El sexo y el amor

Recuerdo haber leído una novela -creo que de Tolstoi, creo que ésa que se llama Sonata a Kreutzer, igual, sí, igual que el tema de Beethoven-, en la que un personaje tipifica a las mujeres de la clase burguesa como putas para toda la vida.
La tipificación del personaje aquél tenía sustento en la diferenciación de las mujeres burguesas con las prostitutas. Mientras éstas son putas por únicamente unas horas y por una suma fugaz de dinero, las otras, las de la clase burguesa, se venden al hombre más adinerado, mejor posicionado social y políticamente, más viril y más interesante -en ese orden-, por el precio de una manutención vital.
El personaje ése decía que las mujeres se arreglan, usan sus escotes, se pintan, adelgazan, dejan su cabello largo, quieren oler rico, usan joyas, se depilan, aprenden a tocar el piano y a cantar, a cocinar, a conversar y a bailar con el único fin de ser fecundadas por el mejor macho, y que todo el amor cortesano, que toda la faramalla de decir que no que sí que no, que el cortejo y los gestos y esfuerzos que éste implica, son simplemente artimañas desarrolladas a través de la selección natural, para atraerlo y encamarlo ad infinitum. El argumento del ponente se completaba con el juicio de que en eso radica la superioridad evolutiva de las mujeres respecto de los hombres, en el sentido que precisamente por eso son ellas quienes eligen con quién quieren tener sexo y ser complacidas material y espiritualmente, así como ser mantenidas y pasar sus días lúdicamente con una sonrisa de oreja a oreja que exprese la tranquilidad de no tener que trabajar para vivir.
En este sentido, y tal vez sólo en este -cabe hacer el comentario-, tanto el divorcio como el movimiento feminista representarían la más radical derrota para el dominio de la mujer sobre el varón.
Por supuesto -y es ya necio mencionarlo-, estamos hablando aquí de un claro entimema. Con ello quiero decir que para que este argumento sea válido es necesario suponer una premisa oculta, tal vez ni si quiera imaginada por quien proponía el argumento, a saber, que los hombres (los varones), todos, lo único que quieren en la vida es asegurar la posibilidad de sexo con mujeres. De allí que, una vez establecido que tanto varones como mujeres, machos y hembras, tienen el mismo fin en la vida, es posible decir que las mujeres son las dominantes en la medida en que ellas deciden con qué sujeto llevar a cumplimiento esta finalidad última. De acuerdo con este tren de pensamientos son ellas, entonces, quienes van tejiendo la historia, construyendo el mundo políticamente y tomando en sus manos el rumbo del globo. Pues no solamente son ellas quienes eligen al varón, sino que una vez elegido, ejercen un completo dominio en todos los ámbitos de la vida pública y privada de su macho: puntos de vista, decisiones, influencias, lecturas, preferencias electorales e incluso sus gustos en la comida y hasta el modo de jugar al ajedrez o a las damas.
A mí me parece que las opiniones de ese personaje -que por cierto es muy pobremente descrito psicológicamente- de Tolstoi, con todo y su natural imbecilidad de burgués, está más bien cerca de la verdad que lejos de ella.
Únicamente propondría yo dos corolarios con la intención de completar un poco la divertida, y muy probablemente verdadera, blasfemia.
En primer lugar, que la tesis sobre las mujeres y sus intenciones es de clase universal y no hay razones suficientes para hacerla particular solamente a las mujeres del ámbito burgués. En segundo lugar y, quizás más importante aún, que ese anhelo de sexo sin fin, de dominio sin fin, de seguridad económica y poder sobre los demás sin fin, es únicamente la más pura y natural expresión del gran e inevitable, formidable, metafísico y religioso deseo humano, y por ello truncado, torpe y no llevado hasta el límite, de Amor Absoluto.

Anuncios

El Asunto

El asunto y la controversia sobre el aborto no solamente está en la cuestión sobre el estatuo del embrión humano. Si bien ésa es la cuestión clave: ¿el embrión es persona o no?, también está involucrado otro tema que quiero plantear.
Ése el asunto de la racionalidad instrumental y la concepción de la sexualidad. En tanto se conciba a la sexualidad como una dimensión lúdica del ser humano será díficl promover una cultura que respete la dignidad de las personas y los derechos humanos. Si las relaciones sexuales se comprenden como una actividad que se puede tener con otra persona para pasarlo bien y tener placer, entonces es posible que se instrumentalize a la persona (incluso a uno mismo) y se convierta a ésta en un insturmento para mi propio placer.
Cuando la sexualidad se comprende como algo que yo puedo manejar, culturalmente, a mi antojo, es porque me comprendo a mí mismo, y al hombre en general, como un ser absolutamente autónomo y capaz de hacer de la naturaleza lo que más le plazca -hasta consigo mismo, en tanto miembro de la naturaleza-. Es decir: declarar a la razón como el criterio último rector de mis acciones, se le coloca en el punto más alto de la pirámide de las medidas de mis acciones e instrumentaliza a todo lo demás.
Hacer esto y concebir así a la razón es sumamente peligroso porque cuando ella es medida de sí misma (o en general cuando algo es medida de sí mismo) y no tiene con qué medirse, puede convertirse en ideología y en instrumentalizadora de lo que no es, de por sí, instrumentalizable. (Protágoras).
Si la razón no reconoce no sólo que la verdad es mucho mayor a ella sino también que, en tanto razón, no es absoluta, entonces lo que es limitado se tomará como ilimitado, lo que es se tomará por algo que no es, y acabará por no funcionar correctamente: la razón como criterio último de acción puede contradecirse a sí misma y dejar de funcionar como criterio último de acción.
Por otro lado, si se promueve una razón abierta al mundo, dispuesta a comprender la realidad al ver las cosas mismas antes de empujarle sus categorías, será posible promover una actitud realista de la razón, en la que la medida de ésta sea el ser, la realidad, y nunca sí misma. Por más dificil que esto sea, es necesario hacer un intento por comprender la realidad independientemente de lo que nosotros queramos que sea la realidad. La relación del hombre con el mundo es más saludable y duradera cuando nace de la sorpresa que causa el mundo en el hombre, y no de la manipulación que el hombre ejerce sobre el mundo.
La única manera de no convertir en instrumento, o en un medio, a una persona es tomarla como un fin, y eso significa, en su más alto grado: amar. Amar, en un sentido, es considerar siempre al otro como el fin de mis acciones. Si no se quiere manipular a la persona a través de la sexualidad, se debe comprender ésta como una vía de amor y no solamente como un instrumento de placer individual. Y no solamente la sexualidad, sino también cualquier manera de entrar en relación con los otros.
Sostener esto implica una actitud intelectual comprometedora: no puedo yo manipular la sexualidad a mi antojo, sino que tengo siempre que mirar por el otro procurando tomarlo como un fin y jamás como un medio para mis propios fines.
Si esto es verdad, y si la sexualidad se comprende así, entonces parece que la medida de la educación sexual no será solamente cómo tener relaciones sexuales sin peligro de contraer una enfermedad o sin peligro de tener un embarazo no deseado. La educación sexual será, entonces, una manera de educar al hombre en el amor y en la entrega al otro. Será una manera de destituir el individualismo o la razón instrumental y sustituirlos, en cambio, por una noción comunitaria de ser humano.

Y por ahora es todo.