Descarnación

“No es que hayamos dejado de pensar en el prójimo. Pero éste se ha vuelto una realidad abstracta y desencarnada que administran las instituciones o que nos presentan los medios de comunicación: un prójimo que no está en casa, que ha perdido su presencia carnal, que no llama a nuestra puerta, y al que atendemos por medio de donativos que van a parar a las instituciones, financiadas por nuestros impuestos, para que realicen por nosotros, de manera tan impersonal como administrativa, el servicio que no podemos o ya no queremos hacer.”

Javier Sicilia, Prefacio a las Obras Completas de Ivan Illich, vol.II. FCE, 2008, p.28.

El problema, entonces, no es que no amemos al hombre. El problema es la filantropía. El problema es la institucionalización, que es excarnación y descarnación: es la exclusión del verdadero rostro del otro. La modernidad ha provocado que todo se lleve a cabo por normas e imperativos universales, que la moralidad venga del exterior o, mejor dicho, de la exterioridad. Ya no actúo por bien del otro, por amor al prójimo, sino por que hay una norma universal que me obliga. Nada más terrible que colocar en la motivación del deber a la norma, en lugar de la necesidad concreta del otro, o la propia necesidad personal. El asunto es que estamos todos perdidos, perdidos en la realidad virtual, en la no-realidad, en el contacto con el avatar y con el cyborg.

Perdidos estamos.

Diluidos estamos.
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Sopa de letras en perspectiva.

Un cambio de lugar en los términos siempre basta para decir la verdad.

“Los intérpretes no han hecho más que transformar la filosofía. Lo que importa es mundanizarla.”

Justicia social, modernidad y ateismo

Por momentos he creído que la reflexión sobre la justicia social es indispensable para llevar al hombre una situación más digna. Por supuesto, me parece importantísimo acompañar con acción a esta reflexión, que si en reflexión se queda, se queda en la nada. Modificar las estructuras de pecado es indispensable para lograr que la condición humana pueda realmente llegar a ser lo que está llamada a ser en cada una de las personas.

Sin embargo, me he dado cuenta que esta reflexión sobre la justicia social responde a un problema más grande, y que este problema es el problema del modo como el hombre se relaciona con el mundo. En específico, porque es un problema -el de la justicia social- que surge gracias a que existe la modernidad y la revolución industrial como un producto ultramoderno. La revolución industrial es la que ha provocado que exista algo así como ‘la clase obrera’, o los trabajadores, o que el mundo se divida propiamente en ‘clases’. Es claro que antes de la modernidad e incluso en la antigüedad había diferentes estratos sociales, pero era impensable reflexionar en categorías de ‘justicia social’ porque el hombre se comprendía de diferente modo con base en una cosmovisión, que regulaba los órdenes sociales. El tema de la modernidad es un tema complejísimo, en donde aparece inmediatamente la variable del secularismo. Y es ahí en donde me he dado cuenta que la reflexión sobre la justicia social, junto con la reflexión sobre la moderndiad, es en realidad una reflexión sobre el problema de Dios. El ateísmo es, aunque no parezca, un fenómeno nuevo, una manera de autocomprenderse el hombre muy característica de cierto período histórico.

Un amigo fue a Estados Unidos la semana pasada y me contó sus impresiones sobre la religiosidad estadounidense. Había una iglesia en cada esquina. Casi como Puebla en el siglo XVII. La diferencia es que en Puebla todas las iglesias eran del mismo credo. En Estados Unidos, hace dos semanas, cada iglesia era de una religión diferente.

El problema de Dios es el problema más grande al que se enfrenta el hombre. Y digo problema no en tanto situación negativa que haya que desaparecer, sino problema en el sentido de que nos plantea las preguntas más fundamentales. Dios es un problema porque hace que nos detengamos ante la existencia y cuestionemos lo que sucede con nosotros mismos. El ateísmo es un problema por ello. Clausura de tajo la capacidad del hombre de crear y de interrogarse. El ateísmo cancela la creatividad humana y vacía la vida de su sentido. Sólo cuando las personas miran su propia existencia como parte de un todo mucho más grande, como el momento de una historia que hay que contar y que unifica los fragmentos del día a día, es posible no encontrar el confort, sino dar sentido al sufrimiento y al dolor inevitable que nos presenta el mundo.

Historia de la filosofía

Es posible resumir la historia de la filosofía en unas cuantas palabras:

Es bueno tener mucho trabajo. Así no piensas en la angustia existencial que provoca la idea de llevar la vida sobre los hombros. Y no hay tabardillo.

*Texto fundamentado en una larga tradición de autores: Hesíodo, Aristóteles, Agustín, Tomás, Pascal, Kierkegaard, Heidegger, Hitlercito.

Un texto no mío

Phi. Lord Chandos escribió lo siguiente, a partir de un post de este mismo blog, hace algunos días:

Muy teológicos estos chicos. Yo estoy de acuerdo con todos. Sólo agregaría algo: el corazón del hombre, en su estado actual, es incapaz de amar al prójimo como un fin en sí mismo. Si pensamos con sinceridad, descubrimos lo difícil que es, hasta para un buen cristiano, la auténtica caridad. San Agustín habla de una curvatio se ipsum del corazón.

El único ser que ha amado al hombre sin necesitar absolutamente nada de él es Dios. Y esta forma de amor, la caridad perfecta, se encarnó en un corazón humano, el de Cristo. A mi modo de ver, el Verbo toma carne para que el hombre pueda renunciar a su corazón egoísta –“Si el grano de trigo no muere… (Jn 12, 24)”–, y pueda amar con ese otro Corazón divino-humano. De lo contrario, el amor universal (a todo hombre, a toda la creación), al modo de San Francisco, sería imposible.

La caridad, según el CIC, es el amor a Dios, y por Dios, al prójimo. Es decir: por la Encarnación, el hombre está llamado a amar a lo demás como Cristo los amó – “Amaos los unos a los otros como yo los he amado” –, y el primer paso para lograr esto es reconocer, como bien decía Diego, el amor de Dios en Cristo. Y aún más: el hombre está llamado a amarse a sí mismo como Cristo se amó a sí mismo, pues Él, “le revela al hombre lo que es el hombre”. ¿Cómo se amó Cristo a sí mismo? Según creo, y me apoyo en el concepto “relación” que Ratzinger expone en su Introducción del cristianismo y en el concepto “missio” y “apóstol” (enviado) de Balthasar, en la absoluta obediencia a la Voluntad del Padre. Toda la existencia de Cristo consiste en su misión, en su ser absoluta relación (el Hijo se dice en relación a un Padre) que no guarda ni quiere nada para sí mismo –“El hijo no puede hacer nada por sí mismo (Jn 5, 19-30)”–. Por esta razón – no tener ningún querer propio – El Verbo encarnado puede afirmar: “El Padre y yo somos uno (Jn 10, 30)”. El hombre, a su vez, necesita renunciar plenamente a sí mismo (aversión a uno mismo y conversión a Dios es una de definiciones de la caridad; y viceversa, del pecado) para identificarse con Cristo –“Sin mi no podéis hacer nada” – y lograr la plenitud de la vocación cristiana: la santidad –“Sed santos como el Padre celestial es santo”. Parece que en este planteamiento no cabe el amor propio. Concluye Ratzinger:

Todo lo que hemos dicho de Cristo puede aplicarse a los cristianos. Ser cristiano significa para san Juan ser como el Hijo, ser hijo, no quedarse, pues, en sí mismo ni consistir en sí mismo sino vivir radicalmente abierto al “de” y al “para”. Porque el cristiano es Cristo, vale también para él. En tales expresiones verá lo poco cristiano que es. (Introducción… p.p. 158-159)

Parecería que la dialéctica entre el amor a uno mismo y el amor al prójimo sólo se puede plantear en una visión individualista de la existencia. Mas la auténtica existencia del cristiano es la comunión –“Que todos seamos uno, como tú en mí, Padre, y yo en ti” (Jn 17 11-12) – o, en términos filosóficos, la coexistencia. Si toda su vida depende absolutamente de su relación (y, por tanto, la relación no es un accidente, sino que se encuentra en el mismo plano de la sustancia) con Dios y con los demás, y el tiene conciencia plena de esto, es decir, ha sufrido una conversión profunda (metanoia), amarse a sí mismo y amar a los demás se identificarán. De ahí que, en la comunión de los Santos, el pecado y la virtud individual afectan a todo el Cuerpo, la Iglesia.

“Amen al prójimo como a ustedes mismos” parecería una formulación pedagógica del mandato de la caridad: es más fácil comprender el amor al prójimo partiendo de la tendencia natural de todo hombre de amarse a sí mismo. Pero la plenitud de tal formula es la dada en la última cena, momentos antes de la institución de la Eucaristía, que permitiría vivir una comunión plena con Dios y con los hombres: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. La forma de este mandato es mucho más radical y exigente que la primera (no son comparables); mas para esto, el hombre cuenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo: la Comunión de los Santos. Amar al prójimo como Cristo lo amó implica un desasimiento absoluto del amor propio, al extremo del sacrificio, del martirio, donde expresamente hay un desprecio del “yo” (la autoconservación) con el motivo de amar al otro. De ahí que el martirio sea la máxima expresión del testimonio (martyrion significa testigo) Este desprecio radical sólo toma sentido en el amor; de lo contrario, sería pernicioso y morboso.

A la objeción del existencialista: al hombre se le pide, en todo caso, amarse a sí mismo como Cristo se amó; y Él se amó, amando absolutamente la voluntad del Padre, es decir, despreciando su propia voluntad. Pero en ese desasirse de sí mismo logra la perfecta comunión con el Padre, la plenitud del Amor. Esa es la gran paradoja cristiana, creo. Un hombre que se desprecie, sin la finalidad de tener mayor disponibilidad para amar como Cristo amó a los hombres, no es un cristiano; un hombre que se amé a sí mismo, sin la conciencia de que ese amor es amor a la Comunidad –con todo el contenido ético que esto implica: un sano amor propio –, tampoco lo es. El Derecho y la Moral únicamente son verdaderos desde un concepto de libertad esencialmente (ontológicamente) relacional. La libertad entendida individualmente he generado la profunda crisis actual en cuestiones de bioética y Derechos humanos.

Una breve reflexión: el amor de Dios a sí mismo es tan perfecto que se derrama eternamente como engendramiento del Hijo. Y entre el Hijo y el Padre la plenitud de amor se derrama, desde toda la eternidad, como el Espíritu. En el Dios cristianismo (Unitrino) no hay amor propio individualista; por el contrario, hay espacio de libertad para la entrega absoluta. Dice Agustín: “En Dios no hay accidentes, sino sólo sustancia y relación (Enarraciones sobre los salmos 68 I, 5)”. Pero no debe entender como dos cosas distintas, pues la sustancia se realiza en la entrega amorosa y recíproca de las personas, según Balthasar. El amor siempre es social, y como tal, logra la plena unidad. Al decir de Ratzinger: hay mayor unidad en la comunidad de amor que en el átomo aislado.

Mucho más habría que decir, pero hace tiempo rebasé la extensión “normal” de un comentario.

Salud, pues.

ARM.

P.S. Mucha luz sobre este tema arrojan las obras de Walter Kasper (El Dios de Jesucristo), Angelo Scola (Antropología Teológica), Joseph Ratzinger (Introducción al cristianismo) y Balthasar (Verbum Caro) y varios (Mysterium Salutis V. 5 El cristiano en el tiempo y la consumación escatológica) –ya sólo con el título impacta, creo.

P.S. 2 Gracias por revivir mi interés cristológico. Voy a ponerme a leer de nuevo.

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…y eso fue lo que escribió

Meses

Mes es meses.
Mesas hechas de meses, sobre las cuales se coloca el tiempo. Mes a mes corren los meses. Uno tras otro, se termina uno y comienza el nuevo. Nuevo mes que me es conocido. Que me es querido y que me escancia cada día, que me estrella meciendo la mesa que me saca de mi rutina. Meses mestizos, mezclados de mezcal y aguardiente. Meses mesurados que me sacian la sed de tiempo. “Me estoy perdiendo la vida”, me escriben los mesurados. “Me está importando poco”, me estoy viendo decirles.
Meses, mesías que socorren a los treintas, con un día más a cada mes. Me sorprende un mes, que me saca de mis quicios, al durar menos de lo que dura un mes. Sólo un mes, que es mestizo y mesonero, no sólo por ser servido sino por servir. Es el mes más famoso, porque sirve de mesura y me seduce. El amor. Este mes me es extraño y me es ingrato. Pero me es igual con todos los meses que me estrellan con sus vecinos.
Cada mes con su mesada se sirve y me segrega, repartiendo cada mes en unos días y dejando a la mesa lo único que queda al final del mes: el mesolítico pasado que no vuelve y que no es. Por eso me es grato mecerme de nuevo hacia el principio: meses es mes.

¿?