Mirado #2, Banda Roja


Los lápices son un clásico. Ellos han actuado en diversos momentos de nuestras vida como el más natural catalizador de emociones. Unos han funcionado como aquél compás de mano que ayuda a trazar las esferas que, al ser dibujadas, intentan expresar con el dibujo resultante una idea o un concepto preexistente en nuestra mente. El lápiz es el instrumento del creador. O del sub-creador.
Los lápices han sido, también, algunas veces, el proyectil que, al hacer palanca con el dedo índice y pulgar de una mano, y jalar el otro extremo del lápiz con la otra mano, quieren alcanzar a la inmundicia humana a la que tenemos intenciones de dañar. Los lápices, ergo, son el perfecto catalizador de emociones en varios sentidos. Para el niño travieso. Para el artista. Para el ocioso. Incluso, en algunos casos, ellos, amorosamente, en una kénosis relativa, al modo del redentor nuestro Señor Jesucristo han ofrecido su carne para ser masticada, mallugada y escarnecida con tal de que nuestros dientes y la boca en general pueda resolver de algún modo su fijación oral y nuestros nervios encontrar desahogo.
Los hay, además, de varios tipos. Está el clásico, amarillo, de olor a lápiz. Berol Mirado #2, Banda Roja, México. Con gomita rosada al final. Definitivamente un clásico. El lápiz miembro de esta familia no hace más que ofrecerse como instrumento, se considera a sí mismo siempre como medio y nunca como fin, dando así al ser personal su lugar en el mundo. Éstos son los lápices sencillos, humildes. Solidarios. Sobre todo solidarios. Porque también están los azules, que dicen ser de dibujantes. Éstos son más petulantes y exigentes, mamones. Suponen la inexistencia del pecado original y abandonan al ser humano a su propia desgracia: prefieren coronar uno de sus extremos con un metal cromado -como mostrando al mundo su superioridad-, que ofrecer al hombre, frágil, fallido, de naturaleza caída, una goma para remediar sus errores y tapar sus miedos.
Está también el lápiz americano. El nacido en el norte, el gabacho. Su esencia sale a la luz al sacarle punta, pues los residuos producen un rollo perfecto y absolutamente irrompible. El mexicano, nuestro amigo, en cambio, se meustra frágil y necesitado. Los residuos expelidos al sacarle punta son defectuosos, manchan. Pero eso siempre lo perdonamos. En cambio, el lápiz primermundista no hace más que mostrar una punta dura, inmanejable. Indomesticable.
El lápiz amarillo, nuestro amigo, por ello, es más santo. Porque aunque ya no lo tengamos, aunque nos haya dejado y nos haya abandonado, aunque solamente sintamos su ausencia, es más valioso. Porque los hemos domesticado. Y aunque ahora sintamos nsotalgia, hemos ganado, pues está en nuestra memoria y lo recordamos al mirar el color amarillo del trigo.

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La señora responsable

Confieso que he leído poco a Hannah Arendt. Únicamente algunas partes de The Human Condition y entero, eso sí, The Origins of Totalitarism. Y párale de contar.

A pesar de tal manquedad, paréceme que es una filósofa agudísima y genialísima. Ayer terminé de leer Collective Responsibility, un ensayo publicado en 1968, a propósito de la responsabilidad que tenemos todos -como parte de una colectividad- de las atrocidades que el grupo humano al que perteneciéramos perpetrara, aún cuando nosotros no hubiéramos tomado parte activa en dicho crimen.

No se refiere a ningún hecho histórico en concreto, aunque hace alusión tanto a la guerra de Vietnam como, obvio, a la segunda guerra mundial. Su punto es el siguiente, y con ello comienza el trabajo: no hay tal cosa como la ‘culpa’ respecto de hechos atroces en los que nosotros no tuvimos parte, pero que fueron provocados por nuestra comunidad en nombre de la comunidad. En cambio, sí existe una responsabilidad por ese acto. En este caso, la culpabilidad es la carga moral que un individuo en su conciencia puede o no sentir. En cambio, la responsabilidad es la obligación de hacerse cargo por enmendar el hecho.

Esto, además, no solamente aplica para actos negativos, sino también para los positivos, o buenos: un acto heroico hecho por mi comunidad no tiene por qué atribuírseme y, en esa medida, no debo ser yo llamado “héroe”, pero sí es posible que yo disfrute legítimamente de los premios que mi comunidad ha conseguido, en tanto que soy miembro de ella y el acto fue hecho en su nombre.

Piénsese en un padre noble: yo no cargo con sus culpas, pero sí soy responsable de enmendar lo que hizo mal. O yo no soy un héroe, pero sí heredo la buena fama y en su nombre puede retribuírseme un bien que él hizo. El argumento es significativo sobre todo para que podamos culpar realmente a los culpables: culpable es únicamente aquél que hizo mal las cosas, responsables, en cambio, somos todos. Sobre todo porque “donde todos son culpables, ninguno es culpable”. Ilustrémoslo con el holocausto que, por obvias razones, viene a la cabeza.

No todo alemán es culpable de lo que sucedió en Auschwitz. Son culpables únicamente los que provocaron deliberadamente la matanza. Pero el pueblo alemán todo es responsable de lo que se hizo en nombre de Alemania. Un alemán de hoy no puede ser ‘culpado’ por la Shoá. Pero sí es responsable de ella y en esa medida es su obligación enmendar a su pueblo. Arendt juzgaba así a los SS, que dicen que únicamente siguieron órdenes: quizás, en una de ésas, dado que su vida dependía de ello, no son culpables strictu sensu (aunque aquí podría haber ‘grados’ de culpabilidad), pero sí son responsables de sus actos y por tanto deben enmendarlos.

Esta reflexión de la señora Arendt me resultó sumamente significativa, pues en el fondo apela a dos nociones que no explicita y, hay que decirlo, quién sabe si ella las comparta o realmente su razonamiento las presuponga. Me refiero a:

a) Una noción de tradición
b) Una noción comunitaria de ser humano.

Por a) me refiero que la tradición, la historia, en tanto que es entrega de cultura a través de las generaciones, es también forjadora de identidad de los seres humanos venideros. Sólo en ese caso es posible atribuir responsabilidad a los futuros de lo que hicieron sus ancestros. Pero la distinción Arendtiana no sólo aguda por eso, sino también porque permite hacer responsables a la nuevas generaciones sin juzgarlas como ‘culpables’.

Esto explica, en buena medida, o quizás esté más bien inspirado por, la doctrina del pecado original. Si bien no somos culpables de la caída de Adán y Eva, sí somos responsables de ella y debemos en nuestra vida remediarla.

Por b) me refiero a que la única manera de justificar la atribución de responsabilidad por actos en los que yo no he participado, es que de alguna manera esté yo ligado moral o jurídicamente con el individuo que cometió la acción en nombre de la colectividad a la que ambos pertenecemos. Una manera de justificar el hecho de que un individuo sea responsable de otro es cuando nos damos cuenta de que los individuos no pueden realizarse si no es junto con los otros. Y esto es más fácil de ver cuando dejamos de hablar de individuos y comprendemos al ser humano como persona.

La noción de persona, aún con todo lo problemática que es, permite afirmar la necesidad de la comunión y de la comunidad para la realización de lo plenamente humano. Así, me parece que el pensamiento de la señora Arendt permite afirmar dos cosas sobre el ser humano: por un lado, que siempre se realiza dentro de una tradición y esta tradición forma en buena medida su identidad y, por otro lado, que su realización depende de una comunidad y que necesita de ésta para formar y construir su subjetividad.

Así, tenemos una noción de identidad que saca al ser humano de su propio cascarón y que lo convierte en un agente moral no encalustrado en sí mismo, sino que la vocación hacia los otros es el presupuesto que necesita toda ética y todo sistema de pensamiento para poder hacerlo sostenible y aplicable, en un mundo en donde existe el mal y casi nunca hay responsables.