Quiero

toda la ´’Biblioteca Medieval’ de Siruela.

Son libros élficos.

Pero están de mírameynometoques.

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Gone

Escribo sin pensar mucho. Eso consiste en un movimiento digital que no requiere de un período reflexivo anterior al movimiento mismo. Pienso en Elizondo, en Cortázar, pero también pienso en Plotino, en Sófocles y en Auster. Pienso, ahora sí de manera reflexiva, que pensar a veces no es tan acertado como para vivir una vida buena. Pero lo hago pensando. Y luego pienso que no puedo hacer nada sin pensar, pero también pienso que existe una vida cotidiana llena de eventos que construyen mi presente y que no necesariamente los estoy pensando.

Ahora escribo. Y escribo que escribo, como lo hizo el poeta. Pero tamién puedo escribir que no escribo y entonces lo que escribo será falso. Vacuo, en el sentido de la verdad, pero tal vez bello -sin afirmar que esto lo sea, porque también sería vacuo-.

Ahora he querido escribir algo y pronunciar tecleando ciertas notas literales, no sonoras. Quizás en tí lector, cuando las leas, te venga un retumbar en la caverna capital de cuerpo de manera que coloques en cada letra que lees un sonido asociado a ella y así generes la capacidad de leer en voz alta.

Antes escribía. Y escribía que escribía, como el poeta. Ahora igual, aunque no lo mismo. Porque lo mismo no se puede dar en dos momentos distintos, siempre habrá una diferencia. Sé que esto recuerda a Heráclito, pero también recuerda a las mujeres. Por aquello del cambio ¿no?

Estoy trastornado, débil, confundido.

Ella se ha ido. Eso lo explica todo.

¿No?

El Señor de la Vida

Lloraba.

La vida le había sido arrebatada y ni siquiera Muerto lo podía tocar. La resurrección para ella significaba soledad; una soledad mucho más cruel que todas las vividas anteriormente.

Lloraba su muerte. Porque al ver morir a la Vida, la vida había muerto en ella. Si por lo menos pudiera llevar la muerte sobre sus hombros…

Se inclinó hacia el sepulcro -ciudad de la muerte- y encontró Mensajeros de Vida.

-Mujer, ¿por qué lloras?

Ingenuidad celestial. Asombro de resurrección que no comprende el dolor de la muerte. La Vida se acercó a la mujer ue lloraba su muerte. Ella, entre sus lágrimas, no alcanzó a ver más que a un hombre: Hombre con sabor a tierra; Dios jardinero con pies de barro.

-Mujer, ¿por qué lloras? -repitió el Señor Jesús la pregunta que el Cielo se hacía.

Levantó sus ojos y una ausencia infinita brotó de ellos.

-¿A quién buscas? -preguntó la Vida.

-Señor -respondió la mujer enamorada-, si tú lo has sacado, dime dónde lo pusiste y yo me lo llevaré.

– ¡María! -dijo el Señor.

-¡Rabbuní! -exclamó la fe en la Vida.

María se arrojó a los pies de su Maestro. Jesús se inclinó hacia ella. Le secó sus lágrimas. Le sonrió. Ya no eran la Misericordia y el pecado que se encontraban, sino dos corazones que se acaban en un amanecer de vida.

-Ya suéltame -le ordenó Jesús-, porque todavía no he subido al Padre. Anda a decirles a mis hermanos que subo al Padre, que el Padre de ustedes; y a mi Dios, que es el Dios de ustedes.

María se arrancó con dificultad de aquel cuerpo que era su vida. Dio unos pasos. Se volvió. El Señor Jesús la animaba a ir con los demás: en ellos descubriría al Señor de la Vida.

De: Enrique Ponce de León SJ, El Señor Jesús, Buena Prensa, México.
Imagen: Fra Angelico, Noli me tangere, 1425-30