El Deshabitado, de Javier Sicilia

 

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El Deshabitado (Grijalbo/Proceso: México, 2016), la más reciente novela de Javier Sicilia relata los acontecimientos sucedidos entre el momento en el que el poeta recibió la noticia en Manila del trágico asesinato de su hijo Juanelo y su vuelta a México después de una estancia en la comunidad de El Arca en Francia.

Absolutamente personal, es probablemente la novela más simple de Javier. No se trata de nada más que de relatar hechos, hechos consumados que él vivió y que sufrió y que padeció. Nada qué inventar, nada qué crear, solamente la descripción de la afilada y puntiaguda realidad del dolor de haber perdido a un hijo.

Es una novela simple porque carece de simbolismo, no hay metáfora ni retórica: pura y dura descripción de lo que hay. El Deshabitado es el ejemplo vivo de que la novela no puede tener otro origen que el alma de su autor. Como Conrad, Javier emprende un viaje al corazón de las tinieblas para escrutar lo que marcó su intimidad para siempre. Del mismo modo que Léon Bloy decía que la única materia prima para su literatura era su propia vida, El Deshabitado de Sicilia no juega con nada y no estetiza con nada. Si bien él y Bloy comparten en este sentido la misma fuente de su creación, difieren absolutamente en la dimensión simbólica de sus obras, cuando menos en El Deshabitado. Si para el francés todo en su literatura es símbolo de Dios, para Javier nada o prácticamente nada puede serlo, ni símbolo a secas ni mucho menos símbolo de Dios, pues “el mal jamás puede ser providencial”, afirma rotundamente. Lejos está Sicilia de cualquier teodicea que justifique el sufrimiento, el vacío abismático de la tragedia. Más parecido en eso a Simone Weil que a Léon Bloy, Javier confiesa que su fe en Dios ha permanecido, pero limpia de todo rastro de sombra y de alucinación, de toda esquizofrenia, de todo providencialismo fatídico y fanático que adjudica el mal a Dios y hace de los hombres sus mascotas. Para él, el mal no puede explicarse, no ha de explicarse, intentar hacerlo es contribuir a su expansión. Debe permanecer como misterio.

El Deshabitado es, desde este punto de vista, una antinovela. Nada en ella es ficticio. Aunque todo es relatado, naturalmente, desde la mirada del autor, el lector puede observar el esfuerzo de Sicilia por clarificar, elucidar, aclarar la realidad; por ponerle palabras a lo aparece sombrío y ambiguo. No inventa nada ni a nadie, todos los personajes son reales: Isolda, Estefanía, Cocó, Jean, Georges, Felipe, Emilio, Marcos, Margarita… No son personajes sino personas. Nombrándolas, pareciera que Javier quiere exorcizar, en su relato, con sus palabras, la memoria de un par de años fatídicos en los que creó sin querer un movimiento que dio voz y nombre a las miles y miles de víctimas de la guerra sucia que comenzó Calderón; y no las nombra con nombres alterados, simbólicos, inventados, que representen, sino que los nombra con sus nombres, con la palabra que los presenta en su nitidez más pura.

Puede verse en Javier una cierta fe en la palabra, en el lógos que exorciza y redime lo que permanece anónimo. Esta novela es quizá eso, el intento de nombrar la difícil realidad y así domesticarla, pero también es el fracaso de poder nombrarlo todo, pues el relato tiene como objeto la podredumbre de México, la brutalidad de los asesinatos de inocentes, los horrores de los desaparecidos. La palabra de Javier se topa así con el absurdo del sufrimiento humano que, quizá, tal vez, sólo cada víctima, en primera persona, podría encontrar esperanzado.

Hay en El Deshabitado un movimiento pendular que va de la palabra y del sentido al espanto y al anonadamiento. Si bien el relato trata de lo inicuo, de lo innombrable, Javier emprende la aventura quijotesca de nombrarlo, de relatarlo. El esfuerzo adánico de nombrar la realidad en su realismo se exhibe, por ejemplo, en el hecho de que la novela está acompañada de tres anexos. El primero de ellos incluye los discursos que Javier fue pronunciando a lo largo del tiempo mientras el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad crecía y tomaba forma. También incluye algunas de las cartas que escribió y que le escribieron, como las que cruzaron el Subcomandante Marcos y él a propósito de la postura que el EZLN tomaba respecto del movimiento. El segundo anexo incluye, a modo de glosario, algunas notas explicativas sobre algunas de las personas que aparecen en el relato y las organizaciones que tomaron parte en el movimiento. El tercer anexo es un simple índice de nombres. Los tres anexos son tal vez un signo de una de las pretensiones del autor: dar cuenta de un hecho histórico, de un acontecimiento que marcó su vida y la vida de México lo más precisamente posible. Es evidente, no obstante, que la intención de objetividad no puede lograrse del todo. El movimiento pendular se completa cuando Javier arriba a lo atroz, a lo abismático, al dolor más hondo, y aprende que éste se resiste a ser nombrado con la palabra humana y domesticado en sus términos.

A pesar de este movimiento pendular, Javier se mantiene poeta; y no sólo es poeta, también es un agudo pensador de la Modernidad; y no sólo eso sino que fue víctima del mal en carne propia. Si un lector quiere leer el texto como documento histórico, algunas cosas encontrará, ciertamente, pero encontrará también una serie de reflexiones filosóficas sobre el mundo moderno y sobre el fondo espiritual y filosófico que forma el alma de su autor. Iván Illich, Gandhi, Lanza del Vasto, Simone Weil, Günther Anders, Hannah Arendt; ellos son sólo algunos de los pensadores que han nutrido intelectual y espiritualmente a Javier durante años, y a quienes hay que acudir si quiere verdaderamente comprenderse lo que anima su trabajo como activista, como periodista y como escritor, pero también si quiere comprenderse cuáles son las armas afectivas y espirituales que le han permitido sobrevivir a las atrocidades que padeció.

Cargada de reflexiones filosóficas, como es ya usual en su narrativa (cfr. La confesión, El fondo de la nocheEl reflejo de lo oscuro, etc…), El Deshabitado es una novela de muchos rostros: lírico, filosófico, religioso, político. El rostro que se dibuja, sin embargo, al unir los puntos del contorno de las otras caras es el de un hombre honesto que, asido a otro mundo, uno muy hondo, iluminado sólo por una vela, un mundo que sólo puede ser habitado en el silencio, ha encontrado la fuerza para hablar claro al espanto que México vive desde hace ya varios lustros.

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Servir, que no ayudar, a los pobres

La Confesión, de Javier Sicilia, es una novela sobre la pobreza. Sobre la miseria humana y el pecado. Que salvan. 

Las comparaciones con Bernanos o con Greene no se han dejado esperar. Sin duda Sicilia se inscribe en esa tradición del católico que conoce a Cristo en la cruz, del católico que sabe que Cristo descendió a los infiernos y con ello garantizó que hasta en la más honda soledad es posible encontrar la esperanza que ofrece el Cuerpo de Cristo.
Sicilia quiere una Iglesia Católica, no una Iglesia puritana y ‘pruritana’. Quien recibe la gracia de Dios, es el que se deja sorprender por su amor, no el que llena su cuerpo y su persona de adornos virtuosos. Hay quienes acusan a Sicilia de jansenista, de poner un énfasis especial en el abajamiento de Cristo (kénosis), de exagerar la Encarnación al punto de convertir a Dios en un ‘necesitado’ de los hombres. Pues nada más católico.

La Confesión no es solamente el itinerario místico de su autor. Es un ‘statement’. Sobre todo el final y algún personajillo que aparece por ahí en las últimas líneas del libro, conforman un grito de protesta al aburguesamiento de la Iglesia. 
Porque defender a la familia es importante. Y muy fácil, sobre todo si se tiene un golden retriever y una minivan en donde meter a los 4 niños rubios. Pero defender a la familia en donde está destrozada, en donde hay podredumbre, miseria y mal olor, literal, mal olor, es mucho más difícil. Amar a Cristo en su barca es bueno. Y hasta aventurado. Es un reto para la audacia de quien es líder y quiere cambiar al mundo: ‘subámonos a la barca del pescador, y convirtámonos en pescadores de hombres’. Claro. Eso es ilusionante y atractivo. Pero cuando Cristo es saliva escupida en el rostro, cuando es gérmenes y sida, cuando Cristo es lupus y deformación, entonces la cosa ya no es tan bonita. Cuando Cristo es  lo que nuestros ojos ven como ‘pecado’, como ‘perversión’, como ‘anormalidad’, cuando Cristo es aquello que rechazamos en pos de una correcta moral, cuando Cristo se encarna en vejamiento, cuando Cristo es ‘impureza’, entonces lo rechazamos y lo señalamos como el mal que hay que despreciar, porque ‘nosotros sí somos buenos’. 
Sicilia se enfrenta con la carne real de la realidad humana y encuentra en su miseria la más profunda gracia salvífica del Espíritu. Creo que eso quiere decir en La Confesión. Más allá de sus quejas ante la modernidad y de su nostalgia de un mundo otrora real y hoy únicamente idílico. Más allá de sus lamentos frente a una Cristiandad ya desaparecida y un modo rural de la humanidad de resolver su existencia, la novela de Sicilia es definitivamente encuentro. Encuentro y confesión. Su confesión. La de Sicilia. Pocos libros he leído tan personales y entrañables. El autor se revela ante el mundo, quizás para no rebelarse contra Dios. El autor se confiesa y, por cierto, mira con esperanza a quien ante los ojos del mundo es un condenado pederasta. Ésa es la lección. Que la gracia puede más que la voluntad. En todos.

Descarnación

“No es que hayamos dejado de pensar en el prójimo. Pero éste se ha vuelto una realidad abstracta y desencarnada que administran las instituciones o que nos presentan los medios de comunicación: un prójimo que no está en casa, que ha perdido su presencia carnal, que no llama a nuestra puerta, y al que atendemos por medio de donativos que van a parar a las instituciones, financiadas por nuestros impuestos, para que realicen por nosotros, de manera tan impersonal como administrativa, el servicio que no podemos o ya no queremos hacer.”

Javier Sicilia, Prefacio a las Obras Completas de Ivan Illich, vol.II. FCE, 2008, p.28.

El problema, entonces, no es que no amemos al hombre. El problema es la filantropía. El problema es la institucionalización, que es excarnación y descarnación: es la exclusión del verdadero rostro del otro. La modernidad ha provocado que todo se lleve a cabo por normas e imperativos universales, que la moralidad venga del exterior o, mejor dicho, de la exterioridad. Ya no actúo por bien del otro, por amor al prójimo, sino por que hay una norma universal que me obliga. Nada más terrible que colocar en la motivación del deber a la norma, en lugar de la necesidad concreta del otro, o la propia necesidad personal. El asunto es que estamos todos perdidos, perdidos en la realidad virtual, en la no-realidad, en el contacto con el avatar y con el cyborg.

Perdidos estamos.

Diluidos estamos.