Ok,

está bien, lo admito. 

Quizás sí es cierto que la modernidad tiene muchos problemas, que estamos cada vez más desencarnados, que nos ha alienado, que todo es ahora horrible, impersonal, controlado, instrumental, individualista, que todo está normativizado, que la burocratización está del caramba, que los medios de comunicación nos aíslan, que los medios de transporte provocan mucha desigualdad, que la salud es un fetiche, que la urbanización provoca una miseria horrible, que nos estamos chingando el mundo con la industrialización y la contaminación, que cada vez es más difícil vivir en comunidad, que nos estamos volviendo esclavos de la tecnología, que el capitalismo asqueroso es asqueroso y, en fin, que nos estamos pudriendo en este horrible mundo.

Pero lo que sí me resisto a pensar es que la humanidad haya sido pendeja durante los últimos 500 años. 
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El imperio de la fuerza

Edith Stein como enfermera en
un poblado austriaco, en la Gran Guerra.

Si hay alguna lógica que impera en este mundo roto es la lógica del poder. El imperio del poder, la dictadura de la instrumentalización, el despotismo del más fuerte. Esto no es mundo sino selva.
Sólo bajo estas ideas puedo explicarme que la profesión de médico pueda ser considerada como paradigma de éxito por encima de la enfermería.

Como si la salud fuera tan importante y el cuidado una limosna. El médico es endiosado y la enfermera vituperada, escupida, despreciada. La hacen entrar por la puerta de atrás, le pagan no más que para las algarrobas y le roban la dignidad con el acoso sexual. La hacen comer junto al orinal y la abofetean verbalmente.

Lo propio del médico es hacer lo que esté en sus manos para devolver la salud al enfermo. ¡Oh, diosa salud! Te veneramos como si fueras la esperanza. Y por eso te pagamos, divino médico, apenas lo mínimo para que comas zetas y trufas. “Disculpe usted que no podamos pagarle más pero es que ya le hemos quitado todo a la enfermera.”

Si tan sólo fuera eso lo único, la situación merecería no más que alguna despotricada y uno que otro pequeño golpe. El problema no se encuentra tanto en el sueldo sino en la veneración desproporcionada a quien no hace sino paliar el dolor y quitarnos la muerte de enfrente, a quien no hace más que cegarnos de nuestra finita realidad con medicinas y colocarnos en un mundo irreal. La vida se ha vuelto un fetiche, dice Illich. Y yo le creo. Porque el poder ha ganado y la lógica nietzscheana del más fuerte sigue imperando. Vamos al abismo, si seguimos en esa dirección.

El médico nos receta, la enfermera nos acompaña. ¿Qué es más importante: la salud o el cuidado? La salud no es imprescindible para la vida. ¡Cuántas vidas encuentran su sentido en el dolor, en el sufrimiento y en la enfermedad! El Burgués se define como aquél que dedica su existencia a torear al sufrimiento. Acomodarse es la peor enfermedad del hombre.
Porque la enfermedad y el dolor dan sentido a la pequeña y finita existencia. Porque la enfermedad es esencial al hombre y nos recuerda nuestra esencia y nuestra finitud. ¡Qué hace el médico, pues, sino deshumanizarnos, hacernos menos seres humanos, alejarnos un poco más del contacto con la Verdad!

¿Quién necesita realmente la salud? La muerte será inevitable. Evitar la enfermdad no es más que prolongar nuestro destino. Pero ¡aaaah! Venerable médico que eliminas el sufrimiento y me vuelves inmortal. Te venero, te pago y te levanto una estatua, un busto o nombro una calle en tu honor.

Enfermería: cuidado del otro, higiene, entrega total. El sufrimiento tiene un papel que jugar en la existencia. La suciedad no. La soledad no. La mugre no. El dominio del otro no. No la humillación. ¿Quién si no la enfermera hace una labor de humanización? Es ella quien acompaña, quien mata a la soledad de un tiro, quien dignifica el sufrimiento y lo hace valedero, quien agita el badajo llamando a la cruzada por la dignidad. La enfermera no elimina a la humanidad, la libera para siempre. De alguna enfermedad moriremos, y el médico al final no tendrá nada qué hacer. La salud es, por ello, pasajera. La higiene, la compañía, la dignidad, en cambaio, son eternas. Porque por ellas entramos al bien morir, porque ellas nos abren el camino a un buen final. Por eso permanecen y son intemporales. Por eso la enfermería es sublime.

¡Qué lógica tan insensata la nuestra! El mundo está patasarriba. ¿Cómo colocar a la medicina en el pedestal de la realización y en cambio meter al cuidado y a la compañía en la pocilga de los males necesarios? La enfermera es la encarnación de la caridad, el adalid y estandarte de una vocación a la vida de profundo y completo servicio. No mayor don que la enfermería. El médico, ¡bah! mero ejercicio de una técnica. Técnica convertida, por cierto, en aparato de dominación social.

El médico no hace más que conocer y aplicar el conocimeinto a lo conocido. La enfermera no hace más que dejar la piel y sumarse arrugas en el rostro en pos de la dignidad de quien siente dolor, que ese dolor se convierta en sufrimiento y no termine en vacuidad, vana vacuidad. Salud: vanitas vanitatis.

La vocación de la enfermera es lo verdaderamente loable. Sólo un corazón pervertido puede ver en la entrega de la enfermera, en la dignificación del enfermo, en la coronoación del don, al albur de las profesiones. Sólo aquél que estúpida e ingenuamente pretende ser súper hombre y no hace mirar más que su propio ombligo reventando en billetes, hinchado de sí mismo, piensa que médico es más digno que enfermera.

No quiero denigrar la profesión de la medicina. Pues su valor es incalculable. Lo que me preocupa es el fetichismo, el vellocino de oro que se construye alrededor de ella con el oro de los pobres. Y con un poco de presión, ni siquiera esta idolatría pagana hacia el médico es tan preocupante. Lo triste, lo desastrozo, lo deseperante, es la denigración hacia quien hace morir dignamente. El rechazo y la vuelta de espalda a quien no hace más que entregar sus días al bien de las personas concretas y reales. Nada de hacer el bien a la masa, al mundo. La enfermera se encuentra con la realidad humana cara a cara. La enfrenta, es abrazada por ella. Y ella la acoge en su seno maternal, caritativo, amoroso y para nada domesticado. Porque quien está domesticado está institucionalizado. Y quien ha sido convertido en institución no hace más que repetir burocráticamente un programa establecido por una entidad anónima, perdiendo en el camino, en cada tropiezo, un poco de su individualidad y de su personalidad. La enfermera es la menos institucionalizada del mundo. Por más que se convierta en profesión y hasta exista un sindicato, en el corazón de la enfermería está, brillando y palpitando, un hambre por el ser concreto, un hambre por lo que es la verdadera salvación: no una salud hedonista, sino el cudiado, la compañía y el sentido del dolor y el sufrimiento.

Lo repito: ¿Cuántas vidas no encuentran su sentido en el sufrimiento? ¿Cuántas enfermedades no santifican almas y cuántas almas no son purificadas en la humildad por el cáncer? En cambio, me permito ahora preguntar: ¿Cuántas personas encuentran su sentido en la mierda? ¿Cuántas vidas ven cumplido su destino en la soledad y en la suciedad, en el desaseo? La salud, por tanto, es prescindible. La higiene, el cuidado y la compañía, no. Son éstas las condiciones mínimas de posibilidad para que cuando la muerte llegue sea bien recibida. Porque llegará, inevitablemente. Más nos vale aceptarla e invitarla a tomar el té en un lugar limpio y rodeado de niños. La enfermera es quien lo logra, es quien limpia la casa y dignifica el hogar para recibir a las visitas.

Mundo roto, mundo que aborta a las enfermeras y clona a los médicos. Vamos rumbo a una eugenesia del superhombre. Y parece que no hay vuelta atrás.

Modernidades

Quizás habría que aclarar que existen varias modernidades. O muchas maneras de ser ‘moderno’, como le llaman.

Contestaría al Phoenx y al Pardo diciendo que tal vez Descartes sea moderno, porque fue causa y precursor de cierta modernidad. De aquella modernidad centrada en el pensamiento matemático, en el cálculo racional, en la geometrización de la naturaleza. En el dualismo humano, al comprender el cuerpo como máquina, y dejar al ‘alma’ -entrecomillada- el lugar que en el imaginario moderno tiene Gasparín.

En ese sentido, Descartes pertence a una modernidad que ha tenido diversas consecuencias. Entre ellas, la revolución industrial y la prioridad de la técnica por encima del saber teórico. La modernidad cartesiana es una modernidad que hace énfasis en el cientificismo de corte positivo y que deja fuera todo saber científico sobre la subjetividad humana, llevándolo a un vaciamiento de su sentido.

Sin embargo, existe al menos otra modernidad. Es una modernidad abierta por Pascal. Continuada, por ejemplo, por Kierkegaard. Es una modernidad en la que la subjetividad está presente de manera mucho más fuerte que el matematismo. Es una modernidad que da prioridad a lo cualitativo por encima de lo cuantitativo. Es una modernidad que, sin mebargo, ha sido dominada por la técnica y las ciencias positivas. Pero es una modernidad que rescata la interioridad del hombre y su desenvolvimiento en el mundo, no de manera opuesta sino como una relación fundamental hombre-mundo. Quizás a esta modernidad pertenezca Chesterton.

No quiero agotar con esto, por supuesto, las diversas comprensiones que puede haber de la modernidad. Taylor, por ejemplo, propone que la modernidad está de suyo fragmentada, y que el saber que genera eclosiona con la realidad humana. En ese sentido Chest no sería un moderno. Pero si entendemos algunas técnicas literarias como propias de la moderndiad, si entendemos el ensayo como el boleto de entrada de la literatura en la modernidad, entonces Chest es modernísimo. Y no sólo por sus ensayos, sino que el lenguaje que utiliza, el hecho de escribir en periódicos, la novela policiaca, la misma ironía como señalaba el Phoenix, en ese caso claro que Chest es un moderno.

Pero da igual. Lo importante es recalcar que Chest apuesta por la bucólica. Apuesta por el heroísmo, la épica y la epopeya. Aún cuando escriba en periódicos, aún cuando tenga historias de detectives, es un metafísico. Es un cristiano. Apuesta por un orden humano más humano que el orden moderno. Chest quiere recordar al hombre que es hombre y no máquina. En ese sentido, mucho más fundamental que el anterior, Chest no solamente no es moderno, sino que despreciaría la modernidad.

Y, bueno, esto, por ejemplo, es bien moderno:

Claude Monet, La estación de San Lázaro, 1887

Chest y Descartes

Chest, en su más o menos recién traducido y publicado en castellano Herejes, por la respetabilísima casa editorial El Acantilado, señala lo siguiente:

“El hombre del transatlántico ha visto todas las razas de hombre, y está pensando en las cosas que dividen a los hombres: la dieta, la indumentaria, el decoro; anillos en la nariz, como en África, o en las orejas, como en Europa; pintura azul entre los britanos antiguos o roja entre los modernos. El hombre de la plantación de coles no ha visto nada de nada, pero está pensando en las cosas que unen a los hombres: el hambre y los hijos, la belleza de las mujeres y la promesa o la amenaza del cielo.”

Esto está en la página 38 de la edición citada y la traducción es de Stella Mastrangelo.

Podría aquí comenzar a decir lo genial que es Chesterton, pero definitivamente no quiero resaltar todas sus virtudes, como el ingenio, el sentido humano y la inteligencia de hacer de una situación normal la más sorprendente. No lo haré precisamente porque es bien sabido que el buen Chest no es ni un gran filósofo ni un gran literato ni un gran intelectual, sino un verdadero gran hombre.

No es necesario hablar aquí de todo lo bueno que Chest provoca en sus lectores, como pequeñas risillas y murmuraciones en el alma. Porque es mejor que todos acudan a leerlo, a leer el humor e ironía tan peculiares de su gran inteligencia. Simplemente me gustaría añadir, al respecto de la frase citada, que creo que es maravilloso creer que un hombre que permanece en su propia aldea es capaz de conocer mejor al hombre que el gran hombre de mundo.
Pero, a propósito del título del libro, quiero también decir cómo Descartes había explicado lo mismo en el Discurso del Método. Había explicado cómo los viajes eran una gran manera de conocer el mundo pero que a la larga uno acabaría siendo extranjero respecto de sí mismo. Por ello quiero decir cómo me da un risilla que el mismísimo Descartes, provocador de la modernidad, piensa exactamente lo mismo que Chest, uno de los grandes detractores de la modernidad. Y cómo en un libro titulado Herejes Chest defienda algo que Descartes, uno de los más grandes motivadores de herejías que ha dado la humanidad, también defiende.

Lo que me da risa es, pues, cómo la serpiente no es que se muerda la cola, sino que tiene otra cabeza en lugar de cola. Lo que habría que aclarar es que Descartes era un gran ingenuo. Mientras que Chest, todo lo contrario.

El Asunto

El asunto y la controversia sobre el aborto no solamente está en la cuestión sobre el estatuo del embrión humano. Si bien ésa es la cuestión clave: ¿el embrión es persona o no?, también está involucrado otro tema que quiero plantear.
Ése el asunto de la racionalidad instrumental y la concepción de la sexualidad. En tanto se conciba a la sexualidad como una dimensión lúdica del ser humano será díficl promover una cultura que respete la dignidad de las personas y los derechos humanos. Si las relaciones sexuales se comprenden como una actividad que se puede tener con otra persona para pasarlo bien y tener placer, entonces es posible que se instrumentalize a la persona (incluso a uno mismo) y se convierta a ésta en un insturmento para mi propio placer.
Cuando la sexualidad se comprende como algo que yo puedo manejar, culturalmente, a mi antojo, es porque me comprendo a mí mismo, y al hombre en general, como un ser absolutamente autónomo y capaz de hacer de la naturaleza lo que más le plazca -hasta consigo mismo, en tanto miembro de la naturaleza-. Es decir: declarar a la razón como el criterio último rector de mis acciones, se le coloca en el punto más alto de la pirámide de las medidas de mis acciones e instrumentaliza a todo lo demás.
Hacer esto y concebir así a la razón es sumamente peligroso porque cuando ella es medida de sí misma (o en general cuando algo es medida de sí mismo) y no tiene con qué medirse, puede convertirse en ideología y en instrumentalizadora de lo que no es, de por sí, instrumentalizable. (Protágoras).
Si la razón no reconoce no sólo que la verdad es mucho mayor a ella sino también que, en tanto razón, no es absoluta, entonces lo que es limitado se tomará como ilimitado, lo que es se tomará por algo que no es, y acabará por no funcionar correctamente: la razón como criterio último de acción puede contradecirse a sí misma y dejar de funcionar como criterio último de acción.
Por otro lado, si se promueve una razón abierta al mundo, dispuesta a comprender la realidad al ver las cosas mismas antes de empujarle sus categorías, será posible promover una actitud realista de la razón, en la que la medida de ésta sea el ser, la realidad, y nunca sí misma. Por más dificil que esto sea, es necesario hacer un intento por comprender la realidad independientemente de lo que nosotros queramos que sea la realidad. La relación del hombre con el mundo es más saludable y duradera cuando nace de la sorpresa que causa el mundo en el hombre, y no de la manipulación que el hombre ejerce sobre el mundo.
La única manera de no convertir en instrumento, o en un medio, a una persona es tomarla como un fin, y eso significa, en su más alto grado: amar. Amar, en un sentido, es considerar siempre al otro como el fin de mis acciones. Si no se quiere manipular a la persona a través de la sexualidad, se debe comprender ésta como una vía de amor y no solamente como un instrumento de placer individual. Y no solamente la sexualidad, sino también cualquier manera de entrar en relación con los otros.
Sostener esto implica una actitud intelectual comprometedora: no puedo yo manipular la sexualidad a mi antojo, sino que tengo siempre que mirar por el otro procurando tomarlo como un fin y jamás como un medio para mis propios fines.
Si esto es verdad, y si la sexualidad se comprende así, entonces parece que la medida de la educación sexual no será solamente cómo tener relaciones sexuales sin peligro de contraer una enfermedad o sin peligro de tener un embarazo no deseado. La educación sexual será, entonces, una manera de educar al hombre en el amor y en la entrega al otro. Será una manera de destituir el individualismo o la razón instrumental y sustituirlos, en cambio, por una noción comunitaria de ser humano.

Y por ahora es todo.