Velo

Mientras escribía un recado a un primo me di cuenta que la palabra velo puede o no llevar acento. Esto no es ninguna novedad si atendemos exclusivamente a las grafías o a las ortografías. Pero se convierte en algo ciertamente importante si comprendemos el significado de cada palabra.

Si escribimos ‘velo’, resulta que tenemos un sustantivo. Tenemos una palabra que hace referencia a lo que cubre. Por estadística, la mayoría de los velos han cubierto cabezas. Sobre todo de mujeres, y sobre todo de mujeres religiosas: ya por que están de luto, ya porque son novias, ya porque son mujeres. La esencia del velo consiste en cubrir y en cubrir bien. Velo que no cubre no es velo.

Si escribimos, en cambio, ‘vélo’, tenemos un verbo en imperativo, cuyo significado es un mandato. En específico, el mandato de abrir bien los ojos y enfrentar la realidad, el mandato de poner nuestra carota frente a un objeto y mirar sus cualidades: tanto los sensibles propios como los impropios, pero a fin de cuentas, mirar.

Ver y velar son dos palabras que podrían funcionar como antónimos, si es que queremos ser metafóricos. Y, en ese caso, podríamos echar a volar la mente, quitarle los velos y pensar en lo parecido y lo diferente que resulta cerra rlos ojos con ponernos un velo, o mirar la realidad y desvelar la verdad. Más aún podríamos pensar en Heidegger y la verdad griega.

Pero también pdoemos pensar en algunos velos que sí permiten ver la realidad, como aquellos que tienen espacio libre para los ojos. Yo pienso en el velo de la foto. Nomás vélo.

Si, en cambio, no queremos ser metafóricos, en cambio, basta con escribir ortográficamente cada palabra. Y utilizarla en su sentido literal.
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Ser y estar

El castellano es una de las pocas lenguas que cuentan con los verbos ser y estar de manera diferenciada. No sé a qué se deba eso, sera cuestión de filología y, posteriormente, de filosofía e historia de la cultura, pero por medio de un análisis del lenguaje es a veces posible determinar el carisma de un pueblo.
Es ya clásico, y un lugar común, hablar de ‘El laberinto de la soledad’ de Paz y del estudio que contiene sobre la palabra ‘chingada’. A pesar de mi poco original cita, ésta me sirve para ejemplificar cómo el lenguaje y el modo de hablar de un pueblo reflejan aunque sea un poco su personalidad.
Los ‘ayes’ del castellano, son en inglés ‘ooh’s’. Ejemplo: si voy caminando descalzo en mi habitación y golpeo el dedo chiquito de mi pie con la pata de mi cama, exclamo: ‘¡Ay, carajo!’ Y sufro de un dolor inmenso. Si un estadounidense hace lo mismo, exclama: ‘Oh, shit!’, y padece un dolor de más o menos las mismas dimensiones que el mío.
¿Por qué, si el dolor es similar, o de la misma especie, la interjección pronunciada es diferente?
Asimismo, hay idiomas que retratan de mejor manera que otros, con sus palabras, la realidad denotada. Por ejemplo, la serie estoadounidense sesentera de Batman (aquel gordillo de vestimenta lila), denotaba los golpes con las siguientes palabras: ‘pow’, ‘zaz’, ‘bam’. En cambio, el castellano denota los golpes con: ‘plop’, como hiciera otrora René Ríos, con su legendario Condorito. Si bien soy consciente de todo el contenido metafísico y moral que el ‘plop’ condoriteano implica, me parece analogable al ‘pow’ de los estadounidenses sesenteros, ya que éste también trae consigo toda una cosmovisión, una manera de ver el mundo.
Ser y estar, en fin, es uno de los temas más complicados para los estudiantes no-hispanos de lengua hispana.
Hace unas semanas estuve en España, y en el departamento en que vive mi novia, habita con ella una mujer polaca, estudiante de lengua y literatura hispánicas. El polaco, curiosamente, solamente tiene un verbo para referirse a ‘ser’ o a ‘estar’. Ella fue quien me comunicó la problemática y la dificultad del castellano en este ámbito y me pidió que tratara de explicarle la diferencia.
Lo que primero me vino a la mente para hacerlo fue decirle que intentara predicar la bondad a una mujer, primero con el verbo ser y luego con el verbo estar.
Pensé que ahí encontraría claramente la diferencia.