Crack

Ya no escribo como antes.

Las acciones de mi blog están cayendo.

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Turista

Liberia es uno de esos paises que solamente se conocen gracias al Turista Mundial. Exactamente por la misma razón y el mismo vehículo de comunicación lúdica, existen dos raros prejuicios en la conciencia colectiva: a) Oceanía es un lugar en el cual solamente se puede vacacionar, con un canguro al lado y b) el mexicano piensa que por el sólo hecho de ser mexicano (o de pasar por México) te darán dinero.

Sin embargo, he aquí una de las consecuencias más importantes de tan afamado juego. En verdad ha influido de manera tan fuerte, que hemos construido -hablo de la humanidad entera- el mundo como si funcionáramos con las mismas reglas del juego: Inglaterra y su moneda son los más caros del juego.

No una vez

Me parece que leer el periódico es una buena cosa. Está bien. Hasta cierto punto, representa que uno ha llegado a un grado o momento de la vida en el que la paz espiritual, al modo de la fuerza, nos acompaña. Desayunar a las ocho de la mañana, beber una taza de café y leer el periódico. Así, en infinitivos, como si se hicieran todas estas cosas sin importar, sin estar determinados: desayunar, beber, leer. Así, con las erres al final, líquidas, como el café que se bebe.

Sin embargo, he de aceptar que leer el periódico puede ser también signo de modernidad industrial, signo de capitalismo financiero que busca números, que busca estar al día, que busca estar por cualquier medio, enterado de lo que sucede en el mundo.

Alguna vez oí, creo que en el programa de León Krauze, de un club hiperexclusivo para empresarios en algún piso de la Torre Mayor, en Reforma. Se trataba de un lugar al que solamente podían ingresar los dandys, herederos de fortunas millonarias, que usaban camisas con cuello de dieciocho centímetros de alto, mujeres con lentes de pasta Prada, contratistas de choferes. Y así, con todos los lujos ‘habidos y por haber’. Sobre todo porque los ‘por haber’, ellos son quienes los inventan. Pero no me quiero desviar del tema criticando la feliz burguesía que me provoca ira y envidia. Lo que quiero mencionar es que en el bar de ese club, en las salas de masajes, en los vestidores, en todos lados, arriba, abajo, en el techo, había televisores transmitiendo CNN, de manera que los que iban al pintoresquito club a relajarse pudieran estar enterados en todo momento de lo que pasa en el mundo.

No es que me quiera preguntar si eso es, en verdad, relajarse. Eso sería imbécil. Lo que quiero hacer notar es, a mi juicio, algo más sutil: que estar enterado o mirar las noticias o ver el periódico o escuchar los noticieros por el radio no siempre son sinónimos de lo que pregonaba en las primeras líneas: signos de una vida feliz, apacible y premoderna. A veces son signos de actividad absoluta, de mente ágil, de dinero, de New York, de ‘time is money’.

Aunque estas reglas o imaginaciones tal vez no se cumplan si el periódico en cuestión es el ‘Esto’.

Y, para concluir, ésta es mi idea de una vida lograda. Yo quiero que esto me pase en la vida:

Y no una vez, sino periódicamente.

Standard

Ayer fui a Starbuck’s con un amigo. A Starbuck’s, sí, a ese lugar que se anticipó proféticamente a la ley antitabaco, a ese lugar de la sirena, para no decir marcas, que ha tenido al mundo encantado no con el café sino con lo que se siente beber café. Ya hasta libros hay que explican el fenómeno.

Pedí un Panini. Nunca antes había pedido alimentos sólidos en una cafetería (porque eso es lo que es, aunque suene extraño nombrar así al establecimiento) de ésas. El Panini llevaba chorizo Pamplona y queso. No sé cuál queso. Pero estaba bueno. En el momento en el que pedí el bocadillo que tanto se me antojaba, el tipo de la caja me dijo que no me lo podía vender. Yo solamente quería satisfacer mi hambre, mi apetito, mis ganas de masticar y deglutir. Puras ganas. Y él me negó la posibilidad.

Explicación: el Panini llevaba más de cuatro horas expuesto, por lo que no cumplía con los estándares de calidad que Starbuck’s está obligado a ofrecer a los consumidores. A sus consumidores.

Esto significa que: “Hola amigo, nosotros en Starbuck’s nos preocupamos no sólo por tu salud y por que tus fosas nasales respiren café viejo en lugar de tabaco, sino que también nos preocupamos de que tu popispaladar no se lastime con un pan semiduro y un queso rancio. Porque después de cuatro horas, así se vuelven tanto el queso como el pan. Y, además, como el Pardo, pensamos que Hugo debe salir de la selección.” (Cabe anotar que mientras sucedía todo esto yo le dije a mi amigo que el suceso aparecería comentado en mi blog, así como cuando te tomas una foto y dices: “para Facebook, jijiji”).

No supe si reír o llorar. O enojarme -para evitar el lugar común-. Pero le dije al vendedor, quien por cierto tenía las habilidades diplomáticas y verbales de un Secretario de Relaciones Exteriores, que yo estaba dispuesto a asumir el riesgo y que deseaba a tal grado el Panini que lo compraría aunque tuviera hongos azules y verdes. Él, el vendedor, tuvo que consultar con el gerente. A pesar de sus excelentes habilidades verbales, parece que las cefaleas estaban muy mermadas, por lo que había que consultar al jefe. Yo no sé, tal vez tenía miedo de que al comerlo se me rompiera un diente, o dos, y fuera a demandar a Starbuck’s por venderme un Panini con más de 4 horas de exhibición, ve tú a saber.

El gerente, al ver mis inevitables deseos y mi dinero para pagar, accedió.

Posibles conclusiones:

a) Starbuck’s supone mis gustos, mis deseos, mis intereses y además deben ganar el premio nobel de la paz por cuidar el bienestar gastrointestinal de sus comensales y clientes.

b) Starbuck’s forma un standard para todos los clientes, les quiere vender exactamente lo mismo, siempre con el mismo grado de putrefacción* y lo vende de manera ‘hiper-personal’: le pone nombre a los vasos. Error de Starbuck’s: no le pone nombre a los Paninis ni a las botellas de agua Perrier.

c) Mi experiencia de ayer en Starbuck’s no fue como haber ido a ‘Starbuck’s’, sino como haber ido a un espacio de diálogo intercultural y de negociación, respecto de mis propios intereses y el producto que me ofrecían. Algo así como la FIFA, la ONU o la CANACA. Apúntele bien.

*También aprendí que los panecitos oblongos que venden en las cajas están duros porque así tienen que ser, no porque estén viejos y nadie los compre.

Standard

Ayer fui a Starbuck’s con un amigo. A Starbuck’s, sí, a ese lugar que se anticipó proféticamente a la ley antitabaco, a ese lugar de la sirena, para no decir marcas, que ha tenido al mundo encantado no con el café sino con lo que se siente beber café. Ya hasta libros hay que explican el fenómeno.

Pedí un Panini. Nunca antes había pedido alimentos sólidos en una cafetería (porque eso es lo que es, aunque suene extraño nombrar así al establecimiento) de ésas. El Panini llevaba chorizo Pamplona y queso. No sé cuál queso. Pero estaba bueno. En el momento en el que pedí el bocadillo que tanto se me antojaba, el tipo de la caja me dijo que no me lo podía vender. Yo solamente quería satisfacer mi hambre, mi apetito, mis ganas de masticar y deglutir. Puras ganas. Y él me negó la posibilidad.

Explicación: el Panini llevaba más de cuatro horas expuesto, por lo que no cumplía con los estándares de calidad que Starbuck’s está obligado a ofrecer a los consumidores. A sus consumidores.

Esto significa que: “Hola amigo, nosotros en Starbuck’s nos preocupamos no sólo por tu salud y por que tus fosas nasales respiren café viejo en lugar de tabaco, sino que también nos preocupamos de que tu popispaladar no se lastime con un pan semiduro y un queso rancio. Porque después de cuatro horas, así se vuelven tanto el queso como el pan. Y, además, como el Pardo, pensamos que Hugo debe salir de la selección.” (Cabe anotar que mientras sucedía todo esto yo le dije a mi amigo que el suceso aparecería comentado en mi blog, así como cuando te tomas una foto y dices: “para Facebook, jijiji”).

No supe si reír o llorar. O enojarme -para evitar el lugar común-. Pero le dije al vendedor, quien por cierto tenía las habilidades diplomáticas y verbales de un Secretario de Relaciones Exteriores, que yo estaba dispuesto a asumir el riesgo y que deseaba a tal grado el Panini que lo compraría aunque tuviera hongos azules y verdes. Él, el vendedor, tuvo que consultar con el gerente. A pesar de sus excelentes habilidades verbales, parece que las cefaleas estaban muy mermadas, por lo que había que consultar al jefe. Yo no sé, tal vez tenía miedo de que al comerlo se me rompiera un diente, o dos, y fuera a demandar a Starbuck’s por venderme un Panini con más de 4 horas de exhibición, ve tú a saber.

El gerente, al ver mis inevitables deseos y mi dinero para pagar, accedió.

Posibles conclusiones:

a) Starbuck’s supone mis gustos, mis deseos, mis intereses y además deben ganar el premio nobel de la paz por cuidar el bienestar gastrointestinal de sus comensales y clientes.

b) Starbuck’s forma un standard para todos los clientes, les quiere vender exactamente lo mismo, siempre con el mismo grado de putrefacción* y lo vende de manera ‘hiper-personal’: le pone nombre a los vasos. Error de Starbuck’s: no le pone nombre a los Paninis ni a las botellas de agua Perrier.

c) Mi experiencia de ayer en Starbuck’s no fue como haber ido a ‘Starbuck’s’, sino como haber ido a un espacio de diálogo intercultural y de negociación, respecto de mis propios intereses y el producto que me ofrecían. Algo así como la FIFA, la ONU o la CANACA. Apúntele bien.

*También aprendí que los panecitos oblongos que venden en las cajas están duros porque así tienen que ser, no porque estén viejos y nadie los compre.