Las recomendaciones

No solamente se trata de hablar de libros. Se trata de hablar de espíritus, de ideas, de palabras y de realidades que solamente pueden ser explicadas por los genios que irrumpen en la historia de manera inexplicable. Tratamos aquí de comprender un poco mejor aquello que a la gente común nos resulta incomprensible e inefable. Gracias a Dios ha habido ya ciertos raros capaces de verbalizar lo que al vulgo nos queda atrapado en la entraña.

Reseñemos, pues, y hablemos de aquello.

Alessandro Baricco, "Emaús", Barcelona, Editorial Anagrama, 2011

A mis amigos

Si hay una novela que me hubiera gustado haber escrito, es Emaús, de Baricco. Es una novela que habla sobre mí. Sobre mí y sobre mis amigos. Católicos, jóvenes, que buscamos no más que ser nosotros mismos. Venidos de familias de todo tipo, y de colegios en los que nos han enseñado la virginidad de María, y de colegios en donde hemos creído en ella, no hacemos sino transitar el camino de una adolescencia marcada -en su pasión- por la fe, la esperanza, la caridad, la crisis y la vuelta a la fe.

Baricco comprende, no sin ironía, el espíritu de cuatro jóvenes que creen en el amor, en cambiar el mundo, y para quienes el sexo no es nada más que amor. Para nosotros, y esto lo dice Baricco hablando de nosotros, el placer no es importante. No lo era. Quizás ahora sí lo es, no lo sé. Pero crecimos pensando que el amor es una cosa espiritual, divina. Y de pronto llega el desamor. Y rompemos a llorar. Eso somos. Eso fuimos.

Y lo que quiero decir lo digo en serio porque para nosotros el amor no es únicamente aquello que sucede, tiernamente, entre las manos sudorosas de un chico y una chica de preparatoria. Tampoco es lo que sucede entre dos jóvenes o adultos que comparten su vida. Para nosotros, católicos, el amor es la esperanza y el motivo de la existencia toda. Nosotros creemos en un mundo mejor. Y eso es el amor. Nosotros creemos en que hay un cielo. Y eso es el amor. Nosotros creemos que la muerte no es la última palabra. Y eso es el amor. Creemos en la virginidad de la madre de Cristo. Y eso es el amor. Nosotros no creemos en el sexo sino en hacer el amor. Como si fueran dos cosas distintas. Y es eso el amor para nosotros. Creemos que el sufrimiento vale la pena. Creemos en la caridad y en ir a visitar enfermos, en limpiar la mierda de los demás y dejar nuestra silla en el metro. Y eso es el amor. Creemos en la Iglesia. Como los niños, los católicos creemos en la magia. Porque ése es el amor. Pero tarde o temprano todo ese amor se nos derrumba. Porque vemos, de pronto, la muerte y el dolor realmente de cerca. O porque caemos en cuenta de que ya habíamos visto ese rencor y esa muerte pero nuestra tierna infancia no lo había integrado a la conciencia de lo que somos. Porque aquellos que eran para nosotros la encarnación del amor, fallan. Como seres humanos que fallan y que se equivocan y que se traicionan y que se perdonan. Difícilmente, pero perdonan. O no lo hacen y el mundo se desequilibra.

Entonces ese amor se ve fracturado y se fractura también el suelo sobre el que estamos parados. Y tenemos novias. Y rompemos con ellas. Y hacemos el amor. Y rompemos el amor. Y rompemos las promesas de voluntad eterna, promesas por las que queremos hacer feliz al mundo y nosotros incluidos en él.

La versión de Baricco de la historia de Emaús, igual que la del Evangelio, es la historia de unos amigos que, inocentemente, entran en la vida adulta. Baricco habla de todo esto. Y habla, también, en Emaús, de cómo perseveran el día de hoy nuestros corazones pues, a pesar de toda evidencia individual, seguimos creyendo. Es una fe con moretones. A veces no parece fe, o no lo es del todo. Pero es amistad. Y ahí, es ahí, en donde arden nuestros corazones, porque reconocemos su Presencia.

Georges Bernanos, Los grandes cementerios bajo la luna, Editorial Lumen

Bernanos es implacable. Con enjundia, critica severamente a toda toma de poder por parte de la Iglesia. En Los grandes cementerios bajo la luna no hace sino denunciar la herejía de los obispos españoles al replegarse a favor de Franco en la guerra civil española.

En su estancia en Mallorca Bernanos tuvo la oportunidad de ver cómo la jerarquía de la Iglesia católica se volvía todo menos cristiana, al utilizar la fuerza para imponer un estilo de vida. Lleno de asco, Bernanos escribe este anticlerical y cristianísimo libro. Muy a la Péguy, Bernanos apuesta por una fe sencilla, por la fe del parroquiano de la vida común. Una fe en la que la salvación no puede darse a través de la política y la polítiquería sino a través de la renuncia explícita y sistemática a toda posición de poder.

Sacástico e irónico, el escritor francés, bien ponderado por teólogos como Hans Urs von Balthasar, critica a la burguesía que se rasca el ombligo mientras hay jóvenes muertos por guerras injustas. Sin duda puede decirse que Bernanos constituye uno de los literatos que más han inspirado el Concilio Vaticano II y el énfasis que éste ha dado al laicado en la realización terrenal de la Iglesia. Nada más lejano a Bernanos que el poder y la lambisconería clerical.

Los grandes cementerios bajo la luna ha sido calificado por Hannah Arendt, por ejemplo, como el panfleto más impactante en contra de todo totalitarismo. Y es verdad. Pero eso no es toda la verdad. No es un libro político sino un libro religioso, porque Bernanos quiere decirnos que, como decía su cura de Ambricourt, todo es gracia.

Jonathan Safran Foer, "Extremely Loud and Incredibly Close", Houghton Mifflin

Jonathan Safran Foer, Extremely Loud and Incredibly Close, Houghton Mifflin

Jonathan Safran Foer es el autor de varios libros. En particular, dos novelas merecen mención especial: “Everything is Illuminated”, una novela sobre el ethos judío, la melancolía y la historia, y “Extremely Loud & Incredibly Close”, una novela isngularmente escrita, que a pesar de que no escapa totalmente a algunos lugares comunes, sorprende por su vitalidad, ligereza y naturalidad con la que está escrita.

Escrita por completo en un Starbuck’s de Manhattan, la novela -que trata sobre un niño cuyo padre ha muerto en el ataque al World Trade Center de Nueva York el 11 de septiembre de 2001-, utiliza los recursos que todo niño anhelaría ver en un libro: dibujos, marcas, fotografías. Escandalosamente bella, y desructora de paradigmas, retrata la psicología infantil y retrotrae al lector a tomar conciencia de cómo la mente adulta difiere de la mente del niño al vivir una catástrofe. Es un libro que habla de la experiencia del mal.

El libro de Safran Foer es un intento por rescatar a lo humano de lo humano. A pesar de utilizar recursos más bien atrevidos, logra sumergir al lector en una atmósfera psicológica peculiar, en la que el mundo es visto desde la perspectiva de 1 metro con 20 centímetros. Enternecedora -y aquí pareceré contraportada de DVD-, y al mismo tiempo vivificante, Extremely Loud & Incredibly Close logra traspasar las fornteras del lugar común y encuentra el común acuerdo del alma humana. Ok, hasta aquí mi imitación de reseña popular.

Sin embargo, el final -gráfico-, es sumamente perturbador y a pesar de que habla de la esperanza, también habla del mal radical y de la banalidad que el mal acerca al ser humano. A mi juicio, es éste el tema que ronda todo el tiempo en las páginas del libro. Es la cuestión del dolor, el sufrimiento y la muerte lo que pone a Safran Foer a escribir. Y, artísticamente, logra transmitir una idea, al menos, de lo que puede ser para un ser humano encontrarse con sus propia finitud. Sea adulto o un niño de 10 años.

Zweig, Stefan: "La impaciencia del corazón", Editorial Acantilado

Zweig, Stefan: La impaciencia del corazón, Editorial Acantilado

La impaciencia del corazón de Stefan Zweig desgarra el alma de principio a fin. No es que haya escrito ‘desgarra el alma’ para tener una bonita frase, más o menos lugar común, que me permitiera salir del paso y describir esta novela. Lo he hecho porque biográficamente me ha desgarrado. Y a una amiga mía también. Y a un amigo mío también. Esta novela de Zweig es como Natanael, hombre de quien Jesús dijo que no tenía doblez. Y es que la pluma de Zweig no tiene doblez, se torna firme y rígida. Que, a pesar de ser a veces punzocortante, tiene la solidez necesaria para no ablandarse frente a nuestra caída y, al mismo tiempo que nos tira, nos recoge.

La novela explora el sentimiento de compasión y de lo mierda que éste puede ser cuando no se sustenta en el verdadero amor. Habla de la burguesía y de la tontería de ciertos sentimientos cuando fungen como criterios de acción en lugar de como acicates para enderezar la vida. Nuestro protagonista es un soldado blando. Oxímoron, pues. Pero como todo ser humano, que somos oximorones andantes. Nuestro protagnista, decía, es un soldado blando incapaz de amar a una mujer. Ella, enamorada completamente de él, también hasta cierto punto blanda, aunque difícil sea juzgarla, no soportó el desprecio y Dios únicamente dirá si debemos de tener ante ella compasión. Evidentemente, Dios dice que sí. Pues de cada hombre y de cada hormiga, solamente la compasión envuelta en el amor puede surgir como la actitud más razonable: pues cada vida, cada vida es un drama. Y no hay mucho pa’ dónde hacerse.

La novela es trágica en el sentido griego, pero también hermosa, en el sentido cristiano. Así que quien disfrute con la narrativa de Zweig no solamente disfrutará ampliamente sino que encima encontrará en La impaciencia del corazón una luz para la vida y para comprender un poco más cuál es el sentido del sufrimiento.

Léon Bloy, "Diarios", Madrid, El Acantilado, 2007. Traducción de Cristóbal Serra.

Léon Bloy, Diarios, Madrid, El Acantilado, 2007. Traducción de Cristóbal Serra.

La selección que El Acantilado ha publicado de los Diarios de Léon Bloy es más bien inversa a lo tradicional en el sentido de que no han seleccionado algunos para publicarlos, sino que han seleccionado solamente algunos para no ser publicados. Y es que este volúmen de poco más de 500 páginas es un toro de papel. Es bravo y tiene unos cuernos gigantes. Cada página y cada entrada de los diarios de Bloy se dirige saéticamente a la conciencia moral de sus lectores con el objeto de dejarla intranquila. Y si uno no es todavía un cínico desvergonzado, la lectura de estos Diarios cumplirá sus efectos.

Bloy fue pobre y vivió para los pobres. Pero la pobreza en la que vivía era una pobreza mística, amada, querida, llena de riquezas. No era la pobreza del ideólogo, que vive con rencor hacia los ricos. Bloy, en efecto, detestaba a los ricos, pero precisamente porque los amaba y quería su bien, por eso les recriminaba su tibia existencia.

Los Diarios de León Bloy son la muestras más clara de que el último profeta no fue Juan el bautista. Formada por Bloy, Péguy, Bernanos y algunos otros, hubo una nueva generación de profetas de la Iglesia que anunciaron el final de los tiempos y la necesidad de dejar de pensar que Dios se quedó en el cielo, para reposicionar la idea de que lo que Dios hizo con su Encarnación fue llevar a término su deseo desmesurado de amar a los hombres y conquistar para Él su mundo, su siglo, su materia y su historia.

El lector, después de Bloy, no puede ser el mismo. No solamente por su lirismo inolvidable sino por que las palabras que dice no pueden pasar inadvertidas para el ser humano, en cuerpo y alma. Bloy denuncia y denuncia. Denuncia al panadero, al tendero, al agricultor y al obrero. Denuncia también al cura, sobre todo al cura, y se denuncia, en fin, a sí mismo. Bloy no vivió jamás con la conciencia tranquila, pues a pesar de ser plenamente consciente -al grado de santidad- de que la gracia divina lo sostenía siempre y aún en el final de precipicio, aún en su hambre canija, su destino de profeta lo empujó al grito y a la rebeldía. No pudo evitar su destino, que estaba inscrito en su corazón, el destino de ser cimiento de una nueva Iglesia. Para ello hizo lo que tenía que haber hecho: desvivirse por su mujer y por sus hijos, escribir como si fuera el último de sus días y dejar a Dios ser Dios.

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