De cómo la sima de la Britannica y el auge de Wikipedia representan metafórica y realmente la muerte de un paradigma y el surgimiento de uno nuevo

Ya, era un statement. Nomás.
Piénsenlo.

Anuncios

El sexo y el amor

Recuerdo haber leído una novela -creo que de Tolstoi, creo que ésa que se llama Sonata a Kreutzer, igual, sí, igual que el tema de Beethoven-, en la que un personaje tipifica a las mujeres de la clase burguesa como putas para toda la vida.
La tipificación del personaje aquél tenía sustento en la diferenciación de las mujeres burguesas con las prostitutas. Mientras éstas son putas por únicamente unas horas y por una suma fugaz de dinero, las otras, las de la clase burguesa, se venden al hombre más adinerado, mejor posicionado social y políticamente, más viril y más interesante -en ese orden-, por el precio de una manutención vital.
El personaje ése decía que las mujeres se arreglan, usan sus escotes, se pintan, adelgazan, dejan su cabello largo, quieren oler rico, usan joyas, se depilan, aprenden a tocar el piano y a cantar, a cocinar, a conversar y a bailar con el único fin de ser fecundadas por el mejor macho, y que todo el amor cortesano, que toda la faramalla de decir que no que sí que no, que el cortejo y los gestos y esfuerzos que éste implica, son simplemente artimañas desarrolladas a través de la selección natural, para atraerlo y encamarlo ad infinitum. El argumento del ponente se completaba con el juicio de que en eso radica la superioridad evolutiva de las mujeres respecto de los hombres, en el sentido que precisamente por eso son ellas quienes eligen con quién quieren tener sexo y ser complacidas material y espiritualmente, así como ser mantenidas y pasar sus días lúdicamente con una sonrisa de oreja a oreja que exprese la tranquilidad de no tener que trabajar para vivir.
En este sentido, y tal vez sólo en este -cabe hacer el comentario-, tanto el divorcio como el movimiento feminista representarían la más radical derrota para el dominio de la mujer sobre el varón.
Por supuesto -y es ya necio mencionarlo-, estamos hablando aquí de un claro entimema. Con ello quiero decir que para que este argumento sea válido es necesario suponer una premisa oculta, tal vez ni si quiera imaginada por quien proponía el argumento, a saber, que los hombres (los varones), todos, lo único que quieren en la vida es asegurar la posibilidad de sexo con mujeres. De allí que, una vez establecido que tanto varones como mujeres, machos y hembras, tienen el mismo fin en la vida, es posible decir que las mujeres son las dominantes en la medida en que ellas deciden con qué sujeto llevar a cumplimiento esta finalidad última. De acuerdo con este tren de pensamientos son ellas, entonces, quienes van tejiendo la historia, construyendo el mundo políticamente y tomando en sus manos el rumbo del globo. Pues no solamente son ellas quienes eligen al varón, sino que una vez elegido, ejercen un completo dominio en todos los ámbitos de la vida pública y privada de su macho: puntos de vista, decisiones, influencias, lecturas, preferencias electorales e incluso sus gustos en la comida y hasta el modo de jugar al ajedrez o a las damas.
A mí me parece que las opiniones de ese personaje -que por cierto es muy pobremente descrito psicológicamente- de Tolstoi, con todo y su natural imbecilidad de burgués, está más bien cerca de la verdad que lejos de ella.
Únicamente propondría yo dos corolarios con la intención de completar un poco la divertida, y muy probablemente verdadera, blasfemia.
En primer lugar, que la tesis sobre las mujeres y sus intenciones es de clase universal y no hay razones suficientes para hacerla particular solamente a las mujeres del ámbito burgués. En segundo lugar y, quizás más importante aún, que ese anhelo de sexo sin fin, de dominio sin fin, de seguridad económica y poder sobre los demás sin fin, es únicamente la más pura y natural expresión del gran e inevitable, formidable, metafísico y religioso deseo humano, y por ello truncado, torpe y no llevado hasta el límite, de Amor Absoluto.

Crowd

Robert B. Marks apunta:

“Puede sorprender que la práctica totalidad de los trescientos ciencuenta millones de personas que vivían en 1400 pertenecieran a un puñado de civilizaciones que ocupaban una proporción muy pequeña de la superficie de la Tierra, pero más sorprendente aún es el hecho de que eso mismo sea todavía cierto: el setenta por ciento de los seis mil millones de habitantes en el mundo viven en aquellos mismos once millones de kilómetros cuadrados.”

Los orígenes del mundo moderno, Editorial Crítica, Barcelona, 2007, p.42.

Y, bueno, eso es cierto en la medida en que estamos ciegos. Me refiero a que es cierto que eso sorprende siempre y cuando no veamos la imbecilidad humana para repartirnos mejor sobre la Tierra.


Ok,

está bien, lo admito. 

Quizás sí es cierto que la modernidad tiene muchos problemas, que estamos cada vez más desencarnados, que nos ha alienado, que todo es ahora horrible, impersonal, controlado, instrumental, individualista, que todo está normativizado, que la burocratización está del caramba, que los medios de comunicación nos aíslan, que los medios de transporte provocan mucha desigualdad, que la salud es un fetiche, que la urbanización provoca una miseria horrible, que nos estamos chingando el mundo con la industrialización y la contaminación, que cada vez es más difícil vivir en comunidad, que nos estamos volviendo esclavos de la tecnología, que el capitalismo asqueroso es asqueroso y, en fin, que nos estamos pudriendo en este horrible mundo.

Pero lo que sí me resisto a pensar es que la humanidad haya sido pendeja durante los últimos 500 años. 

Servir, que no ayudar, a los pobres

La Confesión, de Javier Sicilia, es una novela sobre la pobreza. Sobre la miseria humana y el pecado. Que salvan. 

Las comparaciones con Bernanos o con Greene no se han dejado esperar. Sin duda Sicilia se inscribe en esa tradición del católico que conoce a Cristo en la cruz, del católico que sabe que Cristo descendió a los infiernos y con ello garantizó que hasta en la más honda soledad es posible encontrar la esperanza que ofrece el Cuerpo de Cristo.
Sicilia quiere una Iglesia Católica, no una Iglesia puritana y ‘pruritana’. Quien recibe la gracia de Dios, es el que se deja sorprender por su amor, no el que llena su cuerpo y su persona de adornos virtuosos. Hay quienes acusan a Sicilia de jansenista, de poner un énfasis especial en el abajamiento de Cristo (kénosis), de exagerar la Encarnación al punto de convertir a Dios en un ‘necesitado’ de los hombres. Pues nada más católico.

La Confesión no es solamente el itinerario místico de su autor. Es un ‘statement’. Sobre todo el final y algún personajillo que aparece por ahí en las últimas líneas del libro, conforman un grito de protesta al aburguesamiento de la Iglesia. 
Porque defender a la familia es importante. Y muy fácil, sobre todo si se tiene un golden retriever y una minivan en donde meter a los 4 niños rubios. Pero defender a la familia en donde está destrozada, en donde hay podredumbre, miseria y mal olor, literal, mal olor, es mucho más difícil. Amar a Cristo en su barca es bueno. Y hasta aventurado. Es un reto para la audacia de quien es líder y quiere cambiar al mundo: ‘subámonos a la barca del pescador, y convirtámonos en pescadores de hombres’. Claro. Eso es ilusionante y atractivo. Pero cuando Cristo es saliva escupida en el rostro, cuando es gérmenes y sida, cuando Cristo es lupus y deformación, entonces la cosa ya no es tan bonita. Cuando Cristo es  lo que nuestros ojos ven como ‘pecado’, como ‘perversión’, como ‘anormalidad’, cuando Cristo es aquello que rechazamos en pos de una correcta moral, cuando Cristo se encarna en vejamiento, cuando Cristo es ‘impureza’, entonces lo rechazamos y lo señalamos como el mal que hay que despreciar, porque ‘nosotros sí somos buenos’. 
Sicilia se enfrenta con la carne real de la realidad humana y encuentra en su miseria la más profunda gracia salvífica del Espíritu. Creo que eso quiere decir en La Confesión. Más allá de sus quejas ante la modernidad y de su nostalgia de un mundo otrora real y hoy únicamente idílico. Más allá de sus lamentos frente a una Cristiandad ya desaparecida y un modo rural de la humanidad de resolver su existencia, la novela de Sicilia es definitivamente encuentro. Encuentro y confesión. Su confesión. La de Sicilia. Pocos libros he leído tan personales y entrañables. El autor se revela ante el mundo, quizás para no rebelarse contra Dios. El autor se confiesa y, por cierto, mira con esperanza a quien ante los ojos del mundo es un condenado pederasta. Ésa es la lección. Que la gracia puede más que la voluntad. En todos.

El reconocimiento de los cimientos

Charles Péguy murió de un balazo en la frente el 5 de septiembre de 1914, en la batalla de Marne. Sin duda fue una muerte digna para el hombre que reformó la Iglesia a través de perseguir incansablemente la verdad. 

Sin duda es posible encontrar en Péguy la experiencia de Dios que se reflejó, ya en una nueva teología, en el Concilio Vaticano II- No solamente es la idea de Iglesia como ‘Pueblo de Dios’, sino la recuperación enfática de la Encarnación como el misterio central del Cristianismo, la idea de una teología del amor como la teología que desplazó a la meritocracia que tanto pudre nuestros corazones, y la idea de afirmar al laicado como el cuerpo místico de la Iglesia y como el derrotero que habría de seguir la historia del Cristianismo frente a la modernidad otrora atragantada. 
En efecto, Péguy logró formular el Cristianismo de manera tal que no quedaba fuera la modernidad, sino que ésta podía e incluso debía ser acogida por la Iglesia para que el Cristianismo  se expresara cada vez de mejor manera a lo largo de la historia. 
En Verónica, un volumen de los Cahiers que publicó durante muchos años, Péguy deja muy claro que lo que salva es la entrega carnal de Jesucristo a los hombres. Si bien estos temas son también tratados en sus Tres misterios, es en Verónica en donde Péguy formula desde la prosa el asunto de la encarnación y el lugar central que ésta debe tener en la teología católica. 
Ningún moderno más antipelagiano que Péguy. Ninguno más antiprotestante, ninguno más progracia, nadie más carnal, nadie más laico, nadie más moderno, nadie más católico. Se puede decir que Péguy se suma a la tradición de la ‘vía de la interioridad’, inaugurada en la patrística por San Agustín, y que continúo a través de la Edad Media con Anselmo, Buenaventrua y Escoto, y que la modernidad continuó con el Descartes de las Meditations, con Pascal, Hegel y Kierkegaard, y cuya coronación se alcanza con filósofos como Maurice Blondel, Henri Bergson, Erich Przywara, Romano Guardini o Iván Illich (quien, cabe aclarar, sí defirió de Péguy en su aceptación de la modernidad). 
Esta línea filosófica, tan cristiana, tan católica (con el danés y el alemán como agregados culturales), tiene su expresión contemporánea en gente como Joseph Ratzinger o Charles Taylor, que se han propuesto tematizar el problema antropológico que la modernidad presenta y reinterpretar la noción de persona, esa noción de persona tan rectilínea, tan supina, que durante muchos años fue el canon de la ortodoxia, esa definición que reza diciendo que la persona es una sustancia individual de naturaleza racional.

Es posible decir que en Péguy germinaron todos los temas de la agenda del Concilio Vaticano II y, en esa medida, la posibilidad de una renovacion eclesial hacia una nueva teología del laicado (como quiso Congar) y una afirmación del papel del parroquiano de la vida común en la vida del cuerpo místico de Cristo. 
Muchos han dicho que es necesario ya para la Iglesia un Concilio Vaticano III, pero al volver a los textos de Péguy y de sus ‘alumnos’, comprendo cada vez más que lo necesario es profundizar en el Espíritu, que dio vida al concilio iniciado por el bueno de Juan XXIII. El CVII todavía no ha terminado, en la medida en que no hemos terminado de conspirar según el espíritu de aquellos que se dejaron sorprender por Jesucristo dejando de lado toda norma y toda estructura formal. 
No solamente Henri de Lubac y Karl Rahner, promotores y guías principales del Concilio leyeron a Péguy. Sino que toda esa generación de literatos, filósofos y teólogos le deben mucho, o casi todo, a Péguy. En el campo de los teólogos, podemos comenzar por mencionar a Hans Urs von Balthasar (quien, por cierto, no atendió directamente al Concilio) y podemos seguir la lista con nombres tales como Yves Congar. Pero en el campo de la literatura, los deudores son también  claros: León Bloy, Georges Bernanos, Francois Mauriac, Gabriel Marcel (también filósofo) y así podría enumerar en una lista sin fin con muchos otros. 
El asunto es que, más allá de los nombres y la gente famosilla, son las ideas encarnadas lo que de Péguy debemos, a mi juicio, mirar con más atención. 
Él fue un rebelde, y un buscador siempre honesto de la verdad. Eso es quizás lo más importante: independientemente de su camino, del lugar en el que estuvo, si dentro o fuera de la Iglesia, que si comunista, que si dreyfusard, que si teólogo, que si literato, que si filósofo, que si soldado. Todo eso, cada instante de esa dimensión de su vida fue un instante de amor a la verdad. 
Porque su conversión, como él mismo lo dice, no fue tal, sino un seguir por el mismo camino, un profundizar sobre lo ya visto y conocido, una exigencia de seguir andando. No convertirse era sencillamente quedarse parado y no vivir. Yo, de Péguy, soy su fans. Por muchas cosas, sobre todo por ese afán anitburgués de perseguir la verdad y la justicia por encima de la comodidad, por considerar vitalmente que más vale la pena vivir y morir exhausto que falto de hambre y regordete. 
Péguy tuvo muchos seguidores, aunque más bien post mortem. Por ejemplo Mounier, aunque a mi juicio Mounier no lo entendió bien, no lo comprendió cabalmente. Si bien la época y los tiempos de Mounier necesitaban un hombre como él, su lucha se politizó demasiado. Politización que es justamente la confusión que Péguy tanto recriminó a la Iglesia: la confusión entre la Ciudad de Dios y la Ciudad de los Hombres. (Confusiones, ambas, que se vivieron de manera paralela tanto en la Teología de la Liberación -izquierda-, como en la Acción Francesa, el Yunque y movimientos semejantes- derecha). La lucha política, y éste es el punto, no es lo propio del Cristianismo. Péguy recupera y con ello reconoce, los cimientos que pusieron los Padres para así construir la Iglesia Católica.

¿Cuándo comenzó la posmodernidad?

1900. Muere Friedrich Nietzsche.
1913. Marcel Duchamp expone su ‘Rueda de Bicicleta’.
1914. Comienza la Gran Guerra.
1929. Crisis en la bolsa de valores de E.E.U.U.: El Gran Crack.
1945. Termina la II Guerra Mundial.
1953. Watson y Crick descubren la doble hélice.
1962. Comienza el Concilio Vaticano II.
1968. Movimientos estudiantiles alrededor del mundo.
1969. El hombre llega a la Luna- Festival de Woodstock.
1981. Descubrimiento del SIDA.
1989. Cae el muro de Berlín.
1993 Aparece el primer visualizador gráfico de páginas web: Mosaic.
1997. Soda Stereo se disuelve.
2001. Caen las Torres Gemelas de NY.
2008. Gana Barack Obama las elecciones presidenciales de E.E.U.U.

¿Cuándo?