El Deshabitado, de Javier Sicilia

 

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El Deshabitado (Grijalbo/Proceso: México, 2016), la más reciente novela de Javier Sicilia relata los acontecimientos sucedidos entre el momento en el que el poeta recibió la noticia en Manila del trágico asesinato de su hijo Juanelo y su vuelta a México después de una estancia en la comunidad de El Arca en Francia.

Absolutamente personal, es probablemente la novela más simple de Javier. No se trata de nada más que de relatar hechos, hechos consumados que él vivió y que sufrió y que padeció. Nada qué inventar, nada qué crear, solamente la descripción de la afilada y puntiaguda realidad del dolor de haber perdido a un hijo.

Es una novela simple porque carece de simbolismo, no hay metáfora ni retórica: pura y dura descripción de lo que hay. El Deshabitado es el ejemplo vivo de que la novela no puede tener otro origen que el alma de su autor. Como Conrad, Javier emprende un viaje al corazón de las tinieblas para escrutar lo que marcó su intimidad para siempre. Del mismo modo que Léon Bloy decía que la única materia prima para su literatura era su propia vida, El Deshabitado de Sicilia no juega con nada y no estetiza con nada. Si bien él y Bloy comparten en este sentido la misma fuente de su creación, difieren absolutamente en la dimensión simbólica de sus obras, cuando menos en El Deshabitado. Si para el francés todo en su literatura es símbolo de Dios, para Javier nada o prácticamente nada puede serlo, ni símbolo a secas ni mucho menos símbolo de Dios, pues “el mal jamás puede ser providencial”, afirma rotundamente. Lejos está Sicilia de cualquier teodicea que justifique el sufrimiento, el vacío abismático de la tragedia. Más parecido en eso a Simone Weil que a Léon Bloy, Javier confiesa que su fe en Dios ha permanecido, pero limpia de todo rastro de sombra y de alucinación, de toda esquizofrenia, de todo providencialismo fatídico y fanático que adjudica el mal a Dios y hace de los hombres sus mascotas. Para él, el mal no puede explicarse, no ha de explicarse, intentar hacerlo es contribuir a su expansión. Debe permanecer como misterio.

El Deshabitado es, desde este punto de vista, una antinovela. Nada en ella es ficticio. Aunque todo es relatado, naturalmente, desde la mirada del autor, el lector puede observar el esfuerzo de Sicilia por clarificar, elucidar, aclarar la realidad; por ponerle palabras a lo aparece sombrío y ambiguo. No inventa nada ni a nadie, todos los personajes son reales: Isolda, Estefanía, Cocó, Jean, Georges, Felipe, Emilio, Marcos, Margarita… No son personajes sino personas. Nombrándolas, pareciera que Javier quiere exorcizar, en su relato, con sus palabras, la memoria de un par de años fatídicos en los que creó sin querer un movimiento que dio voz y nombre a las miles y miles de víctimas de la guerra sucia que comenzó Calderón; y no las nombra con nombres alterados, simbólicos, inventados, que representen, sino que los nombra con sus nombres, con la palabra que los presenta en su nitidez más pura.

Puede verse en Javier una cierta fe en la palabra, en el lógos que exorciza y redime lo que permanece anónimo. Esta novela es quizá eso, el intento de nombrar la difícil realidad y así domesticarla, pero también es el fracaso de poder nombrarlo todo, pues el relato tiene como objeto la podredumbre de México, la brutalidad de los asesinatos de inocentes, los horrores de los desaparecidos. La palabra de Javier se topa así con el absurdo del sufrimiento humano que, quizá, tal vez, sólo cada víctima, en primera persona, podría encontrar esperanzado.

Hay en El Deshabitado un movimiento pendular que va de la palabra y del sentido al espanto y al anonadamiento. Si bien el relato trata de lo inicuo, de lo innombrable, Javier emprende la aventura quijotesca de nombrarlo, de relatarlo. El esfuerzo adánico de nombrar la realidad en su realismo se exhibe, por ejemplo, en el hecho de que la novela está acompañada de tres anexos. El primero de ellos incluye los discursos que Javier fue pronunciando a lo largo del tiempo mientras el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad crecía y tomaba forma. También incluye algunas de las cartas que escribió y que le escribieron, como las que cruzaron el Subcomandante Marcos y él a propósito de la postura que el EZLN tomaba respecto del movimiento. El segundo anexo incluye, a modo de glosario, algunas notas explicativas sobre algunas de las personas que aparecen en el relato y las organizaciones que tomaron parte en el movimiento. El tercer anexo es un simple índice de nombres. Los tres anexos son tal vez un signo de una de las pretensiones del autor: dar cuenta de un hecho histórico, de un acontecimiento que marcó su vida y la vida de México lo más precisamente posible. Es evidente, no obstante, que la intención de objetividad no puede lograrse del todo. El movimiento pendular se completa cuando Javier arriba a lo atroz, a lo abismático, al dolor más hondo, y aprende que éste se resiste a ser nombrado con la palabra humana y domesticado en sus términos.

A pesar de este movimiento pendular, Javier se mantiene poeta; y no sólo es poeta, también es un agudo pensador de la Modernidad; y no sólo eso sino que fue víctima del mal en carne propia. Si un lector quiere leer el texto como documento histórico, algunas cosas encontrará, ciertamente, pero encontrará también una serie de reflexiones filosóficas sobre el mundo moderno y sobre el fondo espiritual y filosófico que forma el alma de su autor. Iván Illich, Gandhi, Lanza del Vasto, Simone Weil, Günther Anders, Hannah Arendt; ellos son sólo algunos de los pensadores que han nutrido intelectual y espiritualmente a Javier durante años, y a quienes hay que acudir si quiere verdaderamente comprenderse lo que anima su trabajo como activista, como periodista y como escritor, pero también si quiere comprenderse cuáles son las armas afectivas y espirituales que le han permitido sobrevivir a las atrocidades que padeció.

Cargada de reflexiones filosóficas, como es ya usual en su narrativa (cfr. La confesión, El fondo de la nocheEl reflejo de lo oscuro, etc…), El Deshabitado es una novela de muchos rostros: lírico, filosófico, religioso, político. El rostro que se dibuja, sin embargo, al unir los puntos del contorno de las otras caras es el de un hombre honesto que, asido a otro mundo, uno muy hondo, iluminado sólo por una vela, un mundo que sólo puede ser habitado en el silencio, ha encontrado la fuerza para hablar claro al espanto que México vive desde hace ya varios lustros.

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La política mexicana, comentado

Vista desde lejos por un mexicano, y a la luz de lo que acontece en otros países, la vida pública de México se presenta con perfiles enteramente definidos y claros. Falso que sea aquél un país tan absurdo como suelen creer algunos de sus hijos, o tan inexplicable y misterioso como a menudo aseguran los extranjeros. Todo lo contrario, la política de México parece, desde aquí, desenvolverse sobre un plano de que por ser muy peculiar está exento de lógica.

Hay allí, y en esto concuerda México con todos los países del mundo, un grupo de hombres, honrados unos y pícaros otros, que tienen por oficio intervenir en los asuntos de la República. Pero, a diferencia de los políticos de otras partes, la mayoría de los políticos mexicanos sólo concibe una manera de ejercer su oficio: el uso del poder. Esto, naturalmente, no se debe en ellos a maldad o ambición –sería injusto y torpe el asegurarlo–, sino más bien a la estrechez de aptitudes que por lo común los caracteriza. La única habilidad, o la habilidad suprema, de casi todos los gobernantes que México ha tenido desde la guerra de independencia ha sido la habilidad de mandar. Y como la política es una profesión (o una pasión) que, lo mismo que otras profesiones, ha de practicarse diariamente durante toda la vida, resulta muy natural que los hombres de mando que en México profesan la política pretendan llegar sin tardanza al gobierno y mantenerse en su puesto perpetuamente. Los políticos mexicanos no son, salvo excepciones contadas, ni escritores, ni oradores, ni periodistas, ni conferenciantes, ni maestros; son ciudadanos simples, hombres de poquísimas o ningunas letras, aunque a veces de muy buena intención, que han resuelto encauzar con su brazo el fluir de la patria.

Basta lo anterior para explicar desde luego dos resortes de la política mexicana: la predilección de los hombres públicos de México por el estado de guerra siempre que no empuñen ellos el gobierno y, corolario de esto, la resistencia del partido, o del grupo, o del caudillo vencidos a deponer las armas de un modo absoluto. Respecto de lo primero, es evidente que en tiempos de paz sólo se participa en la cosa pública –cuando no se desempeña algún cargo– moldeando la opinión, es decir, poniendo en juego la palabra, la pluma, las ideas, actividad vedada a los más de los políticos mexicanos, que rara vez escriben o hablan. Respecto de lo segundo, a nadie chocará que los políticos de esta especie crean, no sin razón, que, una vez vencidos, influyen más en el gobierno de su país merodeando por la sierra al frente de dos o tres docenas de hombres, que volviendo a la nada, o la medianía, de donde surgieron. Esto sin contar con algo más: que el político gobernante, siempre expuesto a caer de su sitio por virtud de las armas, aniquila al vencido temible que se le entrega.

La sedición, pues, y el levantamiento, y el motín, no son, en México signos necesarios de inmoralidad (aun cuando muchas veces sí lo sean), sino la forma habitual como casi todos los políticos mexicanos de la oposición expresan su desacuerdo. ¿Que porqué lo expresan así? Porque ése es el único medio de expresión que ellos conocen o de que ellos son capaces. ¿Qué puede hacer el general Zutano o el general Mengano para convencer a los demás de que ellos tienen la razón, sino levantarse en armas y demostrar, con el triunfo de las armas, que la razón les asiste? ¿Acaso está en su órbita conseguir eso mismo mediante la fuerza de las ideas?

Frente por frente de los políticos militantes, la gran masa de los mexicanos vive entregada a sus negocios. Priva entre las clases mejor educadas del país la teoría de que la política, la política mexicana por lo menos, es sólo digna de los espíritus aventureros o inferiores y de quienes ambicionan el poder o el enriquecimiento rápido. Y de tal actitud toman pie circunstancias favorables a la continuación del régimen de la violencia. Porque si esas clases, de cuyo seno podrían salir políticos dotados, a lo menos, del instrumento indispensable para hacer política sin recurrir a la espada, queremos decir, políticos capaces de utilizar el lenguaje y la escritura, se abstienen de todo impulso ciudadano, no hay alternativa para que cese el reino de los que se entienden a golpes, ni asiste justificación moral a quienes se lamentan de que así ocurra.

Cuando de tarde en tarde algún miembro de las clases cultas de México se lanza a hacer política por su cuenta, y no como mero instrumento de generales ignorantes, sus mayores esfuerzos para subsistir la razón a la fuerza son de todo punto inútiles; la atmósfera militar se encarga de demostrarle pronto que en la República no calen las palabras, sino las acciones, y de obligarlo a recurrir a los medios violentos o a desaparecer: tal fue el caso de Madero.

Esa misma actitud de las clases cultas de México explica también el que no haya allí aquella categoría social, presente en todas las naciones de la Tierra medianamente organizadas, ya sean democráticas, oligárquicas o monárquicas, que tienen el papel de ocuparse, sin mira inmediata alguna hacia el poder o hacia las riquezas que del poder se derivan, en los asuntos públicos, en la educación pública, en el espíritu público y, dicho de una vez, en cuanto concierne a la vida nacional de un país. Lejos de ello, de nada se ufanan tanto los intelectuales mexicanos como de su indiferencia por las cuestiones políticas. No hacer política equivale, a sus ojos, a practicar una virtud: como si realmente el ejercicio de la inteligencia trajera aparejado en México el sacrificio de la dignidad de ciudadano y el olvido de la responsabilidad de ser padre.

En estos momentos no se columbra en todo el país un solo escritor, un solo orador, un solo maestro que pueda medirse con la magnitud de las necesidades nacionales.

Martín Luis Guzmán, en El Gráfico, Madrid, 1918.

(Cito la edición del Fondo de Cultura Económica: Obras Completas I, México, 2010, pp.397-399.)

Pocos textos me han resultado tan sugerentes como este editorial para dar alguna clave hermenéutica al momento político de México en el 2012. No estoy seguro de que los políticos hayan ya abandonado la política de la espada. De lo que estoy seguro es que no hemos logrado tener uno solo –si acaso contadísimas excepciones– realmente capacitado para hacer política desde una verdadera civilidad, desde la palabra y no desde el griterío o la consigna vuelta pistola.

Pero la pregunta que se levanta con más brío ante mis ojos es la que cuestiona sobre el papel de esa clase ciudadana educada, con posibilidades de convertirse, precisamente, en esa clase política que MLG pide. El siglo XX en México asistió al surgimiento de la educación superior. No solamente la UNAM y el IPN surgieron como instituciones verdaderamente grandes, sino que a partir, más o menos, de los años 50 comenzaron a surgir las universidades privadas que tan importante papel han tenido en la formación de políticos y académicos para la vida nacional. ¿Es posible decir, hoy, que esa clase educada está orgullosa de no participar en política? A la luz de esto, ¿cómo leer el movimiento “Yo soy 132”? ¿Ha abandonado las armas? Puede ser. ¿Ha tomado la reflexión y la palabra, el uso de la inteligencia y las letras para hacer política? ¿Podría ser? ¿Qué pasa con los universitarios que ya no lo son, con esos que asistieron a las aulas hace 15 ó 20 años y que están, precisamente, ya en edad de ejercer el gobierno y competir por el poder? Dentro de la geografía política, ¿cuál es la ubicación de estos individuos? ¿Han servido de algo nuestras unviersidades? ¿Hemos salidos ya de la revolución?

Sobre el voto en blanco

Platicaba con un amigo, el rumi, sobre la nueva idea ésta que están proponiendo con casual énfasis este año a diferencia de las elecciones anteriores que yo recuerde. Es un asunto no solamente interesante sino un asunto serio.

Él está a favor del voto en blanco. O de la anulación del voto, para ser más precisos. Lo que él hará, según me dijo, es ir a votar, pero dirá a través de tachar la boleta entera que todo le parece una mierda y que todos los que están ahí ofreciéndose al poder, son unos imbéciles. Eso es lo que él dice. Y me parece muy bien. Anular el voto, en este sentido, es un ‘statement’. E, insisto, me parece bien.

Yo, así de entrada, no estoy de acuerdo con que ésa opción sea una verdadera opción democrática para la mayoría de las personas. A mí me parece que aún cuando ir a anular tu voto es en efecto una opción política, pienso que no es una opción democrática. A menos que se cumpla una condición:que dediques tu vida a construir esa opción que ves inexistente y que desearías que estuviera.

Quiero partir del siguiente principio: la democracia es mucho más que ir a votar el día de las elecciones. Una existencia democrática incluye la responsabilidad ciudadana de generar bienes públicos a través del trabajo. Es ahí donde comienza la democracia. El voto es solamente un momento de ella, un momento ciertamente importante, pero al final sólo un momento.

Ahora bien, esto implica que el verdadero ciudadano deomcrático contribuirá con su trabajo a construir ciudadanía, a fomentar una cultura de participación en la que todo individuo perteneciente a la sociedad se invlucre en la vida pública de su comunidad. Como yo veo las cosas, para hacer esto hay dos opciones posibles: a) hacerlo desde las instituciones políticas que buscan el poder, y a través del poder generar cultura ciudadana y servir a la comunidad, o b) hacerlo desde la profesión particular de cada quien y, a través de ella y de la vida diaria fomentar una cultura democrática y responsablemente dirigida hacia el bien común. La democracia se construye, por ello, desde dos ambientes o ámbitos diferentes de la vida y el trabajo: 1) desde las instituciones políticas, (partidos, candidaturas independientes, instituciones gubernamentales, IFE, etc…) y 2) desde el campo de batalla del ciudadano común.

Una vez sentado esto podemos analizar mejor el problema del voto cancelado. Es probable que en la opción 1) falten opciones políticas razonables y verdaderamente útiles, representativas y activas que utilicen el poder para servir y no para ser servidos. Es probable que las personas que se dedican a construir la democracia desde ese primer sentido sean todos unos imbéciles, corrputos, cerdos y tranzas. Es perfectamente posible. Cuando un ciudadano mira esta situación, en la que no hay partido político confiable, en la que no hay un sólo individuo de la llamada ‘clase política’ de quien se pueda pensar que es respetable, cuando todas las elecciones a las que se ha asistido son tramposas, en donde el desencanto es inconmensurable (me parece que es el caso de México), ese ciudadano tiene dos opciones si es que quiere ser un ciudadno responsable: a) dedicar su vida y su trabajo a crear esa opción institucional que hace falta o b) colaborar en la construcciónd de una cultura democrática y responsable, a través de su trabajo ordinario y ‘no-institucionalmente político’, entrarle a lucha cultural para educar neuvas generaciones de ciudadanos comprometidos con su trabajo.

Me parece que en el caso del ciudadano que ha optado por la primera opción, la idea de anular la papeleta aparece como una opción viable y responsable. Pues ante la falta de buenas opciones políticas, él ha decidio crear la suya (seguramente en comunidad con otros) y puede decir: ‘son todos ustedes una basura, y por eso no quiero que ninguno de ustedes administre el poder, pero además yo estoy construyendo la opción que creo mejor’.

Sin embargo, en el caso del ciudadano común y corriente, que ha optado por vivir una existencia políticamente responsable aunque a través de un trabajo no-institucionalmente-político -como es el caso de la mayoría de los ciudadanos de este país-, la opción por anular el voto aparece como irresponsable. Aún cuando en su trabajo esté colaborando en la construcción de una cultura políticamente responsable, si no opta por alguna de las opciones institucionales que hay, ¿por qué estarían optando entonces al tachar la boleta entera? Anular el voto en este caso es como decir:  ‘no me parece ninguna de las vías institucionales que ofrecen, así que no quiero ninguna, pero la que yo quiero, que la hagan otros’.

Creo que el ciudadano de la primera opción será un ciudadano responsable. Mientras que el segundo será un ciudadano irresponsable que ha claudicado de la vía institucional de la democracia, aún, nótese, cuando colabora con su trabajo para construir una cultura democrática. Por eso pienso que andar por ahí diciendo: ‘lo mejor es anular el voto..’ es en cierto modo irresponsable, a menos que vaya acompañado de ‘… pero miren esta opción que les ofrezco, únanse y construyámosla juntos’.

Autenticidad

Quiero poner sobre la mesa el tema de la autenticidad. Y no es solamente porque esté leyendo a Charles Taylor, o porque esté deprimido porque se acaba de retirar. Es razonable, tiene más de 70 años y toda una vida filosófica por delante. Hasta hace un mes era profesor de filosofía en Northwestern, pero ahora ya nada. Nada de nada. Pura esposa y lecturas matutinas con cafecito y pan tostado con mermelada. Es canadiense, el hombre, por lo que a lo mejor no es mermelada sino miel de maple. Porque habré de decir que para los canadienses la miel de maple es como el chile para los mexicanos.

Parece que para Charles Taylor, entonces, la autenticidad está en esas mañanas agradables, de periódico y escritura, no en las mamparas y luces de las cátedras universitarias. Pero esa autenticidad sólo se conquista después de haber sufrido fama y ganado múltiples premios millonarios. La autenticidad es ese momento en el que puedes, realmente, ser tú. Y tú, y solamente tú.

Es como con Hesíodo, para quien la vida buena, la buena vida, la vida verdadera y la verdadera vida, se resuelven, todas, en el humilde trabajo campesino de cultivar tomates, cuidar ovejas y tomar lecha de cabra directa de la ubre con la alegría y candidez propia del campesino ignorante. Esto de la ignorancia ya es de mi cosecha, no se anden creyendo. Pero algo tiene de verdad: el conocimiento no es para Hesíodo una virtud que haya que promover y buscar sedientos por sí misma, sino que sólo en la medida en que éste te sirve para el desenvolvimiento práctico de la personalidad en el trabajo y en la casa, entonces sí está bien conocer mucho y ser recultos.

Ahora bien, si es ésa la verdadera autenticidad, ¿en donde queda el condenado espacio público?, ¿cómo integramos a nuestra identidad auténtica esa esfera que los modernos llamaron ‘esfera pública’? O, actualizando más la pregunta, ¿dónde queda esa autenticidad privada si ahora existe Facebook, tengo un blog y traigo un cencerro al que llamo celular?

Sepa. Pero justamente por eso es difícil encontrar un suave regazo en el cual recostar la cabeza después de exhibirnos todo el día al mundo entero cual Paulina Rubio en los MTV. No es que andemos por ahí mostrando las nalgas, sino que andamos por ahí mostrando el alma. Y no es esto una cosa menor. Es una cosa mayor. Y de la mayor importancia porque, ¿qué será de uno mismo si uno mismo ya no es uno sino dos, o tres, o cuatro o un millón? Parece que los 15 minutos de fama llegan aunque uno no quiera y el yo se identifica con todos, con todos los que nos ven y con todos los que nos conocen. Porque si mi status dice: ‘tengo frío’, toda la comundiad virtual me dirá ¿por qué no te tapas? Y así todos tendrán el mismo deseo que yo acerca de mí y seremos un solo espíritu queriendo todos lo mismo, a saber, el aumento de mi temperatura corporal para evitar el sufrimiento que la poca temperatura me provoca.

¿Qué es, en este sentido, la autenticidad?
Quede entonces solamente planteada la pregunta. Sólo.

IHS

“La permanencia de la Compañía de Jesús en el orbe indiano, como lo llamó Brading, habría sido fuente de muchos bienes -una educación poderosa, unas costumbres más aseadas, ríos potables-, aunque también podría pensarse que México (o muchos Méxicos y sin duda Paraguay) sería una especie de república teocrática de indios y de criollos; no existitría ni la banca como la conocemos, ni la Colina del Perro, ni los periódicos, ni los antros, ni las tachas, ni Chespirito, ni las ‘novelas’, tal vez ni internet, ni los blogs, ni el supercolisionador de hadrones, ni las importaciones chinas dizque artesanías mexicanas. Es posible que Juárez hubiera pasado a la historia como el muy piadoso obispo de Oaxaca. La libertad sería muy distinta; otra cosa sería el arte. Otra la literatura. Otra el cine (muy jesuita). Y otra cosa sería la Compañía de Jesús, que, la verdad sea dicha, nunca logró ecuperarse de los hachazos del siglo XVIII.

“La que creo que sí habría sería una multitud de órganos que en sintonía mundial producirían tocatas, adagios y fugas ejecutadas por guaraníes y prusianos; habría, seguramente, cosmografías virtuales a las que podrían todos acceder con el pensamiento; habría ballets y obras de teatro evangelizador realizadas en el cielo, por medio de ingeniosos artilugos; habría robots cristianos, como en Ciudad de Simak (e intentos por convertir a las hormigas); habría, en fin, cuartos de la memoria donde podría uno pasearse y aprender mandarín o las jerarquías angélicas; habría barcos permanentemente libres, donde vivirían heremitas, cátedras de pintura, escultura y jardinería simbólica, y una iglesia en la Luna.

“Sea de ello lo que fuere, pienso que no muy desencaminado andaba Hidalgo al abrogarse en Guadalajara el títitulo de ‘Alteza’, pero hablar de ello exigiría una longitud que este fragmento no posee.”

Pablo Soler Frost: “Los jesuitas no son expulsados. La república del espíritu”, en Letras Libres, n.118, año X, octubre 2008, p.22.

Este parrafito de Soler es verdaderamente genial. Creo. Con estas líneas termina un artículo en el que relata una de las razones por las que la Compañía de Jesús fue explusada de la Nueva España. Más en tono de lamento que de simple crónica descriptiva, imagina con ironía algunos escenarios fantásticamente posibles pero realmente deseables.

Una iglesia en la Luna, robots cristianos. La maravilla, pues. En el fondo creo que puede extenderse este deseo de la Compañía de Jesús a la Iglesia entera, o a la fe cristiana como detonador de un fondo cultural, como background que motive la vida toda. Porque si algo tiene el cristianismo es eso, tradición y cultura. Si de algo puede acusarse al pueblo de Dios es de confirmar que el saber, al arte, la cultura y el mercado, así como el cuerpo, el sexo, la amistad y el vino son los factores que hacen del hombre una gran cosa y que lo conducen con veracidad hacia su propio destino: la comunidad y la esperanza.

Turista

Liberia es uno de esos paises que solamente se conocen gracias al Turista Mundial. Exactamente por la misma razón y el mismo vehículo de comunicación lúdica, existen dos raros prejuicios en la conciencia colectiva: a) Oceanía es un lugar en el cual solamente se puede vacacionar, con un canguro al lado y b) el mexicano piensa que por el sólo hecho de ser mexicano (o de pasar por México) te darán dinero.

Sin embargo, he aquí una de las consecuencias más importantes de tan afamado juego. En verdad ha influido de manera tan fuerte, que hemos construido -hablo de la humanidad entera- el mundo como si funcionáramos con las mismas reglas del juego: Inglaterra y su moneda son los más caros del juego.

CANACA et al

No es tanto que quiera recurrir al gran lugar común del ‘ingenio’ para describir la esencia del mexicano. Es solamente que hay evidencias ante las cuales a uno nada más le queda inclinar humildemente la cabeza y rendir pleitesía.

Mucho se ha dicho acerca de la curiosa y kitsch personalidad mexicana. Filósofos tan ‘de renombre’, como Vasconcelos, Ramos o intelectuales como Paz o León-Portilla han hecho gala de su sensibilidad para conocerse a sí mismos y hablar de lo que son en tanto hombres nacidos crecidos y alimentados en estas tierras del chile.

La comida picante y barroca, las fiestas, el humor, la tristeza, sobre todo la tristeza, el acoholismo, el machismo y el eterno fracaso en los penales son algunas de las características que no pueden faltar en un mexicano que pueda preciarse de serlo. La muerte como una persona que da risa y el color naranja, son también dos pegotes esenciales que el mexicano trae en su espalda sin poder quitárselos aunque haya vivido diez años en Berlín o Madagascar.

Hay momentos y culturas en las que basta con un discurso, una gran obra literaria y un sistema filosófico para poder decir que se ha hecho cultura en el sentido en el que en ese país o región la cultura es cultura. Piénsese en el Fausto de Goethe, en la Fenomenología del Espíritu de Hegel, o en el mismo ingenio chestertoniano. Pero en México es distinto. Todo lo dicho, todo discurso teórico o incluso todo discurso demostrado en la práctica, toda idea y toda explicación son definitivamente superadas por una sola imagen. Códices como el Florentino y la religiosidad popular lo muestran. Para nosotros, el poder de la imagen es total. Somos una sociedad de avanzada, Sartori no vio el futuro, sino que en el caso mexicano vio el puro estado de cosas: el mexicano es un homo videns. Por ello con una imagen he querido mostrar y ‘demostrar’, en el sentido mexicano de la palabra, la siguiente proposición:

“La hueva es, en definitiva, la madre de todo progreso.”


Creo que el creador del artefacto fue el hijo del papá. El que es dueño de la CANACA.
Le salió como en 50,000 pesos, el chistecito.