La señora responsable

Confieso que he leído poco a Hannah Arendt. Únicamente algunas partes de The Human Condition y entero, eso sí, The Origins of Totalitarism. Y párale de contar.

A pesar de tal manquedad, paréceme que es una filósofa agudísima y genialísima. Ayer terminé de leer Collective Responsibility, un ensayo publicado en 1968, a propósito de la responsabilidad que tenemos todos -como parte de una colectividad- de las atrocidades que el grupo humano al que perteneciéramos perpetrara, aún cuando nosotros no hubiéramos tomado parte activa en dicho crimen.

No se refiere a ningún hecho histórico en concreto, aunque hace alusión tanto a la guerra de Vietnam como, obvio, a la segunda guerra mundial. Su punto es el siguiente, y con ello comienza el trabajo: no hay tal cosa como la ‘culpa’ respecto de hechos atroces en los que nosotros no tuvimos parte, pero que fueron provocados por nuestra comunidad en nombre de la comunidad. En cambio, sí existe una responsabilidad por ese acto. En este caso, la culpabilidad es la carga moral que un individuo en su conciencia puede o no sentir. En cambio, la responsabilidad es la obligación de hacerse cargo por enmendar el hecho.

Esto, además, no solamente aplica para actos negativos, sino también para los positivos, o buenos: un acto heroico hecho por mi comunidad no tiene por qué atribuírseme y, en esa medida, no debo ser yo llamado “héroe”, pero sí es posible que yo disfrute legítimamente de los premios que mi comunidad ha conseguido, en tanto que soy miembro de ella y el acto fue hecho en su nombre.

Piénsese en un padre noble: yo no cargo con sus culpas, pero sí soy responsable de enmendar lo que hizo mal. O yo no soy un héroe, pero sí heredo la buena fama y en su nombre puede retribuírseme un bien que él hizo. El argumento es significativo sobre todo para que podamos culpar realmente a los culpables: culpable es únicamente aquél que hizo mal las cosas, responsables, en cambio, somos todos. Sobre todo porque “donde todos son culpables, ninguno es culpable”. Ilustrémoslo con el holocausto que, por obvias razones, viene a la cabeza.

No todo alemán es culpable de lo que sucedió en Auschwitz. Son culpables únicamente los que provocaron deliberadamente la matanza. Pero el pueblo alemán todo es responsable de lo que se hizo en nombre de Alemania. Un alemán de hoy no puede ser ‘culpado’ por la Shoá. Pero sí es responsable de ella y en esa medida es su obligación enmendar a su pueblo. Arendt juzgaba así a los SS, que dicen que únicamente siguieron órdenes: quizás, en una de ésas, dado que su vida dependía de ello, no son culpables strictu sensu (aunque aquí podría haber ‘grados’ de culpabilidad), pero sí son responsables de sus actos y por tanto deben enmendarlos.

Esta reflexión de la señora Arendt me resultó sumamente significativa, pues en el fondo apela a dos nociones que no explicita y, hay que decirlo, quién sabe si ella las comparta o realmente su razonamiento las presuponga. Me refiero a:

a) Una noción de tradición
b) Una noción comunitaria de ser humano.

Por a) me refiero que la tradición, la historia, en tanto que es entrega de cultura a través de las generaciones, es también forjadora de identidad de los seres humanos venideros. Sólo en ese caso es posible atribuir responsabilidad a los futuros de lo que hicieron sus ancestros. Pero la distinción Arendtiana no sólo aguda por eso, sino también porque permite hacer responsables a la nuevas generaciones sin juzgarlas como ‘culpables’.

Esto explica, en buena medida, o quizás esté más bien inspirado por, la doctrina del pecado original. Si bien no somos culpables de la caída de Adán y Eva, sí somos responsables de ella y debemos en nuestra vida remediarla.

Por b) me refiero a que la única manera de justificar la atribución de responsabilidad por actos en los que yo no he participado, es que de alguna manera esté yo ligado moral o jurídicamente con el individuo que cometió la acción en nombre de la colectividad a la que ambos pertenecemos. Una manera de justificar el hecho de que un individuo sea responsable de otro es cuando nos damos cuenta de que los individuos no pueden realizarse si no es junto con los otros. Y esto es más fácil de ver cuando dejamos de hablar de individuos y comprendemos al ser humano como persona.

La noción de persona, aún con todo lo problemática que es, permite afirmar la necesidad de la comunión y de la comunidad para la realización de lo plenamente humano. Así, me parece que el pensamiento de la señora Arendt permite afirmar dos cosas sobre el ser humano: por un lado, que siempre se realiza dentro de una tradición y esta tradición forma en buena medida su identidad y, por otro lado, que su realización depende de una comunidad y que necesita de ésta para formar y construir su subjetividad.

Así, tenemos una noción de identidad que saca al ser humano de su propio cascarón y que lo convierte en un agente moral no encalustrado en sí mismo, sino que la vocación hacia los otros es el presupuesto que necesita toda ética y todo sistema de pensamiento para poder hacerlo sostenible y aplicable, en un mundo en donde existe el mal y casi nunca hay responsables.

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Sólo por poner algunos ejemplos

Filosofía para niños. Amor libre. Kinder con computación e intercambios. Comida ‘orgánica’. Bebidas light. Estimulación temprana. Posmodernidad. Cultura de masas. Jesuita fiel al Papa. Ciencia ficción. GraciasaDiossoyateo. Kafka para dummies. Arte abstracto. Católico no practicante.

El oxímoron es lo propio de la posmodernidad.

IHS

“La permanencia de la Compañía de Jesús en el orbe indiano, como lo llamó Brading, habría sido fuente de muchos bienes -una educación poderosa, unas costumbres más aseadas, ríos potables-, aunque también podría pensarse que México (o muchos Méxicos y sin duda Paraguay) sería una especie de república teocrática de indios y de criollos; no existitría ni la banca como la conocemos, ni la Colina del Perro, ni los periódicos, ni los antros, ni las tachas, ni Chespirito, ni las ‘novelas’, tal vez ni internet, ni los blogs, ni el supercolisionador de hadrones, ni las importaciones chinas dizque artesanías mexicanas. Es posible que Juárez hubiera pasado a la historia como el muy piadoso obispo de Oaxaca. La libertad sería muy distinta; otra cosa sería el arte. Otra la literatura. Otra el cine (muy jesuita). Y otra cosa sería la Compañía de Jesús, que, la verdad sea dicha, nunca logró ecuperarse de los hachazos del siglo XVIII.

“La que creo que sí habría sería una multitud de órganos que en sintonía mundial producirían tocatas, adagios y fugas ejecutadas por guaraníes y prusianos; habría, seguramente, cosmografías virtuales a las que podrían todos acceder con el pensamiento; habría ballets y obras de teatro evangelizador realizadas en el cielo, por medio de ingeniosos artilugos; habría robots cristianos, como en Ciudad de Simak (e intentos por convertir a las hormigas); habría, en fin, cuartos de la memoria donde podría uno pasearse y aprender mandarín o las jerarquías angélicas; habría barcos permanentemente libres, donde vivirían heremitas, cátedras de pintura, escultura y jardinería simbólica, y una iglesia en la Luna.

“Sea de ello lo que fuere, pienso que no muy desencaminado andaba Hidalgo al abrogarse en Guadalajara el títitulo de ‘Alteza’, pero hablar de ello exigiría una longitud que este fragmento no posee.”

Pablo Soler Frost: “Los jesuitas no son expulsados. La república del espíritu”, en Letras Libres, n.118, año X, octubre 2008, p.22.

Este parrafito de Soler es verdaderamente genial. Creo. Con estas líneas termina un artículo en el que relata una de las razones por las que la Compañía de Jesús fue explusada de la Nueva España. Más en tono de lamento que de simple crónica descriptiva, imagina con ironía algunos escenarios fantásticamente posibles pero realmente deseables.

Una iglesia en la Luna, robots cristianos. La maravilla, pues. En el fondo creo que puede extenderse este deseo de la Compañía de Jesús a la Iglesia entera, o a la fe cristiana como detonador de un fondo cultural, como background que motive la vida toda. Porque si algo tiene el cristianismo es eso, tradición y cultura. Si de algo puede acusarse al pueblo de Dios es de confirmar que el saber, al arte, la cultura y el mercado, así como el cuerpo, el sexo, la amistad y el vino son los factores que hacen del hombre una gran cosa y que lo conducen con veracidad hacia su propio destino: la comunidad y la esperanza.

Carnívoro idealista, vegetariano realista.

La comida dice mucho de una cultura. Está la frase ‘dime lo que comes y te diré quién eres’. Pero también, a veces, decir ese tipo de frases resulta fastidioso sobre todo si rememoran a alguna tía soltera.

Si cada quien puede ser catalogado por lo que come, pienso que los carnívoros son idealistas y los vegetarianos son, en cambio, realistas.

La revista Letras Libres publicó en junio de este año (2008), un número sobre los animales: de sus derechos, de su dignidad, de su lugar en la sociedad, de los animales fantásticos. Por supuesto, infaltable, se habló de los vegetarianos. Estos seres curiosos son una rara especie. Los hay de muchos tipos: los que solamente no comen carne roja, los que no comen ni carne roja ni pescado, los que no comen ni carne roja ni pescado ni huevo, y -he aquí los más extremos- los que no comen absolutamente ningún derivado de animales: nada de manteca, ni lácteos, ni nada de nada. ¡Animales!, les gritan éstos a los carnívoros, salvajes bestias que ingieren bestias.
Parece que quienes tienen estas actitudes de vegetarianismo y demás, operan bajo una racionalidad un tanto hippie, y típica del siglo XX. La idea de fondo es que realmente el hombre no es un ser superior de la naturaleza, sino tan sólo uno más, y que no tiene ningún derecho de utilizar a otros animales como alimento. Por otro laddo están quienes argumentan que los animales tienen vida mental, sentimientos, que tienen su corazoncito, se enamoran y demás. Ni hablar, por supuesta, de la Fiesta Taurina: es el Auschwitz de los toros.

Los vegetarianos van, por lo tanto, emparentados con los ecologistas, que piensan que el mundo se está acabando, que el hombre no ha respetado los ciclos de la naturaleza, que la barbarie humana es estúpida e ingrata y, ¡hombre!, que dejemos de manchar.

Dados estos argumentos hay quien dice que estos ecologistas y estos vegetarianos son cursis: buscan un mundo mejor, quieren que todos nos tomemos de las manos y giremos en una feliz rondalla cantando Doña Blanca. Parecería, entonces, que son cursis los que utilizan papel de doble uso, que son cursis los que no comen carne, los que no utilizan chamarras o zapatos de piel.

Yo sostengo, sin embargo, que ellos no son cursis, que ellos son tristes y tienen ojeras. Sostengo, en cambio, que el carnívoro es el más cursi de todos. Es cursísimo. El carnívoro ve al toro y no ve un animal: ve un ángel. Por eso le apetece. El vegetariano al ver al toro ve un amasijo de hebras proteínicas, de sangre revuelta con aminoácidos y nervios. Por eso le da asco. Por eso no lo quiere comer. Ve lo primero que ve y con eso se queda. Es un empirista, el vegetariano: es incapaz de comprender lo que un toro significa. El vegetariano ve en la vaca no más que un animal del reino animal con cuernos, manchas, ubres y quizá un cencerro. El carnívoro, en cambio, ve en la vaca el futuro pacífico y feliz de la engorda. Ve al suizo del chalet feliz y en paz consigo y con el mundo. Sólo un toro que es pensado como un gran animal, como un gran ser digno, puede ser comido. Si el toro, en cambio, es pensado como una revoltura de glóbulos rojos con tejidos, entonces que permanezca donde está, ahí lejos, guácala, ¡cómo me lo he de comer!, dice el vegetariano.

El carnívoro es, por lo tanto, el cursi. Piensa en un mundo idílico, en donde todo está en armonía y gira todo en constante progreso hacia mejor. El carnívoro es un humanista, que cree en la educación, en la Bildung del romanticismo alemán. Comer un rib-eye es creer en el futuro del hombre, ¡carajo!, y no andar pensando en el futuro de los dodos. El vegetariano es kitsch, duro consigo mismo, es un gran empirista, un deprimido cuya experiencia se reduce a lo que ve. El vegetariano sería incapaz de comprender y disfrutar a Goethe, a Paz, a León Felipe. En cambio el carnívoro, ¡hombre, sí que cree en la humanitas!

Carnívoro idealista. Vegetariano realista. El carnívoro al ver el toro ve a un gran ser, ve a un limpio animal, capaz de nutrir y mejorar al mundo, capaz de hacer estremecer los ánimos junto al vino y la sidra. Gracias al carnívoro el mundo avanza, porque sueña, sueña en utopías que mueven voluntades. El vegetariano es famélico, famélico de humanidad y de sueños, es un burdo realista y pesimista. El vegetariano es impotente. La vegetariana frígida. El ser humano que come carne, desea, y el deseo es lo que mueve al hombre. El carnívoro mira más allá, y mira también más acá. Es ejemplo del buen gusto. ¡Mirad al coloso! Imponente humanidad a la que el vegetariano está ciego. Ciego.

CANACA et al

No es tanto que quiera recurrir al gran lugar común del ‘ingenio’ para describir la esencia del mexicano. Es solamente que hay evidencias ante las cuales a uno nada más le queda inclinar humildemente la cabeza y rendir pleitesía.

Mucho se ha dicho acerca de la curiosa y kitsch personalidad mexicana. Filósofos tan ‘de renombre’, como Vasconcelos, Ramos o intelectuales como Paz o León-Portilla han hecho gala de su sensibilidad para conocerse a sí mismos y hablar de lo que son en tanto hombres nacidos crecidos y alimentados en estas tierras del chile.

La comida picante y barroca, las fiestas, el humor, la tristeza, sobre todo la tristeza, el acoholismo, el machismo y el eterno fracaso en los penales son algunas de las características que no pueden faltar en un mexicano que pueda preciarse de serlo. La muerte como una persona que da risa y el color naranja, son también dos pegotes esenciales que el mexicano trae en su espalda sin poder quitárselos aunque haya vivido diez años en Berlín o Madagascar.

Hay momentos y culturas en las que basta con un discurso, una gran obra literaria y un sistema filosófico para poder decir que se ha hecho cultura en el sentido en el que en ese país o región la cultura es cultura. Piénsese en el Fausto de Goethe, en la Fenomenología del Espíritu de Hegel, o en el mismo ingenio chestertoniano. Pero en México es distinto. Todo lo dicho, todo discurso teórico o incluso todo discurso demostrado en la práctica, toda idea y toda explicación son definitivamente superadas por una sola imagen. Códices como el Florentino y la religiosidad popular lo muestran. Para nosotros, el poder de la imagen es total. Somos una sociedad de avanzada, Sartori no vio el futuro, sino que en el caso mexicano vio el puro estado de cosas: el mexicano es un homo videns. Por ello con una imagen he querido mostrar y ‘demostrar’, en el sentido mexicano de la palabra, la siguiente proposición:

“La hueva es, en definitiva, la madre de todo progreso.”


Creo que el creador del artefacto fue el hijo del papá. El que es dueño de la CANACA.
Le salió como en 50,000 pesos, el chistecito.

CANACA et al

No es tanto que quiera recurrir al gran lugar común del ‘ingenio’ para describir la esencia del mexicano. Es solamente que hay evidencias ante las cuales a uno nada más le queda inclinar humildemente la cabeza y rendir pleitesía.

Mucho se ha dicho acerca de la curiosa y kitsch personalidad mexicana. Filósofos tan ‘de renombre’, como Vasconcelos, Ramos o intelectuales como Paz o León-Portilla han hecho gala de su sensibilidad para conocerse a sí mismos y hablar de lo que son en tanto hombres nacidos crecidos y alimentados en estas tierras del chile.

La comida picante y barroca, las fiestas, el humor, la tristeza, sobre todo la tristeza, el acoholismo, el machismo y el eterno fracaso en los penales son algunas de las características que no pueden faltar en un mexicano que pueda preciarse de serlo. La muerte como una persona que da risa y el color naranja, son también dos pegotes esenciales que el mexicano trae en su espalda sin poder quitárselos aunque haya vivido diez años en Berlín o Madagascar.

Hay momentos y culturas en las que basta con un discurso, una gran obra literaria y un sistema filosófico para poder decir que se ha hecho cultura en el sentido en el que en ese país o región la cultura es cultura. Piénsese en el Fausto de Goethe, en la Fenomenología del Espíritu de Hegel, o en el mismo ingenio chestertoniano. Pero en México es distinto. Todo lo dicho, todo discurso teórico o incluso todo discurso demostrado en la práctica, toda idea y toda explicación son definitivamente superadas por una sola imagen. Códices como el Florentino y la religiosidad popular lo muestran. Para nosotros, el poder de la imagen es total. Somos una sociedad de avanzada, Sartori no vio el futuro, sino que en el caso mexicano vio el puro estado de cosas: el mexicano es un homo videns. Por ello con una imagen he querido mostrar y ‘demostrar’, en el sentido mexicano de la palabra, la siguiente proposición:

“La hueva es, en definitiva, la madre de todo progreso.”


Creo que el creador del artefacto fue el hijo del papá. El que es dueño de la CANACA.
Le salió como en 50,000 pesos, el chistecito.

Velo

Mientras escribía un recado a un primo me di cuenta que la palabra velo puede o no llevar acento. Esto no es ninguna novedad si atendemos exclusivamente a las grafías o a las ortografías. Pero se convierte en algo ciertamente importante si comprendemos el significado de cada palabra.

Si escribimos ‘velo’, resulta que tenemos un sustantivo. Tenemos una palabra que hace referencia a lo que cubre. Por estadística, la mayoría de los velos han cubierto cabezas. Sobre todo de mujeres, y sobre todo de mujeres religiosas: ya por que están de luto, ya porque son novias, ya porque son mujeres. La esencia del velo consiste en cubrir y en cubrir bien. Velo que no cubre no es velo.

Si escribimos, en cambio, ‘vélo’, tenemos un verbo en imperativo, cuyo significado es un mandato. En específico, el mandato de abrir bien los ojos y enfrentar la realidad, el mandato de poner nuestra carota frente a un objeto y mirar sus cualidades: tanto los sensibles propios como los impropios, pero a fin de cuentas, mirar.

Ver y velar son dos palabras que podrían funcionar como antónimos, si es que queremos ser metafóricos. Y, en ese caso, podríamos echar a volar la mente, quitarle los velos y pensar en lo parecido y lo diferente que resulta cerra rlos ojos con ponernos un velo, o mirar la realidad y desvelar la verdad. Más aún podríamos pensar en Heidegger y la verdad griega.

Pero también pdoemos pensar en algunos velos que sí permiten ver la realidad, como aquellos que tienen espacio libre para los ojos. Yo pienso en el velo de la foto. Nomás vélo.

Si, en cambio, no queremos ser metafóricos, en cambio, basta con escribir ortográficamente cada palabra. Y utilizarla en su sentido literal.