Por si alguien dudó

de la influencia de Albino Luciani en el futuro de la Iglesia…

Luciani y Wojtyla

… y hay más…

Luciani y Ratzinger

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Vallejo y Bloy

Fernando Vallejo

Rafael Lemus dice que Fernando vallejo es la gonorrea. O eso. (Cfr. La Tempestad, v.6, n.42, 2005, p.74) Coincidiría con él si no fuera porque Vallejo despotrica bastante más que una enfermedad venérea. Y eso, según parece, ya es mucho decir.
Vallejo es un esteta. El Desbarrancadero, con ser una de las más terribles, es una de las más hermosas novelas que se hayan escrito en castellano. No sé lo que Vallejo haría si leyera esto. Quizás patearia mi espinilla o algo más sensible. O el culo, por ejemplo, que es más humillante.
Decir de él que es un esteta sea probablemente recibido por sus orejas como el insulto a su genio despotricador y creador. Pero a mí no me lo parece, y estoy seguro que después de golpearme se soltaría a caminar por las calles empedradas de Coyoacán para pensar en ello.
Los personajes, por ejemplo, de La virgen de los sicarios viven un sufrimiento tal que no les queda más que toparse de bruces con la belleza, es decir, con el dolor. No hay en toda la obra de Vallejo ni un sólo gramo de estupidez -además de la que retrata-. Y solamente se logra evitar la estupidez al escribir cuando se reconoce la verdad de lo que se tiene enfrente.
Vallejo es un autor realista, pues escribe desde el asco y el hastío. Desde la ira. Desde el enojo y, a veces hay que admitirlo, desde el berrinche. Pero eso es razonable. Frente a un mundo destrozado y devastado por la estulticia humana no hay otra actitud más razonable, más humana.
Como Bloy.
El francés, autor de El Desesperado, vivió sumido voluntariamente en la pobreza. Definitivamente no vivió el mundo rosa de quien puede escribir esto en una bitácora electrónica, pero tampoco vivió un mundo roto, un mundo roto así sin más. Léon Bloy vivió la destrucción entera del mundo mismo, la devastación de la humanidad, el desbarrancadero de las almas.
No conozco bien a bien la biografía de Vallejo, pero creo que en él se encarna el niño que llega a la pubertad y se da cuenta que la vida es más que la madre y el juego, que hay que salir de las enaguas de mamá, que la realidad del mundo no siempre es ‘puro don’ y ‘esperanza’, sino que es ley, trabajo y sufrimiento. Y se encabrona por ello. Y revienta por ello. Y su enojo se dirige a Dios, al creador, a aquél que lo ha colocado en esta miseria de gusanos, en esta cloaca de bestias asesinas y cerdas. Vallejo explota de desilusión al ver que no hay remedio para estos cuerpos y estas almas en perdición que insisten en decirse ‘ser personas’. Vallejo, a cada instante, revive con sus letras a las letras castellanas. Vallejo mira el mundo, y luego pierde la fe. La fe en Dios.
Vallejo escribe para abrir conciencias, no para escandalizar. Aunque es seguro que sí para insultar. El colombiano renegado escribe con la punta del pie, y sus trazos son terribles, pero definitivamente originales.
Vallejo ha visto que la condición humana es dolor y es su experiencia, esta mística del mal, lo que motiva la originalidad de sus escritos. Vallejo ha visto morir personas en la calle, asesinadas por el egoísmo y la necesidad. Vallejo ha visto a su país irse a la mierda por la imbecilidad de unos cuantos y la pusilanimidad de todos los demás. Vallejo ha visto a su hermano morir de SIDA. Vallejo ha visto.
Bloy, lo mismo. Pero en católico. Él decía que la ceguera es la condición humana, la inutilidad para mirar que el mundo se deshace en fragmentos. Bloy vivió en arrables, y perdió a varias hijas por no poder alimentarlas o cubrirlas del invierno europeo. Bloy debió alguna vez quemar sus muebles para evitar el frío a falta de dinero para comprar carbón. Bloy fue despreciado e insultado, vejado. Bloy escribió y leyó, mientras veía cómo su Iglesia, su querida Iglesia de Cristo convertíase poco a poco en una casa de citas. Bloy vio cómo aquello que debía mostrar esperanza al mundo, cómo Francia, su querida nación, se convertía en un mercado y en el más enredado nudo de víboras burguesas. Bloy, definitivamente, vio. Pero precisamente por eso mismo, Bloy creía. Y creía en Dios.
Por eso, quizás, Bloy representa todo lo que Vallejo no odia. Aunque Bloy, seguramente, hubiera odiado hasta a Vallejo.
He aquí a la pareja de escritores más subersivos para las conciencias que dio la humanidad. Después de los evangelistas, claro.

Léon Bloy

Servir, que no ayudar, a los pobres

La Confesión, de Javier Sicilia, es una novela sobre la pobreza. Sobre la miseria humana y el pecado. Que salvan. 

Las comparaciones con Bernanos o con Greene no se han dejado esperar. Sin duda Sicilia se inscribe en esa tradición del católico que conoce a Cristo en la cruz, del católico que sabe que Cristo descendió a los infiernos y con ello garantizó que hasta en la más honda soledad es posible encontrar la esperanza que ofrece el Cuerpo de Cristo.
Sicilia quiere una Iglesia Católica, no una Iglesia puritana y ‘pruritana’. Quien recibe la gracia de Dios, es el que se deja sorprender por su amor, no el que llena su cuerpo y su persona de adornos virtuosos. Hay quienes acusan a Sicilia de jansenista, de poner un énfasis especial en el abajamiento de Cristo (kénosis), de exagerar la Encarnación al punto de convertir a Dios en un ‘necesitado’ de los hombres. Pues nada más católico.

La Confesión no es solamente el itinerario místico de su autor. Es un ‘statement’. Sobre todo el final y algún personajillo que aparece por ahí en las últimas líneas del libro, conforman un grito de protesta al aburguesamiento de la Iglesia. 
Porque defender a la familia es importante. Y muy fácil, sobre todo si se tiene un golden retriever y una minivan en donde meter a los 4 niños rubios. Pero defender a la familia en donde está destrozada, en donde hay podredumbre, miseria y mal olor, literal, mal olor, es mucho más difícil. Amar a Cristo en su barca es bueno. Y hasta aventurado. Es un reto para la audacia de quien es líder y quiere cambiar al mundo: ‘subámonos a la barca del pescador, y convirtámonos en pescadores de hombres’. Claro. Eso es ilusionante y atractivo. Pero cuando Cristo es saliva escupida en el rostro, cuando es gérmenes y sida, cuando Cristo es lupus y deformación, entonces la cosa ya no es tan bonita. Cuando Cristo es  lo que nuestros ojos ven como ‘pecado’, como ‘perversión’, como ‘anormalidad’, cuando Cristo es aquello que rechazamos en pos de una correcta moral, cuando Cristo se encarna en vejamiento, cuando Cristo es ‘impureza’, entonces lo rechazamos y lo señalamos como el mal que hay que despreciar, porque ‘nosotros sí somos buenos’. 
Sicilia se enfrenta con la carne real de la realidad humana y encuentra en su miseria la más profunda gracia salvífica del Espíritu. Creo que eso quiere decir en La Confesión. Más allá de sus quejas ante la modernidad y de su nostalgia de un mundo otrora real y hoy únicamente idílico. Más allá de sus lamentos frente a una Cristiandad ya desaparecida y un modo rural de la humanidad de resolver su existencia, la novela de Sicilia es definitivamente encuentro. Encuentro y confesión. Su confesión. La de Sicilia. Pocos libros he leído tan personales y entrañables. El autor se revela ante el mundo, quizás para no rebelarse contra Dios. El autor se confiesa y, por cierto, mira con esperanza a quien ante los ojos del mundo es un condenado pederasta. Ésa es la lección. Que la gracia puede más que la voluntad. En todos.

IHS

“La permanencia de la Compañía de Jesús en el orbe indiano, como lo llamó Brading, habría sido fuente de muchos bienes -una educación poderosa, unas costumbres más aseadas, ríos potables-, aunque también podría pensarse que México (o muchos Méxicos y sin duda Paraguay) sería una especie de república teocrática de indios y de criollos; no existitría ni la banca como la conocemos, ni la Colina del Perro, ni los periódicos, ni los antros, ni las tachas, ni Chespirito, ni las ‘novelas’, tal vez ni internet, ni los blogs, ni el supercolisionador de hadrones, ni las importaciones chinas dizque artesanías mexicanas. Es posible que Juárez hubiera pasado a la historia como el muy piadoso obispo de Oaxaca. La libertad sería muy distinta; otra cosa sería el arte. Otra la literatura. Otra el cine (muy jesuita). Y otra cosa sería la Compañía de Jesús, que, la verdad sea dicha, nunca logró ecuperarse de los hachazos del siglo XVIII.

“La que creo que sí habría sería una multitud de órganos que en sintonía mundial producirían tocatas, adagios y fugas ejecutadas por guaraníes y prusianos; habría, seguramente, cosmografías virtuales a las que podrían todos acceder con el pensamiento; habría ballets y obras de teatro evangelizador realizadas en el cielo, por medio de ingeniosos artilugos; habría robots cristianos, como en Ciudad de Simak (e intentos por convertir a las hormigas); habría, en fin, cuartos de la memoria donde podría uno pasearse y aprender mandarín o las jerarquías angélicas; habría barcos permanentemente libres, donde vivirían heremitas, cátedras de pintura, escultura y jardinería simbólica, y una iglesia en la Luna.

“Sea de ello lo que fuere, pienso que no muy desencaminado andaba Hidalgo al abrogarse en Guadalajara el títitulo de ‘Alteza’, pero hablar de ello exigiría una longitud que este fragmento no posee.”

Pablo Soler Frost: “Los jesuitas no son expulsados. La república del espíritu”, en Letras Libres, n.118, año X, octubre 2008, p.22.

Este parrafito de Soler es verdaderamente genial. Creo. Con estas líneas termina un artículo en el que relata una de las razones por las que la Compañía de Jesús fue explusada de la Nueva España. Más en tono de lamento que de simple crónica descriptiva, imagina con ironía algunos escenarios fantásticamente posibles pero realmente deseables.

Una iglesia en la Luna, robots cristianos. La maravilla, pues. En el fondo creo que puede extenderse este deseo de la Compañía de Jesús a la Iglesia entera, o a la fe cristiana como detonador de un fondo cultural, como background que motive la vida toda. Porque si algo tiene el cristianismo es eso, tradición y cultura. Si de algo puede acusarse al pueblo de Dios es de confirmar que el saber, al arte, la cultura y el mercado, así como el cuerpo, el sexo, la amistad y el vino son los factores que hacen del hombre una gran cosa y que lo conducen con veracidad hacia su propio destino: la comunidad y la esperanza.

Carajo

Leo a León Felipe y me hierve la sangre de estímulos de esperanza. Sólo un grito así es capaz de ser nombrado poesía, en tanto -y solo en tanto- penetra hasta el estribo y retumba al encéfalo de la inteligencia. La palabra de León Felipe, rayo desgarrador, hiere de muerte a la débil burguesía de la que somos todos pecadores. No es que esté obsoleto, es que su lenguaje se repetirá siempre bajo diversas formas. No es que el comunismo y el fascismo hayan desaparecido. Es que el opresor lo seguirá siendo bajo una careta de corte al revés. Este rayo felipiano rasga los vestidos, bendita sea. Pero seguimos, seguimos igual. Carajo.

“¿Veis? Todo está confundido ya en el mundo, y no es más que desorden. Porque pedís orden nada más, todo es desorden. El lobo se cubre con la piel del cordero. Y a Cristo le representa hoy en la Tierra ese arzobispo tramposo que llena de baba verde la hostia todas las mañanas y luego bendice los aviones de Franco para que asesinen a los niños indefensos de Madrid y Barcelona. Y ved esta paradoja montruosa de los tiempos modernos: el comunismo, que en esencia no debe ser más que amor, amor organizado de una manera política y social, aparece destrozando la cruz; y el fascismo que es sólo odio organizado, nace con la cruz en el pecho de todos sus secuaces y llamando Cruzada a la traición y a la rapiña.”

León Felipe, “Que la justicia existe” en El payaso de las bofetadas y el pescador de caña