Una carta de Edith Stein

Cuando Edith Stein, de raza judía, fue canonizada por el papa Juan Pablo II fue considerada mártir de la Iglesia Católica. Murió en la Shoá, en el campo de extermino de Auschwitz.

Esto suscitó una polémica política. Se interpretó, sobre todo en algunos sectores laicistas, que la Iglesia Católica estaba apropiándose de los mártires judíos y los estaba trayendo a su causa. Sin embargo, es sabido que Stein había escrito al obispo de Köln (lugar en el que vivió los últimos meses de su vida) una carta en la que condenaba, desde el cristianismo, las actitudes que estaba tomando el gobierno alemán en la guerra. Esta carta influyó en una gran medida para que agentes del estado Nazi entraran violentamente al Carmelo de Colonia y se llevaran a Edith y a su hermana Rosa.

Edith Stein sufrió muchas discriminaciones a lo largo de su vida. Dos veces intentó obtener una cátedra universitaria. Las dos veces le fue negada la posibilidad. La primera por ser mujer. La segunda por ser judía. Se trata de una persona cuya vida la dedicó a recuperar la dignidad del ser humano en todos sus aspectos, desde la trinchera política e intelectual que a ella como filósofa le comprometía.

En 2003, después de que Stein fuera canonizada y una vez que la polémica sobre su martirio se dio por finiquitada, se abrió al público todo el material del pontificado de Pío XI, el Archivo Secreto del Vaticano. En ese material apareció una carta que Edith escribió al Santo Padre en 1933. No aparece datada, pero se supone que fue escrita a inicios del mes de abril de 1933. La transcribo a continuación:

“¡Santo Padre!

“Como hija del pueblo judío, que, por la gracia de Dios, desde hace once años es también hija de la Iglesia Católica, me atrevo a exponer ante el Padre de la Cristiandad lo que oprime a millones de alemanes.

“Desde hace semanas vemos sucederse acontecimientos en Alemania que suenan a burla de toda justicia y humanidad, por no hablar de amor al prójimo. Durante años los jefes nacionalsocialistas han predicado el odio a los judíos. Después de haber tomado el poder gubernamental en sus manos y armado a sus aliados, -entre ellos a señalados elementos criminales-, ya han aparecido los resultados de esa siembra del odio. Hace poco el mismo Gobierno ha admitido el hecho de que ha habido excesos, pero no nos podemos hacer una idea de la amplitud que estos hechos, porque la opinión pública está amordazada- Pero a juzgar por lo que he venido a saber por informaciones personales, de ningún modo se trata de casos aislados. Bajo presión de voces del extranjero, el régimen ha pasado a métodos ‘más suaves’. Ha dado la consigna de que no se debe ‘tocar ni un pelo a ningún judío’. Pero con su declaración de boicot lleva a muchos a la desesperación, porque con ese boicot roba a los hombres su mera subsistencia económica, su honor de ciudadanos y su patria. Por noticias privadas he conocido en la última semana cinco casos de suicidio a causa de estas persecusiones. Estoy convencida de que se trata sólo de una muestra que traerá muchos más sacrificios- Se pretende justificar con el lamento de los que los infelices no tienen suficiente fuerza para soportar su destino. Pero la responsabilidad cae en gran medida sobre los que lo llevaron tan lejos. Y también cae sobre aquellos que guardan silencio acerca de esto.

“Todo lo que ha acontecido y todavía sucede a diario viene de un régimen que se llama ‘cristiano’. Desde hace semanas, no solamente los judíos, sino miles de auténticos católicos en Alemania, y creo que en el mundo entero, esperan y confían en que la Iglesia de Cristo levante la voz para poner término a este abuso en nombre de Cristo. ¿Esa idolatría de la raza y del poder del Estado, con la que día a día se machaca por radio a las masas, acaso no es una patente herejía? ¿No es la guerra de exterminio contra la sangre judía un insulto a la Santísima Humanidad de nuestro Redentor, a las Santísima Virgen y a los apóstoles? ¿No está todo esto en absoluta contradicción con el comportamiento de Nuestro Señor y Salvador, quien aún en la Cruz rogó por sus perseguidores? ¿Y no es esto una negra mancha en la crónica de ese Año Santo que debería ser un año de paz y de reconciliación?

“Todos los que somos fieles hijos de la Iglesia y que consideramos con ojos despiertos la situación en Alemania nos tememos lo peor para la imagen de la Iglesia si se mantiene en silencio por más tiempo. Somos también de la convicción de que a la larga ese silencio de ninguna manera podra obtener la paz con el actual régimen alemán. La lucha contra el catolicismo se llevará por un tiempo en silencio, y por ahora con formas menos brutales que contra el judaísmo, paro no será menos sistemática. No falta mucho para que pronto, en Alemania, ningún católico pueda tener cargo alguno si antes no se entrega incondicionalmente al nuevo rumbo.

“A los pies de Su Santidad pide la Bendición Apostólica,

“Hermana Teresa Bendicta de la Cruz
“Dra. Edith Stein.”

Hasta ahí las palabras de la santa, quien murió el 9 de agosto de 1942, a manos del ejército Nazi en una cámara de gas como instrumento, en el campo de extermino en Auschwitz, y canonizada por Juan Pablo II en 1998 como mártir de la Iglesia Católica.

Anuncios

No hay derecho.

Trabajamos, sudamos, nos desgastamos, perdemos el tiempo, nos cansamos, sufrimos, amamos, soportamos ciertas cosas que no deberíamos, estudiamos, tratamos de ser cultos, aprendemos lenguas: vivas y muertas, nos esforzamos, sufrimos dolores de espalda. Solamente para tener el pleno derecho de hacer chistosadas.

Para que un Imbécil las haga sin habérselo ganado:

Y luego el mundo lo admire y lo obsequie con el aplauso…

Exponga usted

“Quisiera exponerle, querido amigo (Roman Ingarden), un ruego, que acaso le parezca muy infantil. También usted ha pensado ocasionalmente poner fin a su vida. Nunca lo he tomado muy en serio. Pero la sola posibilidad me aterra. Prométame, por favor, que no lo hará nunca. La vida puede dejar de ser totalmente insoportable, si uno sabe que hay una persona para quien dicha vida es mucho más preciosa que la suya propia”.

Edith Stein, “Carta a Roman Ingarden”, 5 de julio 1918.