Autenticidad

Quiero poner sobre la mesa el tema de la autenticidad. Y no es solamente porque esté leyendo a Charles Taylor, o porque esté deprimido porque se acaba de retirar. Es razonable, tiene más de 70 años y toda una vida filosófica por delante. Hasta hace un mes era profesor de filosofía en Northwestern, pero ahora ya nada. Nada de nada. Pura esposa y lecturas matutinas con cafecito y pan tostado con mermelada. Es canadiense, el hombre, por lo que a lo mejor no es mermelada sino miel de maple. Porque habré de decir que para los canadienses la miel de maple es como el chile para los mexicanos.

Parece que para Charles Taylor, entonces, la autenticidad está en esas mañanas agradables, de periódico y escritura, no en las mamparas y luces de las cátedras universitarias. Pero esa autenticidad sólo se conquista después de haber sufrido fama y ganado múltiples premios millonarios. La autenticidad es ese momento en el que puedes, realmente, ser tú. Y tú, y solamente tú.

Es como con Hesíodo, para quien la vida buena, la buena vida, la vida verdadera y la verdadera vida, se resuelven, todas, en el humilde trabajo campesino de cultivar tomates, cuidar ovejas y tomar lecha de cabra directa de la ubre con la alegría y candidez propia del campesino ignorante. Esto de la ignorancia ya es de mi cosecha, no se anden creyendo. Pero algo tiene de verdad: el conocimiento no es para Hesíodo una virtud que haya que promover y buscar sedientos por sí misma, sino que sólo en la medida en que éste te sirve para el desenvolvimiento práctico de la personalidad en el trabajo y en la casa, entonces sí está bien conocer mucho y ser recultos.

Ahora bien, si es ésa la verdadera autenticidad, ¿en donde queda el condenado espacio público?, ¿cómo integramos a nuestra identidad auténtica esa esfera que los modernos llamaron ‘esfera pública’? O, actualizando más la pregunta, ¿dónde queda esa autenticidad privada si ahora existe Facebook, tengo un blog y traigo un cencerro al que llamo celular?

Sepa. Pero justamente por eso es difícil encontrar un suave regazo en el cual recostar la cabeza después de exhibirnos todo el día al mundo entero cual Paulina Rubio en los MTV. No es que andemos por ahí mostrando las nalgas, sino que andamos por ahí mostrando el alma. Y no es esto una cosa menor. Es una cosa mayor. Y de la mayor importancia porque, ¿qué será de uno mismo si uno mismo ya no es uno sino dos, o tres, o cuatro o un millón? Parece que los 15 minutos de fama llegan aunque uno no quiera y el yo se identifica con todos, con todos los que nos ven y con todos los que nos conocen. Porque si mi status dice: ‘tengo frío’, toda la comundiad virtual me dirá ¿por qué no te tapas? Y así todos tendrán el mismo deseo que yo acerca de mí y seremos un solo espíritu queriendo todos lo mismo, a saber, el aumento de mi temperatura corporal para evitar el sufrimiento que la poca temperatura me provoca.

¿Qué es, en este sentido, la autenticidad?
Quede entonces solamente planteada la pregunta. Sólo.

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Hoy

no fui a trabajar. Y eso es una buena cosa. No es que no trabajar sea la gloria del descanso para mí. El trabajo es importante e, incluso, me considero una persona activa. Si no trabajo o si descanso de más, me desespero y termino deprimiéndome. Decían los escolásticos que la mejor cura para la tristeza es la actividad. Y es que la vida es actividad, es dínamis, es movimiento.
Si nos compramos unos ‘pufs’, de esos asientos ‘jipiosetetenteros’ y los utilizamos más de lo debido, es probable que nos convirtamos a las drogas y al alcohol. Hay quien los compra y los utiliza en exceso precisamente para convertirse a las drogas y al alcohol. Es tanta su fuerza de voluntad de volver su vida hacia los excesos que son capaces de entregarse en cuerpo y alma al ocio.

No quiero hacer una apología del trabajo. Tampoco una apología del ocio, o de los excesos. Ni de las adicciones. Ni de la actividad, ni de la tristeza, ni de la virtud, ni del vicio. Ni una apología de la apología. En realidad, no quiero hacer ninguna apología. Oh, Dios, no sé qué más escribir. Aunque por otra parte, no debería preocuparme por eso, es mi propio blog. Aunque se me puede recrminar la pérdida de tiempo del lector. Lo siento. Lo siento mucho. Es lo que sucede por tener un día feriado, de no ir a trabajar y poder ir, con gusto y sonrisa, a los toros.