tenemos novias. Y rompemos con ellas. Y hacemos el amor. Y rompemos el amor. Y rompemos las promesas de voluntad eterna, promesas por las que queremos hacer feliz al mundo y nosotros incluidos en él.

La versión de Baricco de la historia de Emaús, igual que la del Evangelio, es la historia de unos amigos que, inocentemente, entran en la vida adulta. Baricco habla de todo esto. Y habla, también, en Emaús, de cómo perseveran el día de hoy nuestros corazones pues, a pesar de toda evidencia individual, seguimos creyendo. Es una fe con moretones. A veces no parece fe, o no lo es del todo. Pero es amistad. Y ahí, es ahí, en donde arden nuestros corazones, porque reconocemos su Presencia.

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Las diferencias de un depa

Un depa se diferencia de otros lugares por varias cosas. En primer lugar, porque es el lugar en el que un amigo, exiliado del hogar paterno ha establecido allí su residencia. En este caso, podría ser no solamente un amigo, sino, dos ó más. Nunca más de cinco, porque entonces deja de ser depa y pasa a convertirse en un galerón estilo hospicio. Que, a pesar de todo, es más común de lo que parece.

Una segunda característica digna de notar es que en ese lugar se suelen tener conversaciones con los amigos. Es un lugar en el que la juventud es reina y señora del ambiente. No se respirará jamás un aire a adultez, a pesar de que todos los individuos que estén dentro lo sean en términos biológicos. Nada de ranciedades, sino que asistimos a las antípodas del Jorgemanriquismo. Las conversaciones tendrán un cariz un tanto burlón, irónico y los involucrados nunca se tomarán a sí mismos en serio. Es probable que las opiniones emitidas por los participantes sean las opiniones reales de quienes las dicen, pero dentro del contexto del depa esto es poco importante. Lo importante es únicamente hablar utilizando palabras altisonantes, ya por groseras, ya por cultas, con el fin de que el hablante muestre sus capacidades retorico-intelectuales, que gane el concurso tácito de sentido del humor, y que el grupo, al unísono, al contemplarse a sí mismo estando allí, se sienta en un episodio de Rayuela de Julio Cortázar.

Estas personas constituyen un grupo. Se erigen en una especie de club formado por individuos que tienen en común, generalmente, una amistad. Todo individuo que entra en el depa es amigo de quien vive allí. Y el depa será frecuentado por amigos de quienes viven allí. Los que lo frecuentan, que no viven allí, serán amigos entre sí y será común que se frecuenten también en otros lugares, por ejemplo, en un restaurante, en un bar, en el teatro, en la calle o en otro depa.
Es esta amistad lo que posibilita lo mencionado en el primer párrafo. Solo una relación amistosa permitirá la ironía y el no tomarse en serio al hablar de las cosas de las que se hablan en el depa, temas cuya importancia y trascendencia es capital para tanto para la existencia humana como para el corazóncito tierno y aguado de los amigos, de los que asisten a las dichosas reuniones.

Es posible que alguien nuevo, algún ‘no-miembro’ del grupo, asista en alguna ocasión a algún encuentro en el depa, pero para eso se requerirá que sea amigo de algún amigo. Si la persona es aprobada tácitamente y aceptada por el grupo, entonces el nuevo individuo será invitado, o tal vez se sentirá llamado como vocacionalmente, a volver a ir. Pero nada garantiza su permanencia como miembro del grupo. Ni si quiera una borrachera, que tantas veces funciona como el detonador de largas amistades, es capaz de otorgar credenciales oficiales. Lo que tal vez pueda funcionar como pasaporte, y con algo más de garantía, son los viajes. Porque es en los viajes en donde reconoces a alguien como de tu propia casa. Y además, en los viajes generas fotografías que generan recuerdos que generan nostalgias que generan emociones que generan amistades que generan lazos que generan pasaportes para entrar al depa y ser parte del grupo.

Los frecuentadores oficiales, los amigos, los miembros del grupo, suelen generar la mala costumbre de llegar al depa cuando se les da la gana. Esto tiene algunas consecuencias buenas, pero también otras malas. Por mencionar algunos ejemplos, dentro de las buenas está que, si llega en un momento oportuno, lo compartirá con el residente del depa. Y fortalecerá así los lazos de amistad al compartir bellos y lindos momentos con los amigos. Los momentos oportunos se definen como aquellos momentos en los que el residente está ocupado en alguna actividad que quisiera no hacer solo. De este modo, la llegada inesperada del amigo constituye una redención.
La mala, es que puede llegar en un momento inoportuno. Los momentos inoportunos pueden ser de varios tipos.

a) El residente está dormido.
b) El residente está bañándose.
c) El residente está cogiendo.
d) El residente no está.

En los dos primeros casos, lo único que sucede es que surge en el residente una cierta molestia anímica generadora de, por ejemplo, migrañas, mal humor o cáncer, entre otros. Pero a fin de cuentas el residente despotricará de la inoportunidad con la que ha llegado el amigo, se le pasará el despotricamiento y su ánimo se tornará alegre. El amigo, miembro del grupo entrará al depa y podrá convertir el momento en un momento oportuno.

En el tercer caso pueden suceder varias cosas. Tantas, que explorar todas las posibilidades no haría justicia al tamaño que este escrito pretende tener. Por ello, dejaré a la constructiva imaginación del lector –con las ventajas y desventajas que esto trae para todo escritor-, que invente e imagine las situaciones en las que se puede encontrar el residente, el amigo miembro del grupo, y la (el) amante. Sólo quisiera decir que el residente corre graves peligros. Desde ser abandonado por la (el) amante, hasta ser gravemente lastimado por ella (o él) en el sentido físico del término.

En el último caso, el caso d), el amigo, miembro del grupo, volverá al lugar de donde vino. Y ya.
De cualquier manera, la última y más importante característica de un depa es que ahí siempre se comerá mal. Pero eso no importará ni al residente ni a los amigos, miembros del grupo, porque a fin de cuentas lo que les interesa es conversación, beber vino, fumar de manera grandilocuente y fomentar sus egos de manera exacerbada.

IHS

“La permanencia de la Compañía de Jesús en el orbe indiano, como lo llamó Brading, habría sido fuente de muchos bienes -una educación poderosa, unas costumbres más aseadas, ríos potables-, aunque también podría pensarse que México (o muchos Méxicos y sin duda Paraguay) sería una especie de república teocrática de indios y de criollos; no existitría ni la banca como la conocemos, ni la Colina del Perro, ni los periódicos, ni los antros, ni las tachas, ni Chespirito, ni las ‘novelas’, tal vez ni internet, ni los blogs, ni el supercolisionador de hadrones, ni las importaciones chinas dizque artesanías mexicanas. Es posible que Juárez hubiera pasado a la historia como el muy piadoso obispo de Oaxaca. La libertad sería muy distinta; otra cosa sería el arte. Otra la literatura. Otra el cine (muy jesuita). Y otra cosa sería la Compañía de Jesús, que, la verdad sea dicha, nunca logró ecuperarse de los hachazos del siglo XVIII.

“La que creo que sí habría sería una multitud de órganos que en sintonía mundial producirían tocatas, adagios y fugas ejecutadas por guaraníes y prusianos; habría, seguramente, cosmografías virtuales a las que podrían todos acceder con el pensamiento; habría ballets y obras de teatro evangelizador realizadas en el cielo, por medio de ingeniosos artilugos; habría robots cristianos, como en Ciudad de Simak (e intentos por convertir a las hormigas); habría, en fin, cuartos de la memoria donde podría uno pasearse y aprender mandarín o las jerarquías angélicas; habría barcos permanentemente libres, donde vivirían heremitas, cátedras de pintura, escultura y jardinería simbólica, y una iglesia en la Luna.

“Sea de ello lo que fuere, pienso que no muy desencaminado andaba Hidalgo al abrogarse en Guadalajara el títitulo de ‘Alteza’, pero hablar de ello exigiría una longitud que este fragmento no posee.”

Pablo Soler Frost: “Los jesuitas no son expulsados. La república del espíritu”, en Letras Libres, n.118, año X, octubre 2008, p.22.

Este parrafito de Soler es verdaderamente genial. Creo. Con estas líneas termina un artículo en el que relata una de las razones por las que la Compañía de Jesús fue explusada de la Nueva España. Más en tono de lamento que de simple crónica descriptiva, imagina con ironía algunos escenarios fantásticamente posibles pero realmente deseables.

Una iglesia en la Luna, robots cristianos. La maravilla, pues. En el fondo creo que puede extenderse este deseo de la Compañía de Jesús a la Iglesia entera, o a la fe cristiana como detonador de un fondo cultural, como background que motive la vida toda. Porque si algo tiene el cristianismo es eso, tradición y cultura. Si de algo puede acusarse al pueblo de Dios es de confirmar que el saber, al arte, la cultura y el mercado, así como el cuerpo, el sexo, la amistad y el vino son los factores que hacen del hombre una gran cosa y que lo conducen con veracidad hacia su propio destino: la comunidad y la esperanza.