El Deshabitado, de Javier Sicilia

 

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El Deshabitado (Grijalbo/Proceso: México, 2016), la más reciente novela de Javier Sicilia relata los acontecimientos sucedidos entre el momento en el que el poeta recibió la noticia en Manila del trágico asesinato de su hijo Juanelo y su vuelta a México después de una estancia en la comunidad de El Arca en Francia.

Absolutamente personal, es probablemente la novela más simple de Javier. No se trata de nada más que de relatar hechos, hechos consumados que él vivió y que sufrió y que padeció. Nada qué inventar, nada qué crear, solamente la descripción de la afilada y puntiaguda realidad del dolor de haber perdido a un hijo.

Es una novela simple porque carece de simbolismo, no hay metáfora ni retórica: pura y dura descripción de lo que hay. El Deshabitado es el ejemplo vivo de que la novela no puede tener otro origen que el alma de su autor. Como Conrad, Javier emprende un viaje al corazón de las tinieblas para escrutar lo que marcó su intimidad para siempre. Del mismo modo que Léon Bloy decía que la única materia prima para su literatura era su propia vida, El Deshabitado de Sicilia no juega con nada y no estetiza con nada. Si bien él y Bloy comparten en este sentido la misma fuente de su creación, difieren absolutamente en la dimensión simbólica de sus obras, cuando menos en El Deshabitado. Si para el francés todo en su literatura es símbolo de Dios, para Javier nada o prácticamente nada puede serlo, ni símbolo a secas ni mucho menos símbolo de Dios, pues “el mal jamás puede ser providencial”, afirma rotundamente. Lejos está Sicilia de cualquier teodicea que justifique el sufrimiento, el vacío abismático de la tragedia. Más parecido en eso a Simone Weil que a Léon Bloy, Javier confiesa que su fe en Dios ha permanecido, pero limpia de todo rastro de sombra y de alucinación, de toda esquizofrenia, de todo providencialismo fatídico y fanático que adjudica el mal a Dios y hace de los hombres sus mascotas. Para él, el mal no puede explicarse, no ha de explicarse, intentar hacerlo es contribuir a su expansión. Debe permanecer como misterio.

El Deshabitado es, desde este punto de vista, una antinovela. Nada en ella es ficticio. Aunque todo es relatado, naturalmente, desde la mirada del autor, el lector puede observar el esfuerzo de Sicilia por clarificar, elucidar, aclarar la realidad; por ponerle palabras a lo aparece sombrío y ambiguo. No inventa nada ni a nadie, todos los personajes son reales: Isolda, Estefanía, Cocó, Jean, Georges, Felipe, Emilio, Marcos, Margarita… No son personajes sino personas. Nombrándolas, pareciera que Javier quiere exorcizar, en su relato, con sus palabras, la memoria de un par de años fatídicos en los que creó sin querer un movimiento que dio voz y nombre a las miles y miles de víctimas de la guerra sucia que comenzó Calderón; y no las nombra con nombres alterados, simbólicos, inventados, que representen, sino que los nombra con sus nombres, con la palabra que los presenta en su nitidez más pura.

Puede verse en Javier una cierta fe en la palabra, en el lógos que exorciza y redime lo que permanece anónimo. Esta novela es quizá eso, el intento de nombrar la difícil realidad y así domesticarla, pero también es el fracaso de poder nombrarlo todo, pues el relato tiene como objeto la podredumbre de México, la brutalidad de los asesinatos de inocentes, los horrores de los desaparecidos. La palabra de Javier se topa así con el absurdo del sufrimiento humano que, quizá, tal vez, sólo cada víctima, en primera persona, podría encontrar esperanzado.

Hay en El Deshabitado un movimiento pendular que va de la palabra y del sentido al espanto y al anonadamiento. Si bien el relato trata de lo inicuo, de lo innombrable, Javier emprende la aventura quijotesca de nombrarlo, de relatarlo. El esfuerzo adánico de nombrar la realidad en su realismo se exhibe, por ejemplo, en el hecho de que la novela está acompañada de tres anexos. El primero de ellos incluye los discursos que Javier fue pronunciando a lo largo del tiempo mientras el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad crecía y tomaba forma. También incluye algunas de las cartas que escribió y que le escribieron, como las que cruzaron el Subcomandante Marcos y él a propósito de la postura que el EZLN tomaba respecto del movimiento. El segundo anexo incluye, a modo de glosario, algunas notas explicativas sobre algunas de las personas que aparecen en el relato y las organizaciones que tomaron parte en el movimiento. El tercer anexo es un simple índice de nombres. Los tres anexos son tal vez un signo de una de las pretensiones del autor: dar cuenta de un hecho histórico, de un acontecimiento que marcó su vida y la vida de México lo más precisamente posible. Es evidente, no obstante, que la intención de objetividad no puede lograrse del todo. El movimiento pendular se completa cuando Javier arriba a lo atroz, a lo abismático, al dolor más hondo, y aprende que éste se resiste a ser nombrado con la palabra humana y domesticado en sus términos.

A pesar de este movimiento pendular, Javier se mantiene poeta; y no sólo es poeta, también es un agudo pensador de la Modernidad; y no sólo eso sino que fue víctima del mal en carne propia. Si un lector quiere leer el texto como documento histórico, algunas cosas encontrará, ciertamente, pero encontrará también una serie de reflexiones filosóficas sobre el mundo moderno y sobre el fondo espiritual y filosófico que forma el alma de su autor. Iván Illich, Gandhi, Lanza del Vasto, Simone Weil, Günther Anders, Hannah Arendt; ellos son sólo algunos de los pensadores que han nutrido intelectual y espiritualmente a Javier durante años, y a quienes hay que acudir si quiere verdaderamente comprenderse lo que anima su trabajo como activista, como periodista y como escritor, pero también si quiere comprenderse cuáles son las armas afectivas y espirituales que le han permitido sobrevivir a las atrocidades que padeció.

Cargada de reflexiones filosóficas, como es ya usual en su narrativa (cfr. La confesión, El fondo de la nocheEl reflejo de lo oscuro, etc…), El Deshabitado es una novela de muchos rostros: lírico, filosófico, religioso, político. El rostro que se dibuja, sin embargo, al unir los puntos del contorno de las otras caras es el de un hombre honesto que, asido a otro mundo, uno muy hondo, iluminado sólo por una vela, un mundo que sólo puede ser habitado en el silencio, ha encontrado la fuerza para hablar claro al espanto que México vive desde hace ya varios lustros.

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Canta

 

Canta.
Que la mano cante
que el ojo cante
que la uña cante.
Canta caminando
y que canten tus pies
en la piel
de los hombres.
Que cante el agua
y que hagas a los puentes cantar.
Que todo canto se avergüence
al verte,
de que no canta lo bastante.
Canta himnos.
Y canta un río,
porque al cantar
amas el mundo.
Canta a las vírgenes
y a los toreros
y a las viejas abuelas
que hicieron lentejas.
Canta a quien muere sin haber amado,
canta al filo del dolor
y canta también,
convexa,
la tristeza y el tono
mortal, limpio y claro
de un sol que va a dormirse.
Canta como el alba canta.
A las esquinas,
al barro, a las espinas,
que las llagas sean también
siempre cantadas.
Canta al sexo,
al amor de los frágiles amantes.
Canta a la torpeza de los hombres
y al caudal de zozobras
que teje la rutina
de los jueves.
Canta el eco del pobre
que refleja tu alma.
Canta un canto enramado.
Verde.
Enraizado.
Concibe y alimenta, cantando al mundo
florido y curvo.
Que tu canto sea liso y quedo
cuando así haga falta.
Susurra si hace falta.
Musita.
Pero cantando.
Caiga tu canto y rebote,
esdrújulo,
en los muros y en las cosas.
No haya sirena
atada a un mástil
que sea sorda a tu canto.
Que baile la arena
y el mar se calle.
Que un tango tuyo
desate las mareas.
Canta a todas las almas.
Y luego elige y ama y canta
a una de entre todas ellas.
Y con ella, canten juntos
la belleza del hombre
pero canta, sobre todo,
a Dios.
Que fue quien cantó primero.
Tuerce al mundo con tu música.
Que retumbe ella, sonora,
en las paredes del globo, curvas.
Y que sea tu canto devuelto
a su lugar de origen.
Para que a la hora de tu muerte
te arrulle el eco
de aquello que cantaste.

Algunos herejes son santos

Muchas veces permite también la divina Providencia que hombres justos sean desterrados de la Iglesia católica por causa de alguna sedición muy turbulenta de los carnales (per nonnullas nimium turbulentas carnalium hominum seditiones). Y si sobrellevaren con paciencia tal injusticia o contumelia, mirando por la paz eclesiástica, sin introducir novedades cismáticas ni heréticas, enseñarán a los demás con qué verdadero afecto y sincera caridad debe servirse a Dios. El anhelo de tales hombres es el regreso, pasada la tempestad, o, si no les consiente volver, porque no ha cesado el temporal o hay amago de que se enfurezca más con su retorno, se mantienen en la firme voluntad de mirar por el bien de los mismos agitadores, a cuya sedición y turbulencia cedieron, defendiendo hasta morir, sin originar escisiones, y ayudando con su testimonio a mantener aquella fe que saben se predica en la Iglesia católica. A éstos corona secretamente el Padre, que ve lo interior oculto. Rara parece esta clase de hombres, pero ejemplos no faltan, y aún son más de lo que puede creerse. Así, la divina Providencia se vale de todo género de hombres y de ejemplos para la salud de las almas y la formación del pueblo espiritual.

Agustín de Hipona. De vera religione, 6, 11.

El gol

En The Rediscovery of the Mind, John Searle se preguntó cuál es el estatuto ontológico de un gol. La pregunta por el estatuto ontológico de algo se refiere a qué tipo de cosa es. ¿Es una cosa real, o es un invento de la mente? ¿Está en el mundo de las cosas físicas o de las espirituales? ¿Es una cosa igual que una taza o es, más bien, algo más parecido a un Chotis? ¿Es un ente creado por la razón? ¿Solamente existe en nuestras mentes o existe ahí afuera de ellas? ¿Forma parte de la res extensa  o es, más bien, un elemento del conjunto de cosas a las que llamamos res cogitans? ¿Es un qualia? ¿Es un acto intencional?

Cuando de un objeto o de un cierto tipo de entes depende el sentido de la vida no solamente de once jugadores sino de millones y millones de aficionados, cuando por esa realidad se juegan medallas olímpicas, cabelleras, millones de dólares, comidas con los compañeros de trabajo, el orgullo, camisetas originales y no, videos conmemorativos, la carrera de alguien, su mala fama, su buena fama, la alegría desbordada, la ola y la psicología de masas enterita, cuando todo esto depende de una cosa como un gol, entonces la pregunta por su estatuto ontológico cobra cierta importancia.

¿Cuándo comienza y cuándo termina un gol? ¿En específico, cuándo comienza? ¿Cuando el mediocampista pensó la jugada? ¿Cuando el delantero remató? ¿Cuando el balón cruzó la línea de la portería? ¿Cuando la madre del delantero concibió al delantero? ¿Cuando el entrenador le dio al cazagoles una viril nalgadita y lo animó a dar el cientoveinte por ciento?

Recuerdo que desde pequeño me he preguntado si un futbolista, abandonado en el desierto, mete un gol pero nadie lo ve, ¿metió un gol? ¿Cuándo yo veo un gol, digamos, por ejemplo, azul, sí, un gol azul, todos lo vemos exactamente igual y con el mismo azul? ¿Qué pasa si nadie festeja el gol; hay gol? Ahora bien, parece ser que menos dificultades se nos presentan cuando nos preguntamos ¿cuándo termina un gol? Tal vez es por la radicalidad de la respuesta pero, si bien hay muchas dudas sobre el momento en el cual podemos afirmar con certeza en qué momento comenzó el gol, algo sí tenemos claro, y es que un gol nunca termina.

Santo Tomás de Aquino decía que el alma humana es eviterna. Esto quiere decir que es creada ex nihilo en un momento particular del tiempo –lo que implica que tiene un inicio–, pero no tiene un final, es decir: es inmortal. Ahora bien, que sea inmortal no significa de ninguna manera que sea eterna. Veámoslo con detenimiento escolástico. Cuando se habla de eternidad suele hablarse de ella en dos sentidos: por un lado, es eterno todo lo que está fuera del tiempo. Este tipo de seres eternos no están sujetos a ningún tipo de cambio: ni a los cambios de lugar, ni a los cambios de presión atmosférica, ni al cambio climático, ni al cambio de aceite, ni a los cambios de ánimo, ni al hambre, ni al llanto, ni a los ciclos lunares, ni a las mareas ni nada. Lo eterno es siempre lo mismo y es inmutable. Por otro lado, son también cosas eternas aquellas cosas que, estando dentro del tiempo, lo abarcan en su totalidad y están siempre: todo el pasado desde lo más inmemorial del pasado, todo el presente y todo el futuro hasta el último minuto y nanosegundo que nos regale el padre tiempo. En ninguno de estos dos conceptos de seres eternos cabe el alma humana, pues ella tuvo un inicio (y por lo tanto no está en todo el pasado) pero, según la teología católica, no tendrá un final (sí estará en todo el futuro). Por ello, los teólogos medievales tuvieron que recurrir a una nueva palabra y le llamaron: “eviterna”, es decir, casi casi eterna pero no del todo. Sí nació pero no morirá.

Un gol también es eviterno. Tiene un inicio, aunque a diferencia (o semejanza) del alma humana tenemos muchísimas dificultades para ponernos de acuerdo cuándo un gol ha sido engendrado –y tampoco sabemos muy bien si fue creado de la nada o más bien de algo– pero claramente no tiene un final. Cuando cae un gol, ha caído para siempre. No hay nadie que pueda eliminarlo o hacer algo para que el evento no haya acontecido. El gol quedará para siempre en los registros de la Fifa y aunque no quede allí quedará, al menos, para la memoria de quien lo metió. Y si no queda allí, quedará en la memoria del aficionado que lo celebró y, si no, al menos quedará en Wikipedia, lo que garantiza sin duda alguna su estatuto de eviterno. Un gol nace un día y decide nunca morirse. Nadie tampoco lo puede matar, ni siquiera el aficionado del equipo archirival. Al contrario: el aficionado rival es precisamente quien más vida le da a un gol: es su odio el que hace que el gol estalle, se inflame, se ensoberbezca y se infle hasta estallar en el pecho de los aficionados del equipo goleador. Por eso un gol se celebra tanto: una vez marcado, es irrevocable. Al gol, nadie le quitará nunca jamás lo bailado y, por eso mismo, podríamos decir que con el gol asistimos a un evento prácticamente teológico, lo que hace explicable el éxtasis de los estadios y los gritos y abrazos que suelen seguir a los goles y a los golazos.

En ese sentido, un gol es mucho más seguro que cosas como, por ejemplo, el matrimonio, que no es eviterno sino que suele terminar con la muerte y en muchos casos tantito antes. Un gol es una especie de milagro y carga consigo la alegría entera de todos los niños y los adultos de mundo. Un gol es anímicamente perfecto. Mientras a unos ilumina la vida y con él llega el desahogo de muchísimas tensiones, para otros representa el fracaso y la ausencia del porvenir de una ilusión. En ambos casos, sin embargo, es definitivo. De ahí la tragedia del “gol anulado”, pues todo gol es siempre promesa de definitividad, de amor eterno, de locura galáctica, de apoteosis pasional. Un gol anulado es, por ello, el fracaso del amor, la promesa incumplida, un político electo, es una noche de amor sin orgasmo, en la que se vivió todo excepto el clímax: el cortejo, la emoción, el vaivén, los nervios, la imaginación, se intentó, se probó por aquí, se probó por allá, se gritó y se arañó pero al final, no contó.

Más allá de los goles que pudieron ser, los goles que efectivamente llegan a asentarse en las actas cargan consigo el peso de la existencia humana y comparten el drama humano en su totalidad. Comparten con los seres humanos –y es probable que sean los únicos seres de la tierra que entran en esta calidad de comunión con nosotros– la conciencia de que, si bien tuvieron un inicio, no tendrán jamás un final. Cargan con el peso de la existencia, de saberse dentro del tiempo pero atados a él, aunque tienen la ventaja, a diferencia de los hombres, de salirse por momentos de ese tiempo al que están atados. Admitámoslo de una vez: hay goles que vuelcan el universo y voltean el tiempo parándolo aunque sea por un momento. Son goles que nos hacen olvidar nuestra condición de seres finitos, goles que nos hacen sentir ligeros como la gacela y en comunión con el cosmos. Hay goles que simplemente se muestran como los verdaderos dueños de la creación pues, a diferencia de los hombres, eviternos, pueden gozar en algún punto de su existencia, de la plena eternidad.

Nanche de mezcal

El mezcal es como mi abuelita, dice María. Perdón, mi abuelita es como el mezcal. Eso es lo que realmente dice. No sé bien a qué se refiera, pero a mí me gusta que lo diga porque es divertido. Porque no es necesaria siempre una razón para disfrutar algo, sino que aquello que se disfruta ha de ser disfrutado sin más. Quizás sin saber por qué.

Y eso es muy liberador, porque entonces ya no tenemos que andar buscando razones y sortilegios para justificarlo todo sino que podemos quedarnos con el sortilegio mismo. En tanto sortilegio. En tanto magia. Como el espíritu ése que se inhala en el mezcal y que se sube a la cabeza, o no, después de dar el primer sorbo. Que simplemente sube y sube y sube y sube. Y no para de subir. Y para segur subiendo como que va levantando cada uno de nuestros pelos, apuntando hacia arriba, como en pintura de Remedios Varo y empezamos a subir con él, hasta que llegamos al techo de la alcoba y topamos con las vigas. Nuestro cuerpo se elva y flote levemente el aire. Las piernas cruzadas. Y, eso sí, unas sonrisotas en nuestras caras. De oreja a oreja. Y desde ahí miramos el mundo. Lo contemplamos. Lo admiramos. Porque el mezcal ahí nos llevó. Y todo es divertidísimo y aleatorio y equilibrado y estable. Bueno, no muy estable porque estamos flotando, pero sí algo. Lo adecuado. Lo suficiente como para que querramos permanecer ahí, como viéndonos, tocándonos y riendo, conociendo lo que traemos dentro. Divertidísimo, pues.

Mi abuelita no hacía esto. Mi abuelita lo que hacía era vituperar de mis travesuras, y me ponía a lavar el patio y me daba de comer esos pequeños nanches, frutos jalicienses que dan tanta, tanta identidad. Y yo me los comía después de comer los higos que cortábamos de la higuera. Era lindo. Pero hay que decirlo todo: ésta era una experiencia, sin duda, de realidad. No había nada más real que mi abuela. Ella sí que tenía los pies en la tierra: bastaba una pala de madera de la cocina, unas sandalias de plástico y una imagen del Sagrado Corazón para que todos, sus nietos, comprendiéramos qué era lo importante en la vida. Y así nos instaló ya desde pequeños, muy en la realidad.

Fue tiempo después cuando, al reencontrarme con el nanche, me reencontré con mi abuelita. María dice que no es cierto, pero no lo dice en serio: lo dice solamente porque es divertido. Es como cuando hablas de una película sin haberla visto, o de un libro sin haberlo leído. Es divertidísimo. Es como tener los pelos separados y con las puntas estiradas al cielo, o al techo, como en pintura de Remedios Varo porque el mezcal los está jalando e impulsando hacia arriba. Y nuestros cuerpos flotando en el espacio de la habitación, y nuestros ojos sonriendo.

Mezcal y nanche. Abuelita y mezcal. Saben a lo mismo. La verdad es que la pala de la cocina y las sandalias de plástico se pueden también ver y contemplar, igual que el Sagrado Corazón, desde arriba, desde el techo, desde el lugar aquél al que nos ha conducido el mezcal: a saborear aquellos años de infancia, de irrealidad, pero viéndolos como si fuéramos Pedro Páramo, que fue a Comala porque le dijeron que allí vivía su padre. Igualito que aquella vez en la que nos llevaron a conocer el hielo. Eso es el mezcal. Eso es el nanche: como voler a ese diminuto día en el que nos llevaron a conocer el nanche.

Todo se trata de esto. Del regreso y la memoria de aquellos sitios que nos dan sentido y significado. Pero siempre divertido. Always fun. Es cuando la realidad de la abuelita y el sueño del mezcal se entrecruzan y forman el presente: un presente de caricias y besos y miradillas. Y ternura. Porque a ese sitio, único, se llega solamente en bici. Y María.

No es el alma

“Es terrible, angustioso, aterrador, pensar que cada conciencia humana vuelva a la nada de la cual ha nacido, que neustra estirpe humana y nuestro mundo entero se conviertan un día en polvo cósmico y todos nuestros esfuerzos se vean completamente perdidos; terrible la idea de que la conciencia humana no sea sino un relámpago entre dos eternidades de tinieblas: pero no menos terrible es la idea de una persistencia sin fin. La eternidad nos ahogaría”.

Tales eran las palabras de don Miguel de Unamuno quien, hacia las postrimerías de su vida, meditaba celosa y sangrientamente acerca del deseo de su conciencia por permanecer en esta tierra, al tiempo que agradecía a la vida que su naturaleza le proveyera de una muerte.

Pero don Miguel se equivocaba. Nadie le cree, honestamente. Sus palabras son inverosímiles y probablemente falsas. ¿Por qué habría de ser angustioso pensar que mi conciencia morirá y se convertirá en polvo de estrellas? ¿Por qué? ¿Qué quiere mi conciencia, mi alma, que no desea la muerte? Si, al mismo tiempo, la muerte representa para mi conciencia, para mi alma, para mi espíritu, una amenaza y un consuelo, no estaremos confundiendo los términos?

Don Miguel se equivocaba. El que se rebela es el cuerpo. Es la carne bendita y la carne maldita la que anhela eternidad. Porque al alma nunca la he visto. Por eso ella no me importa. Cada gramo y cada milímetro de mi cuerpo, cada mililitro de mis lágrimas y cada poro de mi piel, ellos, ellos sí que se rebelan y quieren todo el tiempo, quieren todo el mundo y toda la vida para sí. El cuerpo quiere, lo quiere todo, lo desea todo, lo exige y lo pide todo. El cuerpo, además, no miente. El cuerpo se quiere a sí mismo y, queriéndose a sí, también quiere a otro.

El alma, en cambio, esa triste y fantasmal humareda, que tan pequeña se queda frente al cuerpo. Ángel desangelado, el alma. ¿Qué es la transparencia del alma frente al color del cuerpo? ¿Qué es el vaho espiritual frente a la solidez del placer y del dolor?

Bien lo decía Péguy: “el cuerpo, amigo mío, el cuerpo carnal, se defiende, el cuerpo se subleva. No quiere saber nada, el cuerpo. Este cuerpo mortal no quiere saber nada de la muerte”. El cuerpo, más que nadie, sabe quién es. El cuerpo se conoce a sí mismo. El alma, en cambio, se confunde. El cuerpo no vacila y no duda, el cuerpo está, está solidamente y persistentemente. Al cuerpo nadie lo engaña. Es franco y veraz. El alma, el espíritu, la conciencia, tres serpientes que se engañan la una a la otra. El cuerpo, sin doblez, no sabe mentirse. No sabe engañarse. No sabe nada de nada. El cuerpo, en cambio, solo vive y se sonríe. Y llora y se quebranta. Y se ilusiona y se derrota. Y se cansa. Y se inflama. Vive.

Nietzsche y Pedro Salinas lo sabían. Escuchaban a sus cuerpos. Eran sus cuerpos. Los dejaban ser. El placer anhela eternidad decía el primero. Y las tumbas, pobres tumbas humilladas por este cuerpo mortal, decía el segundo. No, no es el alma la que quiere eternidad, es la carne de mi carne y los huesos de mis huesos. Unamuno falló. Pero su cuerpo no le mentía. Porque el cuerpo es incluso más vida que el alma. Enfrentémoslo. Enfrentémoslo de una vez y para siempre. Es el cuerpo quien le da la vida al alma. Es el cuerpo el que nos hará resucitar.

 

Emaús, de Baricco

A mis amigos

Si hay una novela que me hubiera gustado haber escrito, es Emaús, de Baricco. Es una novela que habla sobre mí. Sobre mí y sobre mis amigos. Católicos, jóvenes, que buscamos no más que ser nosotros mismos. Venidos de familias de todo tipo, y de colegios en los que nos han enseñado la virginidad de María, y de colegios en donde hemos creído en ella, no hacemos sino transitar el camino de una adolescencia marcada -en su pasión- por la fe, la esperanza, la caridad, la crisis y la vuelta a la fe.

Baricco comprende, no sin ironía, el espíritu de cuatro jóvenes que creen en el amor, en cambiar el mundo, y para quienes el sexo no es nada más que amor. Para nosotros, y esto lo dice Baricco hablando de nosotros, el placer no es importante. No lo era. Quizás ahora sí lo es, no lo sé. Pero crecimos pensando que el amor es una cosa espiritual, divina. Y de pronto llega el desamor. Y rompemos a llorar. Eso somos. Eso fuimos.

Y lo que quiero decir lo digo en serio porque para nosotros el amor no es únicamente aquello que sucede, tiernamente, entre las manos sudorosas de un chico y una chica de preparatoria. Tampoco es lo que sucede entre dos jóvenes o adultos que comparten su vida. Para nosotros, católicos, el amor es la esperanza y el motivo de la existencia toda. Nosotros creemos en un mundo mejor. Y eso es el amor. Nosotros creemos en que hay un cielo. Y eso es el amor. Nosotros creemos que la muerte no es la última palabra. Y eso es el amor. Creemos en la virginidad de la madre de Cristo. Y eso es el amor. Nosotros no creemos en el sexo sino en hacer el amor. Como si fueran dos cosas distintas. Y es eso el amor para nosotros. Creemos que el sufrimiento vale la pena. Creemos en la caridad y en ir a visitar enfermos, en limpiar la mierda de los demás y dejar nuestra silla en el metro. Y eso es el amor. Creemos en la Iglesia. Como los niños, los católicos creemos en la magia. Porque ése es el amor. Pero tarde o temprano todo ese amor se nos derrumba. Porque vemos, de pronto, la muerte y el dolor realmente de cerca. O porque caemos en cuenta de que ya habíamos visto ese rencor y esa muerte pero nuestra tierna infancia no lo había integrado a la conciencia de lo que somos. Porque aquellos que eran para nosotros la encarnación del amor, fallan. Como seres humanos que fallan y que se equivocan y que se traicionan y que se perdonan. Difícilmente, pero perdonan. O no lo hacen y el mundo se desequilibra.

Entonces ese amor se ve fracturado y se fractura también el suelo sobre el que estamos parados. Y tenemos novias. Y rompemos con ellas. Y hacemos el amor. Y rompemos el amor. Y rompemos las promesas de voluntad eterna, promesas por las que queremos hacer feliz al mundo y nosotros incluidos en él.

La versión de Baricco de la historia de Emaús, igual que la del Evangelio, es la historia de unos amigos que, inocentemente, entran en la vida adulta. Baricco habla de todo esto. Y habla, también, en Emaús, de cómo perseveran el día de hoy nuestros corazones pues, a pesar de toda evidencia individual, seguimos creyendo. Es una fe con moretones. A veces no parece fe, o no lo es del todo. Pero es amistad. Y ahí, es ahí, en donde arden nuestros corazones, porque reconocemos su Presencia.