Por si alguien dudó

de la influencia de Albino Luciani en el futuro de la Iglesia…

Luciani y Wojtyla

… y hay más…

Luciani y Ratzinger

Anuncios

El reconocimiento de los cimientos

Charles Péguy murió de un balazo en la frente el 5 de septiembre de 1914, en la batalla de Marne. Sin duda fue una muerte digna para el hombre que reformó la Iglesia a través de perseguir incansablemente la verdad. 

Sin duda es posible encontrar en Péguy la experiencia de Dios que se reflejó, ya en una nueva teología, en el Concilio Vaticano II- No solamente es la idea de Iglesia como ‘Pueblo de Dios’, sino la recuperación enfática de la Encarnación como el misterio central del Cristianismo, la idea de una teología del amor como la teología que desplazó a la meritocracia que tanto pudre nuestros corazones, y la idea de afirmar al laicado como el cuerpo místico de la Iglesia y como el derrotero que habría de seguir la historia del Cristianismo frente a la modernidad otrora atragantada. 
En efecto, Péguy logró formular el Cristianismo de manera tal que no quedaba fuera la modernidad, sino que ésta podía e incluso debía ser acogida por la Iglesia para que el Cristianismo  se expresara cada vez de mejor manera a lo largo de la historia. 
En Verónica, un volumen de los Cahiers que publicó durante muchos años, Péguy deja muy claro que lo que salva es la entrega carnal de Jesucristo a los hombres. Si bien estos temas son también tratados en sus Tres misterios, es en Verónica en donde Péguy formula desde la prosa el asunto de la encarnación y el lugar central que ésta debe tener en la teología católica. 
Ningún moderno más antipelagiano que Péguy. Ninguno más antiprotestante, ninguno más progracia, nadie más carnal, nadie más laico, nadie más moderno, nadie más católico. Se puede decir que Péguy se suma a la tradición de la ‘vía de la interioridad’, inaugurada en la patrística por San Agustín, y que continúo a través de la Edad Media con Anselmo, Buenaventrua y Escoto, y que la modernidad continuó con el Descartes de las Meditations, con Pascal, Hegel y Kierkegaard, y cuya coronación se alcanza con filósofos como Maurice Blondel, Henri Bergson, Erich Przywara, Romano Guardini o Iván Illich (quien, cabe aclarar, sí defirió de Péguy en su aceptación de la modernidad). 
Esta línea filosófica, tan cristiana, tan católica (con el danés y el alemán como agregados culturales), tiene su expresión contemporánea en gente como Joseph Ratzinger o Charles Taylor, que se han propuesto tematizar el problema antropológico que la modernidad presenta y reinterpretar la noción de persona, esa noción de persona tan rectilínea, tan supina, que durante muchos años fue el canon de la ortodoxia, esa definición que reza diciendo que la persona es una sustancia individual de naturaleza racional.

Es posible decir que en Péguy germinaron todos los temas de la agenda del Concilio Vaticano II y, en esa medida, la posibilidad de una renovacion eclesial hacia una nueva teología del laicado (como quiso Congar) y una afirmación del papel del parroquiano de la vida común en la vida del cuerpo místico de Cristo. 
Muchos han dicho que es necesario ya para la Iglesia un Concilio Vaticano III, pero al volver a los textos de Péguy y de sus ‘alumnos’, comprendo cada vez más que lo necesario es profundizar en el Espíritu, que dio vida al concilio iniciado por el bueno de Juan XXIII. El CVII todavía no ha terminado, en la medida en que no hemos terminado de conspirar según el espíritu de aquellos que se dejaron sorprender por Jesucristo dejando de lado toda norma y toda estructura formal. 
No solamente Henri de Lubac y Karl Rahner, promotores y guías principales del Concilio leyeron a Péguy. Sino que toda esa generación de literatos, filósofos y teólogos le deben mucho, o casi todo, a Péguy. En el campo de los teólogos, podemos comenzar por mencionar a Hans Urs von Balthasar (quien, por cierto, no atendió directamente al Concilio) y podemos seguir la lista con nombres tales como Yves Congar. Pero en el campo de la literatura, los deudores son también  claros: León Bloy, Georges Bernanos, Francois Mauriac, Gabriel Marcel (también filósofo) y así podría enumerar en una lista sin fin con muchos otros. 
El asunto es que, más allá de los nombres y la gente famosilla, son las ideas encarnadas lo que de Péguy debemos, a mi juicio, mirar con más atención. 
Él fue un rebelde, y un buscador siempre honesto de la verdad. Eso es quizás lo más importante: independientemente de su camino, del lugar en el que estuvo, si dentro o fuera de la Iglesia, que si comunista, que si dreyfusard, que si teólogo, que si literato, que si filósofo, que si soldado. Todo eso, cada instante de esa dimensión de su vida fue un instante de amor a la verdad. 
Porque su conversión, como él mismo lo dice, no fue tal, sino un seguir por el mismo camino, un profundizar sobre lo ya visto y conocido, una exigencia de seguir andando. No convertirse era sencillamente quedarse parado y no vivir. Yo, de Péguy, soy su fans. Por muchas cosas, sobre todo por ese afán anitburgués de perseguir la verdad y la justicia por encima de la comodidad, por considerar vitalmente que más vale la pena vivir y morir exhausto que falto de hambre y regordete. 
Péguy tuvo muchos seguidores, aunque más bien post mortem. Por ejemplo Mounier, aunque a mi juicio Mounier no lo entendió bien, no lo comprendió cabalmente. Si bien la época y los tiempos de Mounier necesitaban un hombre como él, su lucha se politizó demasiado. Politización que es justamente la confusión que Péguy tanto recriminó a la Iglesia: la confusión entre la Ciudad de Dios y la Ciudad de los Hombres. (Confusiones, ambas, que se vivieron de manera paralela tanto en la Teología de la Liberación -izquierda-, como en la Acción Francesa, el Yunque y movimientos semejantes- derecha). La lucha política, y éste es el punto, no es lo propio del Cristianismo. Péguy recupera y con ello reconoce, los cimientos que pusieron los Padres para así construir la Iglesia Católica.

Justicia social, modernidad y ateismo

Por momentos he creído que la reflexión sobre la justicia social es indispensable para llevar al hombre una situación más digna. Por supuesto, me parece importantísimo acompañar con acción a esta reflexión, que si en reflexión se queda, se queda en la nada. Modificar las estructuras de pecado es indispensable para lograr que la condición humana pueda realmente llegar a ser lo que está llamada a ser en cada una de las personas.

Sin embargo, me he dado cuenta que esta reflexión sobre la justicia social responde a un problema más grande, y que este problema es el problema del modo como el hombre se relaciona con el mundo. En específico, porque es un problema -el de la justicia social- que surge gracias a que existe la modernidad y la revolución industrial como un producto ultramoderno. La revolución industrial es la que ha provocado que exista algo así como ‘la clase obrera’, o los trabajadores, o que el mundo se divida propiamente en ‘clases’. Es claro que antes de la modernidad e incluso en la antigüedad había diferentes estratos sociales, pero era impensable reflexionar en categorías de ‘justicia social’ porque el hombre se comprendía de diferente modo con base en una cosmovisión, que regulaba los órdenes sociales. El tema de la modernidad es un tema complejísimo, en donde aparece inmediatamente la variable del secularismo. Y es ahí en donde me he dado cuenta que la reflexión sobre la justicia social, junto con la reflexión sobre la moderndiad, es en realidad una reflexión sobre el problema de Dios. El ateísmo es, aunque no parezca, un fenómeno nuevo, una manera de autocomprenderse el hombre muy característica de cierto período histórico.

Un amigo fue a Estados Unidos la semana pasada y me contó sus impresiones sobre la religiosidad estadounidense. Había una iglesia en cada esquina. Casi como Puebla en el siglo XVII. La diferencia es que en Puebla todas las iglesias eran del mismo credo. En Estados Unidos, hace dos semanas, cada iglesia era de una religión diferente.

El problema de Dios es el problema más grande al que se enfrenta el hombre. Y digo problema no en tanto situación negativa que haya que desaparecer, sino problema en el sentido de que nos plantea las preguntas más fundamentales. Dios es un problema porque hace que nos detengamos ante la existencia y cuestionemos lo que sucede con nosotros mismos. El ateísmo es un problema por ello. Clausura de tajo la capacidad del hombre de crear y de interrogarse. El ateísmo cancela la creatividad humana y vacía la vida de su sentido. Sólo cuando las personas miran su propia existencia como parte de un todo mucho más grande, como el momento de una historia que hay que contar y que unifica los fragmentos del día a día, es posible no encontrar el confort, sino dar sentido al sufrimiento y al dolor inevitable que nos presenta el mundo.

Resucitó

Los cristianos celebramos hoy el día de la Resurrección de Jesucristo. Es el día en el que Él venció a la muerte por el Amor. En este acontecimiento se funda la fe cristiana y toda la liturgia, es en este día en el que adquieren sentido todas las demás creencias de la fe en Jesucristo. Es un acontecimeinto, sin duda, dificil de creer, pero que responde tan absolutamente a las exigencias del corazón humano que se vuelve razonable.

El Amor pudo más que la muerte, pudo más que la soledad, que el abandono, que el infierno. El Amor logró superar la vida biológica para encontrar un significado vital que es indestructible. Cito a Ratzinger:

“Encontrarse con el Resucitado es una experiencia que nada tiene que ver con el encuentro con otra persona de nuestra historia, pero no debe limitarse a unas charlas de sobremesa y al recuerdo que luego se fraguó de que vivía y que continuaba su obra. Si interpretamos así el acontecimiento, nos quedamos en lo puramente humano y le sustraemos lo que tiene de peculiar. Pero los relatos de la resurrección son distintos y más que unas simples escenas litúrgicas adornadas, pues muestran el acontecimiento fundamental en el que se apoya la liturgia cristiana. Nos muestran que la fe no nació en el corazón de los discípulos, sino que les vino de fuera y los fortaleció frente a sus dudas y los convenció de que Jesús había resucitado realmente. El que yacía en el sepulcro ya no está allí, él mismo -sí, él mismo- ha resucitado. Ha entrado en el reino de Dios y es tan poderoso que puede hacerse visible a los hombres, que puede mostrar que en él el poder del amor ha sido más fuerte que el poder de la muerte.

“Sólo si aceptamos seriamente todo esto seremos fieles al mensaje del Nuevo Testamento y sólo así matendremos su alcance universal e histórico. Tratar de quitar cómodamente la fe en el misterio de la intervención poderosa de Dios en este mundo y querer mantenerse a la vez en el ámbito del mensaje bíblico, no conduce a ningún sitio. Porque no satisface ni a la lealtad de la razón ni a la pretensión de la fe. Profesar a la vez la fe cristiana y la ‘religión dentro de los límites de la mera razón’ es imposible. Hay que elegir inexorablemente. El creyente comprobará cada vez más lo razonable que es confesar el amor que ha vencido a la muerte.”

Joseph Ratzinger: Introducción al cristianismo, pp.257-8.

Es común que se objete al creyente la irracionalidad del acontecimeinto de la resurrección. La fe es criticada de un acto que niega la razón y que da un salto al vacío, más o menos como Kierkegaard interpretaba el hecho religioso. Hay dos variables que han de ser articuladas para apoyar o negar la afirmación anterior: la razón y la fe. Parece que el contenido de la fe no puede estar de acuerdo con la razón. Lo que Ratzinger quiere decir es que el acontecimiento de la resurrección es un acontecimiento que supera al intelecto humano, que el relato bíblico muestra que lo que vivieron los apóstoles fue un hecho que, en primer lugar, les vino de fuera: les salió a su encuentro una realidad que ellos no eligieron y que les superaba con mucho, y en segundo lugar, que ese hecho colmó a tal grado las necesidades humanas de sentido, y que esa razón fue suficiente para creer.

No podemos dejar de lado la grandeza del acontecmiento mismo y sobresimplificarlo para hacerlo más comprensible al no creyente; es quitarle lo que tiene de grandeza y de misterio. Para que la fe pueda penetrar en el corazón es, pues, necesario, admitir la fragilidad de la persona, nuestra finitiud y nuestra gran necesidad de amor. Cuando admitimos que necesitamos y que deseamos un Amor absoluto, la fe cristina se torna esperanzadora y completamente razonable. El Amor, literal: el Amor, ha vencido a la muerte.

Feliz Pascua de Jesús Resucitado.