No es el alma

“Es terrible, angustioso, aterrador, pensar que cada conciencia humana vuelva a la nada de la cual ha nacido, que neustra estirpe humana y nuestro mundo entero se conviertan un día en polvo cósmico y todos nuestros esfuerzos se vean completamente perdidos; terrible la idea de que la conciencia humana no sea sino un relámpago entre dos eternidades de tinieblas: pero no menos terrible es la idea de una persistencia sin fin. La eternidad nos ahogaría”.

Tales eran las palabras de don Miguel de Unamuno quien, hacia las postrimerías de su vida, meditaba celosa y sangrientamente acerca del deseo de su conciencia por permanecer en esta tierra, al tiempo que agradecía a la vida que su naturaleza le proveyera de una muerte.

Pero don Miguel se equivocaba. Nadie le cree, honestamente. Sus palabras son inverosímiles y probablemente falsas. ¿Por qué habría de ser angustioso pensar que mi conciencia morirá y se convertirá en polvo de estrellas? ¿Por qué? ¿Qué quiere mi conciencia, mi alma, que no desea la muerte? Si, al mismo tiempo, la muerte representa para mi conciencia, para mi alma, para mi espíritu, una amenaza y un consuelo, no estaremos confundiendo los términos?

Don Miguel se equivocaba. El que se rebela es el cuerpo. Es la carne bendita y la carne maldita la que anhela eternidad. Porque al alma nunca la he visto. Por eso ella no me importa. Cada gramo y cada milímetro de mi cuerpo, cada mililitro de mis lágrimas y cada poro de mi piel, ellos, ellos sí que se rebelan y quieren todo el tiempo, quieren todo el mundo y toda la vida para sí. El cuerpo quiere, lo quiere todo, lo desea todo, lo exige y lo pide todo. El cuerpo, además, no miente. El cuerpo se quiere a sí mismo y, queriéndose a sí, también quiere a otro.

El alma, en cambio, esa triste y fantasmal humareda, que tan pequeña se queda frente al cuerpo. Ángel desangelado, el alma. ¿Qué es la transparencia del alma frente al color del cuerpo? ¿Qué es el vaho espiritual frente a la solidez del placer y del dolor?

Bien lo decía Péguy: “el cuerpo, amigo mío, el cuerpo carnal, se defiende, el cuerpo se subleva. No quiere saber nada, el cuerpo. Este cuerpo mortal no quiere saber nada de la muerte”. El cuerpo, más que nadie, sabe quién es. El cuerpo se conoce a sí mismo. El alma, en cambio, se confunde. El cuerpo no vacila y no duda, el cuerpo está, está solidamente y persistentemente. Al cuerpo nadie lo engaña. Es franco y veraz. El alma, el espíritu, la conciencia, tres serpientes que se engañan la una a la otra. El cuerpo, sin doblez, no sabe mentirse. No sabe engañarse. No sabe nada de nada. El cuerpo, en cambio, solo vive y se sonríe. Y llora y se quebranta. Y se ilusiona y se derrota. Y se cansa. Y se inflama. Vive.

Nietzsche y Pedro Salinas lo sabían. Escuchaban a sus cuerpos. Eran sus cuerpos. Los dejaban ser. El placer anhela eternidad decía el primero. Y las tumbas, pobres tumbas humilladas por este cuerpo mortal, decía el segundo. No, no es el alma la que quiere eternidad, es la carne de mi carne y los huesos de mis huesos. Unamuno falló. Pero su cuerpo no le mentía. Porque el cuerpo es incluso más vida que el alma. Enfrentémoslo. Enfrentémoslo de una vez y para siempre. Es el cuerpo quien le da la vida al alma. Es el cuerpo el que nos hará resucitar.

 

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Emaús, de Baricco

A mis amigos

Si hay una novela que me hubiera gustado haber escrito, es Emaús, de Baricco. Es una novela que habla sobre mí. Sobre mí y sobre mis amigos. Católicos, jóvenes, que buscamos no más que ser nosotros mismos. Venidos de familias de todo tipo, y de colegios en los que nos han enseñado la virginidad de María, y de colegios en donde hemos creído en ella, no hacemos sino transitar el camino de una adolescencia marcada -en su pasión- por la fe, la esperanza, la caridad, la crisis y la vuelta a la fe.

Baricco comprende, no sin ironía, el espíritu de cuatro jóvenes que creen en el amor, en cambiar el mundo, y para quienes el sexo no es nada más que amor. Para nosotros, y esto lo dice Baricco hablando de nosotros, el placer no es importante. No lo era. Quizás ahora sí lo es, no lo sé. Pero crecimos pensando que el amor es una cosa espiritual, divina. Y de pronto llega el desamor. Y rompemos a llorar. Eso somos. Eso fuimos.

Y lo que quiero decir lo digo en serio porque para nosotros el amor no es únicamente aquello que sucede, tiernamente, entre las manos sudorosas de un chico y una chica de preparatoria. Tampoco es lo que sucede entre dos jóvenes o adultos que comparten su vida. Para nosotros, católicos, el amor es la esperanza y el motivo de la existencia toda. Nosotros creemos en un mundo mejor. Y eso es el amor. Nosotros creemos en que hay un cielo. Y eso es el amor. Nosotros creemos que la muerte no es la última palabra. Y eso es el amor. Creemos en la virginidad de la madre de Cristo. Y eso es el amor. Nosotros no creemos en el sexo sino en hacer el amor. Como si fueran dos cosas distintas. Y es eso el amor para nosotros. Creemos que el sufrimiento vale la pena. Creemos en la caridad y en ir a visitar enfermos, en limpiar la mierda de los demás y dejar nuestra silla en el metro. Y eso es el amor. Creemos en la Iglesia. Como los niños, los católicos creemos en la magia. Porque ése es el amor. Pero tarde o temprano todo ese amor se nos derrumba. Porque vemos, de pronto, la muerte y el dolor realmente de cerca. O porque caemos en cuenta de que ya habíamos visto ese rencor y esa muerte pero nuestra tierna infancia no lo había integrado a la conciencia de lo que somos. Porque aquellos que eran para nosotros la encarnación del amor, fallan. Como seres humanos que fallan y que se equivocan y que se traicionan y que se perdonan. Difícilmente, pero perdonan. O no lo hacen y el mundo se desequilibra.

Entonces ese amor se ve fracturado y se fractura también el suelo sobre el que estamos parados. Y tenemos novias. Y rompemos con ellas. Y hacemos el amor. Y rompemos el amor. Y rompemos las promesas de voluntad eterna, promesas por las que queremos hacer feliz al mundo y nosotros incluidos en él.

La versión de Baricco de la historia de Emaús, igual que la del Evangelio, es la historia de unos amigos que, inocentemente, entran en la vida adulta. Baricco habla de todo esto. Y habla, también, en Emaús, de cómo perseveran el día de hoy nuestros corazones pues, a pesar de toda evidencia individual, seguimos creyendo. Es una fe con moretones. A veces no parece fe, o no lo es del todo. Pero es amistad. Y ahí, es ahí, en donde arden nuestros corazones, porque reconocemos su Presencia.

El fenómeno erótico


“El amante se individualiza también por la eternidad, o al menos por el deseo de eternidad. Consideremos un hecho de la experiencia. En el momento de intentar proferir un casi indecible ‘te amo’ con los ojos abiertos y a la cara, o bien que se lo haga con los brazos estrechados sobre el otro y los ojos a punto de cerrarse por la fuerza del deseo, le hace falta al amante tanto como al amado, aunque sólo fuera por un instante y tras una serie abultada de ‘otras veces’, la convicción o al menos la apariencia, y hasta la ilusión voluntaria de la convicción de que, esta vez sí es la buena, de que esta vez estará bien y para siempre. En el momento de amar, el amante no puede creer lo que dice y lo que hace sino bajo un cierto aspecto de eternidad. O en rigor, una eternidad instantánea, sin promesa de durar, pero sin embargo una eternidad de intención. Al amante tanto como al amado le hace falta al menos la posible convicción de que esa vez ama para siempre, irreversiblemente, de una vez por todas. Para el amante, hacer el amor implica por definición la irreversibilidad (como en metafísica la esencia de Dios implica su existencia). Lo que se confirma a contrario: decir ‘te amo por un instante, provisoriamente’, significa ‘no te amo en absoluto’ y no efectúa más que una contradicción performativa. Hacer el amor por un tiempo equivale a no hacer el amor, a no ser amante. Por supuesto, bien puedo decir ‘te amo’ dudando claramente de poder (y de querer poder) amar para siempre, incluso casi con la certeza de desfallecer dentro de poco; pero nunca puedo decirlo sin mantener al menos una ínfima posibilidad (es decir, una posibilidad a secas) de que esta vez sí amaré para siempre, de una vez por todas. Sin esa posibilidad, por mínima que se quiera, no solamente que no podría imaginarme psicológicamente que hago el amor, mucho menos hacerlo efectivamente, sino que de hecho me condenaría a mentir.”

Jean-Luc Marion, El fenómeno erótico, p.128-129.

Lost in Montebello

A Paniel, Guillermo, Jorge y Mariana

A Francisco, que también esperaba por nosotros

Ingenuos, decidimos que era una buena idea tomar unos kayaks y navegar. En equipos de a dos, tres amigos y yo respiramos hondamente y saltamos a las aguas. Las lagunas de Montebello en Chiapas se nos presentaban como el mejor escenario en donde podríamos hacer algo divertido, sentirnos jóvenes, ecológicos y hermanos. Pero, sobre todo, jóvenes.

Nos habían dicho los lugareños que estábamos a solamente unos kilómetros de Guatemala, que del otro lado de la laguna grande llegaríamos a costas extranjeras. Púberes inconscientes, nos enamoramos de la idea de llegar a Guatemala en kayak y nuestra excitación no tuvo control.

Nadie nos frenaba ni nos frenaría. Ni Dios mismo, en quien creemos los creyentes. Así, con el brillo en en los ojos y Guatemala en la mirada, nos armamos de nuestras extremidades y partimos los remos en dos, de suerte que a cada uno tocara medio remo. Emprendimos la marcha. El aire nos ayudaba a navegar en la dirección que deseábamos. Incluso pensamos que éramos fuertes y que teníamos gran condición. Una brazada de cada kayak representaba un gran avance en la distancia que había que recorrer en el lago. Parecíamos peces en el agua. Aquamanes. De la emoción, incluso, llegué yo a decir que el agua era mi elemento. Ya entrados en la diversión, en la mitad de la laguna, entre risas y jugueteos, decidimos organizar algunas competencias y algunas actividades lúdicas: amarramos los kayaks, los desamarramos, navegábamos de pie, de rodillas, dimos unas dos ó tres vueltas a un pequeño islote. En fin, no solamente soñábamos con la libertad que otorga la naturaleza, sino que vivíamos esa libertad en pleno. En medio de estas actividades de esparcimiento típicas de juventud yo caí del kayak por un error de equilibrio y perdí mis espejuelos. Éstos se hundieron rápidamente en el agua azul y me fue imposible volver a encontrarlos. Como es natural, mi franciscana juventud permitió que mis ánimos no se turbaran. Yo vivía ligero y despreocupado, y perder bienes no era para mí una tan mala noticia. Me recuperé y el resto del viaje lo hice con mala vista lo que no estuvo mal porque aprendí que más importa, en los viajes, el sentido del gusto que el de la vista. Nuestros juegos continuaban y, en una de ésas -como más tarde habríamos de darnos cuenta- perdimos un remo. En ese momento no notamos la pérdida de tan preciado instrumento, pues las risas y el chacoteo eran tan relajantes que no podíamos pensar en nada. Éramos, simplemente, felices, en medio de un clima gozoso, unas montañas imponentes, un azul imborrable de la memoria y un paisaje inolvidable. Entre risas y plática de amigos, fuimos felices, aunque fuera un momento. El período de esparcimiento, como es natural, llegó a su clímax y más tarde fue decayendo, pero la aventura continuaba. Decidimos arremeter entonces contra el agua y continuar el camino ya emprendido. Nos dirigirnos al otro lado del lago y después de remar un buen rato llegamos, al fin, a lo que supuestamente era ya Guatemala. Arribamos a la costa. Nos bajamos y arrastramos los kayaks a zona segura, a donde la corriente no pudiera llevárselos porque, a pesar de ser un lago, el oleaje era algo intenso. El piso era lodoso y nuestros pies se hundían levemente en el fango. Evidentemente íbamos descalzos pues el reglamento chiapaneco prohibía usar calzado para navegar las lagunas. Nuestros brazos estaban ya tostados por el sol y teníamos todavía un futuro por descubrir. Estábamos cansados pero eramos capaces de emprnder otro viaje igual. Era, incluso, temprano. Fuimos a explorar pero no llegamos muy lejos. Yerba. Malayerba. Hierbabuena. Lodo. Mosquitos. Varios. Nos hicimos algunos cuestionamientos sobre si eso era o no Guatemala. No pensamos que lo fuera y, si lo era, nuestra Guatemala no era más que una explanada lodosa y llena de vida silvestre. Lo normal en esa zona, pues. No vimos ni guatemaltecos ni guatemaltecas. Ni una. Ni una sola. Así que terminamos por aburrirnos y decidimos emprender el viaje de regreso. Montamos los kayaks, y navegaríamos de vuelta al hogar.

Ya sin mis espejuelos me percaté de que nuestras brazadas habían disminuido en su potencial de manera muy significativa. Gratamente, vi que no era solamente yo sino que todos lo notaban. Bueno, era bastante evidente que no avanzábamos ni un metro. Por más que pensáramos que teníamos brazos de acero la corriente se encargaba de hacernos ver que no era cierto. Y no avanzábamos. No podíamos hacerlo. El aire estaba en nuestra y, con él, la corriente. Comenzábamos a cansarnos pero seguíamos intentando apelar a nuestra condición y fuerza para salir avantes. Al ver que nuestra fuerza era insuficiente, y que nuestro destino estaba lejos, comenzó a llegar el hartazgo. Además, ahí fue cuando nos dimos cuenta de que habíamos perdido un remo, lo que abonó a la desesperanza. Teníamos algunos kilómetros por navegar con el viento y la marea en contra. Estuvimos intentando avanzar aproximadamente unos 20 minutos. Mis bíceps y mis tríceps no podían más, gritaban cada vez que movíamos los brazos al mismo tiempo que nuestra psicología se derrumbaba. Nos sentíamos perdidos. De pronto, escuchamos un ruido ensordecedor y estremecedor que venía acompañado de nubes grises y negras. Era un trueno. No llovía aún, pero era seguro que llovería dentro de poco tiempo, lo que complicaría muchísimo nuestros esfuerzos por superar la corriente, pues la lluvia alebrestaría al viento y al movimiento de las aguas. Estaríamos condenados, con ello, a permanecer en la inhóspita y lodosa costa guatemalteca porque lo más fácil y seguro, en esas condiciones, sería regresar. Pero ya estábamos a mitad de camino y no lograrlo no era solamente un golpe físico sino anímico. Espiritual. Una amiga nos esperaba en la costa original, como una madre que cuidaba a sus pequeños hijos que salen a buscar la verdad de la vida en tierras lejanas. Debíamos regresar, si no, ella se preocuparía y nosotros quedaríamos varados en las costas guatemaltecas, sin alimento, descalzos y rodeados de insectos de la selva.

De pronto, mi compañero de kayak y yo vimos cómo el otro grupo, el otro par de hombres a la deriva, respiró hondo y mentalmente superó a la naturaleza. Obligaron a sus músculos a trabajar más allá de sus capacidades. Forzaron máquina y se dispusieron a avanzar. Veíamos cómo lo iban logrando, lentamente nos fueron rebasando y se separaron de nosotros en la dirección adecuada. Fue un gran momento, pues la lluvia se avecinaba amenazante.

Mientras, los de acá, nosotros, los dueños de los cuerpos debilitados, mi compañero y yo estábamos alicaídos y psicológicamente derrotados. Decidimos, erróneamente, hacer escala en una costa lateral, de esas costas que son más bien rocas amontonadas y en donde es imposible atracar. Pero en ese instante, en lugar de reanimarnos, vino lo peor. Pues se combinó cansancio con torpeza y en nuestros jaloneos que intentaban acercarnos a la costa, se volteó nuestro kayak. Muy cerca ya de tierra, pero a fin de cuentas se volteó. En principio, uno consideraría que eso no es problema pero mi compañero no sabía nadar. Nadie del grupo lo sabía. Él pensó que el chaleco salvavidas bastaba para salir a flote, pero el movimiento instintivo por el cual uno da con la superficie necesita cierto entrenamiento. Él no lo tenía y tragó agua, mucha agua. A pesar de que el chaleco lo llevó a flote, el trauma psicológico fue grande. Estuvimos aproximadamente diez minutos sentados, llorando al menos internamente. Entre los dos logramos poner el kayak al derecho mientras veíamos, además, cómo el otro equipo se había podido sobreponer no sin esfuerzos a las calamidades. De lejos se veían también sufrir, pero se mantenían activos, con la mente fija y segura en su objetivo. La contemplación de esa escena, de la pareja de hombres animados por el reto y la dificultad a forzar sus músculos y sus cuerpos, representó para nosotros el máximo momento de inspiración y de gloria. No sabría decir si fue o no una inspiración divina, pero sí fue un momento de gloria. Decidimos, igual que ellos, emprender la marcha, igual que el otro equipo, que aunque ya nos llevaba mucha ventaja, era para nosotros la esperanza de que podíamos salir del atolladero. Y comenzamos entonces de nuevo.

Nos subimos al kayak y comenzamos a remar. Al principio, lo logramos. Nos separamos de la costa con bastante éxito en la dirección adecuada. Pero nuestros brazos nos volvieron a traicionar y comenzó a dificultarse la marcha. Una vez más, y con el clima más salvaje que nunca, nos percatamos de que no podíamos avanzar, pero a pesar de ello continuábamos intentándolo. Lo más que podíamos conseguir era navegar de lado, pues el viento nos aventaba hacia al lado derecho. No conseguíamos la recta, pero sí conseguíamos al menos una trayectoria que nos permitía avanzar en diagonal. Era mejor que nada. Logramos encontrar un ritmo constante pero fatigoso, pudimos alcanzar ese estado en que se bloquean las sensaciones del cuerpo y se le obliga a éste a hacer lo que se le dice. Al fin, después de un largo rato de avance constante, sin reflexión y mucha obligación, arribamos a puerto, a las costas originales de las que habíamos zarpado. Pero varios kilómetros lejos. Nuestros amigos, que ya habían llegado al lugar de partida, se habían lanzado a pie en nuestra búsqueda. Desde que llegaron a tierra nos fueron siguiendo desde lejos con la mirada, como padres que miran crecer a sus hijos a la distancia, a la sombra, respetando sus errores y dejándolos caer a veces. Así, poco a poco se fueron acercando al punto al que nosotros llegamos, pero a pie.

Cuando mi compañero de kayak y yo llegamos a costa, nos encontramos con dos hombres buenos, curtidos, recibiéndonos con los brazos abiertos y dispuestos a decirnos que todo iba a estar bien. Además, se ofrecieron a ayudarnos a cargar nuestro kayak y caminamos los cuatro de regreso unidos ya no por la amistad de los años de convivencia, sino por la unión que genera haber vivido tan de cerca el riesgo de la muerte.

Respuesta a G.G.Jolly

El texto que aquí presento es una réplica a este artículo de G. G. Jolly. Si bien lo que yo escribo puede entenderse por separado, lo interesante aparece únicamente cuando se ha leído antes el texto del señor Jolly.

Querido Gabriel,

Sobre el matrimonio civil

Difiero de ti en que no debería existir el matrimonio civil. Por las razones que tú expones, estaría de acuerdo contigo: el estado no debe entrometerse en la cama de nadie. Sin embargo, creo que hay al menos una razón de peso para que sí exista y que no comentaste, o que, al menos, no se contradice con la razón que tú adujiste para defender la desaparición del matrimonio civil. Esta razón es que el estado debe cuidar las relaciones de justicia entre las personas. Para eso se establecen contratos. Cuando dos personas quieren fundar una familia, hay ciertas condiciones de justicia, sobre todo distributiva y procedimental, que deben cumplirse para que los fines para los cuales las dos personas hicieron el contrato puedan realizarse y, si no, que reciba el azote de las consecuencias.

En ese sentido, me parece que el matrimonio es una institución, un contrato legal, que cuida que las partes incluidas en él cumplan lo prometido y se lleve a cabo de acuerdo con y bajo las condiciones de lo pactado. No creo que sea un asunto de camas. El matrimonio es, en este sentido, análogo a una Asociación Civil o a una Sociedad Anónima de Capital Variable. Es creado con el fin de proteger un tipo de sociedad y por eso se vuelve un bien deseable. Creo que eso tú no lo ves.

Sobre los matrimonios entre personas del mismo sexo

Esto me lleva a diferir de ti en un segundo punto: yo no pienso que sea legítimo que haya matrimonios entre personas del mismo sexo. Lo sostengo por una simple referencia lingüística. Si es el caso que el matrimonio se ha creado para proteger un tipo de acuerdo, un tipo de sociedad que tiene unos fines determinados, en este caso formar una familia, con un esposo y una esposa (a pesar de que no sé qué rayos significan estos términos en sentido secular, los utilizaremos porque es el consenso), no es posible llamar matrimonio a una sociedad cuyos fines o cuyos medios son otros. Por ejemplo, si yo quiero crear una sociedad sin fines de lucro pero con fines sociales, yo debo formar una Asociación Civil. Si quiero hacer dinero, debo formar una Sociedad Anónima de Capital Variable, y así por ello hay muchas formas de sociedades, cada una que protege ciertos tipos de uniones y con ciertos fines determinados. Para poner una empresa, por ejemplo, uno puede crear una Sociedad Civil (SC) o una Sociedad Anónima (SA), dos figuras jurídicas diferentes que sirven para proteger a las partes de que se cumpla con lo pactado en los mismos términos de lo pactado. Si los términos son diferentes, las figuras, por consecuencia, deben ser diferentes.

El caso del matrimonio es igual: el matrimonio es un tipo de sociedad con ciertos fines, que se consiguen a través ciertos medios, por ejemplo: formar una familia a través de una relación heterosexual. Que a veces no se consigan es otra cosa (incluso creo que el amor no es una variable que aparezca, pues el matrimonio civil solamente alcanza hasta la justicia). ¿Que ésta es una definición consensuada o ‘puesta’? Obvio. (Así es el derecho: nosotros inventamos las Asociaciones Civiles y las Sociedades Anónimas, nosotros inventamos el matrimonio y el divorcio y así.)

Mi punto es, en corto, que debe haber un límite en la extensión de los conceptos. Si no, Babel. Si mis medios serán otros, o si mi tipo de sociedad o unión será otra, entonces que se llame de otra manera. Precisamente porque se regularán cosas diferentes, relaciones diferentes y fines diferentes. No es lo mismo la heterosexualidad que la homosexualidad, y eso es algo que hay que reconocer: la diferencia. Una sociedad que no reconozca la diferencia es una sociedad totalitaria e integrista.

¿Cuál es el límite de la extensión del sentido de las palabras? No me opongo a que los homosexuales formen familias, ni a que se establezcan en parejas, ni a que garanticen que las condiciones de justicia necesarias para una relación de pareja sean garantizadas por el estado. Me da igual. Que cada quien erija contratos con quien guste y por los motivos que guste.

Sobre la adopción en general

En cuanto a la adopción, coincidimos. No hay tal cosa como el derecho a ser padre, o como el derecho a adoptar. Los derechos son sobre bienes y los hijos no son bienes a reclamar. Pero más allá de la reflexión jurídica, me parece importante también dejar en claro un punto social que mi amiga Diana me ha hecho ver con claridad: los niños huérfanos son responsabilidad de todos. Dentro de la familia hay miembros más vulnerables que otros: los ancianos y los niños. Es responsabilidad de la familia cuidar de ellos. Si no hay familia, entonces es responsabilidad de la sociedad mirar por el bienestar y la dignidad de estas personas. En ese sentido no podemos concebir la paternidad (natural o putativa) como un punto más en mi realización personal. La paternidad (maternidad) es, en un sentido, hacerse responsable del bien de un niño. Si eso, además, me hace más pleno y me hace desarrollar mis capacidades, muy bien. Pero el hijo no puede ser visto como una más de las cosas que hay que conseguir en la vida: “ya conseguí la dirección de la empresa, ya conseguí el doctorado y el Mini Cooper. Ahora me hace falta lograr la paternidad”. Ésa es una manera irresponsable de concebir la paternidad pues en el centro está el yo y no el bien que merece serle dado al niño. Es una visión socialmente irresponsable de la paternidad. Me parece, por esto, que la adopción no es solamente que no sea un derecho, sino que es un acto de responsabilidad, en el que las partes autónomas implicadas: estado y probables padres (o padre o madre) son responsables del bienestar del niño y, por decirlo en términos poéticos, deben someterse a él, y no al revés, en cuanto a que de ellos dependerá el bienestar y el buen desarrollo de éste por lo que los candidatos a padres deberán cumplir con una lista severa de requisitos que, al menos formalmente y hasta donde un estado puede llegar, garantice la justicia y el bien del niño en cuestión: estabilidad económica, juventud, salud, estabilidad emocional y psicológica y garantía (hasta donde es posible) de que en quien se está pensando es en el bien del niño y no en la satisfacción individual del padre, madre o los padres.

Sobre la adopción entre personas del mismo sexo

No me parece que haya ninguna razón para pensar que es indeseable siempre y cuando se cumplan las características arriba señaladas. Incluso, dadas las circunstancias, me parece que una persona soltera (mujer u hombre) debe también tener la posibilidad de adoptar, y no como sucede ahora, que es una posibilidad exclusiva de las mujeres solteras y no de los hombres solteros.

Mi abrazo.

Diego.

A religious lecture on emos.

Todos los emos están todo el tiempo preguntándose por Dios. Es lo único que hacen. En eso ocupan sus días. En eso ocupan sus noches. Porque se ocupan. Que no se hagan. Por eso lloran. Porque a veces Dios les contesta. Y cuando les contesta, les dice de cosas. Y no les gusta lo que les dice. Y, entonces, lloran. Chillan. Como todos, pues. Los que no somos emos. O sí. Que bebemos. Que fumamos. Leemos y escribimos. Todo es por Dios. Por lo que dice. Incluso los enunciados poco más que unimembres que escribo ahora. Eso no quiere decir que todos seamos emos. Quiere decir que vemos lo que los emos ven cuando ven a Dios. Aunque a Dios no veamos. Pero ellos sí. Porque lo ven. Por eso están pálidos. Blancos. Del susto. Porque ver el todo asusta. Porque verlo todo asusta. Por eso se cubren con el cabello. Del susto. Como una ola gigante. Como todas las olas. Como todos los ruidos de todas las olas. Las olas de todos los mares. Al mismo tiempo. Al unísono. En un instante. Infinito. Pero uno solo. Eso nos asusta. Todo nos asusta. Estamos asustados. Y es lógico. Porque somos miserables. Porque queremos ser miserables. Porque nos encanta. Porque Dios nos encanta. Digo no. No nos encanta. Nos asusta. O eso. Y nos mueve. O eso. Pero no somos emos. Somos miserables. Lo que no es tan malo. El emo llora. El miserable ruge. Como un león.