Carajo

Leo a León Felipe y me hierve la sangre de estímulos de esperanza. Sólo un grito así es capaz de ser nombrado poesía, en tanto -y solo en tanto- penetra hasta el estribo y retumba al encéfalo de la inteligencia. La palabra de León Felipe, rayo desgarrador, hiere de muerte a la débil burguesía de la que somos todos pecadores. No es que esté obsoleto, es que su lenguaje se repetirá siempre bajo diversas formas. No es que el comunismo y el fascismo hayan desaparecido. Es que el opresor lo seguirá siendo bajo una careta de corte al revés. Este rayo felipiano rasga los vestidos, bendita sea. Pero seguimos, seguimos igual. Carajo.

“¿Veis? Todo está confundido ya en el mundo, y no es más que desorden. Porque pedís orden nada más, todo es desorden. El lobo se cubre con la piel del cordero. Y a Cristo le representa hoy en la Tierra ese arzobispo tramposo que llena de baba verde la hostia todas las mañanas y luego bendice los aviones de Franco para que asesinen a los niños indefensos de Madrid y Barcelona. Y ved esta paradoja montruosa de los tiempos modernos: el comunismo, que en esencia no debe ser más que amor, amor organizado de una manera política y social, aparece destrozando la cruz; y el fascismo que es sólo odio organizado, nace con la cruz en el pecho de todos sus secuaces y llamando Cruzada a la traición y a la rapiña.”

León Felipe, “Que la justicia existe” en El payaso de las bofetadas y el pescador de caña
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Pecado Social

No sé. Tal vez es probable que, si somos estrictos con el ser humano, existan profesiones y estilos de vida que, dadas las circunstancias y dado el drama humano, puedan considerarse un pecado social.

Por supuesto, esto jamás se determinará en abstracto, sino que siempre habría que revisar motivaciones e historias concretas. A pesar de ello, me parece posible establecer una norma. La norma de la responsabilidad. En la medida en que comprometas o no tu vida con la vida del otro, en su total indigencia, en esa medida podrá ser evaluada tu vida o como un pecado social o como el cumplimiento y desarrollo deuna vocación.

Un pecado social se caracteriza por promover ‘estructuras sociales de pecado’, estructuras que por su entramado son inmodificables por individuos concretos y que, por sus efectos, hacen tanto daño a la condición humana que son, en definitiva, pecaminosas. Esas estructuras son propias de una civilización que no mira hacia lo concreto, sino que modernamente basa sus acciones en principios abstractos y fantasmagóricos de acción.

Un pecado social es entregar la vida y dejar la piel en un trabajo cuya misión es estudiar de qué manera puedo vender más shampoos, por ejemplo. O entregar mis días a la misión de diseñar, construir y vender los mejores y los más cómodos jacuzzis que hayan existido jamás.
Eso es definitivamente irresponsable.

Filósofos como Charles Taylor o Hans Jonas se han dado cuenta de eso. En particular, el primero señala por ahí que la filantropía contemporánea es una buena cosa pero que es sin duda un síntoma del grado de inhumanidad al cual hemos llegado: porque hacer el bien es una profesión, y no un instinto humano; porque mirar y cuidar del otro tiene un nombre, y eso implica que no se identifica con la condición humana. Estos filósofos saben que el hombre no es para sí mismo, sino para los otros. Han visto que solamente adquiriendo conciencia práctica de la necesidad de mujeres y hombres responsable es como la civilización del siglo XXI puede salvar al corazón humano y hacer más comprensible el misterio del regalo de la vida.

Creo que, en verdad, hay profesiones y estilos de vida que pueden considerarse pecados sociales en la medida en que se olviden de su destino comunitario y se dediquen a construir su propia torre de acero.

Justicia social, modernidad y ateismo

Por momentos he creído que la reflexión sobre la justicia social es indispensable para llevar al hombre una situación más digna. Por supuesto, me parece importantísimo acompañar con acción a esta reflexión, que si en reflexión se queda, se queda en la nada. Modificar las estructuras de pecado es indispensable para lograr que la condición humana pueda realmente llegar a ser lo que está llamada a ser en cada una de las personas.

Sin embargo, me he dado cuenta que esta reflexión sobre la justicia social responde a un problema más grande, y que este problema es el problema del modo como el hombre se relaciona con el mundo. En específico, porque es un problema -el de la justicia social- que surge gracias a que existe la modernidad y la revolución industrial como un producto ultramoderno. La revolución industrial es la que ha provocado que exista algo así como ‘la clase obrera’, o los trabajadores, o que el mundo se divida propiamente en ‘clases’. Es claro que antes de la modernidad e incluso en la antigüedad había diferentes estratos sociales, pero era impensable reflexionar en categorías de ‘justicia social’ porque el hombre se comprendía de diferente modo con base en una cosmovisión, que regulaba los órdenes sociales. El tema de la modernidad es un tema complejísimo, en donde aparece inmediatamente la variable del secularismo. Y es ahí en donde me he dado cuenta que la reflexión sobre la justicia social, junto con la reflexión sobre la moderndiad, es en realidad una reflexión sobre el problema de Dios. El ateísmo es, aunque no parezca, un fenómeno nuevo, una manera de autocomprenderse el hombre muy característica de cierto período histórico.

Un amigo fue a Estados Unidos la semana pasada y me contó sus impresiones sobre la religiosidad estadounidense. Había una iglesia en cada esquina. Casi como Puebla en el siglo XVII. La diferencia es que en Puebla todas las iglesias eran del mismo credo. En Estados Unidos, hace dos semanas, cada iglesia era de una religión diferente.

El problema de Dios es el problema más grande al que se enfrenta el hombre. Y digo problema no en tanto situación negativa que haya que desaparecer, sino problema en el sentido de que nos plantea las preguntas más fundamentales. Dios es un problema porque hace que nos detengamos ante la existencia y cuestionemos lo que sucede con nosotros mismos. El ateísmo es un problema por ello. Clausura de tajo la capacidad del hombre de crear y de interrogarse. El ateísmo cancela la creatividad humana y vacía la vida de su sentido. Sólo cuando las personas miran su propia existencia como parte de un todo mucho más grande, como el momento de una historia que hay que contar y que unifica los fragmentos del día a día, es posible no encontrar el confort, sino dar sentido al sufrimiento y al dolor inevitable que nos presenta el mundo.

¿Cómo va a ser?

“Ivan Illich vio que se moría y su desesperación era continua. En el fondo de su ser sabía que se estaba muriendo, pero no sólo no se habituaba a esa idea, sino que sencillamente no la comprendía ni podía comprenderla.
“El silogismo aprendido en la Lógica de Kiezewetter: «Cayo es un ser humano, los seres humanos son mortales, por consiguiente Cayo es mortal», le había parecido legítimo únicamente con relación a Cayo, pero de ninguna manera con relación a sí mismo. Que Cayo -ser humano en abstracto- fuese mortal le parecía enteramente justo; pero él no era Cayo, no era un hombre abstracto, suno un hombre concreto, una criatura distinta de todas las demás: él había sido el pequeño Vanya para su papá y su mamá, para Mitya y Volodya, para sus juguetes, para el cochero y la niñera, y más tarde para Katenka, con todas las alegrías y tristezas y todos los entusiasmos de la infancia, la adolescencia y la juventud. ¿Acaso Cayo sabía algo del olor de la pelota de cuero de rayas que tanto gustaba a Vanya? ¿Acaso Cayo besaba de esa manera la mano de su madre? ¿Acaso el frufrú del vestido de seda de ella le sonaba a Cayo de ese modo? ¿Acaso se había rebelado éste contra las empanadillas que servían en la facultad? ¿Acaso Cayo se había enamorado así? ¿Acaso Cayo podía presidir una sesión como él la presidía?
“Cayo era efectivamente mortal y era justo que muriese, pero «en mi caso -se decía-, en el caso de Vanya, de Ivan Illich, con todas mis ideas y emociones, la cosa es bien distinta. Y no es posible que tenga que morirme. Eso sería demasiado horrible».
Leon Tolstoi, La muerte de Ivan Illich

Leon Tolstoi

No hay de otra

¿Amarse primero a uno mismo?
Deseo del Burgués de cintura ancha, incapaz de mirar que sus propias espaldas están sostenidas por otro. El Burgués es tan gordo que ocupa el espacio de los demás y por ello exige que el amor primero sea el de uno mismo. El amor a sí mismo no es sino resultado secundario, consecuencia de aquella experiencia primigenia del Amor: yo soy amado.

Soy amado, ergo sum.

“Pero es menester primero amarse uno a sí mismo”, dice el Burgués. Claro, si uno piensa que de lo que se trata la vida es de darse convites y sobarse el ombligo con las yemas de los dedos.
El hecho de que el amor primigenio sea el que nos es dado implica consecuencias sumamente indeseables y trágicas para la papada granosa del Burgués: el nada fácil e incómodo imperativo de ‘amar al otro’, de dejar de tragar para extender no sólo el brazo sino el corazón. Y eso, es menos pavo y menos jaibol. Por eso proclama imbécilmente el Burgués: uno no puede dar lo que no tiene, uno tiene que amarse a sí mismo y, ya de ahí, ya bien parados, ir hacia el otro…
Soberbia naïve del que cree tener las espaldas de Odiseo y no se da cuenta que su cuerpo entero es un talón de Aquiles.

Necesitamos ser amados. Sólo el que se reconoce limitado, precario y necesitado es capaz de aceptar el abrazo del Amor.

Eso, o estar dispuestos a ahogarnos en nuestro propio vómito.

Fotograma: Babel, de Guillermo Arriaga

Y ya regálenme un libro que no sea de Bloy, o acabaré medio tocado.