Antimoderno

Me ha dado por escribir a mano. A veces pienso que es una cosa trivial de cliché aburrido y soso. Sin embargo, a mí me ha gustado. Escribo de todo. O bueno, no de todo de todo, porque ‘Todo de todo’ era un programa de televisión con Héctor Suárez que hacía una apología y promoción de la estupidez y el mal gusto en los chistes. Lo único bueno que tenía era que salió cuando yo era aún un chamaco y no podía sentirme ofendido con sus personajes. No por que todos los chamacos sean ingenuos y no se den cuenta de la estupidez humana. En una de ésas es todo lo contrario, sino que más bien lo digo porque mi infancia la pasé de un modo bastante acrítico.

Escribir a mano, entonces, me ha gustado. Quizás esto tenga que ver con que el dia de mi titulación mi madrina me regaló una pluma fuente que está de poca madre. Es negra, ella, la pluma, y le he puesto tinta también negra. No podía escribir a máquina con ella, o a computadora, porque mancharía los aparatos probablemente para siempre, así que decidí hacerlo sobre un papel. Y eso me ha resultado bien. Sin emabrgo, a veces disfruto también escribir con lápiz o con lapicero. Pero todavía no logro decidirme cuál es más placentero de ambos. El lápiz, por un lado, es un clásco. El lapicero, sin embargo, me da la facilidad de escribir con más estilo. Más ‘estilizado’, digámoslo así. Por poner un adjetivo, por decirlo de algún modo. El lápiz me da firmeza y seguridad, pero el lapicero da claridad en el trazo y no tienes que andar sacándole punta.

También recibí como regalo una de esas plumas que hay que meter en un tintero. Junto con un botecito de tinta. No sé por qué recibo ese tipo de regalos. O más bien, sí sé, pero es claramente una cosa sin sentido. O el único sentido de esos regalos es el sentido afectivo que adquieren. Porque la verdad es que nadie ya escribe a mano y mucho menos con un tintero. O, mejor, para no escribir ‘nadie’, mejor escribiré: muy pocas personas escriben a mano. Existen ya las latops, y el iPhone, internet y la realidad virtual. ¡Existe el wii! En cambio, a mí me ven con cara de antimoderno y me regalan unos artefactos obsoletos que, sin embargo, me plazco en utilizar.

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Un mail de verdad

Cada vez que entro a mi cuenta de correo electrónio me pongo algo nervioso. No es que sienta mariposas en la panza ni nada parecido. No me refiero a ese tipo de nerviosismo. Más bien hablo de una espera, una esperanza en el hecho de ser considerado por alguien en algún lugar del mundo, saber que alguien sabe que existo y salir del anonimato aunque sea por un momento.

Es casi el mismo tipo de placer que siento cuando me llega un paquete que he solicitado por internet. El placer que siento en este caso supera con mucho al placer de recibir un correo electrónico, pero no cabe duda que ambos son de la misma calaña. Me he dado cuenta, o tal vez, quiero darme cuenta y lo invento, o tal vez ambas, o ninguna, de que no hay nada como sentirte considerado por el universo, como pensar en que todo este espacio vacío y ocupado por solo algunos astros, no es mudo y es capaz de dirigirse individualmente a mí. Es una fantasía pensar eso, pero el hecho de ser reconocido por internet me hace pensar que eso es posible.

A veces, más bien con frecuencia, me siento perdido y abandonado por la red. Por ello, el hecho de recibir un paquete es sencillamente sensacional. Es como cuando Keiko tocaba con la punta de la nariz una pelota de plástico: lo imposible se vuelve posible. Cuando me llega un paquete, -en la mayoría de los casos son libros-, me siento afirmado y reconocido. Sonrío de oreja a oreja y y hasta siento que me merezco un helado. Pienso que alguien en algún lugar del mundo sabe que existo. Mi existencia no es anónima, sino alabada y considerada. No estoy solo, sino que me uno en una extraña ligazón digital con aquel que ha tomado su tiempo para cumplir con el contrato: yo pago con una tarjeta por internet, tú vas y envuelves en una cajita lo que te pagué, y me lo mandas por un extraño servicio de paquetería que siempre será un misterio cómio funciona. Igual que el funcionamiento de McDonald’s: todos intuimos su funcionamiento, pero nadie lo sabe a ciencia cierta. Incluso si conocemos a alguien que ha trabajado allí, parece que hacen un juramento por el cual venden su alma a la trasnacional, con el compromiso de no revelar los secretos de aquellos que inventaron la Quarter Pounder.

Recibir un correo electrónico es algo parecido. No hay nada como sentirte considerado y que esa consideración se haga manifiesta con el link: Buzón (3) , por ejemplo, tan característico de Yahoo. Ahh, qué maravilla. Santo cielo, me acuerdo y me estremezco. Hasta me dan ganas de moverme circularmente en la silla, pero me sorprendo ingratamente de que mi silla no tiene llantitas.

Por eso son tan terribles las cadenas. Por eso son tan despreciables las personitas que creen que enviar correos basura es divertido. Por eso detesto y odio tanto a esos correos que me prometen un cheque de la Fundación Gates, o esos que piden un donativo para ‘Andrew’, un bebé que nació con la mitad de la cabeza deforme y con la boca para adentro, y que soy un ojete si no envío el correo porque al poco tiempo morirá al comerse a sí mismo.

Recibir una cadena es como ser parte del juego de la masificación. Masificación que es un juego, distinto al Turista o al Risk, pero al fin y al cabo un juego. Es más bien parecido a juegos como: Iraq, Consumismo, Historia, Política, que tan bien representados están por estos jugadores, a los que les llamamos ‘adultos’.