Gone

Escribo sin pensar mucho. Eso consiste en un movimiento digital que no requiere de un período reflexivo anterior al movimiento mismo. Pienso en Elizondo, en Cortázar, pero también pienso en Plotino, en Sófocles y en Auster. Pienso, ahora sí de manera reflexiva, que pensar a veces no es tan acertado como para vivir una vida buena. Pero lo hago pensando. Y luego pienso que no puedo hacer nada sin pensar, pero también pienso que existe una vida cotidiana llena de eventos que construyen mi presente y que no necesariamente los estoy pensando.

Ahora escribo. Y escribo que escribo, como lo hizo el poeta. Pero tamién puedo escribir que no escribo y entonces lo que escribo será falso. Vacuo, en el sentido de la verdad, pero tal vez bello -sin afirmar que esto lo sea, porque también sería vacuo-.

Ahora he querido escribir algo y pronunciar tecleando ciertas notas literales, no sonoras. Quizás en tí lector, cuando las leas, te venga un retumbar en la caverna capital de cuerpo de manera que coloques en cada letra que lees un sonido asociado a ella y así generes la capacidad de leer en voz alta.

Antes escribía. Y escribía que escribía, como el poeta. Ahora igual, aunque no lo mismo. Porque lo mismo no se puede dar en dos momentos distintos, siempre habrá una diferencia. Sé que esto recuerda a Heráclito, pero también recuerda a las mujeres. Por aquello del cambio ¿no?

Estoy trastornado, débil, confundido.

Ella se ha ido. Eso lo explica todo.

¿No?

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