CANACA et al

No es tanto que quiera recurrir al gran lugar común del ‘ingenio’ para describir la esencia del mexicano. Es solamente que hay evidencias ante las cuales a uno nada más le queda inclinar humildemente la cabeza y rendir pleitesía.

Mucho se ha dicho acerca de la curiosa y kitsch personalidad mexicana. Filósofos tan ‘de renombre’, como Vasconcelos, Ramos o intelectuales como Paz o León-Portilla han hecho gala de su sensibilidad para conocerse a sí mismos y hablar de lo que son en tanto hombres nacidos crecidos y alimentados en estas tierras del chile.

La comida picante y barroca, las fiestas, el humor, la tristeza, sobre todo la tristeza, el acoholismo, el machismo y el eterno fracaso en los penales son algunas de las características que no pueden faltar en un mexicano que pueda preciarse de serlo. La muerte como una persona que da risa y el color naranja, son también dos pegotes esenciales que el mexicano trae en su espalda sin poder quitárselos aunque haya vivido diez años en Berlín o Madagascar.

Hay momentos y culturas en las que basta con un discurso, una gran obra literaria y un sistema filosófico para poder decir que se ha hecho cultura en el sentido en el que en ese país o región la cultura es cultura. Piénsese en el Fausto de Goethe, en la Fenomenología del Espíritu de Hegel, o en el mismo ingenio chestertoniano. Pero en México es distinto. Todo lo dicho, todo discurso teórico o incluso todo discurso demostrado en la práctica, toda idea y toda explicación son definitivamente superadas por una sola imagen. Códices como el Florentino y la religiosidad popular lo muestran. Para nosotros, el poder de la imagen es total. Somos una sociedad de avanzada, Sartori no vio el futuro, sino que en el caso mexicano vio el puro estado de cosas: el mexicano es un homo videns. Por ello con una imagen he querido mostrar y ‘demostrar’, en el sentido mexicano de la palabra, la siguiente proposición:

“La hueva es, en definitiva, la madre de todo progreso.”


Creo que el creador del artefacto fue el hijo del papá. El que es dueño de la CANACA.
Le salió como en 50,000 pesos, el chistecito.

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CANACA et al

No es tanto que quiera recurrir al gran lugar común del ‘ingenio’ para describir la esencia del mexicano. Es solamente que hay evidencias ante las cuales a uno nada más le queda inclinar humildemente la cabeza y rendir pleitesía.

Mucho se ha dicho acerca de la curiosa y kitsch personalidad mexicana. Filósofos tan ‘de renombre’, como Vasconcelos, Ramos o intelectuales como Paz o León-Portilla han hecho gala de su sensibilidad para conocerse a sí mismos y hablar de lo que son en tanto hombres nacidos crecidos y alimentados en estas tierras del chile.

La comida picante y barroca, las fiestas, el humor, la tristeza, sobre todo la tristeza, el acoholismo, el machismo y el eterno fracaso en los penales son algunas de las características que no pueden faltar en un mexicano que pueda preciarse de serlo. La muerte como una persona que da risa y el color naranja, son también dos pegotes esenciales que el mexicano trae en su espalda sin poder quitárselos aunque haya vivido diez años en Berlín o Madagascar.

Hay momentos y culturas en las que basta con un discurso, una gran obra literaria y un sistema filosófico para poder decir que se ha hecho cultura en el sentido en el que en ese país o región la cultura es cultura. Piénsese en el Fausto de Goethe, en la Fenomenología del Espíritu de Hegel, o en el mismo ingenio chestertoniano. Pero en México es distinto. Todo lo dicho, todo discurso teórico o incluso todo discurso demostrado en la práctica, toda idea y toda explicación son definitivamente superadas por una sola imagen. Códices como el Florentino y la religiosidad popular lo muestran. Para nosotros, el poder de la imagen es total. Somos una sociedad de avanzada, Sartori no vio el futuro, sino que en el caso mexicano vio el puro estado de cosas: el mexicano es un homo videns. Por ello con una imagen he querido mostrar y ‘demostrar’, en el sentido mexicano de la palabra, la siguiente proposición:

“La hueva es, en definitiva, la madre de todo progreso.”


Creo que el creador del artefacto fue el hijo del papá. El que es dueño de la CANACA.
Le salió como en 50,000 pesos, el chistecito.

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Ayer fui a Starbuck’s con un amigo. A Starbuck’s, sí, a ese lugar que se anticipó proféticamente a la ley antitabaco, a ese lugar de la sirena, para no decir marcas, que ha tenido al mundo encantado no con el café sino con lo que se siente beber café. Ya hasta libros hay que explican el fenómeno.

Pedí un Panini. Nunca antes había pedido alimentos sólidos en una cafetería (porque eso es lo que es, aunque suene extraño nombrar así al establecimiento) de ésas. El Panini llevaba chorizo Pamplona y queso. No sé cuál queso. Pero estaba bueno. En el momento en el que pedí el bocadillo que tanto se me antojaba, el tipo de la caja me dijo que no me lo podía vender. Yo solamente quería satisfacer mi hambre, mi apetito, mis ganas de masticar y deglutir. Puras ganas. Y él me negó la posibilidad.

Explicación: el Panini llevaba más de cuatro horas expuesto, por lo que no cumplía con los estándares de calidad que Starbuck’s está obligado a ofrecer a los consumidores. A sus consumidores.

Esto significa que: “Hola amigo, nosotros en Starbuck’s nos preocupamos no sólo por tu salud y por que tus fosas nasales respiren café viejo en lugar de tabaco, sino que también nos preocupamos de que tu popispaladar no se lastime con un pan semiduro y un queso rancio. Porque después de cuatro horas, así se vuelven tanto el queso como el pan. Y, además, como el Pardo, pensamos que Hugo debe salir de la selección.” (Cabe anotar que mientras sucedía todo esto yo le dije a mi amigo que el suceso aparecería comentado en mi blog, así como cuando te tomas una foto y dices: “para Facebook, jijiji”).

No supe si reír o llorar. O enojarme -para evitar el lugar común-. Pero le dije al vendedor, quien por cierto tenía las habilidades diplomáticas y verbales de un Secretario de Relaciones Exteriores, que yo estaba dispuesto a asumir el riesgo y que deseaba a tal grado el Panini que lo compraría aunque tuviera hongos azules y verdes. Él, el vendedor, tuvo que consultar con el gerente. A pesar de sus excelentes habilidades verbales, parece que las cefaleas estaban muy mermadas, por lo que había que consultar al jefe. Yo no sé, tal vez tenía miedo de que al comerlo se me rompiera un diente, o dos, y fuera a demandar a Starbuck’s por venderme un Panini con más de 4 horas de exhibición, ve tú a saber.

El gerente, al ver mis inevitables deseos y mi dinero para pagar, accedió.

Posibles conclusiones:

a) Starbuck’s supone mis gustos, mis deseos, mis intereses y además deben ganar el premio nobel de la paz por cuidar el bienestar gastrointestinal de sus comensales y clientes.

b) Starbuck’s forma un standard para todos los clientes, les quiere vender exactamente lo mismo, siempre con el mismo grado de putrefacción* y lo vende de manera ‘hiper-personal’: le pone nombre a los vasos. Error de Starbuck’s: no le pone nombre a los Paninis ni a las botellas de agua Perrier.

c) Mi experiencia de ayer en Starbuck’s no fue como haber ido a ‘Starbuck’s’, sino como haber ido a un espacio de diálogo intercultural y de negociación, respecto de mis propios intereses y el producto que me ofrecían. Algo así como la FIFA, la ONU o la CANACA. Apúntele bien.

*También aprendí que los panecitos oblongos que venden en las cajas están duros porque así tienen que ser, no porque estén viejos y nadie los compre.