Modernidades

Quizás habría que aclarar que existen varias modernidades. O muchas maneras de ser ‘moderno’, como le llaman.

Contestaría al Phoenx y al Pardo diciendo que tal vez Descartes sea moderno, porque fue causa y precursor de cierta modernidad. De aquella modernidad centrada en el pensamiento matemático, en el cálculo racional, en la geometrización de la naturaleza. En el dualismo humano, al comprender el cuerpo como máquina, y dejar al ‘alma’ -entrecomillada- el lugar que en el imaginario moderno tiene Gasparín.

En ese sentido, Descartes pertence a una modernidad que ha tenido diversas consecuencias. Entre ellas, la revolución industrial y la prioridad de la técnica por encima del saber teórico. La modernidad cartesiana es una modernidad que hace énfasis en el cientificismo de corte positivo y que deja fuera todo saber científico sobre la subjetividad humana, llevándolo a un vaciamiento de su sentido.

Sin embargo, existe al menos otra modernidad. Es una modernidad abierta por Pascal. Continuada, por ejemplo, por Kierkegaard. Es una modernidad en la que la subjetividad está presente de manera mucho más fuerte que el matematismo. Es una modernidad que da prioridad a lo cualitativo por encima de lo cuantitativo. Es una modernidad que, sin mebargo, ha sido dominada por la técnica y las ciencias positivas. Pero es una modernidad que rescata la interioridad del hombre y su desenvolvimiento en el mundo, no de manera opuesta sino como una relación fundamental hombre-mundo. Quizás a esta modernidad pertenezca Chesterton.

No quiero agotar con esto, por supuesto, las diversas comprensiones que puede haber de la modernidad. Taylor, por ejemplo, propone que la modernidad está de suyo fragmentada, y que el saber que genera eclosiona con la realidad humana. En ese sentido Chest no sería un moderno. Pero si entendemos algunas técnicas literarias como propias de la moderndiad, si entendemos el ensayo como el boleto de entrada de la literatura en la modernidad, entonces Chest es modernísimo. Y no sólo por sus ensayos, sino que el lenguaje que utiliza, el hecho de escribir en periódicos, la novela policiaca, la misma ironía como señalaba el Phoenix, en ese caso claro que Chest es un moderno.

Pero da igual. Lo importante es recalcar que Chest apuesta por la bucólica. Apuesta por el heroísmo, la épica y la epopeya. Aún cuando escriba en periódicos, aún cuando tenga historias de detectives, es un metafísico. Es un cristiano. Apuesta por un orden humano más humano que el orden moderno. Chest quiere recordar al hombre que es hombre y no máquina. En ese sentido, mucho más fundamental que el anterior, Chest no solamente no es moderno, sino que despreciaría la modernidad.

Y, bueno, esto, por ejemplo, es bien moderno:

Claude Monet, La estación de San Lázaro, 1887

Anuncios

Standard

Ayer fui a Starbuck’s con un amigo. A Starbuck’s, sí, a ese lugar que se anticipó proféticamente a la ley antitabaco, a ese lugar de la sirena, para no decir marcas, que ha tenido al mundo encantado no con el café sino con lo que se siente beber café. Ya hasta libros hay que explican el fenómeno.

Pedí un Panini. Nunca antes había pedido alimentos sólidos en una cafetería (porque eso es lo que es, aunque suene extraño nombrar así al establecimiento) de ésas. El Panini llevaba chorizo Pamplona y queso. No sé cuál queso. Pero estaba bueno. En el momento en el que pedí el bocadillo que tanto se me antojaba, el tipo de la caja me dijo que no me lo podía vender. Yo solamente quería satisfacer mi hambre, mi apetito, mis ganas de masticar y deglutir. Puras ganas. Y él me negó la posibilidad.

Explicación: el Panini llevaba más de cuatro horas expuesto, por lo que no cumplía con los estándares de calidad que Starbuck’s está obligado a ofrecer a los consumidores. A sus consumidores.

Esto significa que: “Hola amigo, nosotros en Starbuck’s nos preocupamos no sólo por tu salud y por que tus fosas nasales respiren café viejo en lugar de tabaco, sino que también nos preocupamos de que tu popispaladar no se lastime con un pan semiduro y un queso rancio. Porque después de cuatro horas, así se vuelven tanto el queso como el pan. Y, además, como el Pardo, pensamos que Hugo debe salir de la selección.” (Cabe anotar que mientras sucedía todo esto yo le dije a mi amigo que el suceso aparecería comentado en mi blog, así como cuando te tomas una foto y dices: “para Facebook, jijiji”).

No supe si reír o llorar. O enojarme -para evitar el lugar común-. Pero le dije al vendedor, quien por cierto tenía las habilidades diplomáticas y verbales de un Secretario de Relaciones Exteriores, que yo estaba dispuesto a asumir el riesgo y que deseaba a tal grado el Panini que lo compraría aunque tuviera hongos azules y verdes. Él, el vendedor, tuvo que consultar con el gerente. A pesar de sus excelentes habilidades verbales, parece que las cefaleas estaban muy mermadas, por lo que había que consultar al jefe. Yo no sé, tal vez tenía miedo de que al comerlo se me rompiera un diente, o dos, y fuera a demandar a Starbuck’s por venderme un Panini con más de 4 horas de exhibición, ve tú a saber.

El gerente, al ver mis inevitables deseos y mi dinero para pagar, accedió.

Posibles conclusiones:

a) Starbuck’s supone mis gustos, mis deseos, mis intereses y además deben ganar el premio nobel de la paz por cuidar el bienestar gastrointestinal de sus comensales y clientes.

b) Starbuck’s forma un standard para todos los clientes, les quiere vender exactamente lo mismo, siempre con el mismo grado de putrefacción* y lo vende de manera ‘hiper-personal’: le pone nombre a los vasos. Error de Starbuck’s: no le pone nombre a los Paninis ni a las botellas de agua Perrier.

c) Mi experiencia de ayer en Starbuck’s no fue como haber ido a ‘Starbuck’s’, sino como haber ido a un espacio de diálogo intercultural y de negociación, respecto de mis propios intereses y el producto que me ofrecían. Algo así como la FIFA, la ONU o la CANACA. Apúntele bien.

*También aprendí que los panecitos oblongos que venden en las cajas están duros porque así tienen que ser, no porque estén viejos y nadie los compre.

Standard

Ayer fui a Starbuck’s con un amigo. A Starbuck’s, sí, a ese lugar que se anticipó proféticamente a la ley antitabaco, a ese lugar de la sirena, para no decir marcas, que ha tenido al mundo encantado no con el café sino con lo que se siente beber café. Ya hasta libros hay que explican el fenómeno.

Pedí un Panini. Nunca antes había pedido alimentos sólidos en una cafetería (porque eso es lo que es, aunque suene extraño nombrar así al establecimiento) de ésas. El Panini llevaba chorizo Pamplona y queso. No sé cuál queso. Pero estaba bueno. En el momento en el que pedí el bocadillo que tanto se me antojaba, el tipo de la caja me dijo que no me lo podía vender. Yo solamente quería satisfacer mi hambre, mi apetito, mis ganas de masticar y deglutir. Puras ganas. Y él me negó la posibilidad.

Explicación: el Panini llevaba más de cuatro horas expuesto, por lo que no cumplía con los estándares de calidad que Starbuck’s está obligado a ofrecer a los consumidores. A sus consumidores.

Esto significa que: “Hola amigo, nosotros en Starbuck’s nos preocupamos no sólo por tu salud y por que tus fosas nasales respiren café viejo en lugar de tabaco, sino que también nos preocupamos de que tu popispaladar no se lastime con un pan semiduro y un queso rancio. Porque después de cuatro horas, así se vuelven tanto el queso como el pan. Y, además, como el Pardo, pensamos que Hugo debe salir de la selección.” (Cabe anotar que mientras sucedía todo esto yo le dije a mi amigo que el suceso aparecería comentado en mi blog, así como cuando te tomas una foto y dices: “para Facebook, jijiji”).

No supe si reír o llorar. O enojarme -para evitar el lugar común-. Pero le dije al vendedor, quien por cierto tenía las habilidades diplomáticas y verbales de un Secretario de Relaciones Exteriores, que yo estaba dispuesto a asumir el riesgo y que deseaba a tal grado el Panini que lo compraría aunque tuviera hongos azules y verdes. Él, el vendedor, tuvo que consultar con el gerente. A pesar de sus excelentes habilidades verbales, parece que las cefaleas estaban muy mermadas, por lo que había que consultar al jefe. Yo no sé, tal vez tenía miedo de que al comerlo se me rompiera un diente, o dos, y fuera a demandar a Starbuck’s por venderme un Panini con más de 4 horas de exhibición, ve tú a saber.

El gerente, al ver mis inevitables deseos y mi dinero para pagar, accedió.

Posibles conclusiones:

a) Starbuck’s supone mis gustos, mis deseos, mis intereses y además deben ganar el premio nobel de la paz por cuidar el bienestar gastrointestinal de sus comensales y clientes.

b) Starbuck’s forma un standard para todos los clientes, les quiere vender exactamente lo mismo, siempre con el mismo grado de putrefacción* y lo vende de manera ‘hiper-personal’: le pone nombre a los vasos. Error de Starbuck’s: no le pone nombre a los Paninis ni a las botellas de agua Perrier.

c) Mi experiencia de ayer en Starbuck’s no fue como haber ido a ‘Starbuck’s’, sino como haber ido a un espacio de diálogo intercultural y de negociación, respecto de mis propios intereses y el producto que me ofrecían. Algo así como la FIFA, la ONU o la CANACA. Apúntele bien.

*También aprendí que los panecitos oblongos que venden en las cajas están duros porque así tienen que ser, no porque estén viejos y nadie los compre.