El surgimiento de la añoranza

Cuanto mayor es el tiempo que hemos dejado atrás, más irresistible es la voz que nos incita al regreso. Esta sentencia parece un lugar común, sin embargo es falsa. El ser humano envejece, el final se acerca, cada instante pasa a ser siempre más apreciado y ya no queda tiempo que perder con recuerdos. Hay que comprender la paradoja matemática de la nostalgia: ésta se manifiesta con más fuerza en la primera juventud, cuando el volumen de la vida pasada es todavía insignificante.

De las brumas del tiempo en que Josef estudiaba bachillerato veo sobresalir a una chica; es esbelta, hermosa, virgen, y está melancólica porque acaba de separarse de un chico. Se trata de su primera ruptura amorosa, sufre, pero su dolor es menos agudo que su asombro ante el descubrimiento del tiempo; lo ve como jamás lo había visto antes.

Hasta entonces el tiempo se le había revelado como un presente que avanza y se traga el porvenir; lo temía cuando avanzaba veloz (si esperaba algo malo) o se sublevaba cuando se hacía lento (si esperaba algo bueno). Pero ahora el tiempo se le revela de un modo muy distinto; ya no se trata del presente victorioso que se apodera del porvenir; se trata del presente vencido, cautivo, que el pasado se lleva. Ve a un chico que se aleja de su vida y se va, inaccesible ya para siempre. Hipnotizada, sólo puede mirar ese pedazo de vida que se aleja, resignada a mirarlo y sufrir. Experimenta una sensación del todo nueva, que se llama añoranza.

Esta sensación, este deseo invencible de regresar, le descubre de golpe la existencia del pasado, el poder del pasado, de su pasado; en la casa de su vida han aparecido ventanas, ventanas abiertas hacia atrás, a lo que ha vivido; ya no podrá concebir su existencia sin esas ventanas.

-Milan Kundera, La ignorancia

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Ensayo de un ensayo

A ver. Más o menos la idea es ésta: mostrar la relación que tienen la memoria, la angustia ante la muerte y la realización del destino del hombre. Es una cosa un poco rara, pero si articulo bien los conceptos me parece que puede salir algo razonable.

Podría apelar, sobre todo, al tratamiento que Tolstoi hace de la muerte en su pequeña y célebre novela ‘La muerte de Ivan Illich’, y de cómo este personaje hace un recuento de su vida, para lo que utiliza la memoria. Es así como ésta facultad remembrante entra en juego en la construcción del destino humano. La memoria es autoconocimiento, es conocer una vez más lo que ya hemos sido. Al recordar nuestra vida nos conocemos mejor a nosotros mismos, pues tenemos un acceso a nuestra identidad que no tenemos con sólo mirar al presente o al porvenir.
Esto me recuerda un poco a Platón, para quien conocer es simplemente recordar, la filosofía es así un esfuerzo por recordar lo que ya antes hemos conocido.
Lo trágico comienza cuando te das cuenta, a través de la memoria, que tu destino es la muerte: a través del recuerdo se revela la finitud y la dimensión temporal de nuestra existencia. eso significa que el recuerdo no solamente nos transporta al pasado sino que nos prepara para el futuro.
Tomando en cuenta que cada cosa tiene su destino dentro de sí, al modo como el chabacano estaba contenido en la semilla y así la semilla tenía su destino dentro de sí, dentro de nosotros está nuestro destino, nuestra finalidad. Tomando en cuenta también que recordar es ir a nuestro interior, penetrar en los abismos más profundos del alma humana, para decirlo con Agustín, entonces la memoria nos revelará no el pasado sino el futuro, es decir, nuestro destino: la muerte y, con ella, Dios (aunque de esto segundo habrá que decir algo más)
Por eso Illich se redime através del recuento de su vida, por eso para Platón la filosofía (ejercicio de la memoria) es la preparación para la muerte. Por eso la temporalidad en la que se desenvuelve la finitud humana consiste en asumir nuestra propia finitud: y si el tiempo no se utiliza en ello, erramos el camino hacia nuestro propio destino. No en tanto que no lleguemos a él, puesto que inevitablemente lo haremos, sino que erramos el modo como llegaremos a él.

Pero esto es el ensayo de un ensayo que debo escribir mejor.

Carnívoro idealista, vegetariano realista.

La comida dice mucho de una cultura. Está la frase ‘dime lo que comes y te diré quién eres’. Pero también, a veces, decir ese tipo de frases resulta fastidioso sobre todo si rememoran a alguna tía soltera.

Si cada quien puede ser catalogado por lo que come, pienso que los carnívoros son idealistas y los vegetarianos son, en cambio, realistas.

La revista Letras Libres publicó en junio de este año (2008), un número sobre los animales: de sus derechos, de su dignidad, de su lugar en la sociedad, de los animales fantásticos. Por supuesto, infaltable, se habló de los vegetarianos. Estos seres curiosos son una rara especie. Los hay de muchos tipos: los que solamente no comen carne roja, los que no comen ni carne roja ni pescado, los que no comen ni carne roja ni pescado ni huevo, y -he aquí los más extremos- los que no comen absolutamente ningún derivado de animales: nada de manteca, ni lácteos, ni nada de nada. ¡Animales!, les gritan éstos a los carnívoros, salvajes bestias que ingieren bestias.
Parece que quienes tienen estas actitudes de vegetarianismo y demás, operan bajo una racionalidad un tanto hippie, y típica del siglo XX. La idea de fondo es que realmente el hombre no es un ser superior de la naturaleza, sino tan sólo uno más, y que no tiene ningún derecho de utilizar a otros animales como alimento. Por otro laddo están quienes argumentan que los animales tienen vida mental, sentimientos, que tienen su corazoncito, se enamoran y demás. Ni hablar, por supuesta, de la Fiesta Taurina: es el Auschwitz de los toros.

Los vegetarianos van, por lo tanto, emparentados con los ecologistas, que piensan que el mundo se está acabando, que el hombre no ha respetado los ciclos de la naturaleza, que la barbarie humana es estúpida e ingrata y, ¡hombre!, que dejemos de manchar.

Dados estos argumentos hay quien dice que estos ecologistas y estos vegetarianos son cursis: buscan un mundo mejor, quieren que todos nos tomemos de las manos y giremos en una feliz rondalla cantando Doña Blanca. Parecería, entonces, que son cursis los que utilizan papel de doble uso, que son cursis los que no comen carne, los que no utilizan chamarras o zapatos de piel.

Yo sostengo, sin embargo, que ellos no son cursis, que ellos son tristes y tienen ojeras. Sostengo, en cambio, que el carnívoro es el más cursi de todos. Es cursísimo. El carnívoro ve al toro y no ve un animal: ve un ángel. Por eso le apetece. El vegetariano al ver al toro ve un amasijo de hebras proteínicas, de sangre revuelta con aminoácidos y nervios. Por eso le da asco. Por eso no lo quiere comer. Ve lo primero que ve y con eso se queda. Es un empirista, el vegetariano: es incapaz de comprender lo que un toro significa. El vegetariano ve en la vaca no más que un animal del reino animal con cuernos, manchas, ubres y quizá un cencerro. El carnívoro, en cambio, ve en la vaca el futuro pacífico y feliz de la engorda. Ve al suizo del chalet feliz y en paz consigo y con el mundo. Sólo un toro que es pensado como un gran animal, como un gran ser digno, puede ser comido. Si el toro, en cambio, es pensado como una revoltura de glóbulos rojos con tejidos, entonces que permanezca donde está, ahí lejos, guácala, ¡cómo me lo he de comer!, dice el vegetariano.

El carnívoro es, por lo tanto, el cursi. Piensa en un mundo idílico, en donde todo está en armonía y gira todo en constante progreso hacia mejor. El carnívoro es un humanista, que cree en la educación, en la Bildung del romanticismo alemán. Comer un rib-eye es creer en el futuro del hombre, ¡carajo!, y no andar pensando en el futuro de los dodos. El vegetariano es kitsch, duro consigo mismo, es un gran empirista, un deprimido cuya experiencia se reduce a lo que ve. El vegetariano sería incapaz de comprender y disfrutar a Goethe, a Paz, a León Felipe. En cambio el carnívoro, ¡hombre, sí que cree en la humanitas!

Carnívoro idealista. Vegetariano realista. El carnívoro al ver el toro ve a un gran ser, ve a un limpio animal, capaz de nutrir y mejorar al mundo, capaz de hacer estremecer los ánimos junto al vino y la sidra. Gracias al carnívoro el mundo avanza, porque sueña, sueña en utopías que mueven voluntades. El vegetariano es famélico, famélico de humanidad y de sueños, es un burdo realista y pesimista. El vegetariano es impotente. La vegetariana frígida. El ser humano que come carne, desea, y el deseo es lo que mueve al hombre. El carnívoro mira más allá, y mira también más acá. Es ejemplo del buen gusto. ¡Mirad al coloso! Imponente humanidad a la que el vegetariano está ciego. Ciego.

Resucitó

Los cristianos celebramos hoy el día de la Resurrección de Jesucristo. Es el día en el que Él venció a la muerte por el Amor. En este acontecimiento se funda la fe cristiana y toda la liturgia, es en este día en el que adquieren sentido todas las demás creencias de la fe en Jesucristo. Es un acontecimeinto, sin duda, dificil de creer, pero que responde tan absolutamente a las exigencias del corazón humano que se vuelve razonable.

El Amor pudo más que la muerte, pudo más que la soledad, que el abandono, que el infierno. El Amor logró superar la vida biológica para encontrar un significado vital que es indestructible. Cito a Ratzinger:

“Encontrarse con el Resucitado es una experiencia que nada tiene que ver con el encuentro con otra persona de nuestra historia, pero no debe limitarse a unas charlas de sobremesa y al recuerdo que luego se fraguó de que vivía y que continuaba su obra. Si interpretamos así el acontecimiento, nos quedamos en lo puramente humano y le sustraemos lo que tiene de peculiar. Pero los relatos de la resurrección son distintos y más que unas simples escenas litúrgicas adornadas, pues muestran el acontecimiento fundamental en el que se apoya la liturgia cristiana. Nos muestran que la fe no nació en el corazón de los discípulos, sino que les vino de fuera y los fortaleció frente a sus dudas y los convenció de que Jesús había resucitado realmente. El que yacía en el sepulcro ya no está allí, él mismo -sí, él mismo- ha resucitado. Ha entrado en el reino de Dios y es tan poderoso que puede hacerse visible a los hombres, que puede mostrar que en él el poder del amor ha sido más fuerte que el poder de la muerte.

“Sólo si aceptamos seriamente todo esto seremos fieles al mensaje del Nuevo Testamento y sólo así matendremos su alcance universal e histórico. Tratar de quitar cómodamente la fe en el misterio de la intervención poderosa de Dios en este mundo y querer mantenerse a la vez en el ámbito del mensaje bíblico, no conduce a ningún sitio. Porque no satisface ni a la lealtad de la razón ni a la pretensión de la fe. Profesar a la vez la fe cristiana y la ‘religión dentro de los límites de la mera razón’ es imposible. Hay que elegir inexorablemente. El creyente comprobará cada vez más lo razonable que es confesar el amor que ha vencido a la muerte.”

Joseph Ratzinger: Introducción al cristianismo, pp.257-8.

Es común que se objete al creyente la irracionalidad del acontecimeinto de la resurrección. La fe es criticada de un acto que niega la razón y que da un salto al vacío, más o menos como Kierkegaard interpretaba el hecho religioso. Hay dos variables que han de ser articuladas para apoyar o negar la afirmación anterior: la razón y la fe. Parece que el contenido de la fe no puede estar de acuerdo con la razón. Lo que Ratzinger quiere decir es que el acontecimiento de la resurrección es un acontecimiento que supera al intelecto humano, que el relato bíblico muestra que lo que vivieron los apóstoles fue un hecho que, en primer lugar, les vino de fuera: les salió a su encuentro una realidad que ellos no eligieron y que les superaba con mucho, y en segundo lugar, que ese hecho colmó a tal grado las necesidades humanas de sentido, y que esa razón fue suficiente para creer.

No podemos dejar de lado la grandeza del acontecmiento mismo y sobresimplificarlo para hacerlo más comprensible al no creyente; es quitarle lo que tiene de grandeza y de misterio. Para que la fe pueda penetrar en el corazón es, pues, necesario, admitir la fragilidad de la persona, nuestra finitiud y nuestra gran necesidad de amor. Cuando admitimos que necesitamos y que deseamos un Amor absoluto, la fe cristina se torna esperanzadora y completamente razonable. El Amor, literal: el Amor, ha vencido a la muerte.

Feliz Pascua de Jesús Resucitado.

Sólo las manos

Nunca me ha gustado peinarme con cepillo. O peine.

De niño mi madre me peinaba. Yo detestaba cómo quedaba mi pelo endurecido por el gel y tremendamente de lado. Utilizaba un cepillo-peine, era algo raro, una combinación entre ambas. Algo así como Catdog, el perrogato de la caricatura.

Considero que mi niñez terminó cuando logré independizarme de mi madre respecto del peinado escolar. Al principio, yo me seguía peinando como ella lo hacía. Yo ya era independiente, pero vivía atormentado por el ideal de persona que había comenzado a fraguar en mi. Fue más tarde cuando comencé a desear por mi mismo. No recuerdo bien cuándo fue que me peiné para atrás por primera vez, pero debió haber sido, aproximadamente, por primero de secundaria.

A partir de ahí, todo ha sido la conquista de la autonomía y la independencia. O sea, todo cuesta abajo. ¿Quién iba a pensar que en el momento en el que dejara de peinarme de lado, como mi madre lo hacía, conquistaría al mismo tiempo la responsabilidad de tomar las riendas de mi vida? Lo único que quería era peinarme como yo quería. Y obtuve responsaibilidades, angustias, miedos, presiones. De la inocencia del acomodo del cabello a la adultez del que tiene que dar la cara y erguirse frente al mundo.

Nunca fui de los que peinaban con limón, o jitomate, o algún otro alimento. Siempre fue gel. Las historias que contaban acerca de la ensalada capilar fueron para mí siempre historias míticas. Seguramente sí había muchos niños, pobrecillos, a quienes eso les pasó. Pero, afortunadamente, a mí no. A mí me pasó otra cosa. A mí me peinaban tan de lado que creo que las raíces y mi cuero cabelludo sufrieron alteraciones respecto de su desarrollo natural. Ahora me es más difícil acomodar el pelo de un lado de mi cabeza que el pelo del otro lado de la cabeza. Es curioso. Y no me gusta tanto. En cierto modo agradezco a mi madre por no haber utilizado conmigo elementos comestibles, pero sí he de reprocharle la cantidad de veocinco que se endurecía en mi cabeza, y que después del primer recreo terminaba igual que como si no hubiera liberado sobre mí ninguna sustancia. El hoyo en la capa de ozono fue, seguramente, provocado por la cantidad de gel utilizado en mi pequeña cabeza de niño.

Me da la impresión de que el peine es detestable. Tal vez es un introyecto, pero cuando pienso en un peine me vienen a la mente dos imágenes: a) Danny Zuko sacándolo del bolsillo trasero de su yin entubado y luego pasárselo por un lado de su cabellera. Totalmente cool. Si vivieramos en los cincuenta. Pero súper ‘retro’ y más bien ‘out’. b) Un señor de cuerpo sumamente arrugado y pecoso, que camina semidesnudo despidiendo aroma a ‘Brut’, de ésos que únicamente se ven en la vida cuando uno ha ido a un sauna o al vapor de un club.

Ambas imágenes hacen que el peine sea una figura, para mí, anticuada, rancia, obsoleta y maloliente inclusive.

Los cepillos, son de mujeres.

Lo único que me resta para acomodar mi pelo son mis manos.

Un texto no mío

Phi. Lord Chandos escribió lo siguiente, a partir de un post de este mismo blog, hace algunos días:

Muy teológicos estos chicos. Yo estoy de acuerdo con todos. Sólo agregaría algo: el corazón del hombre, en su estado actual, es incapaz de amar al prójimo como un fin en sí mismo. Si pensamos con sinceridad, descubrimos lo difícil que es, hasta para un buen cristiano, la auténtica caridad. San Agustín habla de una curvatio se ipsum del corazón.

El único ser que ha amado al hombre sin necesitar absolutamente nada de él es Dios. Y esta forma de amor, la caridad perfecta, se encarnó en un corazón humano, el de Cristo. A mi modo de ver, el Verbo toma carne para que el hombre pueda renunciar a su corazón egoísta –“Si el grano de trigo no muere… (Jn 12, 24)”–, y pueda amar con ese otro Corazón divino-humano. De lo contrario, el amor universal (a todo hombre, a toda la creación), al modo de San Francisco, sería imposible.

La caridad, según el CIC, es el amor a Dios, y por Dios, al prójimo. Es decir: por la Encarnación, el hombre está llamado a amar a lo demás como Cristo los amó – “Amaos los unos a los otros como yo los he amado” –, y el primer paso para lograr esto es reconocer, como bien decía Diego, el amor de Dios en Cristo. Y aún más: el hombre está llamado a amarse a sí mismo como Cristo se amó a sí mismo, pues Él, “le revela al hombre lo que es el hombre”. ¿Cómo se amó Cristo a sí mismo? Según creo, y me apoyo en el concepto “relación” que Ratzinger expone en su Introducción del cristianismo y en el concepto “missio” y “apóstol” (enviado) de Balthasar, en la absoluta obediencia a la Voluntad del Padre. Toda la existencia de Cristo consiste en su misión, en su ser absoluta relación (el Hijo se dice en relación a un Padre) que no guarda ni quiere nada para sí mismo –“El hijo no puede hacer nada por sí mismo (Jn 5, 19-30)”–. Por esta razón – no tener ningún querer propio – El Verbo encarnado puede afirmar: “El Padre y yo somos uno (Jn 10, 30)”. El hombre, a su vez, necesita renunciar plenamente a sí mismo (aversión a uno mismo y conversión a Dios es una de definiciones de la caridad; y viceversa, del pecado) para identificarse con Cristo –“Sin mi no podéis hacer nada” – y lograr la plenitud de la vocación cristiana: la santidad –“Sed santos como el Padre celestial es santo”. Parece que en este planteamiento no cabe el amor propio. Concluye Ratzinger:

Todo lo que hemos dicho de Cristo puede aplicarse a los cristianos. Ser cristiano significa para san Juan ser como el Hijo, ser hijo, no quedarse, pues, en sí mismo ni consistir en sí mismo sino vivir radicalmente abierto al “de” y al “para”. Porque el cristiano es Cristo, vale también para él. En tales expresiones verá lo poco cristiano que es. (Introducción… p.p. 158-159)

Parecería que la dialéctica entre el amor a uno mismo y el amor al prójimo sólo se puede plantear en una visión individualista de la existencia. Mas la auténtica existencia del cristiano es la comunión –“Que todos seamos uno, como tú en mí, Padre, y yo en ti” (Jn 17 11-12) – o, en términos filosóficos, la coexistencia. Si toda su vida depende absolutamente de su relación (y, por tanto, la relación no es un accidente, sino que se encuentra en el mismo plano de la sustancia) con Dios y con los demás, y el tiene conciencia plena de esto, es decir, ha sufrido una conversión profunda (metanoia), amarse a sí mismo y amar a los demás se identificarán. De ahí que, en la comunión de los Santos, el pecado y la virtud individual afectan a todo el Cuerpo, la Iglesia.

“Amen al prójimo como a ustedes mismos” parecería una formulación pedagógica del mandato de la caridad: es más fácil comprender el amor al prójimo partiendo de la tendencia natural de todo hombre de amarse a sí mismo. Pero la plenitud de tal formula es la dada en la última cena, momentos antes de la institución de la Eucaristía, que permitiría vivir una comunión plena con Dios y con los hombres: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. La forma de este mandato es mucho más radical y exigente que la primera (no son comparables); mas para esto, el hombre cuenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo: la Comunión de los Santos. Amar al prójimo como Cristo lo amó implica un desasimiento absoluto del amor propio, al extremo del sacrificio, del martirio, donde expresamente hay un desprecio del “yo” (la autoconservación) con el motivo de amar al otro. De ahí que el martirio sea la máxima expresión del testimonio (martyrion significa testigo) Este desprecio radical sólo toma sentido en el amor; de lo contrario, sería pernicioso y morboso.

A la objeción del existencialista: al hombre se le pide, en todo caso, amarse a sí mismo como Cristo se amó; y Él se amó, amando absolutamente la voluntad del Padre, es decir, despreciando su propia voluntad. Pero en ese desasirse de sí mismo logra la perfecta comunión con el Padre, la plenitud del Amor. Esa es la gran paradoja cristiana, creo. Un hombre que se desprecie, sin la finalidad de tener mayor disponibilidad para amar como Cristo amó a los hombres, no es un cristiano; un hombre que se amé a sí mismo, sin la conciencia de que ese amor es amor a la Comunidad –con todo el contenido ético que esto implica: un sano amor propio –, tampoco lo es. El Derecho y la Moral únicamente son verdaderos desde un concepto de libertad esencialmente (ontológicamente) relacional. La libertad entendida individualmente he generado la profunda crisis actual en cuestiones de bioética y Derechos humanos.

Una breve reflexión: el amor de Dios a sí mismo es tan perfecto que se derrama eternamente como engendramiento del Hijo. Y entre el Hijo y el Padre la plenitud de amor se derrama, desde toda la eternidad, como el Espíritu. En el Dios cristianismo (Unitrino) no hay amor propio individualista; por el contrario, hay espacio de libertad para la entrega absoluta. Dice Agustín: “En Dios no hay accidentes, sino sólo sustancia y relación (Enarraciones sobre los salmos 68 I, 5)”. Pero no debe entender como dos cosas distintas, pues la sustancia se realiza en la entrega amorosa y recíproca de las personas, según Balthasar. El amor siempre es social, y como tal, logra la plena unidad. Al decir de Ratzinger: hay mayor unidad en la comunidad de amor que en el átomo aislado.

Mucho más habría que decir, pero hace tiempo rebasé la extensión “normal” de un comentario.

Salud, pues.

ARM.

P.S. Mucha luz sobre este tema arrojan las obras de Walter Kasper (El Dios de Jesucristo), Angelo Scola (Antropología Teológica), Joseph Ratzinger (Introducción al cristianismo) y Balthasar (Verbum Caro) y varios (Mysterium Salutis V. 5 El cristiano en el tiempo y la consumación escatológica) –ya sólo con el título impacta, creo.

P.S. 2 Gracias por revivir mi interés cristológico. Voy a ponerme a leer de nuevo.

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…y eso fue lo que escribió