Turista

Liberia es uno de esos paises que solamente se conocen gracias al Turista Mundial. Exactamente por la misma razón y el mismo vehículo de comunicación lúdica, existen dos raros prejuicios en la conciencia colectiva: a) Oceanía es un lugar en el cual solamente se puede vacacionar, con un canguro al lado y b) el mexicano piensa que por el sólo hecho de ser mexicano (o de pasar por México) te darán dinero.

Sin embargo, he aquí una de las consecuencias más importantes de tan afamado juego. En verdad ha influido de manera tan fuerte, que hemos construido -hablo de la humanidad entera- el mundo como si funcionáramos con las mismas reglas del juego: Inglaterra y su moneda son los más caros del juego.
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Justicia social, modernidad y ateismo

Por momentos he creído que la reflexión sobre la justicia social es indispensable para llevar al hombre una situación más digna. Por supuesto, me parece importantísimo acompañar con acción a esta reflexión, que si en reflexión se queda, se queda en la nada. Modificar las estructuras de pecado es indispensable para lograr que la condición humana pueda realmente llegar a ser lo que está llamada a ser en cada una de las personas.

Sin embargo, me he dado cuenta que esta reflexión sobre la justicia social responde a un problema más grande, y que este problema es el problema del modo como el hombre se relaciona con el mundo. En específico, porque es un problema -el de la justicia social- que surge gracias a que existe la modernidad y la revolución industrial como un producto ultramoderno. La revolución industrial es la que ha provocado que exista algo así como ‘la clase obrera’, o los trabajadores, o que el mundo se divida propiamente en ‘clases’. Es claro que antes de la modernidad e incluso en la antigüedad había diferentes estratos sociales, pero era impensable reflexionar en categorías de ‘justicia social’ porque el hombre se comprendía de diferente modo con base en una cosmovisión, que regulaba los órdenes sociales. El tema de la modernidad es un tema complejísimo, en donde aparece inmediatamente la variable del secularismo. Y es ahí en donde me he dado cuenta que la reflexión sobre la justicia social, junto con la reflexión sobre la moderndiad, es en realidad una reflexión sobre el problema de Dios. El ateísmo es, aunque no parezca, un fenómeno nuevo, una manera de autocomprenderse el hombre muy característica de cierto período histórico.

Un amigo fue a Estados Unidos la semana pasada y me contó sus impresiones sobre la religiosidad estadounidense. Había una iglesia en cada esquina. Casi como Puebla en el siglo XVII. La diferencia es que en Puebla todas las iglesias eran del mismo credo. En Estados Unidos, hace dos semanas, cada iglesia era de una religión diferente.

El problema de Dios es el problema más grande al que se enfrenta el hombre. Y digo problema no en tanto situación negativa que haya que desaparecer, sino problema en el sentido de que nos plantea las preguntas más fundamentales. Dios es un problema porque hace que nos detengamos ante la existencia y cuestionemos lo que sucede con nosotros mismos. El ateísmo es un problema por ello. Clausura de tajo la capacidad del hombre de crear y de interrogarse. El ateísmo cancela la creatividad humana y vacía la vida de su sentido. Sólo cuando las personas miran su propia existencia como parte de un todo mucho más grande, como el momento de una historia que hay que contar y que unifica los fragmentos del día a día, es posible no encontrar el confort, sino dar sentido al sufrimiento y al dolor inevitable que nos presenta el mundo.

No hay derecho.

Trabajamos, sudamos, nos desgastamos, perdemos el tiempo, nos cansamos, sufrimos, amamos, soportamos ciertas cosas que no deberíamos, estudiamos, tratamos de ser cultos, aprendemos lenguas: vivas y muertas, nos esforzamos, sufrimos dolores de espalda. Solamente para tener el pleno derecho de hacer chistosadas.

Para que un Imbécil las haga sin habérselo ganado:

Y luego el mundo lo admire y lo obsequie con el aplauso…

La filosofía

Hace unos días el existencialista de mierda publicó un post sobre la filosofía. O mejor dicho sobre los filósofos. Lo pueden ver, si quieren, aquí. Si no, no. Aunque sería bueno que .
Ese post desató en mi al fastidioso ‘train of thoughts’ que de pronto me da. Que me da, que me da. Fastidioso pero, al fin, filosofante.

El existencialista de mierda señalaba que había dos tipos de filósofos. Sin querer caricaturizar sus retratos, los resumo: a) aquel que se hace llamar ‘filósofo’ y que pretende moverse en todo el ámbito cultural, que publica poemas en revistas y sale a todos los bares de moda con sus amigos, vistiendo bien y con un look intelectual. Este ‘filósofo’ es capaz de querer utilizar la filosofía para meterse en las faldas de las muchachas en lugar de en sus cabezas. En general, es superficial pero inteligente. Se le ve en los cafés y en eventos culturales, como de jazz o así. Tuvo, tiene o tendrá una revista, lee lo último de la literatura, es capaz de improvisar en una discusión filosófica académica y de preguntar en la conferencia del intelectual de moda. Pero es un tanto distraído, le importa más cómo lo vean que lo que realmente sea. b) El filósofo académico que está dispuesto a sacrificar bares y modas por el estudio sincero hacia un área concreta o un tema en especial. Éste es el filósofo que piensa en su tesis, que piensa en la última novedad acerca de su especialidad, que no es tanto un esteta, sino un filósofo de academia, de libros y aulas. Es capaz de hablar de los clásicos con orden y de desglosar un argumento, de armar razonamientos serios y quiere contribuir un poco a la construcciónd el saber humano. Éste filósofo prefiere a veces la soledad de la biblioteca al desenfreno de la Condesa, al modo de pequeños Kants que encuentran algo poético en la humilde labora de cada día. Al primero lo llamó ‘filósofo por accidente’. Al segundo, ‘filósofo por sí mismo’.

Me parece que le faltó una tercera opción: la opción socrática. Creo que es aquí en donde de verdad se encarna el ideal de la filosofía. El verdadero filósofo, a mi juicio, no es aquel que se enclaustra a estudiar horas enteras un tema concreto, sino aquel que ha decidido que su vida tomará un rumbo diferente. Es aquel que hace deporte siendo filósofo, que viaja siendo filósofo, que ve la tele siendo filósofo. No solamente destaca por una constante actitud crítica, sino por una sincera intención de encarnar la verdad y vivirla por sí mismo. La filosofía no es, así, y no debe ser, creo, una profesión. Se puede vivir de la academia, pero una cosa es la academia (en el sentido moderno no-platónico), y otra es la filosofía. El filósofo es el que en un momento detemrinado de su vida decidió vivir su vida en serio, enviar al traste las sensiblerías y examinar su vida bien.

La figura de Sócrates (según el que Platón nos dibuja) sería entonces la verdadera figura del filósofo. El filósofo es el que dialoga, que indaga, que busca. Es el amoroso sabiniano. No, y nunca, el que ejerce una profesión. Es claro que el lugar, en estos días, para hacerlo es el aula. Pero no es necesariamente el estudio lo que hace filósofo al filósofo. Es la visión y la actitud ante la realidad, las intenciones de no ser un mediocre. No se conforma con un área del pensamiento. El filósofo desea saberlo todo, lo busca todo. Es hambirento, le interesa la amistad, la pintura, el cine, el bar de moda, los clásicos, el filósofo no desprecia nada ni desecha nada. La filosofía todo lo busca, todo lo quiere, nada reclama para sí, todo lo comparte, todo lo dialoga. La filosofía no se sacia, no es corta de miras, busca realizar y modificar el mundo, modificándose a sí mismo y encontrando el parámatero en el otro. La filosofía no alcanza nada, pero se estira por completo. La filosofía es hambrienta, es infinita, es bienintencionada. Sabe que hay cosas más importantes que la verdad, como por ejemplo el bien o, más aún, la belleza. La filosofía no busca refutar a los filósofos, sino comprenderlos y aprovecharles. El filósofo no busca ganar la discusión, busca solamente atrapar al sofista, pero con la mira en la verdad, nunca en el propio triunfo. El filósofo sabe que nunca es filósofo por sí mismo, sino filósofo por el otro. Es el encuentro amistoso con el otro el único lugar desde el cual se puede filosofar verdaderamente. Es en el núcleo de la amistad y el interés personal en donde se puede engendrar y parir el conocimiento. El filósofo siempre reconoce sus deudas, se reconoce siempre alumno y nunca maestro. El filósofo no enseña, el filósofo aprende. Y no estudia para el SNI, sino que estudia para el diálogo. El filósofo vive en constante crisis. Vive en constante juicio y busca siempre la autenticidad. La filosofía se vive, no se enseña ni se publica, se dialoga, se ríe, se comtempla, la filosofía se escucha, se pare, no se vende ni se cobra.

La vida académica del scholar, sólo un trabajo.

Sé que esta tercera visión no se contrapone con la noción existencialistamierdista del ‘filósofo por sí mismo’, pero quise recalcar ciertos aspectos que a mi juicio habían quedado velados. El filósofo debe ser por sí mismo pero también por accidente. Y hacerlo bien. El filósofo es académico, es intelectual, estudioso, pero también es lúdico, cómico y fashion. No hay por qué contraponerlo.

Creo que el filósofo no es el filósofo. El filósofo es el que se mantiene siempre ‘queriendo-ser-filósofo’.

Narn I Chîn Húrin

Apenas ayer terminé Los hijos de Húrin. Es un libro editado por Christopher Tolkien, quien al parecer ha tomado la decisión de juntar una fortuna millonaria garacias a los textos de su padre. Yo hubiera hecho lo mismo. Pero él, sin duda, creo que lo ha hecho bien.
El relato publicado hace unos meses no fue concebido como un libro en sí, tal como fue dado a conocer. J.R.R.Tolkien escribió pocos ‘libros’, así con inicio y fin y todo eso que un libro debe llevar. Ha sido su hijo Christopher quien se ha puesto a dar orden y a editar varias obras y escritos de su padre para dar a conocer todo el genio que se escondía en los cajones.
La obra de Tolkien es vasta. Su objetivo fue siempre contar historias. En sus cartas nos lo ha dejado bien claro y en el prólogo a la segunda edición de The Lord of the Rings también: sus relatos no tienen ninguna finalidad política ni alegórica ni económica. J.R.R.Tolkien sentía la necesidad de contar historias y generar una mitología para Inglaterra. Sólo el hecho de narrar lo que sucedía en Fantasía le bastó al filólogo inglés para dedicar su vida a una empresa que, por su misma naturaleza, sería interminable. Quizás esto fue bastante pretencioso, pero sí generó un corpus mitológico bastante complejo y lo suficientemente completo como para poder contar con bastantes relatos uniformes y claros. Aún hoy, después de los trabajos de su hijo Christopher, hay historias que han quedado inconclusas, confudidas con otras, y revueltas entre ellas mismas. Pero sí se puede hablar claramente de una cronología completa desde el incio del mundo hasta el fin de la tercer edad (Termina con la guerra del anillo, eso que fue narrado en la pantalla por Peter Jackson).
Tolkien era un filólogo y es desde ahí desde donde hay que comprender su obra. La creación de todas las especies en la Tierra Media no es obra del azar o de un daimon que lo poseyó y lo inspiró. El lenguaje es siempre el inicio de toda una cultura o una raza en la Tierra Media. Todo esto es verdad y suena bien. Pero Tolkien es también un narrador. No solamente un académico en filología, experto en anglosajón y un erudito en los relatos fundadores de la lengua inglesa. Tolkien llegó a ser un antropológo, un filósofo y hasta más o menos teólogo. Fue padre de varios hijos, escritor de cartas y esposo de su esposa.
Sus obras, si bien tienen un origen filológico, no terminan en el idioma. Y me parece que es en Narn I Chîn Húrin en donde el texto filosófico se hace más presente en la obra de Tolkien. The Lordof the Rings es una obra maestra, una gigantomaquia de la fantasía y de la ética. Pero Los Hijos de Húrin es un verdadero tratado de antropología.
El libro es áspero en una buena parte. Al no ser un relato concreto concebido por Tolkien para ser publicado como libro, sólo existían notas de la historia, y la fluidez del texto a veces era inexistente, pero el trabajo del editor es muy bueno. La historia de Húrin y sus hijos es contada también en The Silmarillion, pero no de forma completa y detallada como acá. Lo que Tolkien dejó fueron notas y textos más detallados que otras historias y por ello Christopher pudo dar una coherencia y unidad al relato.
A veces la lectura se hace pesada por la cantidad de nombres (el apéndice de nombres que incluyó Christopher al final del libro sirve de mucha ayuda). No es necesario haber leído The Silmarillion para comprender de qué va Narn I Chîn Húrin, pero sí es necesario estar acostumbrado a una lectura un poco lenta a momentos, pero excesivamente emocionante en otros.
El sabor de boca cuando el libro termina es el de una épica máximamente griega: la tragedia de la condición humana es expresada en los mejores términos y el lector termina comprendiendo por qué el ser humano se autofagocita. Y si no por qué lo hace, al menos que lo hace. Somos unas bestias. Pero aquello que nos hace ser bestias es aquello que nos hace tan gloriosos. La vanagloria, la soberbia, el orgullo, le envidia. Pero también el amor, la caridad, la creatividad y la valentía. Su fuente: la misma.
No hay escena ni final feliz augurable en ningún momento del relato. Las elecciones de los personajes son siempre nefastas y parecería que el destino del hombre está trazado. Túrin, protagonista principal de la obra es un gran hombre, que ha crecido con los elfos, de un linaje soberbio y noble. Pero un destino obscuro pesa sobre él y a cualquier lugar al que va, ensombrece los corazones de los hombres. Sin embargo, parece que no es ese trágico fato el que convierte a Túrin en un hombre pesado, sino las elecciones y las decisiones que toma a lo largo de la historia. Al final del camino, parece que se da cuenta de su propia finitud, pretendió todo el tiempo ser infinito, pero sus limitaciones humanas acabaron condenándolo.

Creo que puedo decir que Narn I Chîn Húrin es de esos libros que adquieren un sentido hasta la última línea. Su lectura es a momentos dificil, y a veces parece que no sucederá nada. Pero es hasta el final en donde la narración adquiere sentido. Igual que la vida humana. Es posible que el trayecto completo no tenga una dirección concreta o un fin bien conocido. Pero hay que segir leyendo. Porque es al final de la vida en donde la mirada retrospectiva ilumina todo el pasado.

Si bien Safran Foer tiene razón al decir que el pasado ilumina el presente, Tolkien alcanza a ver también una verdad importante: es el futuro lo que ilumina la vida del ahora o, en otro sentido, es el presente lo que ilumina no el pasado, sino mi propio pasado. Es hasta el final de nuestros días cuando podemos dar un significado a las penas, a las alegrías, a los triunfos y a los fracasos. No antes. Por eso la esperanza es una verdad que debe ser vivida aquí y ahora. Y por eso es un relato que merece la pena de ser leído.
Seguro hay mucho más qué decir sobre este gran relato, pero por ahora baste con esto.
Y, Cheve, debes leerlo.

Oak Park

Por supuesto no soy el primero en notarlo. Incluso, creo ser bastante poco orginal en esto, pero no lo resisto y quiero decir que Oak Park es uno de los lugares mejor dotados de Estados Unidos en lo que respecta a la fama. Es de esos lugares que se te cae la cara cuando te enteras de todo lo que ha pasado ahí.
Es un pequeño barrio, a las afueras de Chicago, sí, Chicago. Allí nació Hemingway. Allí vivió el arquitecto Frank Lloyd Wright y funcionó para él como su campo de pruebas, muchas de sus más grandes obras están ahí como esperando ser vistas por turistas fanáticos que quieren conocer el lugar de inspiración de uno de los reformadores de la arquitectura. Gaudí es a Barcelona, Niemeyer a Brasilia y Wright a Oak Park. Sí, ya sé, Oak Park no es una gran ciudad. Pero qué le vamos a hacer. Es un gran suburbio, es cul. Es, de hecho, el ejemplo a seguir de todo barrio suburbano. Si yo fuera suburbio quisiera ser como Oak Park. La neta.
Allí nació Ray Kroc, el fundador de Mc’Donalds y Edgar Rice Burroughs, el creador de Tarzan. Oak Park es capaz de cobrar identidad casi personal. Hasta podría tener dignidad y le podrían ser reclamados ciertos derechos humanos. Su identidad es bárbara. Barbarísima. Cuando uno entra en sus calles, no se encuentra con la felicidad de los niños blancos andando en bici, al estilo The Wonder Years. Más bien es una especie de Barcelona, pero con un estilo no tan sofisticado y más natural. No es pretencioso. Se sabe chingón y no lo grita. La capital catalana es, en cambio, demasiado trendy, pose: reclama el recnocimeinto mundial. Es grandiosa, oh sí, pero pose a fin de cuentas. Oak Park es solamente un barrio pero es parte de Chicago. Y ésta sí que es una gran ciudad. Con su airecito y todo.

Oak Park ha trabajado sin quererlo, en la creación de su propia leyenda. Muy al estilo de su hijo Hemingway, el barrio suda por lograr mitificarse y generar leyendas que lo coloquen en la cima de la cultura norteamericana. Pero sin quererlo. Tiene su propia página web, que pueden consultar haciendo clik aquí. No se le puede tildar de pretencioso, Oak Park es bastante sencillo con lo que promete: Casa-estudio de Wright, Museo Hemingway, un tour de placas en las que se mira quién nació en tal casa, quién vivió en esta otra, quién durmió por acá, quién escribió en esta banca y en aquella no, quién anduvo en bici por acullá. Y así.

Oak Park es un pequeño sueño. Pero no un sueño de esos de en la noche. Es un sueño de siesta, un sueño de sillón de la tele, un coyotito, un sueñín que a cualquiera podría emocionar por su pequeña grandeza.

Frank Loyd Wright, William Fricke’s House, 1901-1902, Oak Park, Illinois.