Sobre el voto en blanco

Platicaba con un amigo, el rumi, sobre la nueva idea ésta que están proponiendo con casual énfasis este año a diferencia de las elecciones anteriores que yo recuerde. Es un asunto no solamente interesante sino un asunto serio.

Él está a favor del voto en blanco. O de la anulación del voto, para ser más precisos. Lo que él hará, según me dijo, es ir a votar, pero dirá a través de tachar la boleta entera que todo le parece una mierda y que todos los que están ahí ofreciéndose al poder, son unos imbéciles. Eso es lo que él dice. Y me parece muy bien. Anular el voto, en este sentido, es un ‘statement’. E, insisto, me parece bien.

Yo, así de entrada, no estoy de acuerdo con que ésa opción sea una verdadera opción democrática para la mayoría de las personas. A mí me parece que aún cuando ir a anular tu voto es en efecto una opción política, pienso que no es una opción democrática. A menos que se cumpla una condición:que dediques tu vida a construir esa opción que ves inexistente y que desearías que estuviera.

Quiero partir del siguiente principio: la democracia es mucho más que ir a votar el día de las elecciones. Una existencia democrática incluye la responsabilidad ciudadana de generar bienes públicos a través del trabajo. Es ahí donde comienza la democracia. El voto es solamente un momento de ella, un momento ciertamente importante, pero al final sólo un momento.

Ahora bien, esto implica que el verdadero ciudadano deomcrático contribuirá con su trabajo a construir ciudadanía, a fomentar una cultura de participación en la que todo individuo perteneciente a la sociedad se invlucre en la vida pública de su comunidad. Como yo veo las cosas, para hacer esto hay dos opciones posibles: a) hacerlo desde las instituciones políticas que buscan el poder, y a través del poder generar cultura ciudadana y servir a la comunidad, o b) hacerlo desde la profesión particular de cada quien y, a través de ella y de la vida diaria fomentar una cultura democrática y responsablemente dirigida hacia el bien común. La democracia se construye, por ello, desde dos ambientes o ámbitos diferentes de la vida y el trabajo: 1) desde las instituciones políticas, (partidos, candidaturas independientes, instituciones gubernamentales, IFE, etc…) y 2) desde el campo de batalla del ciudadano común.

Una vez sentado esto podemos analizar mejor el problema del voto cancelado. Es probable que en la opción 1) falten opciones políticas razonables y verdaderamente útiles, representativas y activas que utilicen el poder para servir y no para ser servidos. Es probable que las personas que se dedican a construir la democracia desde ese primer sentido sean todos unos imbéciles, corrputos, cerdos y tranzas. Es perfectamente posible. Cuando un ciudadano mira esta situación, en la que no hay partido político confiable, en la que no hay un sólo individuo de la llamada ‘clase política’ de quien se pueda pensar que es respetable, cuando todas las elecciones a las que se ha asistido son tramposas, en donde el desencanto es inconmensurable (me parece que es el caso de México), ese ciudadano tiene dos opciones si es que quiere ser un ciudadno responsable: a) dedicar su vida y su trabajo a crear esa opción institucional que hace falta o b) colaborar en la construcciónd de una cultura democrática y responsable, a través de su trabajo ordinario y ‘no-institucionalmente político’, entrarle a lucha cultural para educar neuvas generaciones de ciudadanos comprometidos con su trabajo.

Me parece que en el caso del ciudadano que ha optado por la primera opción, la idea de anular la papeleta aparece como una opción viable y responsable. Pues ante la falta de buenas opciones políticas, él ha decidio crear la suya (seguramente en comunidad con otros) y puede decir: ‘son todos ustedes una basura, y por eso no quiero que ninguno de ustedes administre el poder, pero además yo estoy construyendo la opción que creo mejor’.

Sin embargo, en el caso del ciudadano común y corriente, que ha optado por vivir una existencia políticamente responsable aunque a través de un trabajo no-institucionalmente-político -como es el caso de la mayoría de los ciudadanos de este país-, la opción por anular el voto aparece como irresponsable. Aún cuando en su trabajo esté colaborando en la construcción de una cultura políticamente responsable, si no opta por alguna de las opciones institucionales que hay, ¿por qué estarían optando entonces al tachar la boleta entera? Anular el voto en este caso es como decir:  ‘no me parece ninguna de las vías institucionales que ofrecen, así que no quiero ninguna, pero la que yo quiero, que la hagan otros’.

Creo que el ciudadano de la primera opción será un ciudadano responsable. Mientras que el segundo será un ciudadano irresponsable que ha claudicado de la vía institucional de la democracia, aún, nótese, cuando colabora con su trabajo para construir una cultura democrática. Por eso pienso que andar por ahí diciendo: ‘lo mejor es anular el voto..’ es en cierto modo irresponsable, a menos que vaya acompañado de ‘… pero miren esta opción que les ofrezco, únanse y construyámosla juntos’.

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La señora responsable

Confieso que he leído poco a Hannah Arendt. Únicamente algunas partes de The Human Condition y entero, eso sí, The Origins of Totalitarism. Y párale de contar.

A pesar de tal manquedad, paréceme que es una filósofa agudísima y genialísima. Ayer terminé de leer Collective Responsibility, un ensayo publicado en 1968, a propósito de la responsabilidad que tenemos todos -como parte de una colectividad- de las atrocidades que el grupo humano al que perteneciéramos perpetrara, aún cuando nosotros no hubiéramos tomado parte activa en dicho crimen.

No se refiere a ningún hecho histórico en concreto, aunque hace alusión tanto a la guerra de Vietnam como, obvio, a la segunda guerra mundial. Su punto es el siguiente, y con ello comienza el trabajo: no hay tal cosa como la ‘culpa’ respecto de hechos atroces en los que nosotros no tuvimos parte, pero que fueron provocados por nuestra comunidad en nombre de la comunidad. En cambio, sí existe una responsabilidad por ese acto. En este caso, la culpabilidad es la carga moral que un individuo en su conciencia puede o no sentir. En cambio, la responsabilidad es la obligación de hacerse cargo por enmendar el hecho.

Esto, además, no solamente aplica para actos negativos, sino también para los positivos, o buenos: un acto heroico hecho por mi comunidad no tiene por qué atribuírseme y, en esa medida, no debo ser yo llamado “héroe”, pero sí es posible que yo disfrute legítimamente de los premios que mi comunidad ha conseguido, en tanto que soy miembro de ella y el acto fue hecho en su nombre.

Piénsese en un padre noble: yo no cargo con sus culpas, pero sí soy responsable de enmendar lo que hizo mal. O yo no soy un héroe, pero sí heredo la buena fama y en su nombre puede retribuírseme un bien que él hizo. El argumento es significativo sobre todo para que podamos culpar realmente a los culpables: culpable es únicamente aquél que hizo mal las cosas, responsables, en cambio, somos todos. Sobre todo porque “donde todos son culpables, ninguno es culpable”. Ilustrémoslo con el holocausto que, por obvias razones, viene a la cabeza.

No todo alemán es culpable de lo que sucedió en Auschwitz. Son culpables únicamente los que provocaron deliberadamente la matanza. Pero el pueblo alemán todo es responsable de lo que se hizo en nombre de Alemania. Un alemán de hoy no puede ser ‘culpado’ por la Shoá. Pero sí es responsable de ella y en esa medida es su obligación enmendar a su pueblo. Arendt juzgaba así a los SS, que dicen que únicamente siguieron órdenes: quizás, en una de ésas, dado que su vida dependía de ello, no son culpables strictu sensu (aunque aquí podría haber ‘grados’ de culpabilidad), pero sí son responsables de sus actos y por tanto deben enmendarlos.

Esta reflexión de la señora Arendt me resultó sumamente significativa, pues en el fondo apela a dos nociones que no explicita y, hay que decirlo, quién sabe si ella las comparta o realmente su razonamiento las presuponga. Me refiero a:

a) Una noción de tradición
b) Una noción comunitaria de ser humano.

Por a) me refiero que la tradición, la historia, en tanto que es entrega de cultura a través de las generaciones, es también forjadora de identidad de los seres humanos venideros. Sólo en ese caso es posible atribuir responsabilidad a los futuros de lo que hicieron sus ancestros. Pero la distinción Arendtiana no sólo aguda por eso, sino también porque permite hacer responsables a la nuevas generaciones sin juzgarlas como ‘culpables’.

Esto explica, en buena medida, o quizás esté más bien inspirado por, la doctrina del pecado original. Si bien no somos culpables de la caída de Adán y Eva, sí somos responsables de ella y debemos en nuestra vida remediarla.

Por b) me refiero a que la única manera de justificar la atribución de responsabilidad por actos en los que yo no he participado, es que de alguna manera esté yo ligado moral o jurídicamente con el individuo que cometió la acción en nombre de la colectividad a la que ambos pertenecemos. Una manera de justificar el hecho de que un individuo sea responsable de otro es cuando nos damos cuenta de que los individuos no pueden realizarse si no es junto con los otros. Y esto es más fácil de ver cuando dejamos de hablar de individuos y comprendemos al ser humano como persona.

La noción de persona, aún con todo lo problemática que es, permite afirmar la necesidad de la comunión y de la comunidad para la realización de lo plenamente humano. Así, me parece que el pensamiento de la señora Arendt permite afirmar dos cosas sobre el ser humano: por un lado, que siempre se realiza dentro de una tradición y esta tradición forma en buena medida su identidad y, por otro lado, que su realización depende de una comunidad y que necesita de ésta para formar y construir su subjetividad.

Así, tenemos una noción de identidad que saca al ser humano de su propio cascarón y que lo convierte en un agente moral no encalustrado en sí mismo, sino que la vocación hacia los otros es el presupuesto que necesita toda ética y todo sistema de pensamiento para poder hacerlo sostenible y aplicable, en un mundo en donde existe el mal y casi nunca hay responsables.

Zweig, impaciente

La impaciencia del corazón de Stefan Zweig sobrepasa los límites de la obra de arte literaria y se convierte en un acontecimiento vital y espiritual en la vida de su lector. Es un texto que confonta constantemente con su propia conciencia y su estilo de vida o, mejor, su opción de vida a quien se sumerge en sus páginas .

De impactante belleza, el relato de Zweig devuelve al corazón el lugar desde el cual debe ser interpelado. Y digo ‘devuelve’ porque todo espíritu nace con un sitio al cual puede dominar, y desde el cual interpreta toda la realidad. Pero el tiempo va robándole al corazón su sitio. Y este libro se le devuelve lo que desde siempre había sido suyo.

Si la temática principal es el amor, la compasión y la miserocordia desbordadas, le acompañan otros tópicos típicos de la Europa de entreguerras como el valor de la persona concreta frente la colectividad, la decisión de la voluntad y la ética o antiética de la sociedad burguesa, como si la Europa de entreguerras vislumbrara y reflexionara sobre lo que algunos años después tendría perdido con los totalitarismos.

Stefan Zweig murió el 22 de febrero de 1942 sin conocer en su totalidad los grandes horrores que produjo el ser humano en esos años. El libro es un rayo que cae directo al alma y la cimbra por su terrorífico trueno. Es un relato brutal sobre cómo la compasión puede ser estúpida si sustituye al verdadero amor. Es un documento de antropología, al revelar cómo la persona desprecia todo acto caritativo, exige la entrega total del otro y revienta de indignación y tristeza, sobre todo tristeza, frente a la tibieza y podredumbre de la papada del burgués, incapaz de dejar de mirarse a sí mismo y comprender la necesidad de quien tiene en frente.

La impaciencia del corazón es un martillo que con toda la fuerza y el poder de la tinta retrata la crisis de la humanidad, presente en la fragilidad de todo ser humano, y que se revela y realiza cuando éste cree únicamente en sí mismo.

Zweig habla de esa ‘impaciencia’ del espíritu, que convierte a los otros en un infierno y que acobarda al alma. Porque para amar conv erdad se rquiere ser paciente, y comprender empáticamente el alma ajena. El libro constituye una denuncia hacia la imbecilidad de quien tiene la necesidad frente a su nariz y no puede más que huir hacia sí mismo.

El autor, sin una visión esperanzadora, aunque no del todo nihilista, y quizá por eso capaz de construir un relato realmente bueno, deja en claro que el hombre es incapaz de redimirse a sí mismo: el ser humano siempre, siempre, siempre, huirá de aquello que lo confronte. Pero resalta Zewig que este ánimo huidizo, esta condición de estupidez humana, es lo que provoca, en fin, la muerte y el entierro del espíritu.

La protagonista es una mujer en silla de ruedas que desea ser amada por un indiviudo, un soldado, el superhombre. Y ese individuo le extiende, por decir lo menos y con un lugar común, el látigo de su desprecio. Si bien nuestro escritor sitúa el relato en una época determinada: el período de entreguerras, habla también de la soledad universal del hombre, de la soledad de todo tiempo, y de cómo la conciencia moral puede atormentar a una persona durante toda una vida, es decir, eternamente. Una sola elección es capaz de determinar al alma para siempre, pues la conciencia, por más chata que se encuentra, tiene un aguijón siempre lleno de veneno.

La impaciencia del corazón es un grito que interpela al corazón, porque muestra la incapacidad del burgués por entregarse a una inválida, y la torpeza del corazón de piedra para dejarse ser amado. Pero ante todo, la novela es la novela de nuestra limitación, es el mapa que traza con cuidado las fronteras del corazón: pasando esa línea no hay ya más amor sino puro desprecio. Sólo un Amor infinito podría ensanchar esas fronteras. Y el hombre, si se asume sólo, sólo queda para el resto de su vida.

Pecado Social

No sé. Tal vez es probable que, si somos estrictos con el ser humano, existan profesiones y estilos de vida que, dadas las circunstancias y dado el drama humano, puedan considerarse un pecado social.

Por supuesto, esto jamás se determinará en abstracto, sino que siempre habría que revisar motivaciones e historias concretas. A pesar de ello, me parece posible establecer una norma. La norma de la responsabilidad. En la medida en que comprometas o no tu vida con la vida del otro, en su total indigencia, en esa medida podrá ser evaluada tu vida o como un pecado social o como el cumplimiento y desarrollo deuna vocación.

Un pecado social se caracteriza por promover ‘estructuras sociales de pecado’, estructuras que por su entramado son inmodificables por individuos concretos y que, por sus efectos, hacen tanto daño a la condición humana que son, en definitiva, pecaminosas. Esas estructuras son propias de una civilización que no mira hacia lo concreto, sino que modernamente basa sus acciones en principios abstractos y fantasmagóricos de acción.

Un pecado social es entregar la vida y dejar la piel en un trabajo cuya misión es estudiar de qué manera puedo vender más shampoos, por ejemplo. O entregar mis días a la misión de diseñar, construir y vender los mejores y los más cómodos jacuzzis que hayan existido jamás.
Eso es definitivamente irresponsable.

Filósofos como Charles Taylor o Hans Jonas se han dado cuenta de eso. En particular, el primero señala por ahí que la filantropía contemporánea es una buena cosa pero que es sin duda un síntoma del grado de inhumanidad al cual hemos llegado: porque hacer el bien es una profesión, y no un instinto humano; porque mirar y cuidar del otro tiene un nombre, y eso implica que no se identifica con la condición humana. Estos filósofos saben que el hombre no es para sí mismo, sino para los otros. Han visto que solamente adquiriendo conciencia práctica de la necesidad de mujeres y hombres responsable es como la civilización del siglo XXI puede salvar al corazón humano y hacer más comprensible el misterio del regalo de la vida.

Creo que, en verdad, hay profesiones y estilos de vida que pueden considerarse pecados sociales en la medida en que se olviden de su destino comunitario y se dediquen a construir su propia torre de acero.