No hay de otra

¿Amarse primero a uno mismo?
Deseo del Burgués de cintura ancha, incapaz de mirar que sus propias espaldas están sostenidas por otro. El Burgués es tan gordo que ocupa el espacio de los demás y por ello exige que el amor primero sea el de uno mismo. El amor a sí mismo no es sino resultado secundario, consecuencia de aquella experiencia primigenia del Amor: yo soy amado.

Soy amado, ergo sum.

“Pero es menester primero amarse uno a sí mismo”, dice el Burgués. Claro, si uno piensa que de lo que se trata la vida es de darse convites y sobarse el ombligo con las yemas de los dedos.
El hecho de que el amor primigenio sea el que nos es dado implica consecuencias sumamente indeseables y trágicas para la papada granosa del Burgués: el nada fácil e incómodo imperativo de ‘amar al otro’, de dejar de tragar para extender no sólo el brazo sino el corazón. Y eso, es menos pavo y menos jaibol. Por eso proclama imbécilmente el Burgués: uno no puede dar lo que no tiene, uno tiene que amarse a sí mismo y, ya de ahí, ya bien parados, ir hacia el otro…
Soberbia naïve del que cree tener las espaldas de Odiseo y no se da cuenta que su cuerpo entero es un talón de Aquiles.

Necesitamos ser amados. Sólo el que se reconoce limitado, precario y necesitado es capaz de aceptar el abrazo del Amor.

Eso, o estar dispuestos a ahogarnos en nuestro propio vómito.

Fotograma: Babel, de Guillermo Arriaga

Y ya regálenme un libro que no sea de Bloy, o acabaré medio tocado.

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Presencia

“La señora Dézaymeries se levantaba al alba, y después de misa, despertaba a Fabián con un beso, beso que tenía gusto a iglesia, olor a neblina. Y el niño admiraba en los ojos maternales la luz de un país desconocido. Por la tarde, al volver del paseo público, lo llevaba a la Catedral para la Hora Santa. Fabián miraba entonces los labios de su madre, quien sin duda veía a Dios, porque le hablaba animadamente. El aburrimiento de cada segundo pesaba sobre él, pero encerraba una especie de deleite. El niño imaginaba que su mano derecha era una mujer, y la cubría de collares, y los collares eran un rosario. Un sacerdote pasaba bajo un parasol, detrás de un munchacho que hacía sonar la campanilla. En medio de un rumor de sillas, las sombras fieles se volvían hacia esa manifestación de la Presencia. Y cuando la custodia resplandecía entre los cirios, la señora Dézaymeries no se prosternaba: con la cabeza echada hacia atrás, contemplaba a Dios cara a cara.”

Francois Mauriac, El mal, Ed. Losada, 1955, p.9. Traducción de Elvira Riera de Carmelingo

Exponga usted

“Quisiera exponerle, querido amigo (Roman Ingarden), un ruego, que acaso le parezca muy infantil. También usted ha pensado ocasionalmente poner fin a su vida. Nunca lo he tomado muy en serio. Pero la sola posibilidad me aterra. Prométame, por favor, que no lo hará nunca. La vida puede dejar de ser totalmente insoportable, si uno sabe que hay una persona para quien dicha vida es mucho más preciosa que la suya propia”.

Edith Stein, “Carta a Roman Ingarden”, 5 de julio 1918.

“Muchos hombres quisieran prohibir el empleo del vocablo Dios, porque se ha abusado de él demasiado. En verdad, es la más gravosamente cargada de todas las palabras que el hombre emplea, pero por esta misma razón es la más imperecedera y la más indispensable de todas. ¿Qué importan todas las divagaciones respecto de la esencia de Dios y de las obras de Dios (pues sobre este punto no hay y no puede haber jamás sino divagaciones), en comparación con la verdad única de que todos los hombres que han invocado a Dios realmente han pensado en Él? Pues quien pronuncia la palabra Dios cuando está todo lleno del , cualquiera que sea la ilusión que lo sostiene, se dirige al verdadero de su vida, al que ningún otro limita y con el cual está en una relación que envuelve todas las otras. Y también invoca a Dios todo aquel que tiene horror de este nombre y se cree Dios, cuando, con el impulso de todo su ser, se dirige al de su vida, al que ningún otro limita.”

Texto: Martin Buber, Ich und du, p.III

Imagen: André Agnes, Martin Buber, 2005

Fragilidad

Gonzalo Carrasco S.J., Job en el estercolero

Encontrarse con lo humano no es cosa fácil. Pensamos, generalmente, que es el hombre perfecto o el hombre virtuoso aristotélico en donde mejor se muestra la belleza del ser humano. Pero es en el encuentro con la realidad del pobre, del desamparado, del frágil, en donde mejor se muestra la realidad humana en la plenitud de su rostro. Sin dudar de ella. La epifanía del yo ajeno está en su esplendor cuando el pobre estira la mano pidiendo a gritos mudos el auxilio de otro hombre. Ese grito es voz color carne.

Aquí no se trata del sentimentalismo, en el que no se puede fundar una ética. Se trata de aprender a mirar el lugar preciso en el que se nos impone el mandato. Se trata de ver cuál es la realidad que da sentido y significado a las demás realidades para cuidarla y protegerla. Se trata de dejar de verse el propio ombligo esperando que se nos ocurra algo.