Resucitó

Los cristianos celebramos hoy el día de la Resurrección de Jesucristo. Es el día en el que Él venció a la muerte por el Amor. En este acontecimiento se funda la fe cristiana y toda la liturgia, es en este día en el que adquieren sentido todas las demás creencias de la fe en Jesucristo. Es un acontecimeinto, sin duda, dificil de creer, pero que responde tan absolutamente a las exigencias del corazón humano que se vuelve razonable.

El Amor pudo más que la muerte, pudo más que la soledad, que el abandono, que el infierno. El Amor logró superar la vida biológica para encontrar un significado vital que es indestructible. Cito a Ratzinger:

“Encontrarse con el Resucitado es una experiencia que nada tiene que ver con el encuentro con otra persona de nuestra historia, pero no debe limitarse a unas charlas de sobremesa y al recuerdo que luego se fraguó de que vivía y que continuaba su obra. Si interpretamos así el acontecimiento, nos quedamos en lo puramente humano y le sustraemos lo que tiene de peculiar. Pero los relatos de la resurrección son distintos y más que unas simples escenas litúrgicas adornadas, pues muestran el acontecimiento fundamental en el que se apoya la liturgia cristiana. Nos muestran que la fe no nació en el corazón de los discípulos, sino que les vino de fuera y los fortaleció frente a sus dudas y los convenció de que Jesús había resucitado realmente. El que yacía en el sepulcro ya no está allí, él mismo -sí, él mismo- ha resucitado. Ha entrado en el reino de Dios y es tan poderoso que puede hacerse visible a los hombres, que puede mostrar que en él el poder del amor ha sido más fuerte que el poder de la muerte.

“Sólo si aceptamos seriamente todo esto seremos fieles al mensaje del Nuevo Testamento y sólo así matendremos su alcance universal e histórico. Tratar de quitar cómodamente la fe en el misterio de la intervención poderosa de Dios en este mundo y querer mantenerse a la vez en el ámbito del mensaje bíblico, no conduce a ningún sitio. Porque no satisface ni a la lealtad de la razón ni a la pretensión de la fe. Profesar a la vez la fe cristiana y la ‘religión dentro de los límites de la mera razón’ es imposible. Hay que elegir inexorablemente. El creyente comprobará cada vez más lo razonable que es confesar el amor que ha vencido a la muerte.”

Joseph Ratzinger: Introducción al cristianismo, pp.257-8.

Es común que se objete al creyente la irracionalidad del acontecimeinto de la resurrección. La fe es criticada de un acto que niega la razón y que da un salto al vacío, más o menos como Kierkegaard interpretaba el hecho religioso. Hay dos variables que han de ser articuladas para apoyar o negar la afirmación anterior: la razón y la fe. Parece que el contenido de la fe no puede estar de acuerdo con la razón. Lo que Ratzinger quiere decir es que el acontecimiento de la resurrección es un acontecimiento que supera al intelecto humano, que el relato bíblico muestra que lo que vivieron los apóstoles fue un hecho que, en primer lugar, les vino de fuera: les salió a su encuentro una realidad que ellos no eligieron y que les superaba con mucho, y en segundo lugar, que ese hecho colmó a tal grado las necesidades humanas de sentido, y que esa razón fue suficiente para creer.

No podemos dejar de lado la grandeza del acontecmiento mismo y sobresimplificarlo para hacerlo más comprensible al no creyente; es quitarle lo que tiene de grandeza y de misterio. Para que la fe pueda penetrar en el corazón es, pues, necesario, admitir la fragilidad de la persona, nuestra finitiud y nuestra gran necesidad de amor. Cuando admitimos que necesitamos y que deseamos un Amor absoluto, la fe cristina se torna esperanzadora y completamente razonable. El Amor, literal: el Amor, ha vencido a la muerte.

Feliz Pascua de Jesús Resucitado.

Anuncios

Un texto no mío

Phi. Lord Chandos escribió lo siguiente, a partir de un post de este mismo blog, hace algunos días:

Muy teológicos estos chicos. Yo estoy de acuerdo con todos. Sólo agregaría algo: el corazón del hombre, en su estado actual, es incapaz de amar al prójimo como un fin en sí mismo. Si pensamos con sinceridad, descubrimos lo difícil que es, hasta para un buen cristiano, la auténtica caridad. San Agustín habla de una curvatio se ipsum del corazón.

El único ser que ha amado al hombre sin necesitar absolutamente nada de él es Dios. Y esta forma de amor, la caridad perfecta, se encarnó en un corazón humano, el de Cristo. A mi modo de ver, el Verbo toma carne para que el hombre pueda renunciar a su corazón egoísta –“Si el grano de trigo no muere… (Jn 12, 24)”–, y pueda amar con ese otro Corazón divino-humano. De lo contrario, el amor universal (a todo hombre, a toda la creación), al modo de San Francisco, sería imposible.

La caridad, según el CIC, es el amor a Dios, y por Dios, al prójimo. Es decir: por la Encarnación, el hombre está llamado a amar a lo demás como Cristo los amó – “Amaos los unos a los otros como yo los he amado” –, y el primer paso para lograr esto es reconocer, como bien decía Diego, el amor de Dios en Cristo. Y aún más: el hombre está llamado a amarse a sí mismo como Cristo se amó a sí mismo, pues Él, “le revela al hombre lo que es el hombre”. ¿Cómo se amó Cristo a sí mismo? Según creo, y me apoyo en el concepto “relación” que Ratzinger expone en su Introducción del cristianismo y en el concepto “missio” y “apóstol” (enviado) de Balthasar, en la absoluta obediencia a la Voluntad del Padre. Toda la existencia de Cristo consiste en su misión, en su ser absoluta relación (el Hijo se dice en relación a un Padre) que no guarda ni quiere nada para sí mismo –“El hijo no puede hacer nada por sí mismo (Jn 5, 19-30)”–. Por esta razón – no tener ningún querer propio – El Verbo encarnado puede afirmar: “El Padre y yo somos uno (Jn 10, 30)”. El hombre, a su vez, necesita renunciar plenamente a sí mismo (aversión a uno mismo y conversión a Dios es una de definiciones de la caridad; y viceversa, del pecado) para identificarse con Cristo –“Sin mi no podéis hacer nada” – y lograr la plenitud de la vocación cristiana: la santidad –“Sed santos como el Padre celestial es santo”. Parece que en este planteamiento no cabe el amor propio. Concluye Ratzinger:

Todo lo que hemos dicho de Cristo puede aplicarse a los cristianos. Ser cristiano significa para san Juan ser como el Hijo, ser hijo, no quedarse, pues, en sí mismo ni consistir en sí mismo sino vivir radicalmente abierto al “de” y al “para”. Porque el cristiano es Cristo, vale también para él. En tales expresiones verá lo poco cristiano que es. (Introducción… p.p. 158-159)

Parecería que la dialéctica entre el amor a uno mismo y el amor al prójimo sólo se puede plantear en una visión individualista de la existencia. Mas la auténtica existencia del cristiano es la comunión –“Que todos seamos uno, como tú en mí, Padre, y yo en ti” (Jn 17 11-12) – o, en términos filosóficos, la coexistencia. Si toda su vida depende absolutamente de su relación (y, por tanto, la relación no es un accidente, sino que se encuentra en el mismo plano de la sustancia) con Dios y con los demás, y el tiene conciencia plena de esto, es decir, ha sufrido una conversión profunda (metanoia), amarse a sí mismo y amar a los demás se identificarán. De ahí que, en la comunión de los Santos, el pecado y la virtud individual afectan a todo el Cuerpo, la Iglesia.

“Amen al prójimo como a ustedes mismos” parecería una formulación pedagógica del mandato de la caridad: es más fácil comprender el amor al prójimo partiendo de la tendencia natural de todo hombre de amarse a sí mismo. Pero la plenitud de tal formula es la dada en la última cena, momentos antes de la institución de la Eucaristía, que permitiría vivir una comunión plena con Dios y con los hombres: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. La forma de este mandato es mucho más radical y exigente que la primera (no son comparables); mas para esto, el hombre cuenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo: la Comunión de los Santos. Amar al prójimo como Cristo lo amó implica un desasimiento absoluto del amor propio, al extremo del sacrificio, del martirio, donde expresamente hay un desprecio del “yo” (la autoconservación) con el motivo de amar al otro. De ahí que el martirio sea la máxima expresión del testimonio (martyrion significa testigo) Este desprecio radical sólo toma sentido en el amor; de lo contrario, sería pernicioso y morboso.

A la objeción del existencialista: al hombre se le pide, en todo caso, amarse a sí mismo como Cristo se amó; y Él se amó, amando absolutamente la voluntad del Padre, es decir, despreciando su propia voluntad. Pero en ese desasirse de sí mismo logra la perfecta comunión con el Padre, la plenitud del Amor. Esa es la gran paradoja cristiana, creo. Un hombre que se desprecie, sin la finalidad de tener mayor disponibilidad para amar como Cristo amó a los hombres, no es un cristiano; un hombre que se amé a sí mismo, sin la conciencia de que ese amor es amor a la Comunidad –con todo el contenido ético que esto implica: un sano amor propio –, tampoco lo es. El Derecho y la Moral únicamente son verdaderos desde un concepto de libertad esencialmente (ontológicamente) relacional. La libertad entendida individualmente he generado la profunda crisis actual en cuestiones de bioética y Derechos humanos.

Una breve reflexión: el amor de Dios a sí mismo es tan perfecto que se derrama eternamente como engendramiento del Hijo. Y entre el Hijo y el Padre la plenitud de amor se derrama, desde toda la eternidad, como el Espíritu. En el Dios cristianismo (Unitrino) no hay amor propio individualista; por el contrario, hay espacio de libertad para la entrega absoluta. Dice Agustín: “En Dios no hay accidentes, sino sólo sustancia y relación (Enarraciones sobre los salmos 68 I, 5)”. Pero no debe entender como dos cosas distintas, pues la sustancia se realiza en la entrega amorosa y recíproca de las personas, según Balthasar. El amor siempre es social, y como tal, logra la plena unidad. Al decir de Ratzinger: hay mayor unidad en la comunidad de amor que en el átomo aislado.

Mucho más habría que decir, pero hace tiempo rebasé la extensión “normal” de un comentario.

Salud, pues.

ARM.

P.S. Mucha luz sobre este tema arrojan las obras de Walter Kasper (El Dios de Jesucristo), Angelo Scola (Antropología Teológica), Joseph Ratzinger (Introducción al cristianismo) y Balthasar (Verbum Caro) y varios (Mysterium Salutis V. 5 El cristiano en el tiempo y la consumación escatológica) –ya sólo con el título impacta, creo.

P.S. 2 Gracias por revivir mi interés cristológico. Voy a ponerme a leer de nuevo.

_____________

…y eso fue lo que escribió

¿Cómo va a ser?

“Ivan Illich vio que se moría y su desesperación era continua. En el fondo de su ser sabía que se estaba muriendo, pero no sólo no se habituaba a esa idea, sino que sencillamente no la comprendía ni podía comprenderla.
“El silogismo aprendido en la Lógica de Kiezewetter: «Cayo es un ser humano, los seres humanos son mortales, por consiguiente Cayo es mortal», le había parecido legítimo únicamente con relación a Cayo, pero de ninguna manera con relación a sí mismo. Que Cayo -ser humano en abstracto- fuese mortal le parecía enteramente justo; pero él no era Cayo, no era un hombre abstracto, suno un hombre concreto, una criatura distinta de todas las demás: él había sido el pequeño Vanya para su papá y su mamá, para Mitya y Volodya, para sus juguetes, para el cochero y la niñera, y más tarde para Katenka, con todas las alegrías y tristezas y todos los entusiasmos de la infancia, la adolescencia y la juventud. ¿Acaso Cayo sabía algo del olor de la pelota de cuero de rayas que tanto gustaba a Vanya? ¿Acaso Cayo besaba de esa manera la mano de su madre? ¿Acaso el frufrú del vestido de seda de ella le sonaba a Cayo de ese modo? ¿Acaso se había rebelado éste contra las empanadillas que servían en la facultad? ¿Acaso Cayo se había enamorado así? ¿Acaso Cayo podía presidir una sesión como él la presidía?
“Cayo era efectivamente mortal y era justo que muriese, pero «en mi caso -se decía-, en el caso de Vanya, de Ivan Illich, con todas mis ideas y emociones, la cosa es bien distinta. Y no es posible que tenga que morirme. Eso sería demasiado horrible».
Leon Tolstoi, La muerte de Ivan Illich

Leon Tolstoi

No hay de otra

¿Amarse primero a uno mismo?
Deseo del Burgués de cintura ancha, incapaz de mirar que sus propias espaldas están sostenidas por otro. El Burgués es tan gordo que ocupa el espacio de los demás y por ello exige que el amor primero sea el de uno mismo. El amor a sí mismo no es sino resultado secundario, consecuencia de aquella experiencia primigenia del Amor: yo soy amado.

Soy amado, ergo sum.

“Pero es menester primero amarse uno a sí mismo”, dice el Burgués. Claro, si uno piensa que de lo que se trata la vida es de darse convites y sobarse el ombligo con las yemas de los dedos.
El hecho de que el amor primigenio sea el que nos es dado implica consecuencias sumamente indeseables y trágicas para la papada granosa del Burgués: el nada fácil e incómodo imperativo de ‘amar al otro’, de dejar de tragar para extender no sólo el brazo sino el corazón. Y eso, es menos pavo y menos jaibol. Por eso proclama imbécilmente el Burgués: uno no puede dar lo que no tiene, uno tiene que amarse a sí mismo y, ya de ahí, ya bien parados, ir hacia el otro…
Soberbia naïve del que cree tener las espaldas de Odiseo y no se da cuenta que su cuerpo entero es un talón de Aquiles.

Necesitamos ser amados. Sólo el que se reconoce limitado, precario y necesitado es capaz de aceptar el abrazo del Amor.

Eso, o estar dispuestos a ahogarnos en nuestro propio vómito.

Fotograma: Babel, de Guillermo Arriaga

Y ya regálenme un libro que no sea de Bloy, o acabaré medio tocado.

What is the purpose of life?

That’s what Camilla Unwin asked J.R.R.Tolkien.

He answered this:

“… If you do not believe in a personal God the question: ‘What is the purpose of life?’ is unaskable and unanswerable – To whom or what would you addres the question? But since in an odd corner (or odd corners) of the Universe things have developd with minds that ask questions and try to answer them, you might address one of these peculiar things. As one of them I should venture to say (speaking with absurd arrogance on behalf of the Universe): ‘I am as I am. There is nothing you can do about it. You may go on trying to find out what I am, but you wil never succeed. And why you want to know, I do not know. Perhaps the desire to know for the mere sake of knowledge is related to the prayers that some of you adress to what you call God. At their highest these seem simply to praise Him for being, as He is, and for making what He has made, as He has made it.’

“Those who believe in a personal God, Creator, do not think the Universe is in itself worshipful, though devoted study of it may be one of the ways of honouring Him. And while as living creatures we are (in part) within it and part of it, our ideas of God and ways of expressing them will be largely derived from contemplating the world about us. (Though there is also revelation both adressed to all men and to particular persons.)

“So it may be said that the chief purpose of life, for any one of us, is to increase according to our capacity our knowledge of God by all the means we have, and to be moved by it to praise and thanks. To do as we say in Gloria in Excelsis: Laudamus te, benedicamus te, adoramus te, glorificamus te, gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam. We praise you, we call you holy, we worship you, we proclaim your glory, we thank you for the greatness of your splendour.
“And in moments of exaltation we may call on all created things to join in our chorus, speaking on their behalf, as is done in Psalm 148, and in The Song of the Three Children in Daniel II. PRAISE THE LORD… all mountains, all orchards and forests, all things that creep and birds on the wing.

“This is much too long, and also much too short -on such a question.

“With best wishes…”

J.R.R.Tolkien

From a letter to Camilla Unwin, 20 May 1969, Lakeside Road, Brannsome Park Poole.

El Señor de la Vida

Lloraba.

La vida le había sido arrebatada y ni siquiera Muerto lo podía tocar. La resurrección para ella significaba soledad; una soledad mucho más cruel que todas las vividas anteriormente.

Lloraba su muerte. Porque al ver morir a la Vida, la vida había muerto en ella. Si por lo menos pudiera llevar la muerte sobre sus hombros…

Se inclinó hacia el sepulcro -ciudad de la muerte- y encontró Mensajeros de Vida.

-Mujer, ¿por qué lloras?

Ingenuidad celestial. Asombro de resurrección que no comprende el dolor de la muerte. La Vida se acercó a la mujer ue lloraba su muerte. Ella, entre sus lágrimas, no alcanzó a ver más que a un hombre: Hombre con sabor a tierra; Dios jardinero con pies de barro.

-Mujer, ¿por qué lloras? -repitió el Señor Jesús la pregunta que el Cielo se hacía.

Levantó sus ojos y una ausencia infinita brotó de ellos.

-¿A quién buscas? -preguntó la Vida.

-Señor -respondió la mujer enamorada-, si tú lo has sacado, dime dónde lo pusiste y yo me lo llevaré.

– ¡María! -dijo el Señor.

-¡Rabbuní! -exclamó la fe en la Vida.

María se arrojó a los pies de su Maestro. Jesús se inclinó hacia ella. Le secó sus lágrimas. Le sonrió. Ya no eran la Misericordia y el pecado que se encontraban, sino dos corazones que se acaban en un amanecer de vida.

-Ya suéltame -le ordenó Jesús-, porque todavía no he subido al Padre. Anda a decirles a mis hermanos que subo al Padre, que el Padre de ustedes; y a mi Dios, que es el Dios de ustedes.

María se arrancó con dificultad de aquel cuerpo que era su vida. Dio unos pasos. Se volvió. El Señor Jesús la animaba a ir con los demás: en ellos descubriría al Señor de la Vida.

De: Enrique Ponce de León SJ, El Señor Jesús, Buena Prensa, México.
Imagen: Fra Angelico, Noli me tangere, 1425-30