Carajo

Leo a León Felipe y me hierve la sangre de estímulos de esperanza. Sólo un grito así es capaz de ser nombrado poesía, en tanto -y solo en tanto- penetra hasta el estribo y retumba al encéfalo de la inteligencia. La palabra de León Felipe, rayo desgarrador, hiere de muerte a la débil burguesía de la que somos todos pecadores. No es que esté obsoleto, es que su lenguaje se repetirá siempre bajo diversas formas. No es que el comunismo y el fascismo hayan desaparecido. Es que el opresor lo seguirá siendo bajo una careta de corte al revés. Este rayo felipiano rasga los vestidos, bendita sea. Pero seguimos, seguimos igual. Carajo.

“¿Veis? Todo está confundido ya en el mundo, y no es más que desorden. Porque pedís orden nada más, todo es desorden. El lobo se cubre con la piel del cordero. Y a Cristo le representa hoy en la Tierra ese arzobispo tramposo que llena de baba verde la hostia todas las mañanas y luego bendice los aviones de Franco para que asesinen a los niños indefensos de Madrid y Barcelona. Y ved esta paradoja montruosa de los tiempos modernos: el comunismo, que en esencia no debe ser más que amor, amor organizado de una manera política y social, aparece destrozando la cruz; y el fascismo que es sólo odio organizado, nace con la cruz en el pecho de todos sus secuaces y llamando Cruzada a la traición y a la rapiña.”

León Felipe, “Que la justicia existe” en El payaso de las bofetadas y el pescador de caña
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Un chiste y algo que, a propósito del chiste, intentó ser una reseña pero no pudo bien

¿Qué es negro por fuera, verde por dentro y atraviesa las paredes?

Un aguacate fantasma.

A propósito de este chiste, me acordé de un libro que leí ya hace bastante tiempo. Se llama El hombre que lo tenía todo todo todo, de Miguel Ángel Asturias (Guatemala 1899-Madrid 1974). Creo que fue por ahí del segundo semestre de la carrera, cuando pensaba que el mundo era plano (después de eso pasé por varias etapas: pensé que era redondo, como sostenía Colón; luego pensé que estaba sostenido por unas tortugas gigantes, como lo sostenían las tortugas; pero ahora creo que el mundo es como una columna dórica, como sostiene, o sustuvo, Anaximandro; lo que me hizo cambiar de postura fue que estaba incómodo, y lo que mi hizo camiar de opinión fue que Colón vivió engañado, el güey, pensando que llegó a las Indias y Anaximandro, por el contrario, fundó una ciudad), cuando tuve a bien comprar y leer este ‘librico’, como diría un españolico opusdeico.

Me acuerdo que lo compré solamente porque me gustó su exterior. Está publicado por Siruela, de donde se sigue inexorablmente que el libro es bello. En este caso no es bello bellísimo, pero sí es bello. Es de pasta dura, anaranjado y tiene una imagen de colores en la tapa frontal. De hecho, es un libro para niños: en la parte de atrás trae la clásica esfinge sirueliana y debajo de ella dice: de 12 años en adelante. No es que sean niños niños, pero sí pubertos. Entonces digamos que es un libro para pubertos. Me parece importante recalcar que, a pesar de que el señor Asturias escribió en español, esta edición no está traducida por nadie, así que quien no lea español no lo podrá entender. ¿?

A pesar de eso, el libro salió bueno. Yo no tenía ni la más remota idea de quién era Miguel Ángel Asturias el día en el que compré el libro. No es que me haya vuelto su fans, ‘ni mucho menos’… es más, ni tan menos, que no he leído ninguna otra cosa de él después de mi aventura por El hombre que lo tenía todo todo todo, pero sí reconozco que la obra es en verdad buena. Susceptible de ser leída en una sentada, el disfrute y el goce pueden llegar a sus más altos niveles.

El libro habla de un hombre que lo tenía todo todo todo. O casi. Solamente le faltaba una cosa: una semilla de aguacate.

Y por eso me acordé de este libro después de poner en mi blog el chiste del aguacate fantasma.