Carnívoro idealista, vegetariano realista.

La comida dice mucho de una cultura. Está la frase ‘dime lo que comes y te diré quién eres’. Pero también, a veces, decir ese tipo de frases resulta fastidioso sobre todo si rememoran a alguna tía soltera.

Si cada quien puede ser catalogado por lo que come, pienso que los carnívoros son idealistas y los vegetarianos son, en cambio, realistas.

La revista Letras Libres publicó en junio de este año (2008), un número sobre los animales: de sus derechos, de su dignidad, de su lugar en la sociedad, de los animales fantásticos. Por supuesto, infaltable, se habló de los vegetarianos. Estos seres curiosos son una rara especie. Los hay de muchos tipos: los que solamente no comen carne roja, los que no comen ni carne roja ni pescado, los que no comen ni carne roja ni pescado ni huevo, y -he aquí los más extremos- los que no comen absolutamente ningún derivado de animales: nada de manteca, ni lácteos, ni nada de nada. ¡Animales!, les gritan éstos a los carnívoros, salvajes bestias que ingieren bestias.
Parece que quienes tienen estas actitudes de vegetarianismo y demás, operan bajo una racionalidad un tanto hippie, y típica del siglo XX. La idea de fondo es que realmente el hombre no es un ser superior de la naturaleza, sino tan sólo uno más, y que no tiene ningún derecho de utilizar a otros animales como alimento. Por otro laddo están quienes argumentan que los animales tienen vida mental, sentimientos, que tienen su corazoncito, se enamoran y demás. Ni hablar, por supuesta, de la Fiesta Taurina: es el Auschwitz de los toros.

Los vegetarianos van, por lo tanto, emparentados con los ecologistas, que piensan que el mundo se está acabando, que el hombre no ha respetado los ciclos de la naturaleza, que la barbarie humana es estúpida e ingrata y, ¡hombre!, que dejemos de manchar.

Dados estos argumentos hay quien dice que estos ecologistas y estos vegetarianos son cursis: buscan un mundo mejor, quieren que todos nos tomemos de las manos y giremos en una feliz rondalla cantando Doña Blanca. Parecería, entonces, que son cursis los que utilizan papel de doble uso, que son cursis los que no comen carne, los que no utilizan chamarras o zapatos de piel.

Yo sostengo, sin embargo, que ellos no son cursis, que ellos son tristes y tienen ojeras. Sostengo, en cambio, que el carnívoro es el más cursi de todos. Es cursísimo. El carnívoro ve al toro y no ve un animal: ve un ángel. Por eso le apetece. El vegetariano al ver al toro ve un amasijo de hebras proteínicas, de sangre revuelta con aminoácidos y nervios. Por eso le da asco. Por eso no lo quiere comer. Ve lo primero que ve y con eso se queda. Es un empirista, el vegetariano: es incapaz de comprender lo que un toro significa. El vegetariano ve en la vaca no más que un animal del reino animal con cuernos, manchas, ubres y quizá un cencerro. El carnívoro, en cambio, ve en la vaca el futuro pacífico y feliz de la engorda. Ve al suizo del chalet feliz y en paz consigo y con el mundo. Sólo un toro que es pensado como un gran animal, como un gran ser digno, puede ser comido. Si el toro, en cambio, es pensado como una revoltura de glóbulos rojos con tejidos, entonces que permanezca donde está, ahí lejos, guácala, ¡cómo me lo he de comer!, dice el vegetariano.

El carnívoro es, por lo tanto, el cursi. Piensa en un mundo idílico, en donde todo está en armonía y gira todo en constante progreso hacia mejor. El carnívoro es un humanista, que cree en la educación, en la Bildung del romanticismo alemán. Comer un rib-eye es creer en el futuro del hombre, ¡carajo!, y no andar pensando en el futuro de los dodos. El vegetariano es kitsch, duro consigo mismo, es un gran empirista, un deprimido cuya experiencia se reduce a lo que ve. El vegetariano sería incapaz de comprender y disfrutar a Goethe, a Paz, a León Felipe. En cambio el carnívoro, ¡hombre, sí que cree en la humanitas!

Carnívoro idealista. Vegetariano realista. El carnívoro al ver el toro ve a un gran ser, ve a un limpio animal, capaz de nutrir y mejorar al mundo, capaz de hacer estremecer los ánimos junto al vino y la sidra. Gracias al carnívoro el mundo avanza, porque sueña, sueña en utopías que mueven voluntades. El vegetariano es famélico, famélico de humanidad y de sueños, es un burdo realista y pesimista. El vegetariano es impotente. La vegetariana frígida. El ser humano que come carne, desea, y el deseo es lo que mueve al hombre. El carnívoro mira más allá, y mira también más acá. Es ejemplo del buen gusto. ¡Mirad al coloso! Imponente humanidad a la que el vegetariano está ciego. Ciego.

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CANACA et al

No es tanto que quiera recurrir al gran lugar común del ‘ingenio’ para describir la esencia del mexicano. Es solamente que hay evidencias ante las cuales a uno nada más le queda inclinar humildemente la cabeza y rendir pleitesía.

Mucho se ha dicho acerca de la curiosa y kitsch personalidad mexicana. Filósofos tan ‘de renombre’, como Vasconcelos, Ramos o intelectuales como Paz o León-Portilla han hecho gala de su sensibilidad para conocerse a sí mismos y hablar de lo que son en tanto hombres nacidos crecidos y alimentados en estas tierras del chile.

La comida picante y barroca, las fiestas, el humor, la tristeza, sobre todo la tristeza, el acoholismo, el machismo y el eterno fracaso en los penales son algunas de las características que no pueden faltar en un mexicano que pueda preciarse de serlo. La muerte como una persona que da risa y el color naranja, son también dos pegotes esenciales que el mexicano trae en su espalda sin poder quitárselos aunque haya vivido diez años en Berlín o Madagascar.

Hay momentos y culturas en las que basta con un discurso, una gran obra literaria y un sistema filosófico para poder decir que se ha hecho cultura en el sentido en el que en ese país o región la cultura es cultura. Piénsese en el Fausto de Goethe, en la Fenomenología del Espíritu de Hegel, o en el mismo ingenio chestertoniano. Pero en México es distinto. Todo lo dicho, todo discurso teórico o incluso todo discurso demostrado en la práctica, toda idea y toda explicación son definitivamente superadas por una sola imagen. Códices como el Florentino y la religiosidad popular lo muestran. Para nosotros, el poder de la imagen es total. Somos una sociedad de avanzada, Sartori no vio el futuro, sino que en el caso mexicano vio el puro estado de cosas: el mexicano es un homo videns. Por ello con una imagen he querido mostrar y ‘demostrar’, en el sentido mexicano de la palabra, la siguiente proposición:

“La hueva es, en definitiva, la madre de todo progreso.”


Creo que el creador del artefacto fue el hijo del papá. El que es dueño de la CANACA.
Le salió como en 50,000 pesos, el chistecito.