Ok,

está bien, lo admito. 

Quizás sí es cierto que la modernidad tiene muchos problemas, que estamos cada vez más desencarnados, que nos ha alienado, que todo es ahora horrible, impersonal, controlado, instrumental, individualista, que todo está normativizado, que la burocratización está del caramba, que los medios de comunicación nos aíslan, que los medios de transporte provocan mucha desigualdad, que la salud es un fetiche, que la urbanización provoca una miseria horrible, que nos estamos chingando el mundo con la industrialización y la contaminación, que cada vez es más difícil vivir en comunidad, que nos estamos volviendo esclavos de la tecnología, que el capitalismo asqueroso es asqueroso y, en fin, que nos estamos pudriendo en este horrible mundo.

Pero lo que sí me resisto a pensar es que la humanidad haya sido pendeja durante los últimos 500 años. 
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Pecado Social

No sé. Tal vez es probable que, si somos estrictos con el ser humano, existan profesiones y estilos de vida que, dadas las circunstancias y dado el drama humano, puedan considerarse un pecado social.

Por supuesto, esto jamás se determinará en abstracto, sino que siempre habría que revisar motivaciones e historias concretas. A pesar de ello, me parece posible establecer una norma. La norma de la responsabilidad. En la medida en que comprometas o no tu vida con la vida del otro, en su total indigencia, en esa medida podrá ser evaluada tu vida o como un pecado social o como el cumplimiento y desarrollo deuna vocación.

Un pecado social se caracteriza por promover ‘estructuras sociales de pecado’, estructuras que por su entramado son inmodificables por individuos concretos y que, por sus efectos, hacen tanto daño a la condición humana que son, en definitiva, pecaminosas. Esas estructuras son propias de una civilización que no mira hacia lo concreto, sino que modernamente basa sus acciones en principios abstractos y fantasmagóricos de acción.

Un pecado social es entregar la vida y dejar la piel en un trabajo cuya misión es estudiar de qué manera puedo vender más shampoos, por ejemplo. O entregar mis días a la misión de diseñar, construir y vender los mejores y los más cómodos jacuzzis que hayan existido jamás.
Eso es definitivamente irresponsable.

Filósofos como Charles Taylor o Hans Jonas se han dado cuenta de eso. En particular, el primero señala por ahí que la filantropía contemporánea es una buena cosa pero que es sin duda un síntoma del grado de inhumanidad al cual hemos llegado: porque hacer el bien es una profesión, y no un instinto humano; porque mirar y cuidar del otro tiene un nombre, y eso implica que no se identifica con la condición humana. Estos filósofos saben que el hombre no es para sí mismo, sino para los otros. Han visto que solamente adquiriendo conciencia práctica de la necesidad de mujeres y hombres responsable es como la civilización del siglo XXI puede salvar al corazón humano y hacer más comprensible el misterio del regalo de la vida.

Creo que, en verdad, hay profesiones y estilos de vida que pueden considerarse pecados sociales en la medida en que se olviden de su destino comunitario y se dediquen a construir su propia torre de acero.

CANACA et al

No es tanto que quiera recurrir al gran lugar común del ‘ingenio’ para describir la esencia del mexicano. Es solamente que hay evidencias ante las cuales a uno nada más le queda inclinar humildemente la cabeza y rendir pleitesía.

Mucho se ha dicho acerca de la curiosa y kitsch personalidad mexicana. Filósofos tan ‘de renombre’, como Vasconcelos, Ramos o intelectuales como Paz o León-Portilla han hecho gala de su sensibilidad para conocerse a sí mismos y hablar de lo que son en tanto hombres nacidos crecidos y alimentados en estas tierras del chile.

La comida picante y barroca, las fiestas, el humor, la tristeza, sobre todo la tristeza, el acoholismo, el machismo y el eterno fracaso en los penales son algunas de las características que no pueden faltar en un mexicano que pueda preciarse de serlo. La muerte como una persona que da risa y el color naranja, son también dos pegotes esenciales que el mexicano trae en su espalda sin poder quitárselos aunque haya vivido diez años en Berlín o Madagascar.

Hay momentos y culturas en las que basta con un discurso, una gran obra literaria y un sistema filosófico para poder decir que se ha hecho cultura en el sentido en el que en ese país o región la cultura es cultura. Piénsese en el Fausto de Goethe, en la Fenomenología del Espíritu de Hegel, o en el mismo ingenio chestertoniano. Pero en México es distinto. Todo lo dicho, todo discurso teórico o incluso todo discurso demostrado en la práctica, toda idea y toda explicación son definitivamente superadas por una sola imagen. Códices como el Florentino y la religiosidad popular lo muestran. Para nosotros, el poder de la imagen es total. Somos una sociedad de avanzada, Sartori no vio el futuro, sino que en el caso mexicano vio el puro estado de cosas: el mexicano es un homo videns. Por ello con una imagen he querido mostrar y ‘demostrar’, en el sentido mexicano de la palabra, la siguiente proposición:

“La hueva es, en definitiva, la madre de todo progreso.”


Creo que el creador del artefacto fue el hijo del papá. El que es dueño de la CANACA.
Le salió como en 50,000 pesos, el chistecito.

CANACA et al

No es tanto que quiera recurrir al gran lugar común del ‘ingenio’ para describir la esencia del mexicano. Es solamente que hay evidencias ante las cuales a uno nada más le queda inclinar humildemente la cabeza y rendir pleitesía.

Mucho se ha dicho acerca de la curiosa y kitsch personalidad mexicana. Filósofos tan ‘de renombre’, como Vasconcelos, Ramos o intelectuales como Paz o León-Portilla han hecho gala de su sensibilidad para conocerse a sí mismos y hablar de lo que son en tanto hombres nacidos crecidos y alimentados en estas tierras del chile.

La comida picante y barroca, las fiestas, el humor, la tristeza, sobre todo la tristeza, el acoholismo, el machismo y el eterno fracaso en los penales son algunas de las características que no pueden faltar en un mexicano que pueda preciarse de serlo. La muerte como una persona que da risa y el color naranja, son también dos pegotes esenciales que el mexicano trae en su espalda sin poder quitárselos aunque haya vivido diez años en Berlín o Madagascar.

Hay momentos y culturas en las que basta con un discurso, una gran obra literaria y un sistema filosófico para poder decir que se ha hecho cultura en el sentido en el que en ese país o región la cultura es cultura. Piénsese en el Fausto de Goethe, en la Fenomenología del Espíritu de Hegel, o en el mismo ingenio chestertoniano. Pero en México es distinto. Todo lo dicho, todo discurso teórico o incluso todo discurso demostrado en la práctica, toda idea y toda explicación son definitivamente superadas por una sola imagen. Códices como el Florentino y la religiosidad popular lo muestran. Para nosotros, el poder de la imagen es total. Somos una sociedad de avanzada, Sartori no vio el futuro, sino que en el caso mexicano vio el puro estado de cosas: el mexicano es un homo videns. Por ello con una imagen he querido mostrar y ‘demostrar’, en el sentido mexicano de la palabra, la siguiente proposición:

“La hueva es, en definitiva, la madre de todo progreso.”


Creo que el creador del artefacto fue el hijo del papá. El que es dueño de la CANACA.
Le salió como en 50,000 pesos, el chistecito.

Modernidades

Quizás habría que aclarar que existen varias modernidades. O muchas maneras de ser ‘moderno’, como le llaman.

Contestaría al Phoenx y al Pardo diciendo que tal vez Descartes sea moderno, porque fue causa y precursor de cierta modernidad. De aquella modernidad centrada en el pensamiento matemático, en el cálculo racional, en la geometrización de la naturaleza. En el dualismo humano, al comprender el cuerpo como máquina, y dejar al ‘alma’ -entrecomillada- el lugar que en el imaginario moderno tiene Gasparín.

En ese sentido, Descartes pertence a una modernidad que ha tenido diversas consecuencias. Entre ellas, la revolución industrial y la prioridad de la técnica por encima del saber teórico. La modernidad cartesiana es una modernidad que hace énfasis en el cientificismo de corte positivo y que deja fuera todo saber científico sobre la subjetividad humana, llevándolo a un vaciamiento de su sentido.

Sin embargo, existe al menos otra modernidad. Es una modernidad abierta por Pascal. Continuada, por ejemplo, por Kierkegaard. Es una modernidad en la que la subjetividad está presente de manera mucho más fuerte que el matematismo. Es una modernidad que da prioridad a lo cualitativo por encima de lo cuantitativo. Es una modernidad que, sin mebargo, ha sido dominada por la técnica y las ciencias positivas. Pero es una modernidad que rescata la interioridad del hombre y su desenvolvimiento en el mundo, no de manera opuesta sino como una relación fundamental hombre-mundo. Quizás a esta modernidad pertenezca Chesterton.

No quiero agotar con esto, por supuesto, las diversas comprensiones que puede haber de la modernidad. Taylor, por ejemplo, propone que la modernidad está de suyo fragmentada, y que el saber que genera eclosiona con la realidad humana. En ese sentido Chest no sería un moderno. Pero si entendemos algunas técnicas literarias como propias de la moderndiad, si entendemos el ensayo como el boleto de entrada de la literatura en la modernidad, entonces Chest es modernísimo. Y no sólo por sus ensayos, sino que el lenguaje que utiliza, el hecho de escribir en periódicos, la novela policiaca, la misma ironía como señalaba el Phoenix, en ese caso claro que Chest es un moderno.

Pero da igual. Lo importante es recalcar que Chest apuesta por la bucólica. Apuesta por el heroísmo, la épica y la epopeya. Aún cuando escriba en periódicos, aún cuando tenga historias de detectives, es un metafísico. Es un cristiano. Apuesta por un orden humano más humano que el orden moderno. Chest quiere recordar al hombre que es hombre y no máquina. En ese sentido, mucho más fundamental que el anterior, Chest no solamente no es moderno, sino que despreciaría la modernidad.

Y, bueno, esto, por ejemplo, es bien moderno:

Claude Monet, La estación de San Lázaro, 1887

Chest y Descartes

Chest, en su más o menos recién traducido y publicado en castellano Herejes, por la respetabilísima casa editorial El Acantilado, señala lo siguiente:

“El hombre del transatlántico ha visto todas las razas de hombre, y está pensando en las cosas que dividen a los hombres: la dieta, la indumentaria, el decoro; anillos en la nariz, como en África, o en las orejas, como en Europa; pintura azul entre los britanos antiguos o roja entre los modernos. El hombre de la plantación de coles no ha visto nada de nada, pero está pensando en las cosas que unen a los hombres: el hambre y los hijos, la belleza de las mujeres y la promesa o la amenaza del cielo.”

Esto está en la página 38 de la edición citada y la traducción es de Stella Mastrangelo.

Podría aquí comenzar a decir lo genial que es Chesterton, pero definitivamente no quiero resaltar todas sus virtudes, como el ingenio, el sentido humano y la inteligencia de hacer de una situación normal la más sorprendente. No lo haré precisamente porque es bien sabido que el buen Chest no es ni un gran filósofo ni un gran literato ni un gran intelectual, sino un verdadero gran hombre.

No es necesario hablar aquí de todo lo bueno que Chest provoca en sus lectores, como pequeñas risillas y murmuraciones en el alma. Porque es mejor que todos acudan a leerlo, a leer el humor e ironía tan peculiares de su gran inteligencia. Simplemente me gustaría añadir, al respecto de la frase citada, que creo que es maravilloso creer que un hombre que permanece en su propia aldea es capaz de conocer mejor al hombre que el gran hombre de mundo.
Pero, a propósito del título del libro, quiero también decir cómo Descartes había explicado lo mismo en el Discurso del Método. Había explicado cómo los viajes eran una gran manera de conocer el mundo pero que a la larga uno acabaría siendo extranjero respecto de sí mismo. Por ello quiero decir cómo me da un risilla que el mismísimo Descartes, provocador de la modernidad, piensa exactamente lo mismo que Chest, uno de los grandes detractores de la modernidad. Y cómo en un libro titulado Herejes Chest defienda algo que Descartes, uno de los más grandes motivadores de herejías que ha dado la humanidad, también defiende.

Lo que me da risa es, pues, cómo la serpiente no es que se muerda la cola, sino que tiene otra cabeza en lugar de cola. Lo que habría que aclarar es que Descartes era un gran ingenuo. Mientras que Chest, todo lo contrario.

Justicia social, modernidad y ateismo

Por momentos he creído que la reflexión sobre la justicia social es indispensable para llevar al hombre una situación más digna. Por supuesto, me parece importantísimo acompañar con acción a esta reflexión, que si en reflexión se queda, se queda en la nada. Modificar las estructuras de pecado es indispensable para lograr que la condición humana pueda realmente llegar a ser lo que está llamada a ser en cada una de las personas.

Sin embargo, me he dado cuenta que esta reflexión sobre la justicia social responde a un problema más grande, y que este problema es el problema del modo como el hombre se relaciona con el mundo. En específico, porque es un problema -el de la justicia social- que surge gracias a que existe la modernidad y la revolución industrial como un producto ultramoderno. La revolución industrial es la que ha provocado que exista algo así como ‘la clase obrera’, o los trabajadores, o que el mundo se divida propiamente en ‘clases’. Es claro que antes de la modernidad e incluso en la antigüedad había diferentes estratos sociales, pero era impensable reflexionar en categorías de ‘justicia social’ porque el hombre se comprendía de diferente modo con base en una cosmovisión, que regulaba los órdenes sociales. El tema de la modernidad es un tema complejísimo, en donde aparece inmediatamente la variable del secularismo. Y es ahí en donde me he dado cuenta que la reflexión sobre la justicia social, junto con la reflexión sobre la moderndiad, es en realidad una reflexión sobre el problema de Dios. El ateísmo es, aunque no parezca, un fenómeno nuevo, una manera de autocomprenderse el hombre muy característica de cierto período histórico.

Un amigo fue a Estados Unidos la semana pasada y me contó sus impresiones sobre la religiosidad estadounidense. Había una iglesia en cada esquina. Casi como Puebla en el siglo XVII. La diferencia es que en Puebla todas las iglesias eran del mismo credo. En Estados Unidos, hace dos semanas, cada iglesia era de una religión diferente.

El problema de Dios es el problema más grande al que se enfrenta el hombre. Y digo problema no en tanto situación negativa que haya que desaparecer, sino problema en el sentido de que nos plantea las preguntas más fundamentales. Dios es un problema porque hace que nos detengamos ante la existencia y cuestionemos lo que sucede con nosotros mismos. El ateísmo es un problema por ello. Clausura de tajo la capacidad del hombre de crear y de interrogarse. El ateísmo cancela la creatividad humana y vacía la vida de su sentido. Sólo cuando las personas miran su propia existencia como parte de un todo mucho más grande, como el momento de una historia que hay que contar y que unifica los fragmentos del día a día, es posible no encontrar el confort, sino dar sentido al sufrimiento y al dolor inevitable que nos presenta el mundo.