Posteado por: Diego I. Rosales | 19 septiembre 2010

Lost in Montebello

A Paniel, Guillermo, Jorge y Mariana

A Francisco, que también esperaba por nosotros

Ingenuos, decidimos que era una buena idea tomar unos kayaks y navegar. En equipos de a dos, tres amigos y yo respiramos hondamente y saltamos a las aguas. Las lagunas de Montebello en Chiapas se nos presentaban como el mejor escenario en donde podríamos hacer algo divertido, sentirnos jóvenes, ecológicos y hermanos. Pero, sobre todo, jóvenes.

Nos habían dicho los lugareños que estábamos a solamente unos kilómetros de Guatemala, que del otro lado de la laguna grande llegaríamos a costas extranjeras. Púberes inconscientes, nos enamoramos de la idea de llegar a Guatemala en kayak y nuestra excitación no tuvo control.

Nadie nos frenaba ni nos frenaría. Ni Dios mismo, en quien creemos los creyentes. Así, con el brillo en en los ojos y Guatemala en la mirada, nos armamos de nuestras extremidades y partimos los remos en dos, de suerte que a cada uno tocara medio remo. Emprendimos la marcha. El aire nos ayudaba a navegar en la dirección que deseábamos. Incluso pensamos que éramos fuertes y que teníamos gran condición. Una brazada de cada kayak representaba un gran avance en la distancia que había que recorrer en el lago. Parecíamos peces en el agua. Aquamanes. De la emoción, incluso, llegué yo a decir que el agua era mi elemento. Ya entrados en la diversión, en la mitad de la laguna, entre risas y jugueteos, decidimos organizar algunas competencias y algunas actividades lúdicas: amarramos los kayaks, los desamarramos, navegábamos de pie, de rodillas, dimos unas dos ó tres vueltas a un pequeño islote. En fin, no solamente soñábamos con la libertad que otorga la naturaleza, sino que vivíamos esa libertad en pleno. En medio de estas actividades de esparcimiento típicas de juventud yo caí del kayak por un error de equilibrio y perdí mis espejuelos. Éstos se hundieron rápidamente en el agua azul y me fue imposible volver a encontrarlos. Como es natural, mi franciscana juventud permitió que mis ánimos no se turbaran. Yo vivía ligero y despreocupado, y perder bienes no era para mí una tan mala noticia. Me recuperé y el resto del viaje lo hice con mala vista lo que no estuvo mal porque aprendí que más importa, en los viajes, el sentido del gusto que el de la vista. Nuestros juegos continuaban y, en una de ésas -como más tarde habríamos de darnos cuenta- perdimos un remo. En ese momento no notamos la pérdida de tan preciado instrumento, pues las risas y el chacoteo eran tan relajantes que no podíamos pensar en nada. Éramos, simplemente, felices, en medio de un clima gozoso, unas montañas imponentes, un azul imborrable de la memoria y un paisaje inolvidable. Entre risas y plática de amigos, fuimos felices, aunque fuera un momento. El período de esparcimiento, como es natural, llegó a su clímax y más tarde fue decayendo, pero la aventura continuaba. Decidimos arremeter entonces contra el agua y continuar el camino ya emprendido. Nos dirigirnos al otro lado del lago y después de remar un buen rato llegamos, al fin, a lo que supuestamente era ya Guatemala. Arribamos a la costa. Nos bajamos y arrastramos los kayaks a zona segura, a donde la corriente no pudiera llevárselos porque, a pesar de ser un lago, el oleaje era algo intenso. El piso era lodoso y nuestros pies se hundían levemente en el fango. Evidentemente íbamos descalzos pues el reglamento chiapaneco prohibía usar calzado para navegar las lagunas. Nuestros brazos estaban ya tostados por el sol y teníamos todavía un futuro por descubrir. Estábamos cansados pero eramos capaces de emprnder otro viaje igual. Era, incluso, temprano. Fuimos a explorar pero no llegamos muy lejos. Yerba. Malayerba. Hierbabuena. Lodo. Mosquitos. Varios. Nos hicimos algunos cuestionamientos sobre si eso era o no Guatemala. No pensamos que lo fuera y, si lo era, nuestra Guatemala no era más que una explanada lodosa y llena de vida silvestre. Lo normal en esa zona, pues. No vimos ni guatemaltecos ni guatemaltecas. Ni una. Ni una sola. Así que terminamos por aburrirnos y decidimos emprender el viaje de regreso. Montamos los kayaks, y navegaríamos de vuelta al hogar.

Ya sin mis espejuelos me percaté de que nuestras brazadas habían disminuido en su potencial de manera muy significativa. Gratamente, vi que no era solamente yo sino que todos lo notaban. Bueno, era bastante evidente que no avanzábamos ni un metro. Por más que pensáramos que teníamos brazos de acero la corriente se encargaba de hacernos ver que no era cierto. Y no avanzábamos. No podíamos hacerlo. El aire estaba en nuestra y, con él, la corriente. Comenzábamos a cansarnos pero seguíamos intentando apelar a nuestra condición y fuerza para salir avantes. Al ver que nuestra fuerza era insuficiente, y que nuestro destino estaba lejos, comenzó a llegar el hartazgo. Además, ahí fue cuando nos dimos cuenta de que habíamos perdido un remo, lo que abonó a la desesperanza. Teníamos algunos kilómetros por navegar con el viento y la marea en contra. Estuvimos intentando avanzar aproximadamente unos 20 minutos. Mis bíceps y mis tríceps no podían más, gritaban cada vez que movíamos los brazos al mismo tiempo que nuestra psicología se derrumbaba. Nos sentíamos perdidos. De pronto, escuchamos un ruido ensordecedor y estremecedor que venía acompañado de nubes grises y negras. Era un trueno. No llovía aún, pero era seguro que llovería dentro de poco tiempo, lo que complicaría muchísimo nuestros esfuerzos por superar la corriente, pues la lluvia alebrestaría al viento y al movimiento de las aguas. Estaríamos condenados, con ello, a permanecer en la inhóspita y lodosa costa guatemalteca porque lo más fácil y seguro, en esas condiciones, sería regresar. Pero ya estábamos a mitad de camino y no lograrlo no era solamente un golpe físico sino anímico. Espiritual. Una amiga nos esperaba en la costa original, como una madre que cuidaba a sus pequeños hijos que salen a buscar la verdad de la vida en tierras lejanas. Debíamos regresar, si no, ella se preocuparía y nosotros quedaríamos varados en las costas guatemaltecas, sin alimento, descalzos y rodeados de insectos de la selva.

De pronto, mi compañero de kayak y yo vimos cómo el otro grupo, el otro par de hombres a la deriva, respiró hondo y mentalmente superó a la naturaleza. Obligaron a sus músculos a trabajar más allá de sus capacidades. Forzaron máquina y se dispusieron a avanzar. Veíamos cómo lo iban logrando, lentamente nos fueron rebasando y se separaron de nosotros en la dirección adecuada. Fue un gran momento, pues la lluvia se avecinaba amenazante.

Mientras, los de acá, nosotros, los dueños de los cuerpos debilitados, mi compañero y yo estábamos alicaídos y psicológicamente derrotados. Decidimos, erróneamente, hacer escala en una costa lateral, de esas costas que son más bien rocas amontonadas y en donde es imposible atracar. Pero en ese instante, en lugar de reanimarnos, vino lo peor. Pues se combinó cansancio con torpeza y en nuestros jaloneos que intentaban acercarnos a la costa, se volteó nuestro kayak. Muy cerca ya de tierra, pero a fin de cuentas se volteó. En principio, uno consideraría que eso no es problema pero mi compañero no sabía nadar. Nadie del grupo lo sabía. Él pensó que el chaleco salvavidas bastaba para salir a flote, pero el movimiento instintivo por el cual uno da con la superficie necesita cierto entrenamiento. Él no lo tenía y tragó agua, mucha agua. A pesar de que el chaleco lo llevó a flote, el trauma psicológico fue grande. Estuvimos aproximadamente diez minutos sentados, llorando al menos internamente. Entre los dos logramos poner el kayak al derecho mientras veíamos, además, cómo el otro equipo se había podido sobreponer no sin esfuerzos a las calamidades. De lejos se veían también sufrir, pero se mantenían activos, con la mente fija y segura en su objetivo. La contemplación de esa escena, de la pareja de hombres animados por el reto y la dificultad a forzar sus músculos y sus cuerpos, representó para nosotros el máximo momento de inspiración y de gloria. No sabría decir si fue o no una inspiración divina, pero sí fue un momento de gloria. Decidimos, igual que ellos, emprender la marcha, igual que el otro equipo, que aunque ya nos llevaba mucha ventaja, era para nosotros la esperanza de que podíamos salir del atolladero. Y comenzamos entonces de nuevo.

Nos subimos al kayak y comenzamos a remar. Al principio, lo logramos. Nos separamos de la costa con bastante éxito en la dirección adecuada. Pero nuestros brazos nos volvieron a traicionar y comenzó a dificultarse la marcha. Una vez más, y con el clima más salvaje que nunca, nos percatamos de que no podíamos avanzar, pero a pesar de ello continuábamos intentándolo. Lo más que podíamos conseguir era navegar de lado, pues el viento nos aventaba hacia al lado derecho. No conseguíamos la recta, pero sí conseguíamos al menos una trayectoria que nos permitía avanzar en diagonal. Era mejor que nada. Logramos encontrar un ritmo constante pero fatigoso, pudimos alcanzar ese estado en que se bloquean las sensaciones del cuerpo y se le obliga a éste a hacer lo que se le dice. Al fin, después de un largo rato de avance constante, sin reflexión y mucha obligación, arribamos a puerto, a las costas originales de las que habíamos zarpado. Pero varios kilómetros lejos. Nuestros amigos, que ya habían llegado al lugar de partida, se habían lanzado a pie en nuestra búsqueda. Desde que llegaron a tierra nos fueron siguiendo desde lejos con la mirada, como padres que miran crecer a sus hijos a la distancia, a la sombra, respetando sus errores y dejándolos caer a veces. Así, poco a poco se fueron acercando al punto al que nosotros llegamos, pero a pie.

Cuando mi compañero de kayak y yo llegamos a costa, nos encontramos con dos hombres buenos, curtidos, recibiéndonos con los brazos abiertos y dispuestos a decirnos que todo iba a estar bien. Además, se ofrecieron a ayudarnos a cargar nuestro kayak y caminamos los cuatro de regreso unidos ya no por la amistad de los años de convivencia, sino por la unión que genera haber vivido tan de cerca el riesgo de la muerte.

Posteado por: Diego I. Rosales | 19 agosto 2010

Respuesta a G.G.Jolly

El texto que aquí presento es una réplica a este artículo de G. G. Jolly. Si bien lo que yo escribo puede entenderse por separado, lo interesante aparece únicamente cuando se ha leído antes el texto del señor Jolly.

Querido Gabriel,

Sobre el matrimonio civil

Difiero de ti en que no debería existir el matrimonio civil. Por las razones que tú expones, estaría de acuerdo contigo: el estado no debe entrometerse en la cama de nadie. Sin embargo, creo que hay al menos una razón de peso para que sí exista y que no comentaste, o que, al menos, no se contradice con la razón que tú adujiste para defender la desaparición del matrimonio civil. Esta razón es que el estado debe cuidar las relaciones de justicia entre las personas. Para eso se establecen contratos. Cuando dos personas quieren fundar una familia, hay ciertas condiciones de justicia, sobre todo distributiva y procedimental, que deben cumplirse para que los fines para los cuales las dos personas hicieron el contrato puedan realizarse y, si no, que reciba el azote de las consecuencias.

En ese sentido, me parece que el matrimonio es una institución, un contrato legal, que cuida que las partes incluidas en él cumplan lo prometido y se lleve a cabo de acuerdo con y bajo las condiciones de lo pactado. No creo que sea un asunto de camas. El matrimonio es, en este sentido, análogo a una Asociación Civil o a una Sociedad Anónima de Capital Variable. Es creado con el fin de proteger un tipo de sociedad y por eso se vuelve un bien deseable. Creo que eso tú no lo ves.

Sobre los matrimonios entre personas del mismo sexo

Esto me lleva a diferir de ti en un segundo punto: yo no pienso que sea legítimo que haya matrimonios entre personas del mismo sexo. Lo sostengo por una simple referencia lingüística. Si es el caso que el matrimonio se ha creado para proteger un tipo de acuerdo, un tipo de sociedad que tiene unos fines determinados, en este caso formar una familia, con un esposo y una esposa (a pesar de que no sé qué rayos significan estos términos en sentido secular, los utilizaremos porque es el consenso), no es posible llamar matrimonio a una sociedad cuyos fines o cuyos medios son otros. Por ejemplo, si yo quiero crear una sociedad sin fines de lucro pero con fines sociales, yo debo formar una Asociación Civil. Si quiero hacer dinero, debo formar una Sociedad Anónima de Capital Variable, y así por ello hay muchas formas de sociedades, cada una que protege ciertos tipos de uniones y con ciertos fines determinados. Para poner una empresa, por ejemplo, uno puede crear una Sociedad Civil (SC) o una Sociedad Anónima (SA), dos figuras jurídicas diferentes que sirven para proteger a las partes de que se cumpla con lo pactado en los mismos términos de lo pactado. Si los términos son diferentes, las figuras, por consecuencia, deben ser diferentes.

El caso del matrimonio es igual: el matrimonio es un tipo de sociedad con ciertos fines, que se consiguen a través ciertos medios, por ejemplo: formar una familia a través de una relación heterosexual. Que a veces no se consigan es otra cosa (incluso creo que el amor no es una variable que aparezca, pues el matrimonio civil solamente alcanza hasta la justicia). ¿Que ésta es una definición consensuada o ‘puesta’? Obvio. (Así es el derecho: nosotros inventamos las Asociaciones Civiles y las Sociedades Anónimas, nosotros inventamos el matrimonio y el divorcio y así.)

Mi punto es, en corto, que debe haber un límite en la extensión de los conceptos. Si no, Babel. Si mis medios serán otros, o si mi tipo de sociedad o unión será otra, entonces que se llame de otra manera. Precisamente porque se regularán cosas diferentes, relaciones diferentes y fines diferentes. No es lo mismo la heterosexualidad que la homosexualidad, y eso es algo que hay que reconocer: la diferencia. Una sociedad que no reconozca la diferencia es una sociedad totalitaria e integrista.

¿Cuál es el límite de la extensión del sentido de las palabras? No me opongo a que los homosexuales formen familias, ni a que se establezcan en parejas, ni a que garanticen que las condiciones de justicia necesarias para una relación de pareja sean garantizadas por el estado. Me da igual. Que cada quien erija contratos con quien guste y por los motivos que guste.

Sobre la adopción en general

En cuanto a la adopción, coincidimos. No hay tal cosa como el derecho a ser padre, o como el derecho a adoptar. Los derechos son sobre bienes y los hijos no son bienes a reclamar. Pero más allá de la reflexión jurídica, me parece importante también dejar en claro un punto social que mi amiga Diana me ha hecho ver con claridad: los niños huérfanos son responsabilidad de todos. Dentro de la familia hay miembros más vulnerables que otros: los ancianos y los niños. Es responsabilidad de la familia cuidar de ellos. Si no hay familia, entonces es responsabilidad de la sociedad mirar por el bienestar y la dignidad de estas personas. En ese sentido no podemos concebir la paternidad (natural o putativa) como un punto más en mi realización personal. La paternidad (maternidad) es, en un sentido, hacerse responsable del bien de un niño. Si eso, además, me hace más pleno y me hace desarrollar mis capacidades, muy bien. Pero el hijo no puede ser visto como una más de las cosas que hay que conseguir en la vida: “ya conseguí la dirección de la empresa, ya conseguí el doctorado y el Mini Cooper. Ahora me hace falta lograr la paternidad”. Ésa es una manera irresponsable de concebir la paternidad pues en el centro está el yo y no el bien que merece serle dado al niño. Es una visión socialmente irresponsable de la paternidad. Me parece, por esto, que la adopción no es solamente que no sea un derecho, sino que es un acto de responsabilidad, en el que las partes autónomas implicadas: estado y probables padres (o padre o madre) son responsables del bienestar del niño y, por decirlo en términos poéticos, deben someterse a él, y no al revés, en cuanto a que de ellos dependerá el bienestar y el buen desarrollo de éste por lo que los candidatos a padres deberán cumplir con una lista severa de requisitos que, al menos formalmente y hasta donde un estado puede llegar, garantice la justicia y el bien del niño en cuestión: estabilidad económica, juventud, salud, estabilidad emocional y psicológica y garantía (hasta donde es posible) de que en quien se está pensando es en el bien del niño y no en la satisfacción individual del padre, madre o los padres.

Sobre la adopción entre personas del mismo sexo

No me parece que haya ninguna razón para pensar que es indeseable siempre y cuando se cumplan las características arriba señaladas. Incluso, dadas las circunstancias, me parece que una persona soltera (mujer u hombre) debe también tener la posibilidad de adoptar, y no como sucede ahora, que es una posibilidad exclusiva de las mujeres solteras y no de los hombres solteros.

Mi abrazo.

Diego.

Posteado por: Diego I. Rosales | 4 agosto 2010

A religious lecture on emos.

Todos los emos están todo el tiempo preguntándose por Dios. Es lo único que hacen. En eso ocupan sus días. En eso ocupan sus noches. Porque se ocupan. Que no se hagan. Por eso lloran. Porque a veces Dios les contesta. Y cuando les contesta, les dice de cosas. Y no les gusta lo que les dice. Y, entonces, lloran. Chillan. Como todos, pues. Los que no somos emos. O sí. Que bebemos. Que fumamos. Leemos y escribimos. Todo es por Dios. Por lo que dice. Incluso los enunciados poco más que unimembres que escribo ahora. Eso no quiere decir que todos seamos emos. Quiere decir que vemos lo que los emos ven cuando ven a Dios. Aunque a Dios no veamos. Pero ellos sí. Porque lo ven. Por eso están pálidos. Blancos. Del susto. Porque ver el todo asusta. Porque verlo todo asusta. Por eso se cubren con el cabello. Del susto. Como una ola gigante. Como todas las olas. Como todos los ruidos de todas las olas. Las olas de todos los mares. Al mismo tiempo. Al unísono. En un instante. Infinito. Pero uno solo. Eso nos asusta. Todo nos asusta. Estamos asustados. Y es lógico. Porque somos miserables. Porque queremos ser miserables. Porque nos encanta. Porque Dios nos encanta. Digo no. No nos encanta. Nos asusta. O eso. Y nos mueve. O eso. Pero no somos emos. Somos miserables. Lo que no es tan malo. El emo llora. El miserable ruge. Como un león.

Posteado por: Diego I. Rosales | 23 julio 2010

La ausencia de nosotros

Recientemente leí en un blog este artículo. En él, se habla de la incapacidad de las nuevas generaciones para prestar atención a un evento. Como causa de esa falta de atención se señala a la hiperestimulación a la que los cerebros hoy en día están expuestos a través de internet y de la hiperconectividad. En concreto, parece que Twitter y Facebook son los principales protagonistas de que las mentes hoy en día puedan realizar un multitasking verdaderamente inconcebible para las mentes de algunos años atrás.

El artículo, escrito por Santiago Bilinkis, me ha parecido atinadísimo y elocuente. De todo lo que  menciona, creo que es especialmente digo de atención el hecho de la incapacidad de estar completamente presentes en un lugar. Si se dispone de un iPhone o de una Blackberry, por mencionar algunas marcas populares, o de algún otro gadget hiperconectado a redes sociales, es dificlísimo que la persona con la que estamos hablando pueda gozar del 100% de nuestra atención.

¡Qué terrible! ¡Qué tragedia! No podemos hacernos presentes en el lugar en el que estamos y, con ello, abrimos la puerta grande al dualismo antropológico: nuestro cuerpo está -sobre todo porque no le queda de otra- en un sitio mientras que mentalmente estamos navegando y comunicándonos en sitios sumamente lejanos y probablemente inexistentes. Vivimos escindidos y la vida real está siendo trasladada a lo que pasa en el mundo virtual, irreal.

El cuerpo ha perdido la batalla. Esta realidad tan primaria, tan material, tan evidente, tan sensible y tan humana y carnal, ya no significa ningún imperativo para nosotros. Era el cuerpo para el ser humano el primer límite de posibilidades de realización de su libertad. Era el límite de la realidad, que marcaba primariamente quién eras, en qué consistías, cómo eras. Antes, nos identificábamos por el rostro. Ahora, somos un avatar más o menos etéreo, modificable a nuestro antojo y capaz de ser evaluado vertiativamente. Ante el cuerpo no había evalucación alguna: eso es lo que eras y punto. Ahora, en cambio, hay un desfase entre el cuerpo y la imagen, por lo que cabe la falsedad o la verdad entre tu yo real y tu yo virtual.

Es el cuerpo ahora, más bien, un mero y pinche instrumento que nos permite,  claro, hacer algunas cosas como manejar el celular, teclear, hacer click a la cámara para subir la imagen a Facebook, pero nada más. El cuerpo y su relevancia para mi vida poco a poco van perdiendo radicalidad. El amor, tan carnal, ya se practica también de manera virtual y el ligue se realiza a través de un DM o de un Inbox. Incluso los trabajos godinezcos son generalmente en un escritorio y consisten todos en o mismo: mirar, leer y escribir correos electrónicos. Lo que varía es únicamente el contenido de esos correos, pero los trabajos ya no exigen al empleado tener el cuerpo de una manera o de otra. Podemos ir al cine y en lugar de mirar el film, lanzaremos twitts comentando lo que vemos. Claro que eso implica dejar de ver lo que vemos por un tiempo. Cuando vamos a comer helado, lanzamos twitts sobre el sabor del helado y sobre el chiste que ha hecho la chica que nos acompaña. En lugar, claro, de reírme del chiste como Dios manda y de concentrar mi atención en las papilas gustativas, twitteamos. Estamos ausentes en la presencia frente al otro. Y es que nos sentimos más satisfechos, por alguna extraña y macabra razón, cuando encontramos interacción en la pantalla que cuando la tenemos piel con piel.

En unos años miraremos twitter a mitad del coito, para ver qué ha pasado en el mundo que realmente nos satisface.

Posteado por: Diego I. Rosales | 12 abril 2010

Y la igualdad apá?

Todo es un mito en esta vida. Hasta el progreso y la idea de igualdad.

Chequen nada más este jocoso párrafo de Zaid:

“También hay explotación en la igualdad progresista. Un señor feudal o el clero tomaban producción de los campesinos y les daban en cambio protección, fiestas, liturgia, es decir: sentido existencial. Los empresarios modernos, incluyendo a los burócratas socialistas, toman producción de los campesinos y les quitan el sentido: les ofrecen la igualdad y el progreso futuro de que tal vez sus hijos puedan dejar ‘la idiotez de la vida del campo’. Así se explota el presente en favor del futuro. La infancia no es una etapa de la vida que tenga sentido por sí misma, sino en función de la madurez productiva, de la cual es preparación. La ancianidad resulta idiota: no produce ni tiene futuro. Desde el momento en que las diferencias se vuelven injusticias que pueden remediarse en un futuro mejor, toda injusticia irremediable (nacer sin ser querido, ser inepto o deforme, perder con los años la capacidad de valerse por sí mismo) pierde sentido trágico o religioso, se vuelve un sinsentido molesto. La noción moderna de igualdad no sólo crea deudas e insatisfacciones sin límite: produce niños, viejos y mediocres que hay que tirar por el caño.”

Gabriel Zaid, El progreso improductivo, p.99.

Lo que pasa es que Zaid tiene mucho sentido del humor. Por eso escribe así. Yo, en cambio, soy un trágico azotado que le cuesta trabajo ver en estas palabras algo divertido. Creo que debería tomarme las cosas  más a la ligera, como Zais. Porque la modernidad, con su idea idiota de igualdad y todo, ha traído también cosas buenas. Buenísimas. Como, por ejemplo: podemos coleccionar álbumes panini, ver The Big Bang Theory, usar anteojos y tener un blog para publicar lo que hace algunos años ninguna editorial publicaría.

El problema es que, con todo, la idea moderna de igualdad sigue siendo bastante idiota. Oquei, oquei, el progeso técnico es bueno, la democracia es buena, es una excelente cosa el hecho de que las mujeres puedan votar y de que los negros puedan ser presidentes de Estaods Unidos de América. Está bien. Pero no todos somos iguales. No, al menos, en el sentido que cierta modernidad quiere: no habrá un momento en donde todos seamos ricos y tengamos camionetas y vivamos en suburbios con praditos perfectamente bien cuidados. No habrá un momento en donde todos seamos igual de listos, sepamos leer, escribir y tengamos blogs para criticar el status quo. No habrá un momento en donde todos tengamos buen gusto, y nos deleitemos con Haydn y con Bach. No. Eso no sucederá. Porque hay variedad, como quien dice, en esto que osamos llamar especie humana.Y esa variedad es, a veces, del tipo ‘no conveniente’, por ejemplo: que unos sean buenos y otros sean no tan buenos. Que unos tengan sus estómagos saciados y otros no tanto y eso los empuje a robar. Que unos tengan sus estómagos saciado pero no sus almas…

Y así es como surge el mal. Y siempre habrá mal, porque siempre habrá hambre e indigencia. Indigencia no solamente económica sino espiritual o psicológica: siempre habrá quien se sienta solo, siempre habrá quien tenga un autoestima muy baja y deba leer a Paulo Cohelo o llegar a ser un empresario exitoso para remediarlo. Siempre habrá quien esté lleno de introyectos, quien haya recibido en la infancia gritos violentos de su padre, mientras su padre sólo intentaba ser un buen padre. Así es esto: somos indigentes. Por eso el ideal de igualdad es más o menos inocentón. La modernidad, en este sentido, es naive.

Posteado por: Diego I. Rosales | 8 abril 2010

Sobre la Iglesia Católica y la Pederastia

Citaré in extenso a Georges Bernanos:

“Si acuso a la Iglesia no es con el ridículo propósito de contribuir a su reforma. No creo posible una reforma humana de la Iglesia, en el sentido dado por un Lutero o un Lammenais. No espero que sea perfecta, pues es algo que vive. A semejanza de los más humildes, de los más despojados de sus hijos, se dirige renqueando de este mundo al otro; comete faltas, las expía y, si nos olvidamos por un momento de sus pompas, podemos oírla sollozar y rezar con nosotros en las tinieblas. Entonces, ¿por qué enjuiciarla?, me dirán. Pues porque siempre está en el banquilo. Todo lo que tengo lo recibo de ella, y nada puede venirme sino de ella. El escándalo que me llega de ella, me ha herido en lo más vivo del alma, en la raíz misma de la esperanza. O mejor dicho, no existe en el mundo otro escándalo, sino el que ella da. Me defiendo de ese escándalo en la única forma en que puedo hacerlo: tratando de comprender. ¿Me aconsejáis que le vuelva la espalda? Tal vez podría hacerlo, pero no estoy hablando en nombre de los santos, sino en el de esa buena gente que se me parece como hermanos. ¿Os encomendaron que cuidárais a los pecadores? Pues bien, el mundo está lleno de miserables a quienes habéis decepcionado. Nadie pensaría deciros esta verdad a la cara, si consiniterais en reconocerlo humildemente. No os reprochan vuestras faltas ni se estrellan contra ellas, sino contra vuestro orgullo. Sin duda, responderéis que, orgullosos o no, disponéis los sacramentos que conducen a la vida eterna, y que no se los negáis a quienes se hallan en estado de recibirlos. Lo demás atañe a Dios. ¿Qué otra cosa se puede pedir?, diréis. Pues bien, quisiéramos amar.”

Los grandes cementerios bajo la luna, p.88.

Bernanos escribió estas líneas a propósito de la guerra civil española, cuando la jerarquía católica se replegó a favor de Franco y del régimen totalitario. Bernanos es católico. Bernanos es sincero. Bernanos es duro. Y hubiera escrito lo mismo al día de hoy frente a los casos de pederastia.

Ya me han hecho dos veces la pregunta sobre si he abandonado mi fe o a la Iglesia al ver los escándalos. Yo les contesto que estudien historia. Jamás hemos pedido los creyentes a la Iglesia que sea perfecta, que sea buenita, que no peque. Para empezar, porque la Iglesia está constituida en su mayor parte, por laicos y todo el mundo olvida eso: nadie nunca se queja de que la Iglesia peque cuando pecan los laicos. El problema viene cuando peca la jerarquía. En un sentido, es lo mismo. Igual es Iglesia la jerarquía que el laicado. ¿En qué sentido no es lo mismo -y creo que eso es lo importante aquí-? En el sentido de que la jerarquía tiene el poder. Y pecar con poder es peor que pecar sin poder. En segundo lugar, no esperamos que la Iglesia no peque porque la Iglesia es desde su fundación pecadora. Como muestra un botón: el primer Papa negó a Cristo tres veces.

En cuanto a los casos de pederastia dentro de la Iglesia quiero hacer una aclaración: una cosa es el pecado individual y otra el pecado institucional. La pederastia es un acto abonimable y que exige condenación. Como tal, debe ejecutarse la justicia y el pederasta debe pagar una pena. Sea quien sea. Más aún si el pederasta predica con su boca, desde el púlpito y cada domingo, que hay que amar al prójimo. Pero aunque no predique nada, la pederastia es abonimable. En ese sentido, es un pecado individual, y debe juzgarse a esa persona.

Otra cosa son los encubrimientos. He ahí el pecado institucional de la Iglesia. Los encubrimientos no han sido únicamente de parte de los obispos o de las comundiades religiosas, sino que se ha acudido a manipulaciones psicológicas, a confesiones, a amenazas para que los que sufrieron de los abusos quedaran en silencio. Eso es condenable, y hay que juzgar a la Iglesia en ese sentido. El pecado institucional, por esto, puede llegar a ser más abonimable que el individual, pues es sistemático, y su sujeto queda perdido en el limbo.

Sin embargo, cuando el que pide justicia ¿qué tipo de justicia pide? ¿Qué tipo de condenas serían las justas? Por supuesto, no es lo mismo que pida justicia una persona que padeció los abusos, a que pida justicia un periodista. Sin duda, ha habido ya casos, como en Estados Unidos, en donde las penas son de corte económico. Pero, ¿el dinero retribuye a quien fue lastimado en su vida?, ¿le retribuye su fama y su honor, su dignidad lastimada? Ciertamente de algo ayuda. Y si esa pena es suficiente, ¡venga! Pero creo que no es el caso. Creo que se pide otro tipo de justicia. ¿Qué clase de justicia? ¿Pena de excomunión para los sacerdotes que han abusado? ¿Excomunión también para los que han encubierto a los pederastas?

En primer lugar, la excomunión solamente será válida para quien cree que la excomunión tiene algún sentido. En efecto, sería castigar en los términos bajos los cuales se mueve el cura pederasta: desde sus categorías, en lo que a él le importa. Sin embargo, cualquiera que sepa un poco de moral cristiana o que haya leído el catecismo sabe que todo pecado puede ser perdonado y que incluso la excomunión puede ser levantada. Basta un arrepentimiento sincero y una buena confesión para ello.

De hecho, evaluar la acción como pecado es algo que corresponde a Dios. Juzgar y condenar en ese sentido es algo que nunca hará la Iglesia. Y el día que lo haga, mal hace. Pues la Iglesia está para ser una instancia de perdón y de acogida aún para los seres más miserables de la tierra. Ni aún en el caso del Hitler -en tanto individuo-, por ejemplo, ha habido una condena oficial. La Iglesia no puede presumir de saber que alguien esté en el infierno, pues tiene razones para pensar que incluso el más malvado de todos tiene esperanza de ser salvado por Jesús. Por eso no se verá una condena así respecto de los pederastas.

Lo que se exige, lo que se debe exigir, es que el fuero de los curas sea por completo eliminado. Y eso debe exigirse a cada nación, a cada estado, que procese como debe de ser a cualquier persona, sea del credo que sea, sea ministro de culto o no. Sea o no popular esa medida. Solamente si la Iglesia abre así sus puertas será verdaderamente evangélica. Solamente así el estado será verdaderamente estado de derecho.

¿Por qué no abandonamos la Iglesia? Porque ser pecador no es condición suficiente para dejar de merecer el amor. Si así fuera, nadie en este mundo seríamos dignos de amor. Amar es ser fiel. Y ser fiel es decir la verdad. Por eso, por fidelidad a la Iglesia, los católicos debemos denunciar, y al mismo tiempo mantenernos. ¿Por qué esto es razonable? ¿Por qué amar a una institución como la Iglesia? Porque creemos en Jesús. Y a Jesús se le conoce y se le ama en el pecador y eso solamente es posible junto con los otros. Por eso nos mantenemos en la Iglesia. Porque, como dice Bernanos, no hablamos por los santos -pues no lo somos- sino por los pecadores.

Posteado por: Diego I. Rosales | 7 abril 2010

Falta

Volveré a escribir cuando tenga algo interesante qué decir.

Posteado por: Diego I. Rosales | 11 marzo 2010

Puntada balthasariana desde internet 2.0

Pregunta: ¿Por qué a los numerarios les gusta tanto Twitter?

Respuesta: Porque su espiritualidad cabe en 140 caracteres.

(Con guiño para mis amigos de la Obra, es en buena lid.)

Posteado por: Diego I. Rosales | 9 marzo 2010

Todo cuenta

Hasta los largos silencios de un autor.

Posteado por: Diego I. Rosales | 21 enero 2010

Automático

Escribo y me lleno de libros. Que no leo. Juego con las ideas y subrayo, pero siempre se me olvida qué subrayo y en dónde lo hago. Porque también subrayo la idea de leer y de escribir. Pero no recuerdo cuándo lo he hecho. Saco más libros, y sigo pensando en todas aquellas cosas que podría hacer con los pensamientos que sobrevuelan el aire viciado de mi oficina. Abro la ventana, para probar suerte refrescando el ambiente, pero solamente entran más ideas que no logro capturar y me pasan por encima como murciélagos volando rápido y fuerte, una manada de murciélagos, una jauría de murciélagos, un archipiélago volador de murciélagos.

Utilizo la silla para sentarme a descansar y pienso en los instrumento que utilizo. Y los utilizo. Los convierto en instrumentos al utilizarlos. Los convierto en útiles. Y entonces pienso en la escuadra y el compaz, en el bicolor y el sacapuntas. Pienso en los útiles que han hecho de mi vida algo agradable. Pienso en todos aquellos que a lo largo de la vida han significado para mí un grato retorno a lo idéntico.

Dejo de pensar y actúo. Y me levanto de la silla que otrora utilicé como asiento. Camino por la oficina y navego por las rutas diseñadas por mi cabeza en los momentos de inquietud y aburrimientos. Conozco palmo a palmo la oficina. Vuelvo a abrir la ventana y entran una vez más los murciélagos que ya conozco.

Cierro la ventana. Abro la puerta. Salgo de la oficina. Me saco a mí mismo de la oficina, me expulso, me corro, me digo adiós, y me voy. Cierro la puerta tras de mí. Camino sólo los pasos necesarios y nada más que los necesarios para llegar al automóvil. Me paro frente a él, abro la puerta, introduzco mi cuerpo, cierro la puerta, tomo la llave, la introduzco en el orificio, giro la llave, tomo la palanca y veo que el coche es automático, exactamente del mismo modo como esta escritrua lo era antes del último párrafo.

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