Mal gusto

Es muy sencillo deshacernos del tabardillo transformándolo en ira.
Aunque eso no nos garantice plena inserción en la sociedad. Eso no importa.

El inconveniente es que es de mal gusto.

Chest y Descartes

Chest, en su más o menos recién traducido y publicado en castellano Herejes, por la respetabilísima casa editorial El Acantilado, señala lo siguiente:

“El hombre del transatlántico ha visto todas las razas de hombre, y está pensando en las cosas que dividen a los hombres: la dieta, la indumentaria, el decoro; anillos en la nariz, como en África, o en las orejas, como en Europa; pintura azul entre los britanos antiguos o roja entre los modernos. El hombre de la plantación de coles no ha visto nada de nada, pero está pensando en las cosas que unen a los hombres: el hambre y los hijos, la belleza de las mujeres y la promesa o la amenaza del cielo.”

Esto está en la página 38 de la edición citada y la traducción es de Stella Mastrangelo.

Podría aquí comenzar a decir lo genial que es Chesterton, pero definitivamente no quiero resaltar todas sus virtudes, como el ingenio, el sentido humano y la inteligencia de hacer de una situación normal la más sorprendente. No lo haré precisamente porque es bien sabido que el buen Chest no es ni un gran filósofo ni un gran literato ni un gran intelectual, sino un verdadero gran hombre.

No es necesario hablar aquí de todo lo bueno que Chest provoca en sus lectores, como pequeñas risillas y murmuraciones en el alma. Porque es mejor que todos acudan a leerlo, a leer el humor e ironía tan peculiares de su gran inteligencia. Simplemente me gustaría añadir, al respecto de la frase citada, que creo que es maravilloso creer que un hombre que permanece en su propia aldea es capaz de conocer mejor al hombre que el gran hombre de mundo.
Pero, a propósito del título del libro, quiero también decir cómo Descartes había explicado lo mismo en el Discurso del Método. Había explicado cómo los viajes eran una gran manera de conocer el mundo pero que a la larga uno acabaría siendo extranjero respecto de sí mismo. Por ello quiero decir cómo me da un risilla que el mismísimo Descartes, provocador de la modernidad, piensa exactamente lo mismo que Chest, uno de los grandes detractores de la modernidad. Y cómo en un libro titulado Herejes Chest defienda algo que Descartes, uno de los más grandes motivadores de herejías que ha dado la humanidad, también defiende.

Lo que me da risa es, pues, cómo la serpiente no es que se muerda la cola, sino que tiene otra cabeza en lugar de cola. Lo que habría que aclarar es que Descartes era un gran ingenuo. Mientras que Chest, todo lo contrario.

Resucitó

Los cristianos celebramos hoy el día de la Resurrección de Jesucristo. Es el día en el que Él venció a la muerte por el Amor. En este acontecimiento se funda la fe cristiana y toda la liturgia, es en este día en el que adquieren sentido todas las demás creencias de la fe en Jesucristo. Es un acontecimeinto, sin duda, dificil de creer, pero que responde tan absolutamente a las exigencias del corazón humano que se vuelve razonable.

El Amor pudo más que la muerte, pudo más que la soledad, que el abandono, que el infierno. El Amor logró superar la vida biológica para encontrar un significado vital que es indestructible. Cito a Ratzinger:

“Encontrarse con el Resucitado es una experiencia que nada tiene que ver con el encuentro con otra persona de nuestra historia, pero no debe limitarse a unas charlas de sobremesa y al recuerdo que luego se fraguó de que vivía y que continuaba su obra. Si interpretamos así el acontecimiento, nos quedamos en lo puramente humano y le sustraemos lo que tiene de peculiar. Pero los relatos de la resurrección son distintos y más que unas simples escenas litúrgicas adornadas, pues muestran el acontecimiento fundamental en el que se apoya la liturgia cristiana. Nos muestran que la fe no nació en el corazón de los discípulos, sino que les vino de fuera y los fortaleció frente a sus dudas y los convenció de que Jesús había resucitado realmente. El que yacía en el sepulcro ya no está allí, él mismo -sí, él mismo- ha resucitado. Ha entrado en el reino de Dios y es tan poderoso que puede hacerse visible a los hombres, que puede mostrar que en él el poder del amor ha sido más fuerte que el poder de la muerte.

“Sólo si aceptamos seriamente todo esto seremos fieles al mensaje del Nuevo Testamento y sólo así matendremos su alcance universal e histórico. Tratar de quitar cómodamente la fe en el misterio de la intervención poderosa de Dios en este mundo y querer mantenerse a la vez en el ámbito del mensaje bíblico, no conduce a ningún sitio. Porque no satisface ni a la lealtad de la razón ni a la pretensión de la fe. Profesar a la vez la fe cristiana y la ‘religión dentro de los límites de la mera razón’ es imposible. Hay que elegir inexorablemente. El creyente comprobará cada vez más lo razonable que es confesar el amor que ha vencido a la muerte.”

Joseph Ratzinger: Introducción al cristianismo, pp.257-8.

Es común que se objete al creyente la irracionalidad del acontecimeinto de la resurrección. La fe es criticada de un acto que niega la razón y que da un salto al vacío, más o menos como Kierkegaard interpretaba el hecho religioso. Hay dos variables que han de ser articuladas para apoyar o negar la afirmación anterior: la razón y la fe. Parece que el contenido de la fe no puede estar de acuerdo con la razón. Lo que Ratzinger quiere decir es que el acontecimiento de la resurrección es un acontecimiento que supera al intelecto humano, que el relato bíblico muestra que lo que vivieron los apóstoles fue un hecho que, en primer lugar, les vino de fuera: les salió a su encuentro una realidad que ellos no eligieron y que les superaba con mucho, y en segundo lugar, que ese hecho colmó a tal grado las necesidades humanas de sentido, y que esa razón fue suficiente para creer.

No podemos dejar de lado la grandeza del acontecmiento mismo y sobresimplificarlo para hacerlo más comprensible al no creyente; es quitarle lo que tiene de grandeza y de misterio. Para que la fe pueda penetrar en el corazón es, pues, necesario, admitir la fragilidad de la persona, nuestra finitiud y nuestra gran necesidad de amor. Cuando admitimos que necesitamos y que deseamos un Amor absoluto, la fe cristina se torna esperanzadora y completamente razonable. El Amor, literal: el Amor, ha vencido a la muerte.

Feliz Pascua de Jesús Resucitado.

La filosofía cristiana

El filósofo cristiano hace filosofía desde una experiencia, desde un acontecimiento empírico. No es que quiera racionalizar todos sus prejuicios y hacerlos creíbles o razonables ante un público crítico y escéptico. No es que el filósofo cristiano busque, por medio de la filosofía, razonar sus dogmas. Esa manera de concebir la filosofía cristiana no es, precisamente, cristiana.
El cristiano que hace filosofía ha tenido una experiencia primordial que se la ha mostrado como verdadera. Esta experiencia originaria se ha mostrado, quizás, de manera un poco confusa y difícil de expresar en términos realmente descriptivos pero, ha calado tan hondo en su persona, que le modifica de un momento para siempre.
Esto quiere decir que su filosofar, igual que la vida entera -y concibiendo el filosofar como un modo de vivir-, vendrán motivados por esta experiencia que le ha hecho ser lo que es.
Esa experiencia, ese acontecimiento que es, por cierto, señalable en la biografía del nuevo filósofo, motiva su filosofar en dos sentidos. En primer lugar la filosofía será uno de los vehículos por los cuales se buscará hacer más –siempre sólo un poco más– comprensible la experiencia que le ha modificado, el misterio que ha venido a su encuentro. En segundo lugar la filosofía será también el vehículo para hacer comprensible el resto de la realidad, realidad que, como su propia persona, serán iluminados por el acontecimiento personal que el cristiano ha vivido.
Lo importante es considerar que el acontecimiento que le ha modificado es un encuentro personal que se ha mostrado ya como verdadero y razonable en cuanto que es capaz de dar sentido a toda la vida y de saciar los deseos más profundos del corazón humano. El que se haya mostrado como verdadero no quiere decir, jamás, que se haya mostrado perfectamente claro y distinto, medible y cuantificable, o que sea una gran idea coherente y lógica, o un sistema filosófico-ético perfectamente demostrado. Decimos que se ha mostrado como verdadero porque la persona que ha venido al encuentro es tan formidable que llena –y rebasa-, las expectativas del ser humano en su totalidad. Es un acontecimiento tan pleno de sentido y tan enorme que es capaz de iluminar el resto de la vida de quien lo ha vivido.
Ese acontecimiento es el encuentro con el Amor de Jesús Resucitado.