El imperio de la fuerza

Edith Stein como enfermera en
un poblado austriaco, en la Gran Guerra.

Si hay alguna lógica que impera en este mundo roto es la lógica del poder. El imperio del poder, la dictadura de la instrumentalización, el despotismo del más fuerte. Esto no es mundo sino selva.
Sólo bajo estas ideas puedo explicarme que la profesión de médico pueda ser considerada como paradigma de éxito por encima de la enfermería.

Como si la salud fuera tan importante y el cuidado una limosna. El médico es endiosado y la enfermera vituperada, escupida, despreciada. La hacen entrar por la puerta de atrás, le pagan no más que para las algarrobas y le roban la dignidad con el acoso sexual. La hacen comer junto al orinal y la abofetean verbalmente.

Lo propio del médico es hacer lo que esté en sus manos para devolver la salud al enfermo. ¡Oh, diosa salud! Te veneramos como si fueras la esperanza. Y por eso te pagamos, divino médico, apenas lo mínimo para que comas zetas y trufas. “Disculpe usted que no podamos pagarle más pero es que ya le hemos quitado todo a la enfermera.”

Si tan sólo fuera eso lo único, la situación merecería no más que alguna despotricada y uno que otro pequeño golpe. El problema no se encuentra tanto en el sueldo sino en la veneración desproporcionada a quien no hace sino paliar el dolor y quitarnos la muerte de enfrente, a quien no hace más que cegarnos de nuestra finita realidad con medicinas y colocarnos en un mundo irreal. La vida se ha vuelto un fetiche, dice Illich. Y yo le creo. Porque el poder ha ganado y la lógica nietzscheana del más fuerte sigue imperando. Vamos al abismo, si seguimos en esa dirección.

El médico nos receta, la enfermera nos acompaña. ¿Qué es más importante: la salud o el cuidado? La salud no es imprescindible para la vida. ¡Cuántas vidas encuentran su sentido en el dolor, en el sufrimiento y en la enfermedad! El Burgués se define como aquél que dedica su existencia a torear al sufrimiento. Acomodarse es la peor enfermedad del hombre.
Porque la enfermedad y el dolor dan sentido a la pequeña y finita existencia. Porque la enfermedad es esencial al hombre y nos recuerda nuestra esencia y nuestra finitud. ¡Qué hace el médico, pues, sino deshumanizarnos, hacernos menos seres humanos, alejarnos un poco más del contacto con la Verdad!

¿Quién necesita realmente la salud? La muerte será inevitable. Evitar la enfermdad no es más que prolongar nuestro destino. Pero ¡aaaah! Venerable médico que eliminas el sufrimiento y me vuelves inmortal. Te venero, te pago y te levanto una estatua, un busto o nombro una calle en tu honor.

Enfermería: cuidado del otro, higiene, entrega total. El sufrimiento tiene un papel que jugar en la existencia. La suciedad no. La soledad no. La mugre no. El dominio del otro no. No la humillación. ¿Quién si no la enfermera hace una labor de humanización? Es ella quien acompaña, quien mata a la soledad de un tiro, quien dignifica el sufrimiento y lo hace valedero, quien agita el badajo llamando a la cruzada por la dignidad. La enfermera no elimina a la humanidad, la libera para siempre. De alguna enfermedad moriremos, y el médico al final no tendrá nada qué hacer. La salud es, por ello, pasajera. La higiene, la compañía, la dignidad, en cambaio, son eternas. Porque por ellas entramos al bien morir, porque ellas nos abren el camino a un buen final. Por eso permanecen y son intemporales. Por eso la enfermería es sublime.

¡Qué lógica tan insensata la nuestra! El mundo está patasarriba. ¿Cómo colocar a la medicina en el pedestal de la realización y en cambio meter al cuidado y a la compañía en la pocilga de los males necesarios? La enfermera es la encarnación de la caridad, el adalid y estandarte de una vocación a la vida de profundo y completo servicio. No mayor don que la enfermería. El médico, ¡bah! mero ejercicio de una técnica. Técnica convertida, por cierto, en aparato de dominación social.

El médico no hace más que conocer y aplicar el conocimeinto a lo conocido. La enfermera no hace más que dejar la piel y sumarse arrugas en el rostro en pos de la dignidad de quien siente dolor, que ese dolor se convierta en sufrimiento y no termine en vacuidad, vana vacuidad. Salud: vanitas vanitatis.

La vocación de la enfermera es lo verdaderamente loable. Sólo un corazón pervertido puede ver en la entrega de la enfermera, en la dignificación del enfermo, en la coronoación del don, al albur de las profesiones. Sólo aquél que estúpida e ingenuamente pretende ser súper hombre y no hace mirar más que su propio ombligo reventando en billetes, hinchado de sí mismo, piensa que médico es más digno que enfermera.

No quiero denigrar la profesión de la medicina. Pues su valor es incalculable. Lo que me preocupa es el fetichismo, el vellocino de oro que se construye alrededor de ella con el oro de los pobres. Y con un poco de presión, ni siquiera esta idolatría pagana hacia el médico es tan preocupante. Lo triste, lo desastrozo, lo deseperante, es la denigración hacia quien hace morir dignamente. El rechazo y la vuelta de espalda a quien no hace más que entregar sus días al bien de las personas concretas y reales. Nada de hacer el bien a la masa, al mundo. La enfermera se encuentra con la realidad humana cara a cara. La enfrenta, es abrazada por ella. Y ella la acoge en su seno maternal, caritativo, amoroso y para nada domesticado. Porque quien está domesticado está institucionalizado. Y quien ha sido convertido en institución no hace más que repetir burocráticamente un programa establecido por una entidad anónima, perdiendo en el camino, en cada tropiezo, un poco de su individualidad y de su personalidad. La enfermera es la menos institucionalizada del mundo. Por más que se convierta en profesión y hasta exista un sindicato, en el corazón de la enfermería está, brillando y palpitando, un hambre por el ser concreto, un hambre por lo que es la verdadera salvación: no una salud hedonista, sino el cudiado, la compañía y el sentido del dolor y el sufrimiento.

Lo repito: ¿Cuántas vidas no encuentran su sentido en el sufrimiento? ¿Cuántas enfermedades no santifican almas y cuántas almas no son purificadas en la humildad por el cáncer? En cambio, me permito ahora preguntar: ¿Cuántas personas encuentran su sentido en la mierda? ¿Cuántas vidas ven cumplido su destino en la soledad y en la suciedad, en el desaseo? La salud, por tanto, es prescindible. La higiene, el cuidado y la compañía, no. Son éstas las condiciones mínimas de posibilidad para que cuando la muerte llegue sea bien recibida. Porque llegará, inevitablemente. Más nos vale aceptarla e invitarla a tomar el té en un lugar limpio y rodeado de niños. La enfermera es quien lo logra, es quien limpia la casa y dignifica el hogar para recibir a las visitas.

Mundo roto, mundo que aborta a las enfermeras y clona a los médicos. Vamos rumbo a una eugenesia del superhombre. Y parece que no hay vuelta atrás.

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Subibaja

Este año todo subió de precio.
Y para muestra basta, como quien dice, un botón: los lavacoches ya cobran $25.

Todo subió.
Bueno: todo excepto la tenencia de mi coche.

¿Cómo va a ser?

“Ivan Illich vio que se moría y su desesperación era continua. En el fondo de su ser sabía que se estaba muriendo, pero no sólo no se habituaba a esa idea, sino que sencillamente no la comprendía ni podía comprenderla.
“El silogismo aprendido en la Lógica de Kiezewetter: «Cayo es un ser humano, los seres humanos son mortales, por consiguiente Cayo es mortal», le había parecido legítimo únicamente con relación a Cayo, pero de ninguna manera con relación a sí mismo. Que Cayo -ser humano en abstracto- fuese mortal le parecía enteramente justo; pero él no era Cayo, no era un hombre abstracto, suno un hombre concreto, una criatura distinta de todas las demás: él había sido el pequeño Vanya para su papá y su mamá, para Mitya y Volodya, para sus juguetes, para el cochero y la niñera, y más tarde para Katenka, con todas las alegrías y tristezas y todos los entusiasmos de la infancia, la adolescencia y la juventud. ¿Acaso Cayo sabía algo del olor de la pelota de cuero de rayas que tanto gustaba a Vanya? ¿Acaso Cayo besaba de esa manera la mano de su madre? ¿Acaso el frufrú del vestido de seda de ella le sonaba a Cayo de ese modo? ¿Acaso se había rebelado éste contra las empanadillas que servían en la facultad? ¿Acaso Cayo se había enamorado así? ¿Acaso Cayo podía presidir una sesión como él la presidía?
“Cayo era efectivamente mortal y era justo que muriese, pero «en mi caso -se decía-, en el caso de Vanya, de Ivan Illich, con todas mis ideas y emociones, la cosa es bien distinta. Y no es posible que tenga que morirme. Eso sería demasiado horrible».
Leon Tolstoi, La muerte de Ivan Illich

Leon Tolstoi

Gone

Escribo sin pensar mucho. Eso consiste en un movimiento digital que no requiere de un período reflexivo anterior al movimiento mismo. Pienso en Elizondo, en Cortázar, pero también pienso en Plotino, en Sófocles y en Auster. Pienso, ahora sí de manera reflexiva, que pensar a veces no es tan acertado como para vivir una vida buena. Pero lo hago pensando. Y luego pienso que no puedo hacer nada sin pensar, pero también pienso que existe una vida cotidiana llena de eventos que construyen mi presente y que no necesariamente los estoy pensando.

Ahora escribo. Y escribo que escribo, como lo hizo el poeta. Pero tamién puedo escribir que no escribo y entonces lo que escribo será falso. Vacuo, en el sentido de la verdad, pero tal vez bello -sin afirmar que esto lo sea, porque también sería vacuo-.

Ahora he querido escribir algo y pronunciar tecleando ciertas notas literales, no sonoras. Quizás en tí lector, cuando las leas, te venga un retumbar en la caverna capital de cuerpo de manera que coloques en cada letra que lees un sonido asociado a ella y así generes la capacidad de leer en voz alta.

Antes escribía. Y escribía que escribía, como el poeta. Ahora igual, aunque no lo mismo. Porque lo mismo no se puede dar en dos momentos distintos, siempre habrá una diferencia. Sé que esto recuerda a Heráclito, pero también recuerda a las mujeres. Por aquello del cambio ¿no?

Estoy trastornado, débil, confundido.

Ella se ha ido. Eso lo explica todo.

¿No?

¿Dónde está el detalle?

No haré caso omiso de lo que me ha dicho Khristo.

He querido escribir y ahora que me siento frente al tablero debo pensar sobre qué quiero escribir. Esto no debe ser difícil, en teoría. Aunque en la práctica parece que sí es dificil. Los que saben escribir dicen que es fácil, que solo tienes que pensar en cualquier cosa de la vida cotidiana y bam!, ahí tendrás un excelente tema para un escrito. Pero eso es sólo lo que dicen. La verdad la verdad también les cuesta un chingo de trabajo. Pero no les importa, porque eso es lo que quieren, y dicen que son ahora grandes escritores porque soportaron grandes dolores frente al papel o la máquina o la computadora. Que ahora son grandes porque se despertaban a las seis de la mañana y escribían durante tres horas seguidas antes de desayunar. Eso lo escuché en una entrevista a García Márquez, pero eso no importa ahora, porque hablo de lo bueno en general, no de lo bueno en particular, y eso implica no poner ejemplos. Pero ese dolor del escritor es igual al niño a quien no le importa el dolor de cabeza posterior al berrinche, con tal de conseguir su Gansito. O su golosina, para hablar en general. Una golosina es lo que quiere. Igual que no les importa a mis alumnos el dolor que sienten en sus cuerpos cuando van al gimnasio, con tal de aumentar el volumen de sus biceps. Mujeres y admiración es lo que quieren.

Todo eso está bien. Pero no podemos negar el sufrimiento y el dolor que todos vivimos alguna vez en algún ligero momento de nuestras vidas cuando queremos inflamar nuestros pechos de orgullo y vivir la serenidad exultante de una meta lograda. Ay, las ilusiones. Sí, little things that make us move our asses.

Y por ahí vamos por la vida, dando brinquitos como un gordo saltarín ridículo que cree que la vida consiste en la búsqueda y el cumplimiento de ciertas metas. La verdad, admitámoslo, es que la vida cansa, la vida harta. Nos cansa mantener las amistades, nos cansa lograr lo que queremos, nos cansa descansar, porque ya queremos hacer algo para cansarnos y luego descansar. Descansar cuando seamos viejos, nos duela la espalda y lo único que tengamos sean unas hijas que nos cuiden y nos den de comer.

Pero en ese momento tal vez tengamos todo, y lo hayamos conseguido todo. Porque vivir exhaustos es lo único que a gritos nos pide la pinche grandiosa vida, y si tenemos alguien que nos cuide en la vejez es porque lo hicimos bien. Todo bien. Que implica también algo mal, mucho mal, pero eso significa todo bien. Creo. Y ahí está el detalle. Porque aunque la vida canse, para eso está: para que la vivamos exhaustos.

Imagen: Neoz Day Bed, diseñada por Philippe Starck hace aprox. unos diez años.

De juegos y vida cotidiana

El dominó es una cosa buena. Cada ficha está dividida a la mitad y cada una de estas mitades tiene una cierta cantidad de puntos. O ningún punto. Las fichas pueden ser de cualquier material sólido que no permita ver, por el reverso, la cantidad de puntos de las fichas, de manera que la intimidad de éstas se respete y sólo pueda acceder a ellas el dueño de las fichas.

Deben ser cuatro jugadores. Hay quienes, cuando se dan cuenta que sólo son tres jugadores, improvisan un ‘beisbolito’ (se juega diferente, aunque el sistema de juntar partes iguales no se ve modificado), pero eso es sólo un poco divertido, no tanto como el dominó dominó.

Los cuatro jugadores se sientan en unas sillas alrededor de una mesa, de preferencia cuadrada para definir bien el campo de cada uno de los participantes. Se juega por equipos de dos integrantes, que se definen por la posición de los jugadores en la mesa: los dos jugadores de un equipo están sentados frente a frente. Para saber quién es tu contricante, sólo deberás voltear a la izquierda o a la derecha o ambas y ver la cara de las personitas ahí sentadas. Para saber quién conforma el resto de tu equipo, sólo deberás abrir los ojos y dirigirlos al frente, ahí está tu ‘compañero’. A mi modo de ver las cosas llamarle así resulta un poco morboso porque todos en el juego se acompañan yme recuerda en alguna medida al concubinato. Aunque no tendría por qué se rasí. Hay quien, en cambio, le llama ‘pareja’, pero eso resulta todavía más morboso y muy malo. Ni que estuvieramos bailando o fuéramos policias. Pero esto no es tan importante.

Una vez que los jugadores están sentados y con todas sus ilusiones en el triunfo, cada uno toma siete fichas al azar, sin ver qué cantidad de puntos tiene. Si ve es trampa y en una cantina le cortarían la mano. Los cuatro jugadores deberán acomodar sus siete fichas, puede ser de manera horizontal o vertical sobre la mesa, pero he de decir que se estila más la posición vertical y colocándolas en fila de manera que se pueda tener una primera aproximación al tipo de juego en un sólo vistazo. Esto respecto a la forma de las fichas.

Respecto al contenido, también existen teorías sobre el modo en que deben acomodarse. Lo más normal es acomodarlas de mayor a menor o de menor a mayor, pero eso no se dice y por eso no lo escribiré ahora. Porque, oh, lector mío, deberás saber que hay en el dominó muchas cosas que no se dicen. De hecho, una de las reglas es que no se debe decir nada. Sin embargo, ahora que el juego ha ido adquiriendo popularidad, los jugadores se permiten soltar ciertas frases al aire, tipo: “órales mano, sí sacaste el petróleo”, “¿por qué te doblas siempre?, cabrón”, “salud” o “me metiste un gol” -entiéndase que por analogía con el futbol-.

El juego comienza cuando el que tiene la ficha de más puntos: 6 puntos de un lado y 6 puntos del otro, la pone. Debe colocarla bocarriba (puntos arriba) y de manera horizontal (las fichas no pueden ser cuadradas, sino rectangulares) respecto de su pecho. Si no se hace esto, los contricantes tendrán derecho a sospechar de él.

El siguiente turno es de quien esté a su derecha. Éste deberá colocar una ficha que tenga, en una mitad un 6 y en la otra cualquier otro número, pongamos por ejemplo, 6-3. Quedará así un sistema de dos fichas: de un lado un 6, (gracias al doble 6) y del otro un 3. El siguiente jugador deberá mirar en sus propias fichas si tiene un 6 ó un 3, puesto que esos son los extremos del nuevo sistema que se ha formado. Si lo tiene, deberá colocar la ficha elegida (el 6 ó el 3) en contacto con la ficha que colocó uno de los jugadores anteriores.

Así se jugará, de turno en turno, siempre hacia la derecha, de modo que se vaya construyendo un ‘caminito’. Gana el que termine primero de acomodar sus fichas en el caminito. Inexplicablemente, también ganará su ‘compañero’.

Solución a dos problemáticas (FAQ’s):

a) ¿Que pasa si a todos se nos olvida de quién es turno?

Lo primero es no perder la calma. El procedimiento es el siguiente: alguien preguntará: “¿A quién la va?” o, en su defecto “¿A quién le toca?” A esto se deberá responder automáticamente: “Al que pregunta” y así es como se soluciona el problema.

b) ¿Qué pasa si un jugador ya no puede tirar porque no hay ningún ‘match’ entre sus fichas y las que están bocarriba en la mesa formando un caminito?

Si el jugador en turno no tiene una ficha en la que al menos una mitad sea igual a al menos uno de los extremos de la cadenita o caminito que se ha ido construyendo, deberá decir ‘paso’ y ceder su turno al jugador de la derecha. Hay quien dice ‘paso sin ver’, pero eso es teto. De hecho, es muy teto. Es tan teto que si alguien lo hace se le deberá dar un puntapié en su trasero o en la espinilla, según se le traigan ganas, y así sacarlo del juego. En otros paises, creo que en China y en Mauricio, se permite patearle los huevos.

Y quiero una playera así: