Carajo

Leo a León Felipe y me hierve la sangre de estímulos de esperanza. Sólo un grito así es capaz de ser nombrado poesía, en tanto -y solo en tanto- penetra hasta el estribo y retumba al encéfalo de la inteligencia. La palabra de León Felipe, rayo desgarrador, hiere de muerte a la débil burguesía de la que somos todos pecadores. No es que esté obsoleto, es que su lenguaje se repetirá siempre bajo diversas formas. No es que el comunismo y el fascismo hayan desaparecido. Es que el opresor lo seguirá siendo bajo una careta de corte al revés. Este rayo felipiano rasga los vestidos, bendita sea. Pero seguimos, seguimos igual. Carajo.

“¿Veis? Todo está confundido ya en el mundo, y no es más que desorden. Porque pedís orden nada más, todo es desorden. El lobo se cubre con la piel del cordero. Y a Cristo le representa hoy en la Tierra ese arzobispo tramposo que llena de baba verde la hostia todas las mañanas y luego bendice los aviones de Franco para que asesinen a los niños indefensos de Madrid y Barcelona. Y ved esta paradoja montruosa de los tiempos modernos: el comunismo, que en esencia no debe ser más que amor, amor organizado de una manera política y social, aparece destrozando la cruz; y el fascismo que es sólo odio organizado, nace con la cruz en el pecho de todos sus secuaces y llamando Cruzada a la traición y a la rapiña.”

León Felipe, “Que la justicia existe” en El payaso de las bofetadas y el pescador de caña
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Sonata para los Otros

La vida de los otros es una gran película. Situada en 1984, año que ya ha conquistado bastante fama (Orwell con su novela, Martin McFly y su viaje al futuro, o al pasado ya no sé, la marca de ropa, y ahora ‘Das Leben der Anderen’ de Florian Henckel-Donnersmarck), narra lo que le sucede a un espía comunista que se pone a hacer su trabajo con un escritor.
El régimen comunista se revela como cuasi absoluto y se demuestra como la subjetividad concreta de los individuos puede más que el totalitarismo que priva de todas las libertades.
El caso es que hay una escena que me conmovió no sólo hasta los tuétanos sino lo que le sigue. Un amigo del escritor le regala al escritor un escrito que tenía escrita la partitura de una música bellísima. Bellísima como ella sola, porque el escritor dice: ‘cualquiera que haya escuchado esta música no puede ser malo’, así que nomás imagínense cuánta belleza tenía esa música.
La película es un canto, u oda según se prefiera, al agradecimiento. Toda la inteligencia de un hombre es puesta al servicio de otro que, con su simple vida, le muestra al comunista ése que la soledad es lo último que desea el hombre. O sea, estar solo será siempre una condena para quien busque un ideal, no por su ideología, sino porque verdaderamente está convencido de la capacidad de transformación del ser humano.
El film, como a veces me gusta llamarles a las películas, tiene de todo: drama, tragedia, historia de amor, cursilería, violencia, buenos diálogos a lo Tarantino.
La verdad sí se merecía el Oscar, sobre todo porque muestra genialmente (entrelazando al final todos los sucesos) esa condición humana que anhela cosas y no las encuentra pero que, a pesar de no encontrar ese infinito, hay algunos momentos agradables, instantes que podrían ser absolutos. En este caso: es el agradecimiento el que el espectador espera. Así que como un buen constructor de historias, Henckel nos regala el buen final eucatastrófico que satisfaga los deseos más íntimos y más reales no solo de los personajes representados, sino del espectador mismo. Porque como una buena obra de arte del siglo XXI, sólo es completada hasta que alguien la ve y la disfruta.
Las palmas para Henckel, por haberme hecho comprender cómo las únicas sonatas que valen la pena son las que son para los buenos hombres.