Hoy

no fui a trabajar. Y eso es una buena cosa. No es que no trabajar sea la gloria del descanso para mí. El trabajo es importante e, incluso, me considero una persona activa. Si no trabajo o si descanso de más, me desespero y termino deprimiéndome. Decían los escolásticos que la mejor cura para la tristeza es la actividad. Y es que la vida es actividad, es dínamis, es movimiento.
Si nos compramos unos ‘pufs’, de esos asientos ‘jipiosetetenteros’ y los utilizamos más de lo debido, es probable que nos convirtamos a las drogas y al alcohol. Hay quien los compra y los utiliza en exceso precisamente para convertirse a las drogas y al alcohol. Es tanta su fuerza de voluntad de volver su vida hacia los excesos que son capaces de entregarse en cuerpo y alma al ocio.

No quiero hacer una apología del trabajo. Tampoco una apología del ocio, o de los excesos. Ni de las adicciones. Ni de la actividad, ni de la tristeza, ni de la virtud, ni del vicio. Ni una apología de la apología. En realidad, no quiero hacer ninguna apología. Oh, Dios, no sé qué más escribir. Aunque por otra parte, no debería preocuparme por eso, es mi propio blog. Aunque se me puede recrminar la pérdida de tiempo del lector. Lo siento. Lo siento mucho. Es lo que sucede por tener un día feriado, de no ir a trabajar y poder ir, con gusto y sonrisa, a los toros.

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Meses

Mes es meses.
Mesas hechas de meses, sobre las cuales se coloca el tiempo. Mes a mes corren los meses. Uno tras otro, se termina uno y comienza el nuevo. Nuevo mes que me es conocido. Que me es querido y que me escancia cada día, que me estrella meciendo la mesa que me saca de mi rutina. Meses mestizos, mezclados de mezcal y aguardiente. Meses mesurados que me sacian la sed de tiempo. “Me estoy perdiendo la vida”, me escriben los mesurados. “Me está importando poco”, me estoy viendo decirles.
Meses, mesías que socorren a los treintas, con un día más a cada mes. Me sorprende un mes, que me saca de mis quicios, al durar menos de lo que dura un mes. Sólo un mes, que es mestizo y mesonero, no sólo por ser servido sino por servir. Es el mes más famoso, porque sirve de mesura y me seduce. El amor. Este mes me es extraño y me es ingrato. Pero me es igual con todos los meses que me estrellan con sus vecinos.
Cada mes con su mesada se sirve y me segrega, repartiendo cada mes en unos días y dejando a la mesa lo único que queda al final del mes: el mesolítico pasado que no vuelve y que no es. Por eso me es grato mecerme de nuevo hacia el principio: meses es mes.

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