Gucci

En la siguiente sala estaba el barroco holandés. Recuerdo haber visto al gran van Rijn y algunas pinturas de Vermeer: me paseaba por la sala contemplando personas dentro de sus habitaciones, hilanderas y lecheras. Recuerdo que unas pinturas eran grandes y llenas de color y otras más pequeñas que apostaban por el claroscuro como medio de belleza.

Entré a otra sala. El cuadro que más me impresionó fue el Tomás de Caravaggio. El cuerpo del Cristo, completamente perforado y penetrado por los dedos del incrédulo me producía no sólo asco sino miedo.

Después miré al profeta Zacarías y al anciano y solitario Jeremías. Entré en su cueva, y vi cómo meditaba con la mano en el mentón. Salí de ahí.

Llegué a un gran campo con una vereda al centro, robles a los lados y las nubes color lila. Por cierto, había una carreta en la vereda junto a un niño que jugaba con su perro. Todo estaba vivo. Incluso, una vez del lado de los franceses decimonónicos, contemplé a la libertad guiando al pueblo. Y me sentía feliz.

Caminé unos pasos más y vi cómo decapitaban a cincuenta personas y cómo era el entierro de un gran obispo de aquella época. El Greco se me hacía presente a través de los cuerpos de sus personajes. Volaban.

Después miré a una señora, con lentes de pasta Gucci, cabello marrón y lacio. Bebía de una copa alargada un brebaje color ámbar. Junto a una persona muy parecida a ella, analizaba los colores, las luces y las proporciones de mi rostro.
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